El cincuentón que llegó aquella noche no tenía mala pinta, pero a esas alturas había dejado de intrigarme el aspecto de cualquier hombre que pudiera aparecer en Doñana. Sin entretenerse en florituras, me mandó desnudarme y tenderme sobre la cama y luego me ató las muñecas y los tobillos a los barrotes.
Al recordar aquel día después de tanto tiempo, comprendo que en mi cabeza se había movido un resorte. La idea de haber descubierto ese algo indefinido, tal vez una perspectiva nueva de la vida que podía resultarme beneficiosa, iba creciendo dentro de mí por momentos y, a pesar de que todavía no era capaz de concretar mis planes, mi manera de enfrentarme con la situación había variado sin remedio. La obligación de soportar a aquel hombre me enervaba. Sin embargo, algo intuitivo seguía avisándome de que debía contener mi precipitación. Yo me decía a mí misma que debía aguantar para llegar, sin complicarme más la existencia, al final del juego en el que me había metido.
Cuando me tuvo desnuda y atada me preguntó dónde había unas tijeras.
—¿Para qué? —respondí molesta y alarmada.
—Tienes largos los pelos del coño, a mí me gustan cortos. Tú verás —dijo resuelto—. Si no tienes tijeras te los arranco uno por uno, no tengo prisa.
Su tono era convincente.
—En el estante del lavabo hay unas —contesté resignada, refiriéndome a mis tijeras de manicura.
Se puso a caballo sobre mi vientre y me estuvo torturando mucho rato. Pellizcaba dos o tres pelos y tiraba de ellos, luego uno por uno me los cortaba a ras de la piel. Lo hacía con una lentitud agobiante. Yo sentía el tirón que poco a poco se iba haciendo doloroso. Después el frío de las tijeras sobre la piel. Tenía tanto miedo a que me produjera una herida que no me atrevía a moverme. Ya basta, por favor, repetí muchas veces. Él no parecía oírme, estaba entusiasmado con su escrupuloso trabajo.
Llegó un momento en el que no pude contener las lágrimas. Cuando me oyó sollozar se dio la vuelta. Entonces, la ceremonia se dilató porque aquel tarado se paraba complacido a mirarme a cada rato.
Me dejó el pubis perfectamente rasurado. Después se metió en el lavabo y regresó con el frasco del alcohol. Sentí el chorro frío y a continuación un escozor terrible. Le dije a gritos que me soltara y que se largara de una vez. Él no se inmutaba.
—Ya terminamos —me dijo.
Me desató los pies y después las manos. Al verme libre, recuperé la tranquilidad y le dije que yo no me prestaba a esa clase de servicios, que yo no era la persona que él necesitaba y que hiciera el favor de marcharse cuanto antes.
—Ya —contestó a la vez que me pellizcaba salvajemente los pezones.
Entonces me obligó a tenderme de nuevo en la cama pero esta vez a lo ancho. Mi cabeza quedó colgando.
—Me ha dicho Mánol que si te pones tonta te pegue fuerte en la cabeza. Por darte en la cara hay que pagar demasiado, ¿sabes?
Mientras decía esto me agarraba con una mano por la raíz del pelo y me zarandeaba la cabeza. Volvió a atarme. Esta vez en lugar del cabecero usó las patas de la cama. Quedé tendida, atravesada, mi cabeza seguía colgando y apenas si podía apoyarme en las nalgas.
—Créeme, no tengo intención de hacerte daño —dijo—, pero tienes que portarte bien.
Mi sexo estaba desprotegido y yo me encontraba al borde de la desesperación. Lo más desazonante era que no podía ver lo que hacía porque ya no era capaz de mantener el cuello erguido en esa postura. Debió de untarse las manos con una crema muy grasienta. Empezó a manosearme las ingles y la parte interior de los muslos. De pronto, se levantó y se acercó a mi cara.
