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La vida vecina

Primera parte

Dimas Mas
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Seño, lo he intentado, pero no me sale. Se me había ocurrido una historia en la que los humanos éramos los extrasaturninos de los habitantes de allá, que vivían felices como las medusas entre los bañistas de agosto, y que llegábamos y nos temían como mi padre a las llamadas a media noche y mi madre a las arrugas, que de tanto mirarse las esquinas de los ojos se va a quedar bizca o con cara de china. ¡Menudo follón armábamos al llegar allá con nuestras naves espaciales! Pero en cuanto tuve que comenzar a imaginarme a los saturninos no se me ocurrían más que tonterías: medusas de secano; monos con antenas y cola de caballo; nubes de átomos, venga a echar chispas; y cosas que enseguida me desanimaban. Porque se ve que a mí es que eso de las historias fantásticas, pues que no se me debe dar bien. Me dejan fría, los cuentos esos de naves espaciales, marcianos, explosiones y hombrecillos con ojos de abejas y cuerpos como de globos, de árbol o de hormigas gigantes. Y luego es que no sé qué hacer con ellos, ni adónde llevarlos o de dónde traerlos. ¡Menudo rollo!

Ya sé que tenemos que escribir una historia fantástica, pero como tú no has dicho que sea obligatorio inventársela, a mí, que está claro que tengo poca imaginación, se me ha ocurrido contarte una que es la mar de fantástica, pero que pasa aquí abajo en la tierra, muy cerquita de nosotros. Sobre todo muy cerquita de mí, porque el protagonista vive al otro lado de mi rellano, aunque yo no iba a su casa ni él venía a la mía; pero nos veíamos, y nos vemos, cada día en la escuela. Seguro que ya lo has adivinado, seño, que tú eres muy lista.

Pues sí. Se me ha ocurrido que te podría contar la vida de mi vecino, de Carlos, que seguro que es el niño más raro que has tenido nunca en clase, ¿a que sí? Llama la atención, de lo raro que es, porque no se parece a ninguno de nosotros. ¡Cómo se puede ser tan callado y tan serio, entre otras cosas! ¿Tú le has visto reírse alguna vez desde que ha empezado el curso? ¡Nunca! No lo he visto reírse nunca, ni por casualidad; nada, como si tuviese siempre dolor de estómago, que deja una cara mucho más seria que el dolor de muelas. Y como encima él se aparta de todo el mundo, al final todos nos hemos ido apartando de él.

Yo no, claro. Y quizás lo más fantástico de esta historia es que haya logrado llegar a conocerlo, a conocer su vida, a que me dejara entrar en ella. ¡Y lo que me ha costado!, además de la suerte que he tenido. Seguro que si yo hubiera sido de las guapas de la clase, como Anaïs, que parece una Barbie, pues igual me hubiera sido mucho más fácil. Aunque no lo sé, porque, después de conocerlo, sólo un poco, no te creas, tengo la impresión de que a él no le gustan esas compañías, que se aburriría mucho. ¡Aunque a lo peor no es verdad, y sí lo que a mí me gustaría que ocurriese! ¡Es tan raro, seño!

Mi madre dice que nuestros vecinos son unos «estiraos», o sea, que no son muy simpáticos. Y a lo mejor tiene razón, porque yo siempre que los he visto, los he visto tan serios como al hijo. ¡Como si cada día les hubieran dado un disgusto morrocotudo, o les hubiera sentado mal la comida! Y hablan muy poco. También dice mi madre que a ella los nuevos vecinos le dan mala espina. Dice que eso de que, desde hace unos meses, entre tanta gente rara a su casa, y todos lo días, que a lo mejor es que ahí al lado se «guisa» algo podrido. Que no le huele bien, vaya. Mi padre dice que es una alarmista, y que tiene mucha imaginación; «peliculera», la llama. Que sí, que pueden ser estiraos, pero que se ve a la legua que son gente seria, educada y formal. Comparados con los vecinos que tuvimos antes, los de ahora son gloria bendita, dice mi padre.

—¡O es que ya no te acuerdas de los saraos de aquellos..., lo que fueran?

—Estudiantes, y bien simpáticos que eran —se defendía mi madre.

Y entonces yo me iba a mi cuarto, porque ésa era la señal de que se había desenterrado el hacha de guerra, que a mamá y a papá les encanta eso de tener escenitas, que dicen ellos. Aunque luego digan que no les gustan, porque siempre están con lo mismo: «Carolina, no me vengas con escenitas» o «Mira, Alberto, escenitas no, ¿eh?». Y todo es porque uno de los vecinos de antes era un guaperas total, y claro, a papá no le gustaba tanto trato como tenía mamá con ellos, ya sabes, que si un poco de azúcar, que algo de sal, y cuatro risas. En fin, cosas de mayores.

