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El tardío vuelo de la avucasta

Arco voltaico

Dimas Mas
Tamaño de texto más pequeñoTamaño de texto normalTamaño de texto más grande Añadir a mi biblioteca epub mobi Permalink Ebook MapaSantiago de Compostela

A Julián Oró lo conocí en una barra de bar americano. Su elegante indumentaria y su presencia física contrastaban con las de los parroquianos habituales. Yo, por mi parte, he vestido siempre de una manera tan discreta que, a menudo, me ha permitido, a pesar de mi rostro, pasar completamente desapercibido.

Como estábamos situados codo con codo y no vio de mí, bien que atenuada por la penumbra, sino mi inconfundible credencial facial, enseguida se animó a parlotear conmigo, puesto que conversar, dada su alegría etílica, le era casi del todo imposible.

—¡Coño, Belfegor, tú por aquí!

Nunca he tenido suerte con los apodos. Pero como entonces no conocía el referente, pues no tenía receptor de televisión, no pude sentirme molesto. Al contrario, me cayó en gracia la jovialidad, el desparpajo e incluso yo diría que hasta la bondad que observé en el brillo de los ojos de aquel extraño.

Me limité a sonreír, como respuesta a su salutación, lo que pareció animarlo. Claro que mi talante pacífico y mi rostro como de anfractuosa ladera montañosa siempre han sido buena yesca para achispados y excelente muro de lamentaciones para pedos llorones.

—Lo tuyo es de alivio, amigo. ¡Menudo bromazo!

Julián, sin embargo, era bien parecido. De facciones muy pulidas, casi femeninas. Los ojos grandes, la nariz levísimamente respingona, los labios carnosos y el mentón ligeramente afilado. Los pómulos muy salientes le hacían más delgado de lo que en realidad era, aunque no podía decirse que estuviera gordo. Al revés, por aquel cuerpo habían pasado bastantes horas de gimnasio.

—Tú, sin embargo, eres hermosísimo...

—¡Hostias! ¡Y encima maricón!

—Y debajo...

Alimenté el equívoco con el chiste fácil que se me vino a los labios y que él celebró con tanta efusividad como mala fortuna, pues cuando bajó la frente hacia la barra se dio tal golpe con el vaso de güisqui que tenía delante, que lo partió y se hizo un corte, no muy profundo, pero sí muy sangrante. Enseguida le retiré la cabeza hacia atrás y le puse mi pañuelo como apósito. Afortunadamente, a tres travesías del bar había un dispensario de la Cruz Roja. Lo entregué, después expliqué la causa del accidente y, finalmente, me lo devolvieron con la herida cosida y un aparatoso vendaje que le hacía parecer un indio de Norteamérica.

—No sé si culparte o estarte agradecido.

—Quizás ambas cosas.

Salimos a la calle y nos quedamos parados frente al portal luminoso del dispensario.

—Hay que ver cómo te he puesto... —en efecto, llevaba la pechera de la camisa salpicada de sangre—. Parece que hayamos salido de una batalla...

—O de una pelea callejera.

—También —vaciló unos segundos y luego continuó—. Creo que lo mejor será volver a casa. Con este turbante se llama mucho la atención.

—¿Vives cerca o te paro un taxi?

—Mejor cogemos un taxi.

La naturalidad del plural, su espontaneidad, obviaron mis posibles protestas sobre la inconveniencia de acompañarlo o de que tuviera que sentirse agradecido. Lo cierto es que acepté su invitación como si en vez de ir a su casa volviéramos a la barra del bar. Y algo de ello hubo.

El apartamento de Julián era espacioso y estaba adornado con un gusto exquisito. Un orden impecable lo presidía todo. Daba la impresión de que, cinco minutos antes de llegar nosotros, hubiera acabado su faena una brigadilla de limpieza, tal era la pulcritud que se percibía por todas partes, como si aquel espacio inmaculado estuviera preservado de la suciedad por artes de dudosa bondad.

El enorme salón, al que se accedía nada más entrar en el piso, se comunicaba con los tres espacios restantes: un dormitorio, un cuarto de baño y una cocina.

—Estás en tu casa.

Mientras yo curioseaba en las vitrinas cerradas de la librería, Julián se dirigió al dormitorio y volvió enseguida de él con una camisa de color azul claro. Me la ofreció.

—Más o menos somos de la misma talla. Y este color le va muy bien a ese gris de tu traje. ¿Quieres que te ponga la manchada en remojo, con jabón líquido?

—No te molestes.

—Que no es molestia.

—No, de verdad, prefiero hacerlo en casa.

—Insisto.

Cedí, claro, y me desnudé de cintura para arriba, no sin cierta parsimonia intencionada.

De mi asendereada existencia por los abismos de la tentación, siempre me ha llamado la atención la facilidad con que dos personas pueden forjar una amistosa intimidad si el destino les ha unido en la común circunstancia de buscar la satisfacción de la carne.

Con dos tazas de café delante de nosotros, Julián tomó la iniciativa en el diálogo.

—Espero que no me hayas tomado en cuenta lo que te dije en aquella barra. Estaba ya un poco achispao...

—Por supuesto que no. Incluso me hiciste gracia. Por lo demás, ya te puedes figurar que debo de estar acostumbrado a todo. ¡Lo que yo no haya oído!

—No habrías ido por allí buscando carne, supongo..., porque en ese antro las piezas son que ni de yunta de tiro...

—Ése y otros los frecuento como quien da vueltas por la plaza Mayor. A otros les gusta ir de tascas; a otros de iglesias; a otros de escaparates...

—Querencia de chiqueros, pues...

—Más o menos. ¿Y tú?

Concentró su atención en la taza, como si buscara en los posos la respuesta; o como si consultara, con insólita nigromancia, si era procedente, sensato, abrir su corazón a la mirada de un extraño, tan extraño, además.

—Vivía un tango, el más viejo y sobado: beber para olvidar.

La solemnidad y al mismo tiempo la amortiguada ironía con que se refería a sí mismo no daban pie a indagaciones ulteriores. Yo, sin embargo, me atreví.

—¿Un desengaño amoroso?

Se rió con sequedad: más parecía un exabrupto que una risa.

—En cierto modo.

Hizo una pausa y, de repente, como si un rayo le hubiera traído la pregunta, añadió:

—Por cierto, ¿cómo te llamas? Con tanto ajetreo...

—Antonio. Antonio Mas.

Recibió la respuesta con absoluta impasibilidad, sin reaccionar de ningún modo. Creo que le decepcioné. Quizás esperaba de mí un nombre más acorde con mi rostro: Elpidio, Exticio, Ludolfo o váyase a saber cuál.

—Pues verás, Antonio... —hizo una nueva pausa. Se giró hacia mí en el sofá y extendió sobre el asiento su pierna derecha, reteniéndola por el tobillo, con la corva de la izquierda. En el pequeño hueco que dejaban sus muslos introdujo su mano izquierda. El brazo derecho lo extendió sobre la línea superior del respaldo, casi hasta rozarme—. No sé si habrás oído contar algo como lo que yo te voy a contar, ya te aviso por adelantado. Mi drama es y no es sentimental. Me explicaré —hizo otra pausa, ésta estratégica—. ¿A ti te gusta que te chupen la polla? Supongo que...

Se detuvo al contemplar la extrañeza que se me había pintado en el rostro. Después de una retórica promesa de prolijas explicaciones, no esperaba que éstas quedaran reducidas a una pregunta tan escuálida como jugosa.

—Por favor —concedí con el mejor ademán mundano que supe escenificar—. Sí, claro, ¿y a quién no?

—Pues ése es mi drama: no he encontrado a nadie que me la chupe mejor que yo mismo.

La incredulidad, después de la extrañeza, debió de dibujarse en mi cara antes de convertirse en sonidos articulados.

—Que tú...

Asintió con una inusual mezcla de orgullo y desazón. La revelación me trajo a la memoria la escena colegial de las letrinas, como la de ese momento oída y no vista, aunque igualmente turbadoras ambas: aquélla muchos años después; la otra, en el preciso instante de oírla y representármela en la imaginación.

—¿Y por qué sentimental, el drama?

—Todas mis relaciones amorosas han fracasado en ese momento culminante de dejármela chupar...

—Los placeres del sexo no se agotan en una mamada. Ni el amor en el sexo, supongo.

—Para mí, sí. Y no me preguntes por qué. Sé que es una fijación absurda, un fetichismo egoísta, pero no lo concibo de otra manera.

—El fracaso, entonces, es que no sabes dar; sólo recibir.

—¡Ni recibir! ¡Ése es el fracaso!

—El buey suelto...

—Me parece advertir que, en el fondo, no me crees —una nueva pausa, no menos estratégica que la anterior—. ¿Quieres verlo, santo Tomás?

—Así, en frío...

—¿Frío? —dijo burlón y lascivo—. Si tú estás como yo: más empalmao que la garrocha de un picaor, ¿o me equivoco? —de repente dejó deslizar su mano derecha hasta mi bragueta y me palpó una vigorosa erección—. No, no me equivoco, ven.

Se levantó y yo obedecí de forma mecánica su orden autoritaria. Fuimos hacia el dormitorio. Julián se desvistió y retiró hacia atrás la colcha de la cama. Yo le observaba desde el sillón que había junto al piecero. Cuando se giró hacia mí y me vio en semejante actitud contemplativa, se me acercó y comenzó a desabrocharme la camisa.

—De espectador nada; aquí también hay pastel para ti; a no ser que no te guste hacer de Dante...

—Si no te estorbo...

—Todo lo contrario. En el cajón de la cómoda hay un tubo de vaselina.

Aguardó a que me desnudara y, cuando pasé por el lateral de la cama camino de la mesilla, se abalanzó hacia mí juguetonamente, me agarró por la cintura y me tiró sobre el colchón. El traje lo disimulaba, pero Julián era un Hércules: tenía unos brazos fortísimos; unas piernas de músculos alargados, perfectamente marcados por la ausencia de vello; y unos abdominales de tabla de lavandera. Enseguida bajó su cabeza hacia mi vientre y se metió mi verga en la boca. Después de lo que habíamos hablado, no me atreví a hacer lo mismo y me limité a chuparle los huevos y a dibujar círculos de saliva sobre su ano.

—Bueno, parece que todas las serpientes tienen ya los cascabeles al rojo vivo. A ver —siguió dándome órdenes—, recula un poco y estate atento a la señal que te haga.

Me senté, apoyando la espalda contra el pie de la cama y entonces Julián comenzó, lo quisiera él o no, el espectáculo. Asentó bien la espalda contra el colchón y elevó las piernas por encima del pecho, abiertas en uve victoriosa, hasta afirmar los empeines entre el cabezal y el colchón. Después sacó los brazos por sobre las nalgas, apoyó las manos en ellas y comenzó a empujarlas hacia su cabeza. Sincrónicamente, los pies iban acercándose uno a otro hasta que las piernas quedaron juntas. Sus manos, ahora, tenían otras funciones: una de ellas tiraba, por la nuca, de la cabeza hacia arriba; la otra estimulaba el pene y lo dirigía hacia unos labios temblorosos y salivantes. Privado de otra visión que la de sus nalgas prietas, me tumbé junto a él y vi claramente, entonces, cómo había logrado introducirse en la boca más de la mitad del surtidor. Tenía los ojos cerrados, y parecía haberse olvidado de mi presencia, engolfado como estaba en él mismo, en su chorra; casi mordisqueándosela, mientras poco a poco las piernas volvían a abrirse de nuevo y la verga desaparecía paulatinamente dentro de su boca. Así contorsionado, como una gamba, también parecía un filamento eléctrico. Tenía el rostro encendido y las piernas tirantes como ballestas tensadas. A veces se sacaba la polla de la boca y recorría con el glande, no menos encarnado que su cara, los bordes de sus labios entreabiertos, lo cual le hacía salivar como un venero. Sus manos, como al principio, volvieron a las nalgas y desde allí me indicó graciosamente con un dedo que lo montara. Yo, que salivaba como él, con más flujo que una yegua en celo, le lubriqué el esfínter y le penetré con lentitud y firmeza, sin esfuerzo: no era la primera verga que recorría ese camino. Dada su posición arqueada, mi postura no era nada cómoda. Tuve que agarrarme al borde superior del cabezal y sostenerme en las puntillas de los pies. Aun así, entraba y salía con comodidad y placer, acelerando cada vez más mis movimientos. Sus manos se habían desplazado ahora hasta mis huevos y se los acercaba a sus nalgas como si quisiera ayudarlos a entrar también por el ano. Bajé los ojos hacia Julián y vi entonces que, momentos antes de correrse, extrajo la verga de la boca, de la que se extendía, como una patena roja, la lengua para recoger en ésta el semen caliente, espeso y salado. A punto yo también de correrme, impetré, por mi parte, la ayuda celestial:

—Miradme, ¡oh mi amado y buen Jesús! Que postrado en vuestra santísima presencia os ruego con el mayor fervor imprimáis en mi corazón los sentimientos de fe, esperanza y caridad, dolor de mis pecados, y propósito de jamás ofenderos; mientras que yo, con el mayor afecto y compasión de que soy capaz, voy considerando vuestras cinco llagas, comenzando por aquello que dijo de Vos, ¡oh, Dios mío!, el santo profeta: «Han taladrado mis manos y mis pies, y se pueden contar todos mis huesos.»

Reculé sin que una sola gota de esperma se hubiera derramado y volví a quedar sentado contra el piecero de la cama. Frente a mí, Julián, sentado a su vez contra el cabezal, me miraba sin comprender nada: más sorprendido él, parecía, de lo que acababa de oír, que yo de lo que acababa de ver.

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Fecha de publicaciónJulio 2006
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