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Miramar

La gesta del Pez

La puerta, el querer

Daniel Rubén Mourelle
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Pasadas dos horas de la medianoche, el viajero se despertó, le pareció escuchar un ruido. Se mantuvo quieto y con los ojos abiertos, quería lograr el mayor silencio posible. Al rato, lo escuchó nuevamente, aunque esta vez pudo diferenciar varias partes en él. A la tercera vez, percibió que se trataba de una seguidilla rápida de cinco notas. Trató de mirar, en la casi total oscuridad, hacia el sitio donde se encontraba el equipo de música. «Podría haber quedado encendido», pensó. A la cuarta, pudo comprobar que venía del patio, un resplandor se producía inmediatamente después.

Se levantó y avanzó sobre pies y manos hasta la puerta; allí, se quedó espiando por el rincón inferior derecho del vidrio. En el centro del patio, había una higuera y el resplandor parecía producirse justo detrás, entre unos arbustos. Cuando se disponía a abrir la puerta:

—Che, ¿qué pasa? —era José Luis que llegaba, agachado, hasta el lado izquierdo de la puerta—. Soy yo, no te asustés.

—Es fácil decirlo —ambos hablaban en voz muy baja, apenas lo suficiente para escucharse—; ¡ahí está de nuevo, mirá!

José Luis alcanzó a ver el resplandor y se quedó esperando.

—Si querés, investigamos —dijo el viajero—, pero te aviso que cosas muy raras me han venido pasando.

—¿Por qué no me lo contaste antes?

—Porque entonces, sí, habrías creído que estaba loco y no habrías escuchado nada más.

—Yo hubiese hecho un esfuerzo por creerte... Pero bueno, la cuestión es: ¿qué hacemos ahora?

—Voy a salir; si venís, mucho ojo.

Salieron del galpón, la noche estaba estrellada, excepto en la parte oeste donde había algunas nubes; la luna tenía una aureola muy parecida a un arco iris circular de tres colores. Cuando comprobaron que no había nadie más que ellos, se pusieron de pie, quedándose muy quietos contra la pared.

—Me parece que ya no pasa más nada —susurró José y no había terminado de cerrar la boca cuando volvieron las notas seguidas del resplandor.

El viajero no esperó, no quería estar preso del miedo. Avanzó hasta la higuera y se detuvo como tocado por un rayo. Sobre los arbustos, se había formado una aureola similar a la de la luna y, a través de ella, podía verse un bosque. Entre los árboles, había un fuego con una jarra calentándose, dos figuras borrosas hablaban en un idioma que no comprendía.

—Es como una puerta a otra dimensión —comentó José.

—Yo no me animaría a decir nada, muchos cuentos de fantasía hacen que uno siempre trate de ubicarse en alguno.

—Tenés razón, estamos muy «acostumbrados»; ahora empiezo a entender lo que tratabas de decirme por la tarde. ¿Qué son? —preguntó mirando hacia la imagen.

—Parecen personas; pero algo tienen de raro.

La aureola se fue transformando en un círculo perfecto y la imagen se volvió nítida. Las figuras eran dos niños con ropas antiguas, su conversación comenzó a hacerse comprensible. Se concentraron para atender mejor:

—¿Cuándo fue que...?

—La vi en su mano, parecía una espada, pero en vez de filo... Una luz...

—¿Lo partió?

—Al momento de verme... Casi encima, vi esa luz verde azulada... Desapareció en el aire...

—¿Aquí mismo?

—Sí, sentí que había alguien más... Ahora nos miran...

El viajero se había ido acercando hasta el aro luminoso; en un rápido movimiento, estiró el brazo y pasó su mano a través de la imagen. Todo se oscureció, fue levantado en vilo a gran velocidad. Seguía sin poder ver, la altura era cada vez mayor. Pensó en José Luis.

La aceleración disminuyó y quedó sumergido en un líquido celeste, podía respirar sin problemas y eso lo maravilló. Pequeños puntos rojos pasaban velozmente en todas direcciones, dejaban estelas muy finas y brillantes que desaparecían después de unos segundos. Un aro exactamente igual al anterior apareció frente a él; la imagen mostraba a José Luis en el patio, miraba hacia todos lados como si hubiese perdido algo.

«Por supuesto», pensó, «me perdió a mí.»

El viajero tocó ese otro aro, pero nada pasó. Lo sujetó y se lanzó adentro; la sensación entonces fue la de estar cayendo arrastrado por un torrente. Los puntos que pasaban por su lado se habían vuelto azules; uno de ellos le pegó en el pecho, lo percibió claramente. La diminuta fuerza no lo había atravesado, la tenía adentro, podía sentirla en la forma de un latido. Todo volvió a oscurecerse como la primera vez hasta que golpeó contra algo blando.

—¿Estás bien? —era José Luis que trataba de reanimarlo.

—Creo que sí... ¿Viste lo que pasó? —le preguntó, de pronto, sobresaltado.

—Cuando metiste tu mano en la imagen, tu cuerpo comenzó a brillar y desapareció. Me pareció verte al otro lado, pero fue tan rápido que no pude estar seguro. Después, el aro volvió a transformarse en una aureola, y pude ver claramente que el bosque se hundía en el océano. Fue entonces que tu cuerpo comenzó a materializarse, no me animé a tocarte hasta que dejaste de brillar, pensé que era algún tipo de radiación.

Esto era algo que el viajero no esperaba, había abandonado la idea de compartir sus experiencias.

—Es increíble que hayas podido verlo, sobre todo teniendo en cuenta que llegué recién ayer y que, habiendo estado más de una semana en lo de Fernando, él no haya estado conmigo cuando sucedió el primer encuentro.

—¿Es que ya hubo otro episodio como éste?

—No exactamente...

El viajero fue relatando sus experiencias anteriores. Parecían apasionarse cada vez más frente a la posibilidad de que la realidad no fuese algo limitado, ni siquiera por las leyes de la ciencia. Cuando volvieron al galpón, se acostaron sin hablar; cada uno sabía que el otro estaba despierto y que habían compartido algo imposible de valuar. Quizá había sucedido así porque ambos querían creerse mutuamente, todo podría haber sido una alucinación y no por eso dejar de ser cierto. Ambos lo habían «visto», eso les bastaba.

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Copyright ©Daniel Rubén Mourelle, 1999
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Fecha de publicaciónDiciembre 1999
Colección RSSNarrativas globales
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