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Fecundación fraudulenta

Episodio 34

Ricardo Ludovico Gulminelli
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—Eso no es lo peor, querida, espero que no me incapacite antes... No soportaría que tengas que bancar mi decadencia, ni vos ni nadie. Creo que haría como Hemingway, si no hubiera más salida. Lo triste es que muy posiblemente sea así, cuando yo tenga setenta años, vos apenas tendrás cuarenta y cinco. ¿Te das cuenta?, mal pronóstico...

—Mirá, Roberto, vos le das trascendencia a lo que pasará dentro de veinte años, ¿no? Bueno, yo en cambio se la doy a esos veinte años. ¿Te imaginás cuántas cosas podemos vivir durante ese lapso? Fijate, tu primer matrimonio, duró quince; los últimos cinco, sólo en apariencia. ¿No te casaste acaso para toda la vida? ¿Cómo podés saber, si yo no moriré mañana? Después de todo, si te morís antes, yo seguiré existiendo, pero me quedarán cosas hermosas que habremos vivido juntos. Tal vez nos separemos enseguida, quizás te canses de mí rápido, te aburras, ¿cómo podríamos estar seguros de que no será así? La verdad es que me desconcertás, Roberto, te contradecís... Me hablás tanto de sentir, de disfrutar, de no estar encorsetado y, sin embargo, temés afrontar tu destino, gozar del amor. ¿Cuál es tu verdadera personalidad?

—Tenés razón, Alicia, perdoname, no te enojes... Estás probando una vez más que la sabiduría no es patrimonio de los ancianos. Yo creo que conozco muchas facetas de la vida, pero me estoy resistiendo a sumergirme en ella. Tengo la posibilidad de gozar de tu compañía, de amarte y, a pesar de eso, todavía dudo. Evidentemente debo tener algo mal en el cerebro, ¿qué estoy esperando para vivir libremente cada momento? Si sigo así, te voy a cansar con mi pesimismo. Si eso sucede, me desesperaré, pero ya será tarde. Me voy a tirar a la pileta, que sea lo que tenga que ser, no me arrepentiré de saborear la felicidad.

—Muy bien, mi amor, espero que cumplas tu palabra. Nunca más dudes, el presente es lo único verdadero. Además, ¿vos pensás que carecemos de futuro?, yo estoy segura de que lo tenemos y bueno.

—Vos sos muy joven, Alicia, pero no pretendo convencerte, si elegís estar conmigo, bienvenido sea, la opción es tuya. Después de todo, si descubrís que te equivocaste, siempre podrás rehacer tu vida, no debo ser tan puntilloso. Me acuerdo de un amigo, que siempre decía que había estado la mitad de su existencia preocupándose por catástrofes, la mayoría de las cuales nunca habían sucedido... Yo tengo que tratar de no incurrir en el mismo error.

—Así me gusta, y no te hagas el vejete que tenés cuerda para rato. Esto no significa que no tengas que cuidarte, necesito que estés fuerte y sanito. Tenés una mujer joven que satisfacer, no te asustes, te voy a tratar con cuidado y con mucho cariño.

—Trataré de atenderte en todo sentido, con una preciosura como vos, no será difícil. Si muero en el intento, será una hermosa forma de suicidio, ¿no? ¿Notaste que se me fue el efecto del vino?, es porque tocaste un tema que me interesa especialmente...

—Hablando en serio, ¿qué vamos a hacer, Roberto?, yo quisiera vivir con vos, ¿te gustaría?

—Es inevitable, Alicia, ya prácticamente lo estás haciendo, ¿cuántos días a la semana te estás quedando a dormir en casa?, ¿cuatro?, ¿cinco? Dentro de poco, de hecho, estaremos conviviendo. Estamos en condiciones de proporcionarnos el placer de la convivencia, sin los formalismos que la hacen aburrida. Por ejemplo, yo te propondría algo, me gustaría tener una luna de miel sin matrimonio, ¿que opinás?

—¡Buenísimo!, ¿adónde iríamos?

—¿Adónde te gustaría ir, Alicia?

—Aunque parezca una frase común, a cualquier lado, si estamos juntos. Dame opciones Roberto, a ver...

—Bien, podría ser Brasil o Europa, también me gustaría el sur, la cordillera. ¿Qué te atrae más, Alicia?, ¿qué preferís?

—La verdad, Europa no; no me interesa en este momento ver muchas cosas, conocer ese mundo. Tengo ganas de estar más reconcentrada en nuestra relación, ponerla en primer plano. No me interesa distraerme con excursiones o viajes largos. Brasil podría ser, para quedarnos en un lugar tranquilo. A vos te gusta el sur, ¿no?

—Es una debilidad que tengo, estoy enamorado de sus paisajes, de las aguas cristalinas, de los árboles añosos, de las montañas, de los lugares que visité cuando era un muchacho. Pero cualquier elección sería buena para mí, está en tus manos.

—Vamos a Aluminé, Roberto, es ése el sitio que tanto querés, ¿no? Siento una gran curiosidad; me gustaría conocerlo. Será una grata experiencia, ¿de acuerdo?