Pero yo lo que quiero contarte es lo que sé de Carlos, porque las batallitas de mis padres son muy aburridas: parece que no se cansen de repetir la misma una y otra vez. Eso de que va mucha gente a su casa es verdad, porque cuando decidí que ésta era la historia que te quería contar lo primero que hice fue subirme al taburete de la cocina para vigilar por la mirilla, a ver qué veía. No en plan cotilla, seño, sino como una investigadora, como una detective, que no es lo mismo. Y siempre sale la madre a recibirles, nunca el padre. Pero eso sí, todos serios, ¡parecen espías! Algunos, sin embargo, salen muy sonrientes. Y al revés: los pocos que entran con una sonrisa, salen con caras larguísimas. Otros parecen nerviosos, sobre todo las mujeres. Y eso se ve en lo deprisa que fuman, en que se muerden las uñas o en lo mucho que se repasan el peinado, o en la insistencia con que se alisan la falda, por ejemplo. Las del cigarrillo, además, son un poco guarrillas, porque hay días en que el rellano está lleno de colillas. ¡Y eso a mamá sí que la pone a cien! ¡Hasta hubo una mujer que salió llorando a lágrima viva! Ésa sí que se debió llevar un disgusto de los de no te menees...

Cuando me puse en plan investigadora creí que sólo observando a la gente, por su aspecto, podría sacar alguna conclusión de lo que pasaba dentro de aquella casa tan misteriosa; pero nanay de la nana: se trataba de gente tan variada, tan distinta, que había que echarle mucha imaginación —la que a mí me falta— para saber a ciencia cierta qué habían ido a buscar allí. Eso, seño, todavía hacía más emocionante y fantástica la aventura de conocer a Carlos e incluso de llegar a entrar algún día en esa casa tan extraña.

Aún no me había atrevido a preguntarle a Carlos a qué iba toda esa gente a su casa, porque me daba mucho corte; me parecía que a él no le iba a gustar tener una amiga cotilla, por eso no me atreví.

A él y a mí nos gustan mucho los libros, y parece que también escribir; y él, ya lo sabes tú, es el que mejor lee de la clase. ¡Da gusto oírlo! ¡Hasta tú te quedas colgada cuando lee, seño! El resto de la clase no lo traga, porque parece que se da muchos aires, que se hace el importante y todo eso. Pero no es verdad, él no es así. Tampoco es que sea tímido. No sé. Lo que es misterioso, y él lo es mucho, no es fácil retratarlo, describirlo con palabras.

—¿Sabes que vivimos en el mismo edificio?

—Sí.

—Y en el mismo rellano...

—Sí.

—Perdona si te molesto...

—No.

—Pues no me perdones, rico...

—No me molestas.

—¡Vaya...!

Así de emocionante fue nuestra primera conversación. Y sí, así fue de corta. Yo me quedé cortada, claro, y él no me dio pie para seguir hablando. Siguió metido en su libro, que tenía unas ilustraciones preciosas, y ni siquiera levantó la vista para saber si seguía a su lado o me había ido. «¡Pues vaya un maleducado!», pensé mientras me iba con Susana y con Melba para jugar un poco antes de que se acabara el recreo. Y a punto estuve de pasar de él y hacer lo que el resto de la clase: ignorarlo. Pero si hacía eso, ¿cómo te escribía yo la historia fantástica que nos has obligado a escribir? ¡Tú también, seño, qué mala! ¡Nada menos que una historia fantástica!

Luego pensé que, aunque todos en la clase hablamos enseguida de marcianos y guerras de las galaxias, lo fantástico puede ser en realidad cualquier cosa. ¿Tú sabes a qué se dedican los padres de Carlos? Pero mejor no te lo digo, porque si lo hago me quedo sin sorpresa, que es muy gorda. Luego te lo diré, dentro de poco. O cuando salga. Es que primero creo que tengo que contarte cómo logré entrar en esa fortaleza cerrada, ¿cómo se dice?, «a cal y canto», sí, que salió un día en una lectura, ya me acuerdo.

Bueno, pues después de nuestra primera conversación, si es que se le podía llamar así a aquel cruce entre mi interés y su indiferencia, lo que ocurrió fue que me aumentaron aún más las ganas de asaltar ese castillo y obligar a su dueño, después de hacerlo prisionero, a contarme su vida y la de su familia, con pelos y señales.

Hasta que él vino a clase la que mejor leía y redactaba era yo, ¿te acuerdas?; pero no me molestó que él lo supiera hacer tan bien. Pensé que podríamos ser amigos y que a lo mejor podríamos hablar de los libros que leyéramos y de muchas otras cosas, porque con los compañeros de clase no se puede hablar de nada de eso, ya lo sabes tú, sólo de los programas de las televisiones; pero él ha pasado de mí una barbaridad, y de todos.

