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Del agua nacieron los sedientos

Capítulo XI

Sonreí bajo el agua azul

V. Pisabarro
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Era una noche silenciosa, sin luna, aunque a mí me gusta recordarla con ella. Me desnudé tarareando una vieja canción de amor. Creí sentir algo parecido a la felicidad. Contemplé mi cara en el espejo del baño mientras me cepillaba vigorosamente los dientes. Para ver en mi rostro algo parecido a un rictus de alegría, forcé ciertos músculos, aunque otros luchaban por su cuenta para borrar el gesto. Después me dejé caer en la espaciosa cama y encendí el último cigarrillo del día. Pensé que en la mañana siguiente habría de enfrentar el espinoso asunto del Flaquito. Una vez dado el primer paso para romper el agravio de Sonia vendiendo la empresa, quedaba romper el del execrable tientaparedes que abusó tanto de mis antiguas debilidades. Se le trasconejó la caza. Yo sería el conejo que impidiera la salida de esos hurones de mi laberíntica madriguera, el que les manciparía. Aún me parecía imposible el no haberme encontrado con ellos en mi andar entelerido por las calles de Morúa. Indefenso, perdido a mi suerte, hubiera sido una víctima segura. Ahora les iba a costar más trabajo manejar al títere. Apagué el cigarro, cerré los ojos y me dormí regocijado con una suave brisa y el ruido sordo y continuado de las olas.

A la mañana siguiente, entré en el Hotel Diamante con la misma grata sensación que me produciría espantar un rebaño dispersándolo a campo traviesa. Me sentía con facultades y potencia para llevar a cabo lo ideado, sin dubitaciones.

Eran las siete cuando llamé a la puerta de la habitación doscientos veintidós. Mi mano golpeó enérgicamente. Tras unos segundos de espera sin respuesta, le arreé dos patadas en los bajos.

—¿Quién es, qué pasa? —escuché la gruesa voz de Jeniffer.

—Soy Fran. Abrid la puerta.

—¿Fran? ¿De verdad? Espera.

Cuando abrió, supe que estaba bajo el síndrome de abstinencia. Llevaba unas braguitas negras. Nada más. Su cuerpo admirable, era en esa mañana una masa trémula de carne macilenta, más lastimoso aún en su desnudez. Sin las gafas, desgreñada, con unas ojeras violáceas... Sólo la ronca voz denotaba su carácter arrollador.

Sin recuperarse de la sorpresa cerró tras de mí. Como en la otra ocasión, mantenían la habitación en penumbra. Comencé a descorrer cortinas y subir persianas con la misma desenvoltura con que lo haría en mi propio cuarto. Me sentía fuerte, determinado. Cuando subí la última, giré la cabeza. Allí estaba el Flaquito. Tumbado en una cama de sábanas revueltas y calientes, erguida la cabeza y apoyados los codos en la almohada. Los ojos por efecto de la luz, casi cerrados, vidriosos, centelleantes. Su aspecto, al igual que el de su compañera, era deplorable, infeliz, casi sin remedio. Supongo que la abstinencia les haría sufrir de la misma aniquilación. Durante unos momentos permanecimos estáticos, mirándonos, sin decir nada. El primero en abrir la boca fue él.

—Has hecho muy bien en venir, Fran. Muy bien. Te lo aseguro.

Esbozó lo que intentaba ser una sonrisa. Sus palabras se oían gangosas, con resonancia nasal, lentas, pastosas, sin inflexiones, como forzadas a salir para matar el tenso silencio.

—¡Hijo de puta! —grité atronadoramente. Dio un respingo. Jeniffer se acostó a su lado. Yo permanecí al pie de la ancha cama de bambú. Proseguí con un tono más atemperado—. Eres un maldito hijo de la gran puta. La primera vez que te vi supe que tuve mala suerte. Sabía que aparecerías tarde o temprano para apestar mi vida.

Ninguno pareció inmutarse. Prendí un cigarrillo. Mantenía el control.

—¿Dónde está el saxo, Fran? —preguntó Jeniffer.

Sin contestarle, me acerqué a la ventana más próxima. El sol comenzaba a calentar. Una yeguada pastaba en una parcela cercana, los potrillos daban unos trotes breves mientras sacudían la cabeza siempre cerca de la madre.

—Bueno, Fran, ¿dónde lo has dejado? —se interesaba ahora el Flaquito.

No dije nada. La gangosa voz del Flaquito había dejado un irritante eco metálico en mi cabeza. Caminé lentamente hasta llegar a la cama. A pesar de mi envergadura, el sonido de mis pasos me engrandecía. Su repulsiva voz me hacía reafirmarme más en mis propósitos. Me senté junto a él en la cama. Crujieron los muelles. El colchón parecía responder a cómo me sentía en esos momentos. Olí el hedor que expulsaba por la boca. Tenía algunas pupitas en los labios. Di una buena chupada a mi cigarrillo y le eché el humo a la cara como en las películas. Hice que tosiera. Percibía su alteración, cómo, poco a poco, se acercaba al límite de su aguante. Su compañera se limitaba a observar. No decía nada de momento.

