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Del agua nacieron los sedientos

Capítulo XIII

Una cascada de brillo y color

V. Pisabarro
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Marqué el número de teléfono del Hotel Diamante mientras salía a la terraza. La mañana estaba despejada. No había nube en el cielo que interpolara el ímpetu del sol, que a pesar de no estar aún en el cenit, calentó con viveza los almohadones del sillón en el que me senté. Escuché el tono de la llamada mientras a lo lejos, en la playa, veía a la muchacha tumbada sobre una toalla. Estrenó el traje de baño que le regalé. A su lado dos jovencitos de apariencia nórdica charlaban con ella; a pesar de la distancia se apreciaba el pavoneo, el presumido cortejo juvenil. Al fondo, el mar sosegado y casi incoloro por la intensidad de la luz; plateado, prefulgente; sobre él se afanaba otro en las prácticas del esquí acuático. No tardaron en descolgar. Escuché entonces la voz de Damián.

—Pero qué coño haces tú en este endiablado lío —dije sorprendido y con tono amonestador.

—Pues, ya sabes... Éstos se fían de mí. Creen que podré convencerte para que no hagas ninguna estupidez. Piensan que entre nosotros nos entenderemos mejor para resolver las cosas.

—Y de paso te ganas un poco de dinero. ¿Verdad?

—Pues sí. Ya sabes que me gusta oler donde guisan. Siempre cae algo para un buen chico que hace bien su trabajo.

—Todos los malditos nos juntamos en los asuntos más descalabrados —dije observando un enorme insecto verde prendido en el techo.

—¡Fran... y sus frases! En fin... Ya me he enterado de lo de tu mujer y de lo del Bienve. Liaste un buen revuelo por aquí. Sólo se habla de la putada que le hiciste a Sonia y a Manolito el Oso. Esto es como lo del saxo, Fran. Son jugadas absurdas pero que a veces, por una extraña lógica que se nos escapa, salen bien. Aunque tienes que reconocer que aquí tuviste ventajas, porque un mirlo como Bienve es difícil de encontrar. Un tío con tanto dinero, tan pedantón..., tan necio, no se encuentra a menudo, no.

—Hablemos de música, Damián. ¿Sabes qué es lo que tengo?

—No, no sé. No me lo han dicho, y la verdad es que prefiero no saberlo. Bueno, ya tienes el dinerito en tu cuenta. Pero qué cabroncete eres. Ahora te toca a ti. ¿Cómo entregarás el saxofón a sus amos?

—Se lo entregaré al Flaquito. Sólo al Flaquito. Si veo a alguien más, desaparezco para siempre. ¿Queda claro?

Informé del sitio y del momento en que se haría la entrega. Damián lo transmitió a su compañía y al rato dijo:

—Dicen que es mucho tiempo. Que se lo tienes que dar hoy mismo.

—Sí, es mucho. Pero diles que también el tiempo es mío. Sé que en cuanto consigan lo que quieren tendré que irme, y antes debo resolver otras cosas. No les queda otro remedio más que aceptar. Tengo el dinero, tengo el saxo, tengo el privilegio de fijar las condiciones. Estaré en ese sitio en ese momento. No antes.

Escuché claramente los insultos resignados del Flaquito a través del auricular.

—Está bien, Fran, se acepta. Tú sabes que si apareces por Morúa lo vas a lamentar, ¿verdad? —me advirtió.

—Sí, lo sé, pero de todas formas algún día regresaré. Nadie es eterno en el mundo. Todo lo acaban los años, como dijo Tito Rojas.

—¡Fran y sus frases! En fin... Supongo que no nos veremos en mucho tiempo. Te echaré de menos; a ti, y a tus frases. Dime la última.

—Bay, Damián. Cuídate porque las mujeres contigo van a acabar.

—¿Eso quién lo dijo?

—Luis Segura.

—Pues seguramente sea así. Bay, pendejo.

Damián tenía razón; no podría aparecer por Morúa durante mucho tiempo.

Uno de los muchachos ofreció un coco a África, ella lo tomó y bebió su agua inclinando la cabeza hacia atrás, al tiempo atendía con la mirada a otro que explicaba algo señalando al mar. El calor hacía sudar. Pasé dentro y extraje de un armario el estuche. Me senté y lo abrí en el suelo. Al levantar la tapa apareció el saxófono encajado en mullido terciopelo rojo. El sol hizo resplandecer el metal bruñido en ráfagas de luz dorada que se estrellaban contra las paredes. Lo miré detenidamente intentando resolver el enigma. ¿Qué oculta?, me interrogué a mí mismo. Era un instrumento sin ninguna particularidad. Nada en su apariencia explicaba el ansia y el gasto del Flaquito por recuperarlo. ¿Sería de oro? No, evidentemente no lo era. Incorporándome me situé frente al espejo con el instrumento entre las manos preparado para arrancar la primera nota. Soplé apretando alguna de las llaves. Nada. No emitió ningún sonido. No admitía aire. La respuesta a la incógnita estaba en su interior. Volví a soplar apretando ahora otras. No ocurrió nada diferente a la vez anterior. Elevé el saxofón hasta poner su curvatura a la altura de mis ojos y con los brazos elevados apreté la última paleta; instantáneamente, se oyó un breve ruido metálico de descarga que por ser tan repentino me asustó. El secreto quedó retenido en el codo del instrumento. Me acerqué a la cama y saqué de su interior la pieza de metal que sirvió de tapa a lo oculto. Después, ladeándolo, vació por su boca una cascada de brillo y color que cayó sobre las sábanas donde refulgieron decenas de piedras preciosas. Los rayos del sol reverberaban en el montón, brotaban los destellos coloreados con una viveza que casi cegaba los ojos.