—Terés —dijo—, es preciso que te relajes. ¿Cómo crees que podremos conseguirlo?
—Suélteme y márchese ya, por Dios —le contesté.
Volvió a agarrarme del pelo, me levantó la cabeza y me propinó un capón salvaje cerca de la coronilla. Después me retorció con fuerza el mechón de la parte dolorida. Creí que me lo estaba arrancando.
—¿Vas a relajarte ahora? —preguntó fríamente.
—Sí —respondí apenas sin aliento.
Volvió a echarse crema en las manos y a manosearme los muslos. Comprendí que debía dejarme llevar sin voluntad. Cerré los ojos. Sus manos se deslizaban por mis muslos y, cuando parecía que iban a rozar mi sexo, retrocedían. Luego invadieron mi pubis lastimado y debo reconocer que lo hacían con dulzura. Y a pesar de la aversión que me inspiraba aquel hombre, aquella mezcla de escozor y consuelo acabó por excitar mi sexo. Mi clítoris crecía y se suavizaba sin que yo pudiera evitarlo. Deseé con ardor que lo tocara. Sus dedos se acercaban lentamente. Penetraban en mi vagina palpando cada parte. Era como si algo sobrenatural que no fueran manos me acariciara. Y de pronto sentí su tacto justamente donde más lo deseaba. En ese momento me hubiera dejado hacer cualquier cosa. Todo mi cuerpo había quedado atrapado en la sensación. Yo no quería abrir los ojos. Recuerdo que él me acarició el vientre y dijo:
—Bien, Terés, muy bien.
Cuando parecía que el placer iba a hacerme estallar, él me tocaba en otra parte y una extraña sensación de agonía, porque se alejaba, y de bienestar, porque aún podía seguir inmersa en aquel éxtasis, me embriagaba.
—No pares por favor, no me dejes —llegué a pedirle enloquecida. Tuve un orgasmo largo y agotador. Debí de gemir como si me estuvieran matando.
Cuando me desató yo estaba rota de gozo, ausente. Me puso sobre la cama sin brusquedad y me penetró. Lo recibí con agrado, le dejé hacer sin moverme, sin molestarme en interpretar mi papel.
No sabía qué pensar de él. Al marcharse me dijo:
—Todo es mecánico: sensaciones que se desatan sabiendo tocar, Terés. Bueno —añadió—, me voy satisfecho. Hoy he hecho una buena obra. Ni tu padre te hubiera dado tanto.
—¿Pero qué dice? —pregunté. Cerró la puerta sin contestarme.
Era cierto que aquel hombre había hecho una buena obra. Me había enseñado que el cuerpo es algo que puede funcionar con autonomía. Que no es necesario estar en una película para gozar. Y más cosas aún le debo. Con él terminé de comprender que el placer sólo es el resultado que causa sobre el estado de ánimo la adecuada excitación de unas terminaciones nerviosas. Así de fácil y así de tranquilizador.
| Copyright © | Ana María Martín Herrera, 2003 |
|---|---|
| Por la misma autora | |
| Fecha de publicación | Enero 2005 |
| Colección | Narrativas globales |
| Permalink | https://badosa.com/n201-11 |
Es una historia que va cogiéndote con chispa y con inteligencia, va atrapando con la lectura el interés del lector. Me resulta interesante y me sabe a poco los dos capítulos.
Aunque no soy una experta en estas cosas, me parece que el estilo que utiliza la autora es ágil y rápido, pero al mismo tiempo reflexivo, parece que el personaje tiene un hervidero de sentimientos a punto de salir al exterior. Estoy de acuerdo en que atrapa con rapidez.
“En mi pensamiento destelló aquella discreta y amarillenta instalación luminosa que recordaba lo mismo a la miel que al sarro...” Y eso es lo que creo que esconde esta novela: miel y sarro. La primera, intencionadamente dispuesta para atrapar a quien la lee. El segundo, todo cuanto la vida deja adherido en nuestras bocas.