—No se equivocó Paqui cuando me advirtió de que nos traerías problemas y complicaciones —dijo cuando terminó de toser con lágrimas en los ojos.

—¿Has estado enfermo? —pregunté mirándole con insistencia a los ojos.

—Sí, me han diagnosticado principio de neumonía.

—La verdad es que tienes un aspecto lamentable.

—Bastantes cojones te importa a ti cómo estoy yo. ¿Y la mercancía? —gritó irritado.

De la mesita de noche tomó el último cigarrillo de un paquete arrugado. Lo encendió con nerviosismo, temblaba en su boca. A la primera calada reanudó la tos. Se puso en pie tratando de reprimir las convulsiones. No le quedó más remedio que apagarlo y escupir. Yo, entretanto, me senté en un amplio sillón cerca de la pared.

—Sois muy listos, Mey. Necesitabais a un pendejo, a un pintamonas, alguien que corriera los riesgos. No os atrevíais a hacer el viaje vosotros mismos. Seguramente estáis quemados. No podéis regresar —el Flaquito volvió a encender el cigarro—. No sé lo que he traído pero tiene que ser algo grande; algo de mucha importancia para que tomarais tantas precauciones y tuvierais tantos gastos. No sabíais quién podría haceros un encargo tan delicado. Entonces aparecí yo. Pensasteis en mí; un padre de familia con hijos debe regresar. Un ganapán, un tarambana en apuros, en deuda con vosotros. Sí, yo podía ir a España sin problemas.

—Tú ya estás muerto, Fran —amenazó el Flaquito mirándome fijamente y con un gesto de repulsión en su cara chupada.

—Más muerto estás tú que yo, ¡pendejo! Yo tengo el saxofón, y si no nos entendemos descubriré su secreto. Además, yo también conozco negras polas que pueden echar tus huesitos al fondo del mar —no sé por qué recordé en ese momento a mi gata.

Rápidamente, con violencia trastrabillada, sacó un revólver del cajón de la mesilla y cruzó la habitación con paso decidido, acercándose hacia mí con lo que parecía el firme propósito de descerrajarme un tiro. Se detuvo a una distancia que le obligó a extender el brazo para apretar el cañón en mi entrecejo. Sentí la dureza fría del metal temblar en mi frente. Levantó el gatillo. Oí el clic.

—¿No te da miedo, Fran? Soy heroinómano desde que recuerdo —decía atropelladamente mientras me salpicaba con algunas diminutas gotas de saliva—. Llevo años en la misma ruina. Necesito heroína para vivir. Hace días que no la pruebo. Estoy con el mono. ¿Te das cuenta? ¿No te da miedo! Te está apuntando con un treinta y ocho un drogadicto desquiciado, dispuesto a reventarte los sesos. Me tienes hasta los huevos. Te voy a matar, hijo de puta.

—¡A que no! ¡A que no te atreves! —dije tranquilamente—. ¡A que no disparas!

Di una calada profunda al cigarro. Me sentía extrañamente sereno; qué diferente del hombre que en esta misma habitación temblaba ante la Negra Pola. Continué:

—Eres un desecho, una auténtica porquería. Estoy seguro que lo único de valor que hay en tu vida lo tengo yo. Por eso no vas a disparar. ¡Mamarracho!

—¡Dispara! ¡Dispárale en la boca! ¡Que se calle de una puta vez! ¡Matalé! —chilló fuera de sí Jeniffer haciendo retumbar las paredes.

—Sí. Aprieta el gatillo. Pero antes, dime qué oculta el saxo. Quiero saber por lo que vas a matar y por lo que voy a morir —ahora no temblaba.

Tras unos segundos de vacilación en los que asumí el fin de mi existencia, el Flaquito bajó el arma lentamente.

—Habla, Fran. ¿Qué quieres? —dijo transmutado; como si sufriera de golpe el hartazgo de un terrible cansancio— ¿Qué es lo que quieres? —se limpió la boca con el revés de la mano.

Al levantarme crujió la butaca de mimbre. Despacio, mirando al suelo, fui de un lado a otro de la habitación. En la calle, un vendedor ambulante voceaba: «pastele pastele pasteeeles». Llegó el momento de abrir la navaja.

—Lo que deseo es no ver a la Negra Pola ni a otros matones cerca de mí y que dentro de una semana haya un ingreso de ciento cincuenta mil dólares en este banco de Puerto Rico.

Le tendí un papel en el que iban escritos los datos del banco y número de mi cuenta. Él lo tomó diciendo:

—Eso es imposible. Todo mi dinero se ha gastado en este negocio. Olvídalo. Puedo entregar lo que afirmé que te daría cuando regresaras: medio millón de pesetas. Además, la deuda de las ochocientas mil quedaría saldada. Y te juro que nadie te hará nada. Piénsalo, es casi un millón y medio de pesetas. Es lo que te puedo ofrecer.

