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Miramar

La gesta del Pez

Ezequiel y el Pez

Daniel Rubén Mourelle
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Llegó a media tarde, el día se había enfriado, una extensa llanura de nubes seguía disfrazando el cielo. Alguna que otra gota esporádica anunciaba tormenta. Cargó su mochila sobre el hombro y caminó hacia el mar. La avenida principal estaba repleta de gente, los negocios estaban colmados; nadie iba a la playa en días así.

—Buen día.

—Buenas...

—¿Tiene habitación para una persona?

La encargada lo recorrió con la mirada y, no sin alguna sospecha, lo guió hasta el primer piso. La habitación daba a la calle y, saliendo por el pasillo, había un pequeño balcón. Era un lugar de poca monta, un viejo cartel anunciaba a quienes se interesaran: Hotel Colman - La comodidad de una tradición. El viajero pensó: «Justo lo que necesito», y sonrió para sí.

—¿Siempre hay tanta niebla en esta época? —preguntó intrigado.

—No; el clima se ha vuelto loco desde hace unos días. Sabemos tener niebla en el invierno, pero nunca en verano. Los turistas están muy desconcertados.

La encargada estaba bajando sus defensas, el viajero se dio cuenta y pensó que eso le convendría más tarde; ahora quería conocer un poco el lugar:

—Bueno, gracias. Me voy a dar una vuelta antes de cenar.

—Mire que anda garuando tupido —le advirtió.

—Ya estoy acostumbrado...

El hotel tenía sus años, quizá había sido de los primeros en construirse allí, por eso la mención del cartel a «la tradición». Caminó las dos cuadras que lo separaban de la costa y se quedó un largo rato mirando hacia la mancha gris en que se había transformado el mar. Algunas parejas, que seguramente habían estado paseando desde temprano, regresaban vencidas por el frío del anochecer. Caminó por la costa en dirección al sur.

En el bosque, hay lugares donde nadie lo molesta a uno; es un sitio especial... Y medio misterioso... Nunca se le ocurra ir de noche...

Pasó el espigón para pescadores y vio que la playa se reducía, más allá había acantilados de baja altura. El asfalto se acababa, las casas escaseaban; allí, justo a la entrada del vivero, vio la caseta del guardián. La barrera estaba baja pero no había nadie.

Para entrar, no tendría que pasar por debajo, bastaba con ir por la costa, allí no había alambrado. La luz se desvanecía; a la izquierda estaban los acantilados y el mar, el bosque a la derecha.

Un sendero se desprendía del camino y se internaba en la arboleda; se dejó tragar. El apagarse de la luz no era lo único que ocultaba el mundo, estaba absorto en sus pensamientos, en la memoria de sus lugares queridos:

El pasaje es de ida, no se sabe si hay regreso; pero si alguna vez pasás por la casa de ayer, no te olvides de golpear...

Era una vieja canción. Se dio cuenta de que las palabras no provenían de su recuerdo, habían resonado en derredor. Una hoguera ardía un poco más allá. El día estaba terminado, ese fuego era la única luz.

Se fue acercando, los ojos hundidos en la llama, el lugar estaba desierto. Temblaba; frío, temor, déjà vu... Era un modo diferente de invasión.

La hoguera estaba en un espacio donde los arbustos habían sido arrancados, bajo un inmenso árbol.

—¿Vos sos el Pez?

Las llamas coreaban la danza que las sombras de los troncos ejecutaban a ritmo.

—¿Vos sos el Pez?

Ya no era un déjà vu; él mismo era la danza y la sombra, el coro y la presencia.

—¿Vos sos el Pez?

¡Tac!... Y no había nadie.

Salvo justo enfrente de él, al otro lado de la llama. No podía distinguirlo.

—¿Vos sos el Pez?

—Sí —contestó y creyó que mentía. Pero no.

—Vos... ¿Sos el Pez?

—Sí...

—Entonces, te estaba esperando. Debo confiarte dos de las formas mediante las cuales darás con la flecha y el centro.

El viajero no tenía dudas; si las apariciones anteriores habían estado empapadas en un fluido onírico, no era éste el caso. Se esforzó por distinguir a quien estaba sentado frente a él, pero el fuego lo encandilaba y provocaba que toda la vecindad temblara.

—¿A mí?

—¡Claro! ¿No sos el Pez?

—¡Sí! —no mentía.

—Bien; para la primera forma, tomarás la flecha entre ambas manos, cruzarás el terreno hasta el blanco, la apoyarás y la clavarás.

Algo funcionaba mal; por un lado parecía una confusión, sin embargo ¿no era eso lo que había ido a buscar?

—Para la segunda, tomarás el arco, lo tensarás, colocarás la flecha, apuntarás y dispararás.

—¡Ajá! Pero, si sigo este segundo método, podría no darle al centro.

Ahora estaba seguro: algo andaba muy mal; pero este pensamiento no era suyo, pertenecía a su interlocutor.

—Pero... ¿Vos sos el Pez?

—Sí.

—Entonces, algo imprevisto está pasando; por aquello del olvido, puede que ya no tengas la fuerza suficiente para tensar el arco; o quizá, por esto de la fuerza, ya no recuerdes que el centro está siempre en la punta de la flecha.

Hasta la llama pareció inmovilizarse. El viajero sabía; no podía ubicar los pies sin que las chispas avanzaran sobre ellos, una inexplicable ternura se le escapaba hacia el otro lado del fuego. Todo sucedía sin respiro, su anfitrión comenzó a cantar, no entendió el idioma al principio, pero luego comprendió cada palabra:

Si no te encuentro en el próximo viento del mar, jamás podré pensar que has muerto y querrán encerrarme en la ciudad.

Si no escucho algún pájaro viejo poblando la última rama seca que queda en pie, tendré que mirar mi herida y ver si queda aún alguna tormenta que lamentar.

Si no derrumbo pronto estas paredes altas, habrá muy poco sol para abrigarse y tendré que usar por fin la madera que dejaste para salir a buscarte.

Y si no nos encuentran en el viento del mar, querrán pensar que hemos muerto, caminando la sal, en la fiesta furia del día.

Los volcanes de la memoria hacían erupción. Pero no podía continuar, tenía que saber qué la producía.

—Te espero mañana —dijo el anfitrión.

—Pero... ¿Cómo te llamás? —era una pregunta desesperada.

—Ezequiel.

—¿Y cómo sabías que vendría?

—Igual que sé que vendrás mañana.

—¿Dónde vas a estar?

—Aquí.

—Sí, claro... ¿Y dónde es aquí?

—Estás peor de lo que me advirtieron. No hay nada más claro que el aquí —estaba molesto, muy molesto; la última palabra sonó como una burla mordaz.

—¿Aquí?

—¡Aquí!

Para cuando pudo reaccionar, el otro había desaparecido dentro de la hoguera.

Era tarde; el viajero estaba sentado aún frente a las brasas de la fogata, pensaba en voz alta:

—El Pez. Yo soy el Pez. ¿Soy el Pez? ¿Realmente, lo soy? ¿Quién es el Pez? ¿Qué quiere decir ser el Pez? Ezequiel no parecía haberse confundido, aunque mi reacción no le haya producido placer. Tampoco pude ver su rostro, pero es como si hubiese adivinado sus rasgos. Además, me encuentro hablando solo, lo que me faltaba... Aunque no me parece estar solo; no creo haber estado solo ni un segundo desde que comencé este viaje.

El bosque lo había atrapado; le costaba ponerse de pie para volver al hotel. Finalmente, se fue caminando muy despacio por donde había llegado.

No cenó, no pudo. Se acostó y el sueño lo dominó enseguida. A la mañana siguiente, repitió el trayecto, pero no entró al bosque. Anduvo largo rato por los acantilados, descubrió que, después de un trecho, desaparecían para dar paso a una playa angosta y rocosa.

Había amanecido con sol pero, poco a poco, el cielo se fue cubriendo de nubes. Primero desapareció el horizonte y luego la playa; apenas podía adivinar el verdor de las copas de los árboles. La niebla había salido de entre las piedras para contagiarlo todo. Estaba conmocionado, el mundo había cambiado en unos minutos, escuchaba las olas pero no podía verlas; no tenía defensas.

Se encaminó al bosque, daba pasos a ciegas, adivinaba; atravesó un campo de uñas de gato donde casi tropieza y se cae. Por fin llegó hasta un sendero. A medida que lo fue siguiendo, algunos árboles comenzaron a aparecer, la niebla se frenaba como si las hojas le ofrecieran una barricada. Ya en plena espesura y con toda la ropa empapada, reconoció el sitio de la noche anterior; allí estaba el manchón de cenizas que había sido la fogata. Se tendió sobre la tierra seca y dejó que sus ojos descansaran, una campana de niebla le impedía ver el cielo.

El centro está siempre en la punta de la flecha...

Se le ocurrió pensar que era una suerte que el día no fuese apto para el turismo; la calma que cada planta y cada piedra le ofrecían era un regalo apreciado.

—¿Recordás la despedida? —apareció de la nada.

—¡Ezequiel!

—Te hice una pregunta.

—Ya sé; me sorprendí. Estaba todo tan silencioso.

—Ambos sabemos que eso no es cierto, por lo tanto no puede contribuir a esa sorpresa que decís. Debías estar pensando en la respuesta y por eso te inquietaste.

—¿La respuesta a tu pregunta?

—Sí —lo miró y esperó, para luego insistir—. ¿Recordás la despedida?

—No sé si se trata de lo mismo...

—¿A ver? —tono triunfal en boca de Ezequiel.

Sentado y con la espalda contra el árbol, miró hacia el vacío y dijo:

—¿Y si yo te contara del hielo, de su filo apretando mi costado y trayendo el dolor de los viejos amigos? ¿Y si pudiera lograr que vieras el fuego de la chimenea de casa perdiéndose en la niñez? ¿Cómo evitar lastimarte más allá de lo indecible y mostrarte todo aquello? El palacio desde el que uno parece mirar jamás existió. Cuando entramos, las paredes se transparentan y todo el bosque vuelve a visitarnos. ¿Cómo hacer para aceptar los desafíos cuando la vida no pida reglas ni órdenes? ¿Cómo saber dónde pueden los hermanos ser amigos, y los brazos, los de viejos enamorados? ¿Cómo hacer para dar un paso atrás, un olvido atrás, un beso menos? La mano sigue presente, la voz no se calla y el trueno aguarda por el mar desde que tengo memoria. Quizá, al poema, le falte un solo tono para desaparecer de una vez —hizo una pausa—. Aún espero tu estocada.

—¿Y eso? ¿De dónde sacaste eso? —Ezequiel estaba agitado.

—De un papel que me dio un hombre de aquí, de Miramar.

—¿De Miramar?

—Sí; dijo ser de aquí, pero me lo crucé hace unos días yendo hacia Punta Alta. No lo vi más...

—¡Mildin! —la agitación lo dominó y tuvo que apoyarse contra el árbol.

—¿Lo conocés?

—Es que comienzo a darme cuenta.

—Pues lo que es yo, estoy totalmente perdido... ¡Y ni siquiera sé qué estoy haciendo acá!

—Me tratás con bastante confianza no obstante.

—Me estoy volviendo loco. Todo esto es demencial y yo estoy muy pancho por mi casa.

—¿Y no es eso lo raro antes que esta locura, como vos la llamás? —Ezequiel volvía a tomar el control.

—Es que nada de esto es normal.

La carcajada de Ezequiel retumbó por todo el bosque; los ojos le brillaron:

—Lo normal... ¡El número querrás decir!

—¿Qué tiene que ver el número? Estoy hablando de lo que puede ser y lo que no, de la realidad.

—Decíme, ¿y no eras vos el que le decía a Fernando que las cosas no son lo que creemos?

El viajero sintió que el suelo se abría bajo sus pies:

—¿Cómo sabés eso?

—Yo sé muchas cosas, especialmente sobre vos. Y, tal parece, más que vos mismo.

—Una ventaja..., evidentemente.

—No lo creo. Vos tenés el don.

—¿Qué don?

—No es tiempo de hablar de eso.

—¿Y de qué es tiempo? —una mezcla de resignación y enojo comenzaba a levantarse entre ambos interlocutores.

—De seguir recordando. El asunto que debe ocuparnos ahora es recordar.

—Bien, así sea. Recuerdo que hace un rato mencionaste a Mildin. ¿Quién es?

—Aquel viajero que, según tus palabras, encontraste en el camino a Punta Alta; ése era Mildin, o la máscara que usó en esa oportunidad. Así te pasó los papeles, sin más ni más.

—Pero vos sabías lo de Fernando, ¿cómo no sabías de ese encuentro hasta que yo lo mencioné?

—Mildin debe de haber usado el escudo y todo ocurrió en una fracción de segundo.

—¿Qué escudo?

—El escudo transtemporal; quienes quedan bajo su guarda no envejecen ni pueden ser vistos o captados por quienes, en ese mismo momento, estén dentro del tiempo cronológico que vos llamarías normal.

—Hagamos de cuenta que no te pregunté.

—Hemos perdido contacto con Mildin desde hace mucho; creímos que volvería para la Luna de Dzana.

—Quizá sería mejor que no me explicaras más nada, antes creía que estaba comenzando a entender algo, pero ahora... ¿Dijiste Dzana? ¿Algo que ver con ese antiguo libro que encontraron...? —la cara se le iluminó—. ¡Acá! ¡Fue acá! ¡Claro que tiene que ver!

Ezequiel estuvo a punto de soltar una nueva carcajada, pero se contentó con sonreír.

—Me metí en algo bastante movido, ¿verdad?

—Mi querido Pez: bienvenido seas.

—¿Seré de verdad el Pez?

—Por momentos tengo mis dudas, no te lo voy a negar, pero hay ciertos chispazos en tus comentarios... Lo que me parece es que has olvidado; llegaste hasta aquí por algún resabio de memoria, pero tus recuerdos están incompletos, falta la mayor parte. A esta altura de tu vida, deberías haber encontrado la combinación, ésa que haría estallar miles de imágenes en tu cabeza —Ezequiel hizo un alto como si hubiese recordado algo—. Vayamos a caminar un rato.

Lado con lado, avanzaron por el sendero bosque adentro.

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Copyright ©Daniel Rubén Mourelle, 1999
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Fecha de publicaciónEnero 2000
Colección RSSNarrativas globales
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