Es imposible describir las inefables sensaciones que sentí al contemplar la belleza de tan extraordinaria aparición. Caí de rodillas y llené el cuenco de mis manos con algunas de las piedras. Admirado, preso de la poderosa influencia de ese esplendor que impedía que mi asombro desapareciera, resultaba difícil salir del pasmo, pero era aconsejable dominarse y guardarlo antes del inminente regreso de África. Antes de hacerlo clasifiqué y conté todas las piezas, teniendo la precaución de mirar entre las sábanas y por el suelo para comprobar que ninguna se extraviaba. Memoricé la relación. Había treinta y cinco diamantes, algunos extraordinariamente grandes; ciento cuarenta esmeraldas, la mayoría con gran pureza de color; doce zafiros con brillo de perlas, quince rubíes de fulgor sangriento; y un par de ópalos lustrosos y casi transparentes.

Concluido el recuento, se apaciguó algo mi ánimo exaltado. Enfundé un calcetín negro en otro de igual color, ahí introduje el tesoro, después lo oculté dentro del televisor de la habitación.

Ya atemperado, agarré el saxo y soplé. Ahora sí salía el más dulce de los sonidos por su caño. En ese preciso momento entró la muchacha oliendo a mar. Acercándose lo apartó de mi boca para darme un dulce beso con sabor a coco. El tremendo descubrimiento eclipsó su presencia. Mis prolongados silencios y el desinterés por todo lo ajeno a las piedras preciosas hicieron desistir a la muchacha de sus inútiles intentos de atraer mi atención. Era como una fantasmagoría para mí. Deambulaba de un sitio a otro, salía y entraba del balcón, encendía y apagaba la televisión, toqueteaba los botones del aire acondicionado, cantaba. Se aburría. Llegó la hora de cenar y ella bajó sola al igual que antes a comer, después de insistir reiteradamente para que la acompañara. Yo no podía comer. Eran tan poderosas las fuerzas de mis alborotadas reflexiones y emociones que se hacían irresistibles. Me limitaba a fumar, a beber ron, a pensar.

El hallazgo trastocó todos mis planes desorientándome sin saber qué hacer. Antes aparecía muy definido el camino por el que avanzar; ahora se abrían múltiples posibilidades que aturdían el razonamiento.

¿Cuál sería el valor de las piedras? No tenía dudas que sería altísimo. ¡Estados Unidos! Sí, podría instalarme en Miami o donde se me antojara. Tomar un avión y en tres horas pisaría el suelo de Nueva York. Allá haría las gestiones con calma, sin precipitaciones. Tenía en Puerto Rico ciento treinta mil dólares y en ese momento casi otros ochenta mil al alcance de la mano. De ello podría disponer hasta que vendiera de la forma más conveniente el tesoro del Flaquito. Sabía de lo delicado y peligroso que sería colocarlas. Esas joyas seguramente eran fruto del robo y quién sabe si no tenían un rastro de sangre tras de sí; pero estaba seguro de ser capaz de hacerlo. ¿Venderlas? Sí, y luego qué. No me podría engañar a mí mismo pensando que residiría complacido en el país de J.J. Acaso la ignorancia me imponía los prejuicios, pero lo intuía irrazonable, con el caos extremadamente ordenado. Yo no podría vivir allí durante mucho tiempo. ¿Jamaica? ¿Costa Rica? Podía hacerlo. El dinero es el mejor pasaporte para ir donde se quiera. Entonces ¿por qué, muy en el fondo, lamentaba el descubrimiento? ¿Por qué la posibilidad me hacía indeseable el resultado? Sería rico, independiente. Podría abrir los ojos felizmente cada mañana sabiendo que tenía el futuro resuelto. No dependería de nadie; no vería a quien no desease ver. Disfrutar del placer de ser un excéntrico respetado. Tenía la definitiva posibilidad de gozar del blindado futuro que tanto anhelé en mis manos. Entonces; ¿por qué no brincaba loco de alegría? ¿Por qué no estallaba la felicidad? ¿No era esto por lo que vine a este país? No. No era eso. ¡Qué fácil es ganar dinero! La mayoría piensa que es muy difícil, pero es sencillo. Ganar dinero es lo más fácil del mundo, cuando lo único que se quiere es dinero; cuando lo único que se desea es ganar dinero. Si no hay que vencer escrúpulos, si nos desentendemos de la reputación, si es muda la conciencia, si aprendemos a convivir con la traición, si no se sienten las náuseas por uno mismo, es fácil hacerse rico, aun partiendo de la nada. Cualquiera puede serlo si en realidad lo único que desea es dinero. Yo era más ambicioso. Deseaba todo. Quería riquezas pero también tranquilidad de espíritu, paz. Me respetaba demasiado para ser un amoral. Qué sentido tiene el gozar de bienestar y caprichos materiales con desazón de conciencia. ¿Bastardear, macerar mi propia dignidad, para disfrutar del premio de vivir como los fatuos clientes de ese hotel? Una vez descargado el peso del odio vengador al vender la empresa, ¿qué quedaba? Una atroz amargura y ochenta mil dólares. Sólo dinero, nada más. Tampoco me tentaba la posibilidad de conjurar definitivamente el riesgo en mi vida. Sabía que es imposible, el riesgo hace su nido en todos los rincones. Además, yo ya estaba fogueado, me acostumbré a vivir con la inseguridad, con la incertidumbre; perdí el respeto al porvenir, aprendí del arte de contentarse con poco. Ni el miedo, ni la previsión, ni la compañía me harían renegar de mi ingenua autoestima. No tener deudas, que nadie pudiera hacerme ningún reproche; ésa sería mi mayor libertad. ¿Merecía esto ser sacrificado por la riqueza? ¡Sí!, respondería al unísono y con estruendo la mayoría de la humanidad. Pero yo era un raro imposibilitado para la riqueza. Estaba decidido y lo supe para siempre; entonces, cuando pude ser rico.