Cuando descubrió que vivíamos puerta con puerta ni se inmutó. Como si hubiera estado viviendo allí desde que hubiera nacido. Nada. Una mirada casi de reojo, un movimiento de cabeza más pequeño que un pestañeo, y la puerta que se cerró como si la casa se los hubiera tragado, a él y a su madre. Ella sí que me dijo: «Adiós, guapa.» Pero de un modo muy tibio. Yo ya sé que no soy guapa, eso salta a la vista; pero a los mayores les encanta mentir, ¿verdad que sí, seño? Papá y mamá también lo hacen. Y tú, en clase. Fíjate, acostumbrarse a la mentira es lo primero que aprendemos los niños, ¿a que sí? Y eso que los mayores siempre andáis con eso de que no mintamos... Pues mira, con esto de las mentiras también podría haber escrito otra historia fantástica; porque ya es gracioso que se les tenga tanta tirria a las mentiras y que casi no podamos vivir sin ellas... pero yo aquí, seño, lo que te voy a contar es la verdad, aunque me extienda más de la cuenta. ¿Qué será más largo: contar la mentira o contar la verdad? ¿Y por qué casi siempre es más difícil creer la verdad que la mentira? Vale, vale, se acabaron las preguntas, que tú siempre me dices que hago demasiadas; pero es que no lo puedo evitar. Ahora a lo mío, que es lo de él, lo de Carlos, lo de su castillo y sus misterios, que son tres: su padre, su madre y él.

Pero antes de seguir quiero que me prometas que no vas a escoger mi cuento fantástico para leerlo en clase. ¡Él no me lo perdonaría! No te veo, pero te oigo decir que sí, que de acuerdo, que no lo vas a hacer. Además, es tan largo que eso lo hace imposible. Ya sé que dijiste que no querías más de cinco planas; pero digo yo que una vez que se empieza a contar una historia, pues que no se puede dejar a medias, ¿a que no? Bueno, pues vale tu promesa de que no lo leerás. Me parece que no estaría bien que todo el mundo supiera lo que a Carlos no le gustaría que se supiera, porque tú ya sabes cómo es él: cerrado como una alcachofa. Y éste es el cuento fantástico de cómo le he ido quitando hoja a hoja hasta llegar al cogollo, que es donde está lo tierno... ¡Huy, ya me adelantaba...!

Como no sabía nada de cierto sobre ese tráfico de gente por su casa, al principio empecé a imaginarme cosas, pero vi que lo único que se me ocurría era una cadena de disparates: lo primero fue que en casa de Carlos vendían droga, pero no podía ser, porque llamaba mucho la atención aquel desfile, y digo yo que los que la vendan lo harán un poco más de tapadillo; y luego que los drogadictos son gente muy nerviosa y chupá, y algunas de las personas a las que yo veía por la mirilla no tenían, ¡ni por asomo!, la pinta de drogarse. A alguna señorona de las que iban le enseñan una jeringa de esas de drogarse y seguro que se desmaya. Luego se me ocurrió que la casa de Carlos era algo así como el templo de una secta, y que su madre era la gran sacerdotisa, como en el antiguo Egipto, en Grecia o en Roma, que tú nos lo contaste, lo de los oráculos y todo eso. Y me la imaginé con una túnica bordada en oro y con una vara con el puño en forma de serpiente cobra, con el cuello hinchado. Y los vi a todos reunidos en un salón oscuro, iluminado por velas, mientras ella, dando golpes rítmicos con la vara en el suelo, pronunciaba palabras en una lengua incomprensible, y todos los demás las repetían con los ojos cerrados. La habitación estaba inundada por el humo del incienso, y el aroma de las flores hacía difícil la respiración. Pero la verdad es que nunca vi entrar a dos personas al tiempo, y repetir algo así uno por uno, pues parecía un poquito pestiño, la verdad. También se me ocurrieron otras cosas, como que era curandera, de esas que imponen las manos, que mi abuela va a una y dice que le ha quitado el dolor de las rodillas, que casi que no podía caminar antes de ir a verla; o que era una doctora que había abierto consulta, que es por donde tenía que haber empezado, pero fue lo último que se me ocurrió. De todos modos, en la entrada no había puesto la chapa dorada esa que ponen los médicos en el portal donde tienen consulta, por eso lo descarté. No sé si poner lo que también se me ocurrió, porque me da mucha vergüenza sólo de escribirlo, y me da mucha más de que se me hubiera ocurrido, sobre todo después de haber conocido a Carlos y de saber la verdad. Lo pongo para que veas que ahora he aprendido que lo peor del mundo es no saber e imaginarse las cosas, en vez de averiguar la verdad. Pues se me llegó a ocurrir que la madre era una señora de esas que se acuestan con otros por dinero... ¡Ay, qué vergüenza! Ni me he atrevido a escribir la palabra, ¡me da un repelús! Ya ves, seño, que soy sincera, que no miento; aunque en el fondo lo que tú nos pediste es que te contáramos una gran mentira, ¿verdad? De lo que me voy dando cuenta, ahora que he escrito esto, es de que hay un abismo entre las mentiras grandes de los cuentos y nuestras mentirijillas, ¡o mentirazas!, de todos los días. ¿Serán distintas? Ya, ya..., ya sé que ni aunque deje de verte pierdo el vicio de hacerte preguntas. Pero es que tengo la sensación de que mientras voy escribiendo esta historia te tengo aquí a mi lado y me estás escuchando, como si estuvieras leyendo por encima del hombro, como haces en clase cuando te paseas por entre nosotros mientras hacemos alguna redacción.