Es la primera vez que leo un libro de esta autora y tal vez por ello me ha resultado francamente refrescante a la vez que interesante. Su forma de describir las situaciones a la vez que los sentimientos y dispararlos junto con los sentidos me ha agradado sobremanera y desde luego espero con impaciencia poder ver alguna otra obra de ella.
Me ha gustado. Comparto otras opiniones leídas, se trata de una forma de escribir fresca y atractiva. Sinceramente, estoy deseando que publiquen los siguientes capítulos. Espero que sea en breve.
Pienso que deben publicarse otras obras de esta autora, ya que ésta que estoy leyendo me parece interesante, atrapa el interés del lector, es amena, aparte produce un cierto morbo en cuanto a su desarrollo, por lo se está a la expectativa del siguiente capítulo.
Promete. Dan ganas de seguir leyendo, fresco como Lo mejor que le puede pasar a un cruasán, la novela de Pablo Tusset.
Sumergirse en una prosa tan fluida, tan aparentemente sencilla y a la vez profunda como la que la autora emplea para describir la extrema —pero verosímil— peripecia de la protagonista, supone alimentar una creciente curiosidad por ella (¿quién es? ¿ha escrito más obras?) y desear vivamente que no se demore en desvelarnos cuanto antes su prometido desenlace.
Es la primera vez que leo un libro de este tipo, y en verdad me pareció muy envolvente. El lenguaje es sencillo y sin embargo atrayente sin llegar a ser grosero. Es interesante la forma con que juega con la imaginación. Me pareció muy bueno.
Sin duda, y hasta la fecha, de todos los relatos que he leído, y son muchos, ha sido el que más me ha conmovido y emocionado. Me ha gustado y la escritora merece mi aplauso.
En Las vacaciones de Terés, la escritora, con elegancia y maestría, nos adentra en un submundo donde las mujeres dedicadas a la prostitución sufren el más horrible y vejatorio trato, rodeadas siempre de una jauría de "hombres lobo"; pero a pesar del escabroso tema de la novela, no existe la grosería en el lenguaje y la escritora hábilmente nos regala un final feliz, lírico y romántico como anticipo a los acordes del arpa soñada por la protagonista durante su "especial" aventura. Gracias Terés, gracias Ana María, tu novela me ha encantado.
Es un escrito totalmente interesante, que tiene un vocabulario explícito, muy claro. Te envuelves en la historia fácilmente. Me fascinan este tipo de novelas pues me hacen sentir la realeza que existe en ellas.
Es una historia que te atrapa y que no quieres en ningún momento dejar de leer, una historia con la que muchas mujeres estarán muy familiarizadas. "Mujeres", antes de dar un paso equivocado, hay que pensar muy bien las cosas. Felicidades a la autora, mis respetos para usted.
Debo reconocer que soy malísimo para leer. Jamás en mi vida había leído una novela de este tema. Me pareció estar viendo una película. Por un momento sentí ser el sevillano al ver tantos personajes horrorizantes e inescrupulosos. Felicitaciones a la autora. Es una novela realmente buena e interesante.
Maravilloso... Atrapa de principio a fin sin un solo instante de distracción. Crece en intensidad poco a poco y hace crecer la intensidad emocional en el lector. Cuando se acercaba el desenlace, me gustó mucho no saber qué podría suceder finalmente. Me parece perfecto como Ana consigue llegar a lo más profundo desde la sencillez del lenguaje. Me parece perfecto que esta sencillez permita la libertad de interpretación del que lee, creo que eso es lo que debe ser... transparencia para entender lo más oscuro del ser humano.
Me han llegado con total claridad el placer y el terror de Terés.
Aguardo con muchas ganas, como otros lectores, más textos de esta autora.
Esta obra es excelente, dirijo mis felicitaciones a la Autora. Me fascinó su texto y contexto son de gran imaginación y reales. Fue un gusto en leerla. Gracias.
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