África recuperó su protagonismo. Liberado de estas dubitativas tribulaciones que me agobiaron durante mucho tiempo, surgió una tibia alegría mezclada con la placidez de los sentidos. La muchacha me tomó un afecto fraternal. Yo sabía que no era la clase de hombre por el que ella perdería la cabeza. Por eso me bastaba y no le exigía nada más. A pesar de todo, fue hermoso que dos personas tan disímiles nos atendiéramos con tanta delicadeza. Paseábamos por la playa al atardecer y los hombres me envidiaban; si nos hubieran descubierto mientras cantábamos canciones de amor a la luz de las velas, me habrían envidiado aún más, aunque no sabrían explicarse por qué.

Me esperaba abajo y yo estaba a punto de salir precisamente a dar uno de esos paseos, cuando dieron unos golpes a la puerta que me sobrecogieron.

—«Ta, ta, ta, taaaán...»

Chespirito no me defraudó:

—Abajo tiene a sus carajitos, señor Fran.

Nos saludamos y con nerviosismo provocado por la alegría, me precipité queriéndole demostrar mi gratitud. Saqué de mi cartera una cantidad que ya tenía preparada.

—Gracias, Chespirito. Y aquí tiene usted los diez mil pesos convenidos.

—Muchas gracias, señor Fran, pero no se los recibo. Estoy en deuda con usted pol el negocio de la lotería. El resto le prometo que se lo cobraré a Licinio talde o temprano. Yo di mi palabra pol ese hombre, y mi palabra se respeta porque es el único valol que tengo.

—Insisto en que tome el dinero, es lo que le prometí por este servicio. Además usted se arriesgó mucho. Si le descubren ahora estaría preso; y aún tiene que regresarlos.

—No se apure, Fran. No es para tanto. La cosa fue fácil; como ellos me conocían se vinieron conmigo de buena gana, les dije que los iba a lleval con su padre y se pusieron muy contentos. Los esperé en la puelta del interior del colegio y salimos por la palte de atrás. Ahora los estarán buscando y esos pendejos pensarán que se los ha llevado usted al infielno.

—Sí, pero cuando regresen dirán que no fui yo, que fue usted el que los recogió.

—Eso es cosa mía, Fran. No se apure y baje que le están esperando en el jaldín.

—¿Y cómo los piensa devolver?

—Más fácil. Cuando llegue a la entrada de Morúa le diré a un motoconcho que los lleve a la casa de su madre, que yo sé dónde es.

No podía marcharme sin dejar de ver a mis hijos. Sabía que no los tendría a mi lado durante muchísimo tiempo. Eso era lo que más amargaba mi alma. Le supliqué a Chespirito que me los trajera para despedirme de ellos y darles una explicación de mi ausencia.

Al bajar al jardín, antes de aproximarme a ellos, los observé desde la distancia durante un buen rato. En su inocencia no podían evaluar la gravedad de la situación y se divertían lanzándose barro. No pude eludir el llanto y tardé bastante en dominarme. Chespirito trataba de consolarme dando afectivos golpecitos en mi hombro, mientras decía:

—Valol, Fransito, ánimo. ¡Fuelsa!

—Mis criaturas, mis corderitos —decía yo entre sollozos—. Prométame que estará pendiente de ellos mientras yo esté retirado, Chespirito.

—Descuide, Fran. Ánimo, Fransito. Apresúrese los tengo que regresal.

Me acercaba a la praderita donde ellos se entretenían jugando cuando el pequeño, señalando al descubrirme, gritó:

—Papá.

Iniciaron una larga y rápida carrera hacia mí. Yo, conmovido, hice lo mismo atravesando un pequeño estanque con flores de loto y espantando a los patos que en gran cuantía allí había. El alboroto que causaron los palmípedos hizo que uno de los sujetos de los de salacot tocara un silbato y me llamara la atención mientras corría asimismo detrás de mí. Chespirito corrió a su vez tras él tratando de evitar la interrupción de un emotivo encuentro.

—Hijos míos —los besé a cada uno múltiples veces—. ¡Perdonadme! Perdonad a vuestro padre.

—Papi, no queremos ir con mamá, queremos estar contigo. No queremos ir a misa.

Pobres niños. Estarían configurándose dos caracteres inseguros ante tantos cambios y avatares en su vida. Cambio de nación, cambio de colegios, cambio de amiguitos, cambios de hogar, cambio ahora de cabeza de familia.

Mostré con total franqueza mi adoración por ellos, también les afirmé que nuestra desunión sería breve y que volveríamos a reunirnos en cuanto las cosas se ajustaran. Ellos lloriqueaban al igual que yo, repitiendo que querían estar a mi lado aunque pasaran hambre como en Los Misericos.

—Ese hombre nos compra muchas cosas pero no le queremos. Tú eres nuestro padre verdadero —dijo el mayor.

Pasado un rato, y cuando ya se aburrían de quererme, entregué a Robertito el sobre con un cheque de sesenta mil dólares, casi todo lo que pagó Bienve por la empresa. Le hice el encargo de dárselo a su madre en cuanto la tuviera delante. También le di una carta para ella.

Al recibir el sobre con la carta y el cheque el niño dijo:

—Toma papá, es una poesía que hice para ti.

Desplegando el papel cuadriculado en que estaban escritas las amorosas letras comencé a leer: «Mi padre está loco, ¡qué se le va a hacer!...» Fue imposible continuar, una cortina de agua en los ojos me lo impedía.

El pequeño me regaló su juguete predilecto: el llavero metálico articulado. Todavía lo llevo encima; cuando alguien contempla el movimiento de las dos figuritas, una sonrisa aparece en su cara, para mí es un recuerdo doloroso.

El corto tiempo que pude disfrutar de su compañía se consumió rápidamente. Miré por última vez sus caritas con rastro de lágrimas mientras se distanciaban diciéndome adiós desde el viejo automóvil que conducía Chespirito, retornándolos al lado de su madre. Qué vacío me sentía. Qué haría ahora, si ya no me quedaba nada, sólo las ganas de llorar. Aún la polvareda que levantó el vehículo en su partida permanecía en el aire, cuando se aproximó por detrás África y ciñó mi cintura.