Pasaban los días y yo no veía manera de acercarme a Carlos, sobre todo después de aquella gloriosa conversación bonsai que tuvimos. Los caparazones de las tortugas carey se quedan pequeños, si se comparan con esa coraza invisible dentro de la que parece protegerse continuamente. Y ahora se me acaba de ocurrir, por haber escrito lo de la coraza, que a lo peor es que a Carlos le pegan en casa, lo maltratan, que tampoco es que sea nada fantástico, sino algo corriente y moliente, sobre todo, lo del molido, para el que lo sufre; y que por eso anda siempre como atemorizado; aunque esto último sí que no es verdad, lo sé, porque yo le he visto plantar cara a más de uno en el recreo. ¡Y con qué aplomo lo hacía!, parecía un matón de barriada. No es que vaya buscando pelea, porque a él lo que le gusta es apartarse a leer y que no le molesten; pero no se achica si le provocan.

¿A que estás pensando que lo que pasa es que Carlos me gusta? Pues claro que lo estás pensando, y también que se me ha de notar mucho. Pero te equivocas. Interesada en él claro que lo estoy, porque si no no me hubiera puesto a contarte su vida; aunque de ahí a lo otro... Además, yo ya estoy acostumbrada a que los niños no se fijen en mí. Las que no somos guapas y nos sobran unos quilitos no tardamos mucho en aprender qué es eso de ser invisibles para los demás. Te da alguna ventaja, claro, aunque muchas de nosotras estoy segura de que las cambiaríamos casi todas por recobrar el bulto para que se nos viera. La mejor ventaja de todas es que puedes observar a tu antojo cuanto te rodea, sin miedo de que los demás se molesten o que ni siquiera se enteren. Así es como he podido yo tener «vigilado» a mi vecino incluso en las clases, a pesar de que en ellas, aunque sólo sea por la cercanía, nos volvemos un poco más visibles. Y tú dirás que muy «audibles», ¿verdad, seño? La verdad es que él se deja vigilar la mar de bien, porque anda tan concentrado en sus cosas como las hormigas en no apartarse de la hilera. Otra vez me parece que he buscado un mal ejemplo, porque las hormigas se ve enseguida que son muy sociables, y Carlos, por el contrario, es como un gran ciervo que se aparta de la manada, o como un oso solitario, que parece que en el nombre oso-so(l)o, lleven ya la señal de su soledad.

Pensando en cómo podría establecer un contacto que me permitiera acceder a él con naturalidad y con frecuencia, lo único que se me ocurrió fue preguntarme qué sería lo que él estaría escribiendo como historia fantástica. Seguro que de esa soledad suya tan lectora (¡como si la única vida posible fuera la de esas páginas por entre las que el día menos pensado va a acabar perdiéndose, convertido en letra de imprenta!) tendría que salir algo muy original. ¡Menuda ocurrencia! Ése sí que era un pensamiento «fantástico», algo así como decir abracadabra y que fueran desprendiéndose, solas, las hojas de la alcachofa hasta que saliera, inmaculado, su corazón tan blanco.

Como si la aventura de acceder a él no fuera casi casi un reto imposible, ahora se trataba de descubrir, además, qué pudiera ser lo fantástico para alguien como él. Si esta historia es un meterme donde no me llaman, averiguar lo que acabo de decir antes es llamar a una puerta tras la que no habita nadie, donde no se puede entrar. Sea lo que sea, lo más seguro es que a él se le ocurrirá lo mejor, fijo; y ya me imagino, seño, que estarás encantada de leer en voz alta su historia...

Decía que pasaban los días y yo no progresaba en mi acercamiento: seguía él tan lejano e inaccesible como desde que me propuse contar su historia. ¡Menos mal que la suerte tuvo compasión de mí! y me ofreció una oportunidad que, modestia aparte, creo que supe aprovechar a la perfección.

Fue uno de los primeros días en que comencé a ir y volver sola del colegio. Al regresar de él coincidí, lógicamente, con Carlos, pues ambos llevábamos la misma dirección. Lo que me extrañó fue que cuando me acompañaba mi madre nunca coincidí con él, como si en esas ocasiones él siguiera otra ruta distinta. El caso es que aquella gloriosa tarde hicimos todo el trayecto juntos y los dos solos.

¡No me lo podía creer! Estaba tan nerviosa que esa vez la culpa de que no cruzáramos palabra fue exclusivamente mía. Muy cerquita de casa empecé a lamentarme de haber perdido mi gran oportunidad, porque estaba convencida de que, al día siguiente, a la vista de la fabulosa conversación que yo le había dado, él volvería a «desaparecer» por su ruta particular. No dejaba de llamarme tonta, imbécil, estúpida, niñata, torpe e ilusa una y mil y un millón de veces. Pero esa suerte piadosa, ya digo, dispuso por su divina gracia que me merecía la recompensa de entrar en ese castillo inexpugnable que llevaba a mi lado. Y así fue. Subimos en el ascensor, aún en silencio, y llegamos al rellano.

—Bueno, pues adiós.

—Adiós.

Tras nuestro segundo diálogo, esta vez minibonsai, llamamos cada uno de nosotros a nuestro timbre respectivo y mi madre me abrió enseguida, pero Carlos aún seguía delante de la puerta de su casa.

—Va, entra, cariño —me dijo mi madre.

Pero yo me hice la remolona porque en ese instante tuve la revelación de que estaba asistiendo al acontecimiento extraordinario de ver actuar a la suerte. Fue algo instantáneo, como la inspiración de los poetas, que nos has dicho tú en clase que cazan al vuelo las palabras más hermosas para meterlas en sus versos. Fue ella también, la suerte, estoy segura, la que me empujó y puso las palabras en mi boca.

—¿No hay nadie?

—Siempre tardan un poco.

Yo seguía en el rellano, con mi madre al otro lado del umbral de la puerta, observando en silencio nuestra espera.

—Me parece que no están. Habrán salido un momento.

—¿Quieres esperar en mi casa y luego salimos a llamar, para ver si han vuelto?

—Bueno.

—¡Estupendo!

Mi madre no comprendía mi alegría, claro, y yo creo que hasta le molestó que hubiera invitado a Carlos, ¡al hijo de los «estiraos»!, sin pedirle permiso a ella antes. Alegría es una palabra muy sosa y paliducha. ¡Eufórica! es la que me describía estupendamente. Enseguida, sin embargo, eché un cubo de agua fría a ese incendio que me consumía y, a través del humo que me envolvió, volví a ser consciente del verdadero tamaño del paso que acababa de dar: minúsculo... Me fui empequeñeciendo más en cuanto volví a oír el tono neutro y resignado con el que aceptó mi invitación entusiasta.

Mi madre nos preparó la merienda y, de vez en cuando, le hacía a Carlos alguna pregunta con retintín, pero él las despachaba con monosílabos, con lo que acabó de confirmar a mi madre aquello de «de tal palo...». Como mi madre tenía que ir a la peluquería porque al día siguiente iban de cena a casa de no sé quién, Carlos y yo nos quedamos solos. ¡Solos! ¡Menuda gozada!

Ahora sí que me sería más fácil progresar en mi investigación. Pero lo primero que se me ocurrió fue que la suerte sólo había tenido un fallo: se había equivocado de puerta. En realidad, era en su casa donde teníamos que estar, no en la mía. ¿O es que era él el que iba a contar mi historia? Esa pregunta inocente, y que me salió así como si nada, me produjo de repente un escalofrío: ¿y si a él se le había ocurrido lo mismo que a mí? ¡Eso sí que sería algo absolutamente fantástico! ¿o no, seño? ¡Menudo disparate acababa de imaginar! Él está siempre demasiado metido en lo suyo como para preocuparse de los demás, y menos de una niña invisible como yo. Pero me imagino por un momento que es verdad y me quedo de piedra: ¡los dos vigilándonos mutuamente para contar cada uno la vida del otro! ¡Demasiado! Entonces sí que serías tú, seño, la que se quedara de piedra al leer nuestras historias, ¡o no? Tanto me gustó ese pensamiento que hasta me piqué un poco, porque, si eso era verdad, él, por haber entrado antes en mi casa, me llevaba ventaja... ¡Qué curioso eso de que hasta un disparate como ése te pueda cambiar el humor!

Como su inmovilidad y su silencio me tenían tan desconcertada, no se me ocurrió otra cosa, ¡tonta de mí!, que imitar a los mayores: le enseñé la casa. No tardé mucho, claro, porque es pequeña, como la suya. Él iba puntuando mis explicaciones con «ya», «está bien» y «ya veo», un trío tan marchoso que enseguida pensé que el que se «marchaba» era él en cuanto le hubiera enseñado mi habitación, que la dejé para el final.

—¿Y ese vídeo?

Yo creí que ni siquiera lo había visto, porque no me hizo ningún comentario sobre los libros que tenía, ni mucho menos parecieron importarle las otras cosas, y lo que menos los tres cuadros-rompecabezas de 100, 1.500 y 3.000 piezas, de los que estaba tan orgulloso... ¡Fíjate, seño, tenía tan puestos mis cinco sentidos en sus reacciones, lo observaba con tanto ahínco y estaba tan atenta al más mínimo suspiro que diera, que ya hasta me parece que soy él quien escribe! Y esto sí que suena también a peli fantástica: observar a alguien hasta convertirse en esa persona a la que se observa! ¡Y peli de las de mucho miedo, además! Bueno, a lo que iba. El caso es que fue a fijarse en lo que yo había escogido como mi «último recurso», si fallaba todo lo demás, es decir, si él seguía pasando olímpicamente de mí y de todo lo mío. Ahora, su pregunta lo adelantaba del último lugar al primero, sin perder su condición original, pues estaba segura de que en cuanto le respondiese mostraría su desinterés más absoluto.

—Es de cuando salí en la tele.

—Me gustaría verlo.

Ni le sorprendió que hubiese salido en la tele, ni hizo ningún aspaviento ni nada. Impresionada ya me tenía, desde luego, pero iba confirmándome poco a poco que mi elección —convertirlo en el tema de mi relato fantástico— había sido acertadísima. ¡Menudo «bicho raro» que tenía metido dentro de casa! Enseguida me arrepentí de mi pensamiento, porque me pareció estar repitiendo las palabras de mamá, y Carlos no se merecía un trato así.