Enmudecimos durante unos momentos contemplando el papel deslizándose entre sus dedos. Sin erguir la cabeza continuó hablando como para sí mismo.

—He vivido una vida muy... áspera. He pasado por mil calamidades. En mi memoria sólo hay desastres..., naufragios. Tengo un mal incurable y el poco tiempo que me queda quiero acabarlo como los lagartos, al sol. Aquí encuentro reposo. Aquí soy un hombre sin historia —levantó los ojos y observándome con una mirada turbia de enojo cambió el tono—. No voy a consentir que un idiota como tú arruine mis planes. Piénsatelo, Fran. Si aceptas lo que he dicho, ahora mismo solucionamos todo y dejamos de envenenarnos. Es lo último que te tengo que decir.

Un gallo cantó. Contemplé a Jeniffer. Tenía la cabeza inclinada. El vigor que derrochaba la tarde en que la conocí, había desaparecido. Se hallaba inmóvil, la mirada perdida, la expresión consternada.

—No acepto. Yo también he soportado muchos naufragios —dije—. De éstos no pude salvar nada más que mi amor propio, un blindado amor propio. No acepto la propuesta. Estoy dispuesto a jugarme el resto en la última jugada —apretó los labios, cerró los ojos y resolló—. De desgraciado a desgraciado te digo, y sé que me vas a entender, que cuando uno no tiene mucho que perder, apuesta sin miedo —guardó el revólver en el cajón mientras escuchaba—. El saxófono está escondido y un notario tiene una carta firmada por mí para abrirla si no la reclamo en un mes. En caso de que algo me ocurriera, ten por seguro que te pudrirás en la cárcel, el sol seguirá saliendo para los lagartos pero no para ti.

Dirigiéndome hacia la puerta y como despedida dije:

—Vas a tenerlo difícil con mi familia, se han ido. Me han abandonado por vuestra culpa.

Abrí. La mujer, con una celeridad que me impresionó por el estado en que se encontraba, la cerró de golpe. Tomó aire sonoramente por las narices y lo expulsó por la boca de igual modo.

—O.K., danos un par de días para pensar qué podemos hacer. Pero no te aseguro nada. ¿Qué te parece?

—O.K. Dos días —acepté después de pensarlo durante unos momentos.

Abrí la puerta de nuevo. Cuando iba a salir me sujetó de la camisa por el hombro y mirándome con encono me dijo muy bajito, calentándome la oreja con su aliento:

—Cuídalo. Ten mucho cuidado. No lo pierdas. Es lo que protege tu vida de mierda.

Eché la advertencia en un bolsillo roto. No logró inquietarme. Si acaso, me produjo alguna misericordia. Más que una amenaza, era la súplica de una desesperada. Caminé consciente de estar viviendo la dura realidad impuesta por mis decisiones. Así era lo que yo deseaba que fuera. Podía haber sido de otra manera; entregarles el encargo, olvidarme de ellos, olvidarme de todos, ser un pasado incruento en su memoria. Pero no. Yo quería la sangre de todos, quería su odio, romper cristales; deseaba bailar como un diablo sobre el fango de la tumba de mi olvido, clavar mi venenoso aguijón en la paz del nuevo hogar de Sonia, en la prepotencia chabacana del Flaquito.

Andaba por sucias callejuelas, entre desperdicios esparcidos por las gallinas, con aversión a todo lo humano, sintiendo la desagradable impresión de ser un estigmatizado; de llevar la marca del fuera de la ley, de la perfidia. Implicado en un asunto claramente ilegal, enredado con individuos peligrosos e inmorales. Deseaba que todo acabara cuanto antes para disfrutar lentamente del daño que hice a los verdugos.

Los motoconchos ofrecían sus servicios, me abordaban cambistas del mercado negro; change, change, dólar, dólar, limpiabotas, captadores para excursiones... A todos ignoraba, seguía avante abstraído en lúgubres reflexiones, dirigiéndome a la fábrica de flores.

Qué grata sorpresa tuve al ver la flamante maquinaria recién instalada para la preparación de nuevos artículos. Hube de sujetar mi contento ante Bienve.

Yo era el dueño legal de todo lo que había ahí, de todo lo que consiguió Sonia, de la empresa. Poseía más del noventa por ciento de las acciones, quedando el restante para los mameianos a los que la ley obliga a participar en la constitución de sociedades de este tipo.

Tuve que improvisar para que no se malograran mis intenciones. Mandé a los empleados al muelle viejo de La Isabela, con el cometido de retirar unos ficticios fardos con mercancías, provenientes de Hong Kong.