—¿Quiénes eran esos carajitos con los que tú hablabas?

—Mis hijos. No los volveré a ver durante mucho tiempo.

Ella me abrazó con más fuerza. Así permanecimos durante unos instantes, en silencio, solos en medio del camino polvoriento.

La carta que entregué al niño para Sonia decía así:

Sonia:

Perdóname por jugar sucio y liquidar la sociedad. Era tuya, sólo tuya. Tú la levantaste con esfuerzo y dedicación. La operación fue legal y no se puede remediar, pero el dinero te pertenece, por eso te envío con el niño un cheque. El resto del importe de la venta te lo devolveré en cuanto pueda.

Lo hice por despecho y por herirte. Yo te vi con mis propios ojos junto a él. Quizá así logres comprender la sentida razón de mi comportamiento. Después entendí que era absurdo quererte herir, pues con eso el único que se hacía daño era yo mismo. El que recibe las heridas siempre soy yo.

He conseguido dejar de odiarte. Ojalá no tardes tú en hacer lo mismo conmigo. Ya sé que esto no disculpa todo el daño que causé, pero, sinceramente te digo, que comprendo tu decisión, aunque la haya sufrido tanto.

Nos conocimos muy jóvenes. Tú eras sólo una niña. El nuestro fue un romance incompleto porque enseguida fuimos padres. Esta responsabilidad impidió que llegaras a ser tú misma. Viviste siempre con paciencia a la sombra de mis fantasías. ¡Me equivoqué tantas veces! Te obligué a hacer maletas desde que saliste de casa de tus padres. Un hombre como yo no puede dar otra cosa más que sinsabor y disgustos; eso lo sabes tú muy bien después de la ingratitud de tantos años junto a mí, en una convivencia tan destemplada.

Yo sé que durante todo este tiempo me quisiste, aunque también sé que lo hiciste con la ternura que un adulto siente por el juguete preferido de su infancia; se le aprecia por la felicidad y compañía que nos dio, pero ya no provoca nuestro interés para jugar con él, porque no casa con la lógica de los años del adulto responsable.

A pesar de todo, cerraste los ojos a tu error y te resignaste a seguir a mi lado. Lo advertía por tus caricias, por tus miradas misericordiosas; sabiendo que sólo permanecías junto a mí por los niños. No es extraño entonces que un corazón vacante se abra a otro.

Me voy; desapareceré de vuestras vidas durante un tiempo. Es lo más sensato. Después regresaré para arreglar nuestra situación. Quizá las cosas cambien. Puede que mi recuerdo ahora te sea desagradable, pero ¿y después? También fuimos dichosos. Vivimos mucho juntos, eso no desaparece así, sin más. Deberás romperme el alma dos veces para conseguir que te olvide. No nos merece la pena el odiarnos; deberíamos compadecernos.

Fran

PD: Podrás saber de mí en el Hotel Montserrat, llamaré allí de vez en cuando diciendo por dónde ando.

Escribí arrebatadamente, sin discurrir sobre lo que estaba expresando. Deseaba que supiera que me marchaba, que no la culpaba y que intentaba quitarle importancia a nuestro fracaso para no martirizarnos.

La visita de los niños hizo desaparecer la favorable recuperación que se estaba operando en mí. A decir verdad, no pensé demasiado en ellos. Fue tal el cúmulo de sucesos desde que abandoné mi casa, que difuminaron su recuerdo. Sin embargo, al estrecharlos entre mis brazos recuperé sentimientos. También sentí la cruda gravedad de nuestra separación. Abatido por una desoladora melancolía busqué el amparo de África, y ella me asiló en su benéfica simplicidad.

Esa noche tampoco deseaba salir a cenar, pero fue tanta su insistencia que no me quedó más remedio que complacerla.

A esas alturas éramos conocidos por la mayoría de los clientes y por el personal del hotel. No sólo no cesaron los cuchicheos y comentarios sobre nosotros, sino que aumentaron, llegando incluso a reírse sin reparo en nuestra presencia alguno de ellos. Durante la cena, no pudiendo soportarlo más, me acerqué a la mesa que normalmente ocupaban las cotillas más persistentes, cuatro mujeres de edad avanzada, de apariencia acomodada, muy enjoyadas y compuestas siempre a esa hora; cuatro aves crepusculares de color ceniciento, que en su canto parecían repetir: ¡Piojosos graciosos! ¡Piojosos graciosos!

Con una sonrisa franca y en un tono de voz modulado y afectuoso pregunté:

—¿Saben ustedes hablar español, señoritas? —dijeron que no y permanecieron atentas, entonces continué—. Ante ustedes, grandísimas putas viejas, tienen a un hombre que se reprime con mucha dificultad las ganas de daros unas cuantas patadas en un mal sitio; no porque sea un caballero, ni tampoco porque los prejuicios, por ser como sois unos carcamales, me lo impidan, sino más bien, por el temor a que me expulsen los del salacot de malas maneras de este bonito resort. No sé de dónde procedéis, pero para regresar con un recuerdo de unas vacaciones más completas, os recomendaría que en vez de cotorrear de almas castas y puras, buscarais compañías complacientes y con buenos penes para que os satisfagan las ganas que sin duda arrastráis desde hace muchísimos años; a ver si así, por esta dicha, y ya sosegadas, perdéis interés en las vidas ajenas por disfrutar del recuerdo; viejas y muy maliciosas señoras. Y ahora alzo mi copa y brindo porque así sea; y también, para que os dé un cólico a cada una y os vayáis pata abajo.

Ellas, al ver que era un brindis lo que proponía, brindaron de muy buen agrado; mientras, riendo, decían:

—Chin, chin.

No sospecharon de la mordacidad de mi discurso por haberlo dicho yo muy cortés, comedida y simpáticamente.

Salíamos del restaurante y nos dirigíamos a la habitación aliviados, África del hambre, yo de la inquina, cuando nos encontramos sorpresivamente con Nuria y Jordi.