Sin embargo, haber oído las de él, «me gustaría verlo», fue una recompensa —¡nada menos que «me gustaría»!— que paladeé durante el largo rato que tardé en coger la cinta, ir al salón y preparar el vídeo y la tele para verlo. No me imaginaba qué esperaba él encontrar en la pantalla, pero estaba segura de que cuando viera mi «actuación» se convencería de que era una estúpida integral.

Y ahí estaba yo, como una pequeña artista de circo, subida a un taburete junto al mármol de la cocina para coger un tarro de mermelada y poder meter en él la mano hasta la muñeca. Cuando estaba a punto de cogerlo, los dedos me resbalaron y lo empujé un poco hacia adentro. En ese momento me puse de puntillas y ocurrió lo inevitable: el taburete retrocedió suavemente y yo me di un tortazo soberano, arrastrando en mi caída, eso sí, el codiciado tarro, en el que metía la mano para llevarme la mermelada a la boca mientras no dejaba de llorar a voz en grito. Las risas y los aplausos de los espectadores revelaron enseguida que el mío era auténticamente un vídeo de primera, y a mis padres incluso les dieron un premio por él. Después de la entrevista a mis padres volvieron a repetir la caída hasta cinco veces y, al final, un aplauso cerró la actuación. Fin.

—¡Serán...!

—¿Cómo?

—No, nada.

Y esa nada era impenetrable. Entre los dos había caído una pared de acero de un palmo de espesor. Yo observaba sus reacciones con la curiosidad de saber si acertaría cuáles serían; si iba a reírse nada más verme o si llegaría incluso a la carcajada... Lo que menos me podía esperar, lo que no me hubiera podido imaginar —¡ni siquiera para una historia fantástica!— es que hubiera estado a punto de echarse a llorar, si es que no llegó a hacerlo; porque hubo un momento en que me pareció que sus ojos tenían un brillo que nunca antes le había visto.

—¡Ah, no!, eso sí que no. Una respuesta así se la podrán tragar los padres, porque no tengan ni tiempo ni ganas para hacer más averiguaciones; pero nosotros somos iguales, y a mí esa nada tan seca no me convence. Así es que...

¿Era yo la que le había largado todo ese discurso, y con ese tono de «a mí no me vengas con rollos, tío» tan desagradable? ¿Y me había atrevido a decir incluso eso de que los dos éramos «iguales»? No me extrañó que nada más acabar de hablar me pusiera más roja que el semáforo en el que me había convertido, con ese tono de padre o de madre a los que se les ha acabado la paciencia. Me dejé caer en el sofá, como agotada por mi atrevimiento, y cerré los ojos. No pensaba abrirlos hasta oír cómo se cerraba la puerta de la calle, porque estaba claro que Carlos no es de los que aguantan que nadie les tosa.

—Tienes razón.

—¡Cómo dices?

—Pues que tienes razón. Ya sé que he estado a punto de insultar a tus padres, pero es que se lo merecían, la verdad...

—No te entiendo.

—¿Tú crees que eso de la cocina te pasó porque sí, al azar; y que además dio la casualidad de que tus padres tenían la cámara justo a mano en ese momento? Rebobina, por favor.

Estaba casi extasiada. El bonsai se había puesto a crecer y, del primer estirón, que apenas era nada, me parecía a mí que se había convertido en una palmera gigante. Salir del país soso y aburrido de los monosílabos y entrar en el apasionante y divertido de los razonamientos fue un cambio demasiado brusco, por eso me quedé pasmada, como alelada.

—Rebobina, por favor.

—Ah, sí, sí —desperté.

Volvimos a verlo de nuevo, porque era muy cortito, y en un momento dado me dijo que apretara a la pausa. La imagen se congeló. Carlos se acercó a la pantalla y luego volvió al sofá.

—Así no se aprecia, ha de ser en movimiento; pero es en este momento cuando, si te fijas muy bien, se ve un destello, un pequeño brillo, que salta desde el suelo, justo al lado de la pata del taburete... Rebobina muy poquito y vuelve a darle al play.

Me tenía intrigadísima con ese brillo enigmático que no sabía si sería capaz de ver, porque además él no decía a qué se debía, qué lo provocaba.

—¡Ahora! ¿Lo has visto?

—¿Un brillo?

—Sí, pero has de estar muy atenta, porque es visto y no visto...

Repetimos la operación con el mismo resultado.

—¿Tampoco?

—Tampoco. Pero, ¿qué es?

—Fíjate bien. En cuanto tú te subes de puntillas se ve un destello, como un brillo muy tenue cerca de la pata del taburete, a medio metro más o menos, ¿sabes de qué?

—Va, suéltalo ya, que me tienes en ascuas...

—Pues del hilo de nylón del que tiraron o tu padre o tu madre para que te cayeras, mientras el otro te filmaba con la cámara...

Me dejó boquiabierta. No sabía si no me lo creía o si es que me negaba a creérmelo. En cualquier caso, nada más oír su explicación, rebobiné y pasé una y mil veces la cinta y en ninguna de ellas logré ver ese brillo que él veía con tanta nitidez. «¡Ahora!», decía invariablemente cuando se suponía que yo había de verlo; pero su voz parecía ensombrecerme la mirada: a cada nuevo «¡Ahora!», menos veía yo. En fin, que me cansé del juego, porque ya estaba empezando a sentirme ridícula.

—¡Vale ya! Se acabó. Me es imposible verlo.

—Como quieras. Y te comprendo...

—¿Qué es lo que se ha de comprender?

—Pues que te cueste reconocer que tus padres te han hecho esa jugarreta...

—¿Sabes qué te digo?, pues que me parece que te lo estás inventando, que son imaginaciones tuyas...

—¿Cuántas veces os habéis subido a ese taburete?

—Muchas.

—¿Y sólo te has caído tú esa vez?

—Pues sí, ¿por qué no? ¿O no te has quedado tú delante de la puerta de tu casa sin que te abran?

—¿Y qué tiene que ver?

—Pues que las casualidades existen, ¿o no?

—Supongo que sí.

—Pues eso.

Estaba a punto de reventar de la emoción. Ahora tenía la impresión de estar en una jungla, abriéndome paso a través de una vegetación tan tupida que los rayos del sol no podían llegar hasta la tierra. Y ese punto final, un poco terco y un mucho de marisabidilla, tenía toda la pinta de ser como una pequeña victoria sobre su seguridad y su indiferencia. Pero Carlos no era un rival fácil o que se diera por vencido a la primera.

—¿Aún tenéis ese taburete?

—Sí, está en la cocina. Lo usamos mamá y yo para llegar al segundo estante de los armarios.

Se levantó del sofá y se dirigió a la cocina, yo tras él, como si estuviera en su propia casa. Llegamos, cogió el taburete, lo acercó al mármol, se subió, se puso de puntillas e inclinó el cuerpo hacia delante, como para alcanzar algo a lo que le costara llegar. El taburete, a pesar de la fuerza visible que Carlos hacía, no se movió ni un milímetro.

—¿Satisfecha?

Me pareció horrible que me hiciera esa demostración tan apabullante, que volviera a empequeñecerme de ese modo suyo tan frío y cerebral, como si estuviéramos jugando una partida de ajedrez. Así lo sentí yo al menos; pero, si he de ser sincera, el tono de su voz de ninguna manera sonaba a desquite, a revancha.

—Me parece que he oído la puerta de mi casa...

¿Estaba deseando irse? ¿Se sentía molesto por haberme hecho quedar como una tonta engreída? ¿Se había hartado ya de soportarme? ¿Habría colmado ya su paciencia? Lo seguí, después de que recogiera su jersey y su mochila, y llegamos al rellano en el preciso instante en que su madre, con la cara desencajada y una mirada llena de desesperación, salía de casa poniéndose la chaqueta deprisa y corriendo, hasta que reparó en nosotros. Dejó caer el bolso al suelo, se despreocupó de la chaqueta, que le colgaba de un brazo y se arrastraba por el suelo, y corrió a abrazar a Carlos como si hubiera estado buscándolo durante semanas.

—¿Dónde estabas, Carmen?

—Tenía que haber estado aquí tu padre.

—Pues no había nadie.

—¡Menudo susto, Carlos, hijo, cuando he llegado y no os he visto! ¡Y mayor aún cuando he oído el mensaje de tu padre: que le ha dejado tirado el coche, sin batería! ¿Y dónde estabas tú?

—En casa de Marcia, que es una compañera de clase.

¡Cómo me dolió ese «una» tan cruel! Tanto como me sorprendió el que llamara a su madre por el nombre, como si no fuese su madre de verdad. Era la primera vez que le oía a un niño llamar a su madre por el nombre de pila, y eso me seguía confirmando que no me había equivocado cuando pensé que lo verdaderamente fantástico puede ser, a veces, lo que tenemos más cerca, ¡y más oculto!

—Ah, muy bien. Tienes un nombre muy bonito, ¿sabes?

—Gracias. Es el del santo del día en que nací.

—Pues has tenido mucha suerte... Bueno, Carlos, despídete de tu amiga y dale las gracias.

Ella recogió el bolso, la chaqueta y fue abriendo la puerta con la llave. Pero justo en ese momento en que la madre de Carlos empujó la puerta para abrirla y franquearle el paso a su hijo, la puerta de mi casa se cerró de golpe, como si una corriente de aire formada entre ambas casas la hubiese empujado. Yo me volví para tratar de impedir lo irremediable, pero ya era tarde. Estuve a punto de echarme a reír, pero Carlos seguía tan serio como siempre, como si nunca en la vida se hubiera reído. La madre lo miraba a él y me miraba a mí, y no comprendía nada de nada, como si le estuviéramos escondiendo las reglas del juego...

—¿Qué pasa, pasa algo? —se atrevió a decir, finalmente.

—Pasa que le tenemos que devolver el favor, porque se le ha cerrado la puerta, no ha sacado la llave y no hay nadie en su casa.

—Bueno, pues que entre, ¿no?