—De acuerdo, Alicita, gracias. Me asombrás continuamente; es increíble que tengas tan sólo veinticinco años, me comprendés como nadie... La juventud ahora es tan hermosa, mejor que la que yo conocí. A los «viejos» nos sorprende este fenómeno vivificante, es como si un aire nuevo corriera por la sociedad, embelleciéndola. Te aseguro mi amor, este tipo de belleza me atrapa y vos lo tenés. Es una mezcla cálida de inocencia y de sensualidad. Esa actitud tuya que refleja una ausencia de condena, la capacidad de entenderlo todo. ¡Ojalá yo hubiera sido así!

—Te repito, querido, ahora sos una persona amplia, comprensiva, no sos más el de antes, ¿por qué no te olvidas del pasado?

—Es cierto, no vale la pena mirar atrás.

—Roberto, cuando te escucho hablar, me doy cuenta de lo poco que tengo para darte. Soy demasiado simple, tarde o temprano te aburrirás de mí.

—No me digas, ¿logré engañarte?, creés que sé mucho porque digo tantas pelotudeces. No es verdad, sos infinitamente más sabia que yo. Vivís simplemente, porque así es como debe ser. Lo idiota es conflictuarse por pavadas, tuve que tener cincuenta años para comprender que en realidad hay que vivir sencillamente, como vos lo hacés. ¿Quién es el ignorante entonces? No te quepa duda alguna, yo lo soy.

—Roberto, vos sabés que yo te quiero, ¿no? No pensarás que es tu dinero lo que me atrae de vos, ¿no es cierto? Decímelo, por favor...

—Querida, no pienso eso, las situaciones no son tan elementales, no te tortures. Estamos plagados de vicios y tenemos también virtudes, somos complejos. Creo en vos, te veo tan fresca; tan ingenua. ¿Qué más podría pedirte? Lo que vos calificás pecaminosamente de interés económico, bien podría denominarse ansias de protección, de seguridad. En realidad carece de importancia. Después de todo, no te olvides que te puede importar que yo sea rico, como a mí que vos seas bella. No lo analices demasiado, son nuestras circunstancias, nos amamos condicionados por ellas, por todas. Esto es una realidad, es humanamente comprensible, no lo consideres egoísta. ¿Acaso no goza la madre, admirando la belleza de su hijo?, ¿acaso no disfruta el ser humano la hospitalidad de un buen techo, el calor de un hogar? Nos queremos Alicia, por lo que somos, no lo compliquemos, ¿de acuerdo?

—Y a vos, ¿qué es lo que más te atrae de mí? Decímelo, ¿mi sencillez?, ¿que soy más o menos linda?

Él acarició sus cabellos, abrazándola, y besó su cuello. Cerca de su oído, murmuró:

—Alicia, ¡qué pregunta difícil! Me gusta tu piel, tu pelo, tus pechos pequeños, perfectos, saborear tu boca, hacerte el amor. Pero hay más, mucho más... Al estar con vos, siento como si una especie de microclima nos abrigara, disfruto el aire que compartimos. Hay algo espiritual que te rodea, una luminosidad perceptible para mí. Creo que lo que más me atrae de vos es que rebosás ternura y que despertás en mí, idéntico sentimiento. Sobre esto, cabe reflexionar y mucho, porque pienso que la ternura no se origina a causa de un impulso sexual inhibido, ni tiene nada que ver con la avidez. Lo que más enaltece a este afecto es que no lleva en sí un interés mezquino ni una finalidad especial, ni siquiera la de concretar un contacto físico. La ternura no está limitada por condicionamientos de sexo, ni de edad, es casi intransmisible, irrepresentable con palabras. Sin embargo, se trasunta en gestos, en miradas, en imágenes y fundamentalmente se diferencia por el espíritu altruista y sano que la anima. Con esto, quiero expresarte que deseo tu felicidad por sobre todas las cosas y que, si yo fuera un obstáculo para que la lograras, me apartaría. No concibo una unión gratificante entre nosotros, si no lo es en primer lugar para vos, si no permanecés a mi lado, únicamente porque lo deseás. Por eso, lo que yo siento no lo quiero calificar, pero si tuviera que hacerlo, me inclinaría a decir que estoy enternecido hacia vos, y te doy esta explicación, para que no desvalorices lo que deseo significar. Lo cierto es que tenés el poder de sensibilizarme, quizás fundamentalmente, porque me das mucho amor. Si no fuera así, tu belleza no serviría de nada, te lo aseguro. Por eso, nuestra relación será magnífica, aún si resultara efímera; estoy seguro de que nunca nos arrepentiremos de ella.

Alicia recordó que lo había engañado, pensó, como tantas otras veces, en decírselo, pero no se atrevía a correr el riesgo de destruir esa felicidad que estaba gozando.

«Después de todo, —pensó—, «Álvez me dijo que el semen de Roberto no fue utilizado, ¿para qué revelarle entonces la verdad? ¿a quién beneficiaría? No, no tendría sentido.»

Alicia estaba asustada de sus propios pensamientos, quiso apartarse de ellos... Estrechándose a Roberto, dijo:

—Mi amor, ¡brindemos por nuestra luna de miel!

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Copyright ©Ricardo Ludovico Gulminelli, 1990
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Fecha de publicaciónDiciembre 2000
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