—¿Pero qué hacéis vosotros por aquí? —pregunté con alegría.

—Ya ves, hijo mío, descansando del hotel en un hotel. ¿Y tú? —dijo Nuria mirando sin disimulo a mi acompañante.

—Estoy derrumbándome, queridos amigos.

—¡Joder! Hostias. Qué filosofador y qué trágico eres —dijo Jordi.

Capté en el rostro de Nuria un interés extraordinario en ese instante.

—Tenemos que hablar. ¿Por qué no nos sentamos y tomamos algo? —sugirió.

—Yo si ustedes me excusan me retiro —dijo África.

Una vez más, demostró esa intuición para captar situaciones y su admirable respuesta ante ellas. Esa exhibición de buenos modales en una persona con tan poca educación, demostraba una inteligencia exquisita. Entendió inmediatamente que su ausencia era el mejor regalo que nos podía hacer, porque si hubiera permanecido entre nosotros sería una indeseada presencia muda entre personas que no podrían expresarse a su antojo.

Después de acomodarnos en una de las mesas cercanas a la piscina, pedimos un servicio de Casteló. La brisa repentina agitó con viveza los manteles y los toldos que nos cubrían.

—Me alegro mucho de que nos encontremos, de verdad —les dije sinceramente—. Me marcho para España durante una temporada y me dolía no volver a veros durante mucho tiempo.

—Te hemos quitado mil canas. ¿A que sí? —dijo Jordi irónicamente—. No te enfades, Fran, pero es que me parece ocurrente ese dicho tuyo.

—Pues sí. Iba a decirlo; me lo has quitado de la boca.

—¡Ay, Fran! Siempre el mismo. Nunca cambiarás.

—Como dijo Óscar Wilde: no hay hombre que no sea, en cada momento, lo que ha sido y lo que será.

—No entiendo tu admiración por Wilde. Era un desvanecido. ¿Qué te hace admirarlo?

—El hecho comprobable de que Wilde, casi siempre, tiene razón. Como muy bien escribiera Borges.

—Bueno, dejemos lo sublime y hablemos de lo vulgar que es lo verdaderamente importante. Sabes que has causado un tremendo escándalo por Morúa, ¿no?

—¿A qué te refieres? —pregunté.

—¡Joder! Collons. ¿A qué va a ser?

—Es que puede ser por varias cosas.

—Pues por lo de la venta de la empresa a Bienve. Resulta que esto ha destapado lo otro, lo que sabía todo el mundo menos la turca ignorante. Porque anda que no ha tardado en darse cuenta la señora.

—¿De qué? —pregunte yo.

—Pues que Bienve tenía una mantenida a la que le compró tu empresa. Además de otras historias que a raíz de ésta salieron —dijo Nuria—. ¿O es que tú no lo sabías siendo tu secretaria como era?

—Claro que lo sabía. ¿Y cómo fue la cosa?

—Pues parece ser que alguien avisó a la mujer de lo que se cocía en sus propias narices —continuó Nuria—. Yo creo que ha sido la misma muchacha quien destapó todo, teniendo como tenía ya la sartén por el mango. Ahora no tendrá que aguantar a Bienve porque tiene su propio negocio.

—Pero si hace muy poco tiempo de lo de la venta —dije yo.

—Pero hace mucho que la secretaria quería beberse la leche de la vaca, y en cuanto la ordeñó lo hizo. La cosa fue así: la turca lo ha echado de la casa y no le deja entrar. Bienve anda por Morúa dando la murga a todo el que se deja. Dice que va a iniciar sus memorias y ya hay muchos que le faltan al respeto. La otra noche le llevaron preso. Estaba borracho y pegó tres tiros al aire porque un camarero dijo que él no era académico. Lo malo es que no tiene permiso de armas y cuando se lo exigieron dijo que los españoles no lo necesitábamos al igual que otras muchas licencias, por derecho de descubrimiento y conquista. Como decía estas barbaridades y opuso resistencia, le montaron en el carro a palos; mientras, él pedía los nombres y el número de los policías amenazándolos con que se les iba a caer el pelo por dar trato semejante a un diplomático español y que necesitaba hablar inmediatamente con el gobernador de La Isabela.

—¿Y todavía está preso? —pregunté.

—No. Ya le han soltado. La turca se va a meter en pleitos para dejarle sin nada. Parece ser que no están casados y que todo es de ella. Incluso el dinero con el que te compró la empresa. Mientras, la otra, Altagracia, tampoco quiere saber nada de él. Ayer mismo le echaron de la empresa a empujones los familiares de la desagradecida. O sea un desastre de académico. Pero se lo tenía merecido. No por putero, sino por bocazas y relamido —sentenció Nuria.

—Por otro lado, anda detrás de ti Manolito el Oso. Dice que te quiere apretar la nuez por el mismo asunto, que cuando te encuentre no te va a llevar a los tribunales, sino que te va a arreglar las cuentas él mismo. Compró, según parece, maquinaria en la que se gastó un buen dinero...

—Sabéis lo de Sonia, ¿verdad? —interrumpí a Jordi.

Ellos callaron durante unos instantes, se miraron uno al otro y no dijeron nada. Jordi se limpiaba la ceniza del pantalón y Nuria introdujo su mirada en el fondo de un vaso.

—Pero sigue —le animé a continuar a Jordi.

—Bueno... pues sí. Lo sabemos. Y en Morúa lo sabe todo el mundo. Cundió como mancha de aceite. Ya te dije que este negocio destapó varios asuntos. Ahora eres el héroe de todos y celebran que les dieras tan duro. Dicen que eres muy listo y que más le duele a una mujer que le quites la moneda que le des una golpiza.

Sostenía la mirada en las manos de Nuria. Unas manos de apariencia fría, blancas y finas. Me complacía observarlas, al igual que cuando me echaba las cartas. Las hojas de las palmas se balanceaban cadenciosamente, la brisa refrescaba y volaba servilletas y vasos de papel.

Jordi conocía el preciso momento de permanecer en silencio. Dejaba hablar a su mujer. Ella lo hacía despacio, emocionada. Se refería a nuestra separación tratando de evitar la ofensa. Había algo de fascinador en la voz suave y lánguida de esta bruja. Yo bebía febrilmente.

—No tengas miedo de nada. ¡Vive! ¡Vive la maravillosa vida que existe en ti! Todos somos amos de nuestro destino, hacemos de nuestro porvenir lo que queremos hacer. La mala fortuna, la fatalidad, no tienen nada que ver.

—Parece mentira que seas tú quien diga esto, con la inclinación que tienes por lo oculto y todo eso —dije interrumpiendo.

—Precisamente por eso, mi amor. Las cartas dicen lo que tú vas a hacer, no lo que tienes que hacer. A propósito, y antes que se me desmemorie, ayer precisamente soñó contigo mi hija Lelín. Dice que te veía tocando un saxo y que le dabas mucha pena.

—¿Y por tocar un saxo le daba pena? —pregunté atemorizado y maravillado.

—Ay, hijo mío, no nos hagas caso, que en esta familia estamos todos locos.

—Bueno, señores, como veo que la conversación deriva a cuestiones nigrománticas y que a mí éstas me importan un huevo, yo me retiro a dormir, que estoy muy cansado —se despidió Jordi con un gesto de resignación, diciendo: Ya sabes que soy un misántropo. Aunque odio a la gente, me gustan las personas. Te deseo lo mejor, Fran; porque te aprecio de veras y porque lo mereces.

El bar cerró. Nuestra mesa era la única ocupada. Las horas pasaron, comenzó a llover y continuamos conversando como nunca hasta entonces lo habíamos hecho. Ella me habló de las cosas que todos guardamos en el interior de un cofre con siete llaves. Yo hice lo mismo.

—Cada vez que me acuerdo de ella rememoro sólo cosas bellas, las desagradables se borraron de mi memoria. Tanto tiempo junto a ella tiene que dejar su rastro de cariño. Creo que ya estaré siempre solo; que nunca encontraré a nadie a mi lado.

—Pero, ¿es que tienes telarañas en los ojos? No hay ningún primoroso sobre la tierra. Ella te dejó, se fue con otro. Cuando pase tiempo caerás en la cuenta de que nadie es indispensable para que goces y disfrutes de tu vida, lo puedes hacer con cualquiera. Todo depende de ti, de nadie más. Procura olvidar.

Pensé que era mejor dejar el tema, llevábamos mucho rato tratando sobre lo mismo. Ya se agotaban los argumentos y las explicaciones, comenzaba a resultarnos tedioso.

—¿Continúas siendo tan precisa en tus predicciones? —pregunté.

—Pues sí, hijo mío. Y esto ya me está cansando un poco, todos los días le tengo que echar las cartas a alguien.

—Me gustaría que me las echaras a mí antes de irme —le solicité.

—A ti no me importa. Espera un momento que enseguida regreso.

Se marchó en busca de las cartas. Encendí otro cigarrillo. Descubrí a un vigilante apoyado en una palmera. El arma, una escopeta del calibre doce, tenía el cañón sobre su pie. Le saludé levantando una mano, devolvió el saludo sonriendo y resaltó su dentadura en la oscuridad. Seguía lloviendo. Miré a mi alrededor, al fondo el mar. Escuché por primera vez en esa noche el ruido de las olas. Los edificios del complejo daban la sensación de ser un decorado de teatro por ese tipo de arquitectura efectista, hecha con la intención de impresionar con su tipismo a los viajeros. La zona, iluminada aparentemente de un modo caprichoso con un subido tono ambarino sin estridencias, contribuía con su baja intensidad a sedar los ánimos más agitados. La vegetación exuberante como en casi toda la isla, aunque aquí, aprovechando el orden natural, también obró maravillas las manos del jardinero. Se disfrutaba de un frescor, de una diversidad y un colorido extraordinario.

La primera y, hasta ese momento única vez en que me echó las cartas, Nuria predijo mi ruina, que todos los negocios que emprendiera me saldrían mal y, lo único increíble para mí en aquellos días, vaticinó que Sonia me abandonaría.

Regresó al cabo del rato con una botella de ron que se vació y concluimos cuando ya se distinguía la raya del horizonte. Emergía un día gris. Las edificaciones ahora mostraban claramente sus tonos pastel. Ya se veía trajinar afanosamente a los del salacot arriba y abajo. El vigilante continuaba en el mismo sitio y en la misma posición. Ella juntó las cartas y se marchó a reposar.

—Que Dios te dé todo para que no tengas que agradecer nada a nadie —fueron sus últimas palabras.

Aún permanecí sentado un momento más, hasta apurar el último cigarrillo. Mientras, reflexionaba sobre lo que Nuria había predicho en esa larga noche. Cuando cerré tras de mí la puerta de la habitación me pareció entrar en un sitio antiguo, acogedoramente familiar. La luz natural hacía innecesaria la luz de la mesita de noche que África había dejado encendida. Dormía con el sueño profundo de los invulnerables. Anhelé dormir yo también de esa misma manera junto a la blanda suavidad de su piel oscura; la mullida cama era una tentación casi irresistible. Pero no podía abandonarme al descanso. Era la fecha señalada para la muerte de varias realidades. En esa misma mañana saldríamos de esa habitación para siempre. Ese mismo ventilador seguiría dando vueltas monótonamente al igual que lo hacía ahora agitando la punta de la sábana que cubría a la bella muchacha; seguiría girando y girando para refrescar a otras personas, a otras angustias, a otros sueños; nuevas historias se representarían entre sus paredes. Mi fantasía me llevó a imaginar que nuestros gloriosos momentos no saldrían nunca de esa habitación; y que si alguna vez volvía a entrar por su puerta, estaba seguro de encontrarme otra vez con ese aroma, con ese calor, con esa luz, con ese aire familiar, con la dichosa frescura apasionada de la joven muchacha. Me complací por última vez en la visión de su cuerpo y tuve lástima de mí mismo. Abrió los ojos y al verme sonrió sin despegar los labios; me agarró de una de mis muñecas y se estiró deliciosamente. Al ladearse dejó a mi vista la esbelta curvatura de su espalda, la desnuda nuca inclinada hacía apetecible depositar un beso en su cálida tersura. Me agradaba verla disfrutar en su pereza, pero al fin dije:

—Llegó la hora de irse. —Y como para mí: ¡Que me aspen si me entiendo!

—No, mi amor..., no quiero irme —decía con voz de niña mimada y con un tenue gesto de fastidio, aunque sabía muy bien lo inevitable de nuestra marcha— ¿Por qué no nos quedamos? Mi amor... ¿Qué va a pasar conmigo? No te vayas.

—No hables así porque me obligarás a quedarme y después no dejaré de arrepentirme —la ternura de mis palabras nos sorprendió a ambos.

¿Que pasaría por su imaginación durante los largos momentos en que nos miramos? La boca entreabierta y sus ojos inmóviles en los míos transmitían la intensidad de sus pensamientos.

—Sí, tienes razón, te arrepentirías. Y si te pido algo no me lo des. ¡Dios mío! ¿Por qué habré dicho eso? ¡Qué pendeja! Y tú... ¡qué pendejo!

Teníamos el mismo destino, por eso fuimos juntos hasta la capital. Durante el largo viaje apenas dijimos nada, casi comenzamos a olvidarnos en nuestra presencia. La inminencia de la separación nos hizo desear que se produjera cuanto antes. Cada uno tenía sus planes para el futuro, y éste ya había comenzado.

Me costó mucho trabajo encontrar el barrio y después la calle de una pensión de la que ella tenía referencias. Al descubrirla nos apeamos con la espalda sudorosa y con el cuerpo y el alma entumecidos. Saqué del coche una bolsa en la que llevaba sus escasas pertenencias y al entregársela fue la última vez que sentí el roce de nuestras pieles. No recuerdo las palabras de despedida porque fueron insustanciales, las de dos extraños que se acompañaron y que se separan sabiendo que nunca volverán a encontrarse. Pero no se me olvida que en esa calle terrosa había muchos árboles centenarios coronados por el sol y que, a su sombra, algunos hombres jugaban al dominó y unos niños descalzos vendían fruta.

Ya en marcha miré por el espejo retrovisor, para observarla por última vez, la vi hablando con otra mujer que señalaba la sucia pensión. Algún día, cuando en mi afán por recordar historias adormecidas por los años, buscara en algún cielo de mi memoria, aparecería ella con la fresca sonrisa en el rostro.

No tardé mucho en llegar al aeropuerto de San Nicolás. Allí entregué el coche y, después de facturar el equipaje, esperé en la cafetería. Faltaba una hora para embarcar en el avión que me trasladaría a España.

Esperé sentado cerca de los grandes ventanales contemplando las pistas. Me resultaba chocante que la última visión que tendría del paisaje de la isla fuera tan plano y despejado. Incesantemente, los monstruos del aire se posaban con sutileza en la tierra y despegaban extraordinariamente, casi milagrosamente. No había mucho público en la limpia y luminosa cafetería, gracias a eso pude elegir una de las mesas más discretas y mejor situadas. Por supuesto que pedí, y con más justificación que nunca, un Casteló añejo a la roca. Mientras la bonita camarera lo servía con una coquetería necesaria para las buenas propinas, apareció el Flaquito sentándose inmediatamente a la mesa. Esperó a que la muchacha desapareciera sin quitar la vista del estuche que estaba en el suelo. Apagó su cigarrillo aplastándolo repetidamente en el cenicero y después de tomar aire prolongadamente dijo:

—Bien. Lo has traído.

—Sí. Pero lo que te interesa no está ahí dentro —arrojé sobre la mesa el embutido calcetín negro que sonó en la tabla como si se dejaran caer los pedazos rotos de un vaso de cristal. Él lo miró desconcertado al tiempo que tanteaba con las manos, evaluando la cantidad de las piedras—. Están todas. No conseguí volver a situarlas dentro del instrumento, no supe cómo poner la tapa.

—Entonces ya sabes lo que has traído —me miró como si se estuviera haciendo la pregunta de por qué estaba yo allí y no en la otra parte del mundo—. Eres más idiota de lo que yo pensaba.

—Te voy a sorprender aún más —saqué del bolsillo de la camisa un cheque y también lo lancé a la mesa—. Es el dinero que me ingresasteis en Puerto Rico. Bueno..., falta medio millón. Pero es lo acordado por hacer el encargo y yo lo hice, aunque un poco tarde, eso sí.

—Sí, me has sorprendido aún más. Y eres más gilipollas de lo que pensaba hace un momento —apareció una despreciable sonrisa desconcertada en su cadavérico rostro—. Si devuelves ahora todo; no entiendo por qué lo exigiste. Tampoco entiendo por qué, si has descubierto una fortuna que puede arreglar tu vida, me la entregas arriesgándote a que yo te la quite —hizo un gesto levantando la barbilla para que yo volviera la cabeza, lo hice y encontré la mole de la Negra Pola a mis espaldas. Al ser reconocida su presencia, se apresuró a sentarse a mi lado, haciendo patente su idiosincrasia tabernaria al mostrarme la lengua mordida por su aurífera dentadura en un claro gesto de amenaza.

—Mira lo que traje para ti mi amol —me habló con la ternura con que un enamorado expresa su amor, levantándose la camisa para mostrarme el largo y afilado cuchillo que cortó la oreja de un chino. Pero no consiguió impresionarme ni siquiera con la maligna sonrisa que mostraba sus dientes de oro.

—No me arriesgo a nada. Creo que eres lo mínimamente sensato para no complicarte la vida una vez que tienes lo que deseas. Podrás imaginar que si intentáis algo contra mí, me pondría a chillar como un descosido. Los gritos harían imposible que...

—Bueno, bueno..., vale. Corta tío. Está bien; no te vamos a hacer nada. Pero si vuelves a aparecer por Morúa... Mejor dicho, si vuelves a la República Mameiana, y yo me entero: te ma-to. No quiero ni acordarme de tu nombre. Y tampoco te creas que agradezco el que me hayas devuelto el dinero, ni las joyas; es un gesto de debilidad. Yo odio a los mierdas, a los cobardes. Pensé que tú tenías más pelotas, pero me equivoqué, te asusta la ambición; por eso lo devuelves, no puedes soportar la... grandeza. Eres un puto perdedor..., una porquería.

—Jamás se comprende la gloria ajena. Un perdedor es el que se pierde a sí mismo. Alguien como tú. Yo más bien... soy un poeta sin obra.

—¡El parigüallo este está loco del diablo! —dijo la Negra Pola como si hubiera encontrado la explicación a todo.

El Flaquito, sonriente y sin decir nada, se levantó y fue con el calcetín a los aseos para comprobar las piedras. El matón, mientras tanto, se entretuvo en darme algunos dolorosos pellizcos en las piernas y en reiterar las amenazas para que no regresara. Al cabo del rato, apareció su jefe y sin volver a sentarse dijo:

—Vayámonos, Negra. Asunto resuelto. Pero antes, hazle algún cariñito al poeta.

Mirando al Flaquito con cara de niño bueno me sacudió un codazo en las costillas que hizo que me doblara por el dolor. Con la cara sobre la mesa los vi alejarse olvidando el saxo.

Requerí ayuda de una azafata para subir las escaleras del avión. El golpe me rompió una costilla y tenía mucha dificultad para andar y aun para respirar. Despegamos y no tuve mucha suerte, mi compañero de asiento era un voluminoso parlanchín español. Regresaba después de disfrutar de sus vacaciones. Para entretenerse durante el viaje me narró muy pormenorizadamente todas sus excitantes experiencias caribeñas.

—Ya te digo, William —no sé qué extrañas conexiones neuronales me obligaron a decirle que mi nombre era William Faulkner y también que era panameño—, me he echado una novia que es una mujer maravillosa. Si Dios quiere, dentro de un mes regreso para casarnos. Está muy bien, es muy guapa y se enamoró de mí como una cordera, aunque esté feo que yo lo diga. Fue un amor a primera vista. La conocí en la tienda donde ella trabaja. ¡Es tan delicada! No sé cómo reaccionarán en mi familia, porque ella es bastante oscurita, pero a mí me da igual, es mi vida, ¡qué diablos! ¿No te parece, William?

Hice que dormía, pero le respondí mentalmente recordando a Óscar: «Siempre que un hombre hace una cosa claramente estúpida, es por los motivos más nobles». Pensé que su delicada novia sería una África de las que echan sus redes a los visitantes, capturando a los más ingenuos, que bajo sus hechizos y gemidos excitantes, firman ciegamente un acta matrimonial o lo que les pidieran. Ellas lo hacían por burlar un destino marcado a fuego. Ellos creían que por su persona, por ser irresistibles.

Por el rabillo del ojo vi que este soñador tomaba una revista y comenzaba a hojearla, aunque su mirada vacía se perdía en los recuerdos. Al rato, volví a espiarle; ahora, con sonrisa de imbécil feliz, miraba una foto en la que aparecía él en una playa abrazado a una acompañante morenita. Supe que ése era su amor, porque besó la fotografía repetidamente murmurando bajito.

Mientras, yo me apliqué a meditar sobre lo que Nuria me dijo por las cartas: Futuro duro; no existía ningún proyecto a la vista; en un tiempo lejano veía triunfo y reconocimiento social en el terreno artístico, pero esto a costa de mucho esfuerzo; una muerte de alguien cercano; regresaría a la República Mameiana...

Me interrogué por las causas de mis fracasos y me aturdieron los acontecimientos, las palabras, los personajes. Todo se mezclaba sin concierto en mi enfebrecida mente. Pasaba de los reproches de mi suegro a un vaso efervescente en la farmacia San Judas, de un toxicómano apuntando con un treinta y ocho a mi cabeza a una muchacha llorando en una guagua por el dolor de muelas. Mis pensamientos chocaban como piedrecitas produciendo tal algarabía. Hacía falta un reformatorio de recuerdos, un correccional de ideas. Concebí que sería bueno escribir todas mis vivencias, los detalles de ese universo desintegrado, convertido en polvo, transubstanciado en recuerdos. Comenzar en el lindero que marcaba mi desgracia, hasta llegar a ese mismo instante. Paso a paso, elegir una fecha cualquiera. Por ejemplo esa mañana en que apareció Chespirito informándome del descalabro en la lotería. Ésa era una buena referencia. Desde ese día se precipitaron los sucesos acelerando mi decadencia alocadamente hasta llevarme a ese momento, en que me encontraba sentado en un asiento de Iberia, volando sobre el Océano Atlántico. Escribiría esta historia en la que no todo es verdad pero tampoco todo es mentira bajo seudónimo. Cambiaría los nombres. No sería bueno que si alguien algún día lo leyera catalogara por mi juicio el absurdo comportamiento de los razonables, formándose un parecer que quizá no fuera justo ni equilibrado. Todos somos de muchas maneras dependiendo de lo que tratemos y de con quién tratemos. Fran Lousy verdadero nombre falso que suena muy bonito y extranjero. Ésta podía ser mi careta. Fran Piojoso. Así me sentía: un piojoso, es decir, alguien sin nada, sin nadie. Todo perdido por mi mala cabeza, por considerarme demasiado y por el embrujo de las ilusiones.

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Fecha de publicaciónAbril 1998
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