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Las vacaciones de Terés

Capítulo XI

Ana María Martín Herrera
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El cincuentón que llegó aquella noche no tenía mala pinta, pero a esas alturas había dejado de intrigarme el aspecto de cualquier hombre que pudiera aparecer en Doñana. Sin entretenerse en florituras, me mandó desnudarme y tenderme sobre la cama y luego me ató las muñecas y los tobillos a los barrotes.

Al recordar aquel día después de tanto tiempo, comprendo que en mi cabeza se había movido un resorte. La idea de haber descubierto ese algo indefinido, tal vez una perspectiva nueva de la vida que podía resultarme beneficiosa, iba creciendo dentro de mí por momentos y, a pesar de que todavía no era capaz de concretar mis planes, mi manera de enfrentarme con la situación había variado sin remedio. La obligación de soportar a aquel hombre me enervaba. Sin embargo, algo intuitivo seguía avisándome de que debía contener mi precipitación. Yo me decía a mí misma que debía aguantar para llegar, sin complicarme más la existencia, al final del juego en el que me había metido.

Cuando me tuvo desnuda y atada me preguntó dónde había unas tijeras.

—¿Para qué? —respondí molesta y alarmada.

—Tienes largos los pelos del coño, a mí me gustan cortos. Tú verás —dijo resuelto—. Si no tienes tijeras te los arranco uno por uno, no tengo prisa.

Su tono era convincente.

—En el estante del lavabo hay unas —contesté resignada, refiriéndome a mis tijeras de manicura.

Se puso a caballo sobre mi vientre y me estuvo torturando mucho rato. Pellizcaba dos o tres pelos y tiraba de ellos, luego uno por uno me los cortaba a ras de la piel. Lo hacía con una lentitud agobiante. Yo sentía el tirón que poco a poco se iba haciendo doloroso. Después el frío de las tijeras sobre la piel. Tenía tanto miedo a que me produjera una herida que no me atrevía a moverme. Ya basta, por favor, repetí muchas veces. Él no parecía oírme, estaba entusiasmado con su escrupuloso trabajo.

Llegó un momento en el que no pude contener las lágrimas. Cuando me oyó sollozar se dio la vuelta. Entonces, la ceremonia se dilató porque aquel tarado se paraba complacido a mirarme a cada rato.

Me dejó el pubis perfectamente rasurado. Después se metió en el lavabo y regresó con el frasco del alcohol. Sentí el chorro frío y a continuación un escozor terrible. Le dije a gritos que me soltara y que se largara de una vez. Él no se inmutaba.

—Ya terminamos —me dijo.

Me desató los pies y después las manos. Al verme libre, recuperé la tranquilidad y le dije que yo no me prestaba a esa clase de servicios, que yo no era la persona que él necesitaba y que hiciera el favor de marcharse cuanto antes.

—Ya —contestó a la vez que me pellizcaba salvajemente los pezones.

Entonces me obligó a tenderme de nuevo en la cama pero esta vez a lo ancho. Mi cabeza quedó colgando.

—Me ha dicho Mánol que si te pones tonta te pegue fuerte en la cabeza. Por darte en la cara hay que pagar demasiado, ¿sabes?

Mientras decía esto me agarraba con una mano por la raíz del pelo y me zarandeaba la cabeza. Volvió a atarme. Esta vez en lugar del cabecero usó las patas de la cama. Quedé tendida, atravesada, mi cabeza seguía colgando y apenas si podía apoyarme en las nalgas.

—Créeme, no tengo intención de hacerte daño —dijo—, pero tienes que portarte bien.

Mi sexo estaba desprotegido y yo me encontraba al borde de la desesperación. Lo más desazonante era que no podía ver lo que hacía porque ya no era capaz de mantener el cuello erguido en esa postura. Debió de untarse las manos con una crema muy grasienta. Empezó a manosearme las ingles y la parte interior de los muslos. De pronto, se levantó y se acercó a mi cara.

—Terés —dijo—, es preciso que te relajes. ¿Cómo crees que podremos conseguirlo?

—Suélteme y márchese ya, por Dios —le contesté.

Volvió a agarrarme del pelo, me levantó la cabeza y me propinó un capón salvaje cerca de la coronilla. Después me retorció con fuerza el mechón de la parte dolorida. Creí que me lo estaba arrancando.

—¿Vas a relajarte ahora? —preguntó fríamente.

—Sí —respondí apenas sin aliento.

Volvió a echarse crema en las manos y a manosearme los muslos. Comprendí que debía dejarme llevar sin voluntad. Cerré los ojos. Sus manos se deslizaban por mis muslos y, cuando parecía que iban a rozar mi sexo, retrocedían. Luego invadieron mi pubis lastimado y debo reconocer que lo hacían con dulzura. Y a pesar de la aversión que me inspiraba aquel hombre, aquella mezcla de escozor y consuelo acabó por excitar mi sexo. Mi clítoris crecía y se suavizaba sin que yo pudiera evitarlo. Deseé con ardor que lo tocara. Sus dedos se acercaban lentamente. Penetraban en mi vagina palpando cada parte. Era como si algo sobrenatural que no fueran manos me acariciara. Y de pronto sentí su tacto justamente donde más lo deseaba. En ese momento me hubiera dejado hacer cualquier cosa. Todo mi cuerpo había quedado atrapado en la sensación. Yo no quería abrir los ojos. Recuerdo que él me acarició el vientre y dijo:

—Bien, Terés, muy bien.

Cuando parecía que el placer iba a hacerme estallar, él me tocaba en otra parte y una extraña sensación de agonía, porque se alejaba, y de bienestar, porque aún podía seguir inmersa en aquel éxtasis, me embriagaba.

—No pares por favor, no me dejes —llegué a pedirle enloquecida. Tuve un orgasmo largo y agotador. Debí de gemir como si me estuvieran matando.

Cuando me desató yo estaba rota de gozo, ausente. Me puso sobre la cama sin brusquedad y me penetró. Lo recibí con agrado, le dejé hacer sin moverme, sin molestarme en interpretar mi papel.

No sabía qué pensar de él. Al marcharse me dijo:

—Todo es mecánico: sensaciones que se desatan sabiendo tocar, Terés. Bueno —añadió—, me voy satisfecho. Hoy he hecho una buena obra. Ni tu padre te hubiera dado tanto.

—¿Pero qué dice? —pregunté. Cerró la puerta sin contestarme.

Era cierto que aquel hombre había hecho una buena obra. Me había enseñado que el cuerpo es algo que puede funcionar con autonomía. Que no es necesario estar en una película para gozar. Y más cosas aún le debo. Con él terminé de comprender que el placer sólo es el resultado que causa sobre el estado de ánimo la adecuada excitación de unas terminaciones nerviosas. Así de fácil y así de tranquilizador.

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Copyright ©Ana María Martín Herrera, 2003
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Fecha de publicaciónEnero 2005
Colección RSSNarrativas globales
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