Lo dijo sin mucho convencimiento y con menos entusiasmo; como pidiéndole permiso al hijo, o como diciéndole: «Tú sabrás lo que haces.» Ahora era yo la que me había quedado fuera de juego, como dicen en el fútbol. Aquel diálogo sin palabras entre la madre y el hijo no me gustó nada: me hacía sentirme como una intrusa. Carlos se giró hacia mí y me indicó con un movimiento de cabeza que les siguiera. Cuando pasé junto a él me vengué inmediatamente:

—La he cerrado yo, tirando de este hilo de nylón...

Me miró a las manos y luego a los ojos.

—¿No lo ves?

¿Era una sonrisa aquella extraña mueca que se formó en sus labios? De verdad, seño, que en aquel preciso momento, aun a pesar del atrevimiento que había tenido para gastarle esa broma, sentí miedo. O quizás no era miedo, sino inquietud o ¿cómo era esa palabra tan bonita que dijiste un día en clase, que nos dejaste a todos deslumbrados...? ¡Desasosiego!, ésa es. Sentí un desasosiego tremendo. ¿Dónde me metía? ¿Adónde iba a entrar? De repente me acordé de la casa de la bruja de Hansel y Gretel, y de la del Ogro de Garbancito. Estuve a punto de decir que me iba a casa de mi tía, que vivía en el bloque de al lado, pero enseguida recobré la cordura: oí a papá llamando «peliculera» a mamá y ése fue el empujón definitivo para seguir los pasos de Carlos y dejarme de tonterías. Además, ¿cómo era posible que quisiera renunciar a lo que llevaba persiguiendo más de dos semanas: entrar en la fortaleza de mi vecino fantástico?

Era mi gran oportunidad, sí, pero tenía miedo. No a que me fuera a pasar algo, sino a lo que pudiera ver allí dentro. Durante esos tres o cinco pasos que separaban nuestras puertas me dio tiempo a imaginar que igual entraba en esa casa y salía de ella transformada, como hechizada, habiendo perdido la alegría y las ganas de jugar, de reír e incluso hasta de estudiar. ¡Fíjate qué tontería que me dio, seño! No sé ni lo que debí tardar en cruzar el rellano, pero ahora que tengo que escribir sobre ello sólo me viene a la memoria en forma de cámara lenta, ¡o superlenta!, como cuando le das a la pausa en el vídeo y luego vas avanzando con la ruedecilla, que va saliendo la imagen como si fueran fotos, en vez de película, pues así. ¡Qué distintas son las cosas cuando se recuerdan, ¿verdad, seño?!

Al final entré. Nada más hacerlo, Carlos se giró hacia mí, me detuvo con la mano extendida, como si fuera un guardia de la circulación o un portero de discoteca y me dijo:

—Marcia, tienes que darme tu palabra de que nada de lo que veas y oigas en esta casa se lo dirás nunca a nadie, ni siquiera a tus padres, ¿de acuerdo? A nadie.

—Sí, sí, de acuerdo.

Lo dije un poco atemorizada, claro, porque la voz de Carlos, además de solemne, me sonó amenazadora y angustiada al mismo tiempo, y eso me consoló y me relajó algo la tensión con la que había entrado en la vida de Carlos, en la vida vecina y, sin embargo, tan desconocida como el funcionamiento del cerebro, que tú dijiste, seño, que es el único territorio del mundo que aún puede explorar el hombre, que no se sabe cómo pensamos, ni cómo recordamos, ¿a que sí? Y esto es lo que más fantástico me parecía de mi historia, cuando decidí cuál sería: que nuestras vidas fueran vecinas y, sin embargo, tan distantes como la Tierra de la Luna, o más... Claro que cuando entré en su casa sí que comencé a descubrir, ¡y de qué modo!, lo fantástica que era en realidad su vida, y la de sus padres, por supuesto.

Pues lo dicho, entrar en su casa era como hacerlo en el cerebro, ese laberinto de curvas blandas y pálidas, un territorio desértico en cuyas dunas se esconden todas las maravillas del mundo. Me acordé de pronto de la peli que tú dijiste que viéramos, que nos gustaría: Viaje alucinante. Y era igual, porque apenas hube entrado en su casa, me sentí tan pequeña como aquel submarino que le inyectan en la sangre al científico enfermo, pero también tan curiosa y maravillada por lo que se suponía que iba a conocer, que ya estaba conociendo...

Mientras Carlos me tomaba la palabra... ¿A que te estás preguntando por qué no la he cumplido, si la di? Pues sí que la he cumplido, seño, porque la di de no «decir» a nadie lo que iba a conocer, no de no «escribírselo» a alguien. Sé de sobra que es un juego de palabras y que decir y escribir vienen a significar lo mismo; pero yo tengo la sensación de que escribir esta historia para ti no es faltar a mi palabra, por eso lo hago, y porque tengo la conciencia tranquila. Además, ya te he pedido, ¡y espero que no me falles!, que no escojas la mía, como en otras ocasiones, para leerla en voz alta en clase. Pero ya sé que no lo harás, que te será imposible, con lo larga que es. O sea, que sigo, y aún te lo pondré más difícil todavía.

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Fecha de publicaciónSeptiembre 2004
Colección RSSLas excepciones cotidianas
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