—Don Rafaelito, pregunte usted por el coronel Diómedes en la aduana. De todas formas estará allí mi mujer esperándoles con un camión. Si ella o el coronel no han llegado, espérenlos el tiempo que sea necesario, porque ya sabe usted cómo son las cosas en la aduana. Tampoco hace falta que me llamen —indiqué al encargado.

Después de salir la totalidad del personal para cumplir el encargo, nos quedamos solos Bienve y yo. Inventé funciones para las máquinas, mostré libros de contabilidad, cartera de clientes, etc. Él, en una deleitable explicación sobre una cuestión administrativa, consumió otra hora de mi vida. Al final, ufano con lo que él suponía una buena inversión, y yo alegre por lo que era un buen golpe para la infiel, cerramos el trato en el bufete del jurista notario Petrarco Campaña y asociados, abogados instalados en Marbueno con reputación en toda la zona norte de la isla. Su minuta era un tanto elevada, pero tenían una clientela consolidada a la que le convenía pagar, pues sabían que eran perseverantes cumplidores en sus gestiones, además de buenos asesores.

Tenía una mala experiencia con los abogados de la República que a millares ofrecían sus asistencias para los divorcios, constitución de empresas, demandas, etc. Muchos eran ignorantes de las más elementales leyes mameianas. Sangraban al parroquiano que en su buena fe acudía a sus despachos para resolver sus asuntos, demorándolos estos carroñeros hasta el colmo.

La venta y distribución de las acciones se realizó de la siguiente manera: cincuenta y un por ciento para la ahora dichosa empresaria y antigua secretaria, Altagracia Lagombra Mella; veinticinco por ciento para la mamá de esta señorita, Australia Mella, viuda de Lagombra; veinte por ciento para la señora Bernarda Espaillat Vargas, abuela de Altagracia; el restante cuatro por ciento era el de Bienvenido del Campo Calatrava, financiero enamorado. A la rúbrica de los documentos discurrí que este hombre estaba ya perdido sin remisión entre tanta hembra codiciosa. Sentí una melosa compasión por él cuando me entregó un cheque por ochenta mil dólares, con una sonrisa candorosa en su rostro terso y lustroso por la crema facial. Para mí vino el parto derecho.

Acto seguido, sin salir de la localidad, acudimos todos a cenar a La Puntilla de Pier Morini, bonito restorán, de carácter y dueño italianos, como por su nombre se podría discernir. Muchos éramos los invitados. Además de los relacionados en la firma de documentos, concurrían asimismo, el padrastro de Altagracia, cuatro de sus ocho hermanas, un individuo glotón galán de su abuela y Berkis una convecina de la familia bastante obesa.

Este restaurante de muy exquisito gusto y distinguida clientela ofrecía a media noche un recital de boleros del que lamentablemente no pudimos disfrutar en su totalidad. Tuvo Bienve que solventar la cuenta demasiado pronto a causa de un deplorable acontecimiento.

Después de los postres y de algunas botellas de ron, en el bochinche, estando como moros sin señor, Berkis, la vecina, mostró sus voluminosos pechos desnudos al romántico cantante mientras se los palpaba y reía desaforadamente, haciendo gala así del pésimo gusto que tenía esta mujer para la diversión. A raíz de la exhibición se generó en nuestra mesa un gran griterío. Los niños, que eran varios, sin desaprobación de sus progenitores o tutores, se entretenían en arrojar los caparazones y conchas del marisco que degustamos a las mesas aledañas, lo que era motivo de reprobación del resto de la clientela. Por todo esto, y más, fuimos expulsados sin muchos miramientos. Ya en la puerta, el mismísimo Pier Morini, encolerizado, nos prohibió a todos los que estábamos en aquel lugar en ese momento que colocáramos los pies sobre su restorán nunca más. Se acabó de desprestigiar el galán de la abuela ante todos, cuando, ofendido en su honor por la expulsión, se bajó los pantalones y calzoncillos en la misma puerta del lugar, y en postura se aprestaba a defecar. Estas intenciones evitó el mismo dueño de este exclusivo establecimiento ayudado por los vigilantes, que acometieron a puntapiés contra el ebrio despechado. Se formó gran vocerío y golpiza entre el personal del restaurante y los nuevos propietarios de AATUCA. Yo, con disimulo, me distancié de la algarabía, no tardarían mucho en llegar las fuerzas del orden y no me encontraba tan bebido como para implicarme en un asunto tan grotesco y con análoga comparsa.

Transcurrió mucho tiempo desde la última ocasión en que visité los sitios de jolgorio nocturno. Marbueno contaba con diversas discotecas, bares, centros cerveceros y otros antros, que harían reír a cualquier bar de suburbio de cualquier población española. Instalaciones puestas en marcha con una inversión escasa, ridícula. La generalidad eran levantados por forasteros radicados en la población. Esta gente no proporcionaba explicaciones sobre su pasado. Italianos, alemanes, españoles, canadienses, emplearon las cuatro perras que traían para desarrollar estos negocios, en los que se amparaban las prostitutas, prostitutos, buscavidas, borrachos, carteristas y otro público de mal vivir, o simplemente gente con hambre en busca de sus chelitos* cenar y pagar el sucio catre. Los visitantes forasteros, la mayoría jóvenes y atolondrados, visitaban estas porquerías ostentando guapezas y en una actitud que pretendía demostrar que eran valientes y capaces de cualquier atrocidad. Aunque, en su fuero interno, eran colegiales disfrutando de la alegría pueril del recreo, de una libertad barata, deseosos de acontecimientos, de embutir sus noches en el Caribe con hazañas amorosas o, al menos, con algo de licor. Jóvenes perdidos en un mar de perdición buscando algo que narrar a sus compañeros cuando regresaran al tajo.

Después de abandonar a mi compañía de cena, me trasladé a la zona en la que se descubría lo que se llama el ambiente. Pasarían de la una cuando llegué al lugar, hora en la que empezaban a llegar de la misma manera, como ovejas al redil, esta argamasa de lenguas, culturas y tipos étnicos, para mercar con lo que se terciara, que de todo había si era malo.

—¿Limpia? —solicitó un carajito señalando mi calzado.

Consentí y, mientras el limpiabotas ejecutaba la faena, yo me dediqué a observar a la muchedumbre. Al tiempo, me preguntaba por qué tiene que ser tan previsible, repetido y falto de interés el comportamiento humano, tan abrumadoramente asolador con su vulgaridad de espíritus interesantes, ahogados en sí mismos por el temor de parecer ridículos a los ridículos.

Treinta o cuarenta motoconchos aparcados aguardaban a que alguien los solicitara. Algunos llegaban con dos o tres almas, otros salían cargados hacia otros sitios. Se detuvo cerca de mí uno que arribaba con cuatro personas. El que venía sentado en el extremo de la moto, un alemán voluminoso, rosado y de pelo rubio, con claros síntomas de cargar demasiado alcohol en su sangre, daba grititos de júbilo. Al apearse reparé en él con más atención: camisa negra, pantalones cortos y chancletas en sus pezuñas. Portaba una cerveza de las grandes en la mano. Al instante de desmontar, una preciosa jovencita de quince o dieciséis años, vestida con unos elásticos pantalones negros y holgada camiseta blanca, como cuatro dedos por encima de su ombligo, se acercó y abrazando su ancha cintura sonrió y le dijo con morritos incitantes:

—Hola Papi.

El advenedizo dijo alguna gracia a voces para sus amigos y todos rieron con alborozo y alegría reprochable; después la aferró por los hombros y pasaron dando tumbos a La Esfinge, antro discoteca regentada por egipcios.

Me sobresaltaron unos gritos que se produjeron en el extremo de la calle, en su parte más oscura y solitaria. Dos hombres discutían y se amenazaban. Un motoconchista que apoyó la moto en un árbol retaba a otro, también mameiano, a que se decidiera a sacar la pistola que empuñaba en la parte trasera del pantalón.

—Come mielda. Yo soy hombre, peleo con puños. Vamos a dalnos trompás como los hombres. ¡Hijo de tu maldita madre!

El armado era un tipo más alto y fuerte que el retador, quien era más bien retaquillo, sin embargo, no se atrevía a soltar el arma. Un tercero medió en el conflicto intentando evitar la tragedia. Hasta que por fin el alto sacó la pistola y apuntó al motoconchista. Me fijé en ella, era pequeña y plateada a la luz de la luna.

—¡Dispara!, ¡pendejo comemierda! —desafió éste mientras se abría la camisa y avanzaba hacia él.

—¡Te mato! Te voy a matal tiguerón —amenazaba retrocediendo el otro.

—Dispara carajo —gritó el menudo al tiempo que le lanzaba un puñetazo a sus testículos.

El alto emprendió la huida. Llegaba en ese momento una pareja de policía y se formaba un corro de gente en torno al de la moto. Él, dando explicaciones a gritos, señalaba ahora hacia el norte, ahora hacia el sur. Al cabo de unos minutos el grupo se disolvió. El motoconcho encontró a un cliente y desapareció.

Reflexioné en cómo una bala en la recámara, o saliendo por un cañón, es la dueña del destino de mucha gente; en lo difícil que es apretar un gatillo, y en cómo quien ha desafiado a un armado a disparar vive el resto de su vida como un regalo. Ésa era mi sensación al menos.

El limpiabotas dio unos golpes en la caja con el cepillo, señal de que ya había concluido y reclamaba su paga. Le entregué sus cinco pesos y desapareció sin darme cuenta mientras miraba mis zapatos lustrosos. Crucé la calle y decidí tomarme un Casteló a la roca en Doctor Who, bar abierto a la calle por sus cuatro costados. Al rato, cuando estaba sentado en un alto taburete y recostado en una columna de madera, un muchacho me volvió a preguntar:

—¿Limpia? —le di un no seco, y se alejó.

Una mujerona alta y pechugona, con labios y voz gruesa dijo al tiempo que con una de sus manazas masajeaba mi cabeza y cuello toscamente:

—¿Tú eres español Papi?

—Yo no entienda la españila. Mi es húngarro —dije sin mirar.

—¿Qué lo qué? —se interesó otra al lado.

—Yo soy húngarro. No entienda la españila —volví a repetir.

Así no permitía dar pie a que prolongaran sus intentonas conmigo. Al tener dificultades con el idioma y verme bastante feo y soso, preferirían atacar a otro, pues esta gente sabía lo fundamental para enredar a los turistas en inglés, alemán, español... El húngaro supongo que dentro del putaísmo no habría quien lo entendiera y menos aún quien lo hablara. Además, al confiarse ellas que uno no entendía el español, podía oír abiertamente sus opiniones en mis propias narices. Así unas veces decían que era muy feo, que tenía pinta de muerto de hambre y otras lindezas por el estilo que ya me aburría escuchar, pues siempre se usaba el mismo repertorio.

—¡Dejen a ese hombre!, que es serio —ordenó una voz femenina, que no floja, desde el otro extremo de la barra.

Odialís, mi bienhechora de tiempo atrás a la que hacía mucho que no veía, me miraba y sonreía desde lejos. Saludé con la mano agradado por el encuentro. Se fue acercando lentamente moviendo mucho el culo para provocar al numeroso personal beodo amarrado en la larga barra en esos momentos. Al llegar me besó agarrándome por las muñecas y preguntó por la familia.

—Ahí piliando. Qué alegría de verte, me quitas mil canas —dije evitando la pregunta mientras reconocía su perfume barato.

—¡Diablo!, entonces no eres «hunguarro», y entiendes el español —exclamó sorprendida la ramera grande.

—¡Váyanse, caminen! Ya les dije que él es serio —ordenó nuevamente Odialís mirándome a los ojos. Las otras obedecieron.

—Quería hablal desde hace mucho tiempo contigo, mi amol —dijo—. ¡Mira! —llamó al camarero—, tráeme un jugo de tamarindo. Pues sí, Fran. ¿Tú sabes lo que me hizo el mamahuevo de Damián? Pues sí, mi amol, me quitó la pasola, dice que se la robaron, pero a mí me han dicho que la vendió. Unas joyas que tenía yo, de oro del de 18 también me las quitó. Me obligó a resolvel con un español que tenía muy mala pinta, un maldito goldo seboso, que me dejó una enfelmedad mala. Damián me dijo que era un compromiso y que le hiciera ese favol y ni siquiera me dio un peso el goldo del diablo.

—¿Y cómo estás ahora? —pregunté interesado.

—¡Oh!, ahorita ya estoy bien. Se curó la cosa, ahora estoy trabajando. ¡Pero mira muchacho...!, yo tengo unas ganas de darle un mal a ese hombre. Voy a il donde una haitiana para hacerle una brujería a ese pendejo para que se le pudra el huevo. Ven acá que te voy a presental a un compatriota tuyo —de la mano y abochornado me llevó al otro extremo, a la parte más oscura y solitaria del bar. Allí un hombre con apariencia huraña bebía solo.

—¡Vaya! Ya tenemos visita —escuché al llegar la voz bronca y profunda del individuo de rasgos severos. El pecho hinchado, mirada despectiva. Parecía hacer esfuerzos por limpiar las telarañas del techo con su cabeza, estirándose con tal intensidad por engrandecerse, que daba la sensación de estar a punto de desbaratarse o de crecer dos palmos de golpe. Imaginé que ése sería el martirio que imponía el gran complejo de inferioridad de un cuerpo casi de enano.

—Fran, te presento a Isaac Palmerón. Es escribiente y el hombre que hace que se derritan mis huesitos —dijo Odialís exagerando la nota aún más al agacharse para mordisquearle la oreja. Él no lo permitió.

—En realidad me llamo Isaías Salmerón. Literato —bebió de una botella de Whisky que llevaba en la mano —pero..., es igual. Da lo mismo.

Lo conocía. Un afamado escritor español de grandes tiradas. Su presencia me desconcertó. En las contraportadas de sus novelas aparecía como una persona de tamaño normal.

Tendría unos cuarenta años bien llevados y parecía disfrazado, muy diferente a las fotos, creo que tratando de camuflarse en el ambiente con un porte abandonado y el gesto hastioso de los aburridos.

—El último libro que leí fue uno de los suyos —procuré mostrarme simpático mientras Odialís se abrazaba a él como si temiera caer.

—¿Sí? ¡Qué bien! —ni siquiera se dignó a mirarme.

—Fran es hombre de negocios. Ha vivido en mi casa durante un tiempo con su familia —dijo la mujer zalamera colocándole el cuello de la camisa.

—Pues te deben ir muy mal los negocios para haber vivido en esa pocilga tú y tu familia —observó mi reacción con el peso de una mirada grave. Era la desdeñosa mirada de un hombre importante. Parecía desencantado, cansado de la banalidad del mundo. Era la mirada de desprecio de los que triunfan.

—¿Ha venido a descansar? ¿A pasar unos días? —pregunté con el mismo propósito de seguir mostrándome simpático, a pesar de los malos modales del escritor.

—¡A descansar! Sí hombre, sí, a descansar. He venido a hacer excursiones, y a ver bonitas playas con palmeritas, y a pescar pececitos, y a ponerme moreno, y a hacerme fotos —siguió bebiendo a morro. Cualquiera pensaría que su sarcasmo era consecuencia del whisky, pero yo sabía que era la arrogancia de alguien con permiso para ser cruel con la vulgaridad; la ñoñería de un mimado por el éxito; un hijo malcontento de la admiración. Sé distinguir la descarga lastimosa de un borracho, de la ironía maliciosa de un soberbio con los inferiores.

—Mi amol. Si tú quieres, podemos il a una playa que yo conozco, no está muy...

—¡Cállate de una vez, por favor! Me empalagas. ¡Vete! Vete por ahí. Cuando veas que me retiro al hotel te acercas. ¿Vale? Ahora... ¡largo! —interrumpió a Odialís furiosamente. Ella, tras unos instantes de perplejidad, acató la orden del enano con olor a dinero; se despidió de mí apretándome como antes las manos y vi como se alejaba tratando de superar la humillación, exagerando los movimientos con que provocaba a los hombres. Daba pena.

Permanecimos codo con codo en la barra, él bebía con la mirada perdida en las vitrinas del bar, yo pedí otro ron.

—Pues sí —dije con el mismo tono cordial en la voz—, su libro fue el último que leí.

—¡Oh, venga... vamos! Mira muchacho. Perdona que te lo diga así. Me da igual que hayas leído mis libros..., ¿vale? Me da lo mismo si has disfrutado o no has disfrutado con ellos. Lo único que pretendo es beber tranquilo en este bar de Marbueno sin tener que soportar pelmazos. ¿Es posible? ¿Crees que podrás estar calladito? O, mejor aún, ¿crees que podrás irte tú también?

—Sí, claro, claro claro. Pero antes me excusará por abusar un poquito más de su paciencia. ¿Me lo permite? Compréndame, no se presenta todos los días una ocasión tan magnífica como la de tener delante de uno la presencia de Isaías Salmerón. Quisiera hablar de literatura durante unos breves instantes con usted. ¿Puedo?

—¡Adelante! —exclamó arqueando las cejas después de resoplar con resignación.

—Pues verá usted. Al pasar la última página de su libro Ulceraciones, escarmentaron tanto mis deseos de lectura, que me hice el solemne juramento de no volver a leer jamás literatura contemporánea. Su escritura es..., ¿cómo lo diría yo...?, el tentador pastel que se exhibe en los escaparates de una selecta pastelería. Un pastel cremoso ante el que babeamos con ansias por comerlo, con sus rojas guindas, su coco nevado, sus virutas de chocolate, su blanca nata... Pasamos al establecimiento y lo compramos gozosos. Nos han dicho que es bueno, no nos importa pagar el elevado precio, es tan irresistiblemente tentador que no hay fuerza que nos impida sucumbir al deseo. Deseamos decir: yo también disfruté de ese sublime manjar. Ya tenemos el pastelito en la mano, es nuestro, le despojamos de todos los adornos con los que nos lo han aderezado y nos disponemos a hincarle el diente anheloso. Lo hacemos y ya el primer bocado en nuestra boca se mueve de un lado al otro. Tratamos de descubrir esas delicias prometidas pero... no sabe a nada. ¡Diablos!, se pega al paladar, nos apelmaza la lengua. Seguimos mordiendo y tragando el bolo pastoso, pero ocurre lo mismo, es insípido, ¡no tiene sabor! Los ojos engañan al gusto, cómo puede algo compuesto con tanta perfección, con tanto primor, con tan buena crítica, no saber a nada —intentó marcharse pero le contuve agarrando enérgicamente su brazo obligándole a sentarse sobre un taburete—. En fin mi querido compatriota, todos esos artificios del verbo y la inanidad subjetiva de la que usted tanto abusa sólo sirven para vanagloria de otros estirados pretendidamente exquisitos como usted. Necesita ciento veinte páginas para relatar la visión de una cucaracha en su bañera, mientras conversa con Carlos Marx, redivivo del amoroso deseo que sentía por una puta francesa a la que le encantaba comer macarrones y a la que nunca se atrevió a dirigirse abiertamente, a causa de la timidez producida por el trauma de ver a su padre vestido con el uniforme de la División Azul. Es muy respetable. ¡De veras! Muy respetable, muy meritorio, pero... mucha rama y poca altura. Tremendamente aburrido. Entiéndame, no es que yo sea un apologista del realismo, del tiempo lineal, de todo eso. No. Lo que creo es que un novelista honrado debe intentar soliviantar, agitar ánimos y no adormecerlos. Ya lo dijo Torrente: «lo más peligroso es el intento de reducir la novela a una mera operación lingüística, es decir, a una serie de significantes sin significado, porque eso conduce al virtuosismo, al juego vacío y, en último término, es un callejón sin salida». Usted escribe muy bien. Al menos se sabe todas las reglas y todas las palabras. ¿O es que acaso un hombre de carrera, un niño rico, no tiene nada interesante que contar? ¿Puede ser que lo más transcendente que haya ocurrido en su vida sea la muerte de la abuelita y la separación de los papás? ¿Por eso abandona usted su confortable residencia, por eso viene a revolcarse en lo miserable? ¿Quiere encontrar el alma de su nueva obra en este ambiente de putas y borrachos? Me parece estupendo —tomé un cuchillo del mostrador y aprecié su pasmo—. Yo le voy a ayudar. ¿Por qué no escribe algo que se pueda leer en el transporte público? Algo emocionante, algo que haga pasarse de parada al lector cautivado. Escribir por ejemplo... —le agarré de los pelos y puse el cuchillo en su cuello sin que opusiera resistencia.

Aferró mis cabellos, me hacía un daño atroz pero no me atreví a quejarme. Era un loco. Después colocó el acerado cuchillo en mi garganta palpitante. Sentía como la presión del filo en mi fina piel reventaba vasos sanguíneos. Era un demente el que me hacía las sajaduras, un adocenado del que nada sabía, al que simplemente deseaba ignorar. Pero fue mi trato displicente, los desplantes a un alma orgullosa, los que me pusieron la vida en peligro. Hay gente a la que el prestigio no impone sumiso respeto. Era absurdo, no podía ser cierto. Iba a morir en un sucio tugurio del Caribe, a manos de un orate desconocido. Hice la promesa en esos momentos. Prometí rebajar la soberbia a mi escasa altura si el hombre desistía en sus intenciones. Gracias a Dios era solamente un demente, o al menos no era un asesino que matara por tan poco. El hombre bajó el cuchillo y después me dio una humillante patada en el trasero. Ése fue el mayor susto. Ése fue el minúsculo castigo para una arrogancia que merecía de mucho más.

Le solté y tiré el cuchillo sobre la barra sin soltar su pelo. Apretando sus carrillos con mis dedos hice que sus labios se arquearan como los de un pez

— Soy un bocavino que le concede el derecho a plagiarme. Y no lo olvide: Nada grande se ha hecho en el mundo sin pasión, dijo Hegel. Federico Nietzsche escribió: «He visto hoy a un sublime, a un solemne, a un penitente del espíritu; ¡oh, cómo se rió mi alma de su fealdad! Así habló Zaratustra» —le arreé una fuerte patada en el trasero y desapareció invocando a la policía al tiempo que corría despavorido y aliviado de la borrachera por el mismo camino que antes tomó Odialís. La clientela escuchó, vio, calló y olvidó.

Indudablemente yo era otro que no dejaba de sorprenderse de sí mismo. Ni en sueños me hubiera atrevido a aconsejar, ni mucho menos a patear, a un premio de la crítica, al orgullo de las más prestigiosas editoriales.

Tenía otra historia interesante que contar si tuviera oídos para hacerlo. Tenía también un cheque de ochenta mil dólares en el bolsillo, que llegó cuando ya no me quedaba ni un céntimo. Finalizó así un día de amenazas, un día de cuchillos, pistolas y patadas que milagrosamente no cobró una gota de sangre.

A la mañana siguiente me concedí a mí mismo un descanso en las malas intenciones. Aunque amaneció nublado no desistí en mi propósito de ir a la playa. Cinco minutos es lo que tardaría en colocar mi cuerpo dentro del Océano Atlántico, pensé con perezosa satisfacción aún en la cama. Fue una noche de mucha bebida y mucho tabaco. Mi salud me mandaba mensajes con la tos matutina. Un malestar general indicaba que se encendía la luz roja de una caldera apunto de estallar.

La playa formaba parte de una hermosa bahía en forma de uña con aguas limpias y transparentes durante casi todos los días del año. Los peces de diversa forma, color y tamaño se movían entre los corales cercanos y los pies de los bañistas con la confiada tranquilidad que lo haría un perrito. A todo lo largo, una gran cantidad de casetas pintadas con predominio de colores azul cielo y rosa ofrecían a los foráneos pintura y talla aidiana, casetes de salsa y merengue, artesanía del coco, comida, bebida, tabaco, ámbar, caoba, collares de acerina, etc. Numerosos árboles y palmeras brindaban su sombra gratis, una de las pocas cosas de las que se podía gozar sin pago en esa playa, en el país.

Los restaurantes playeros ofertaban el menú garrapateado con tiza en toscas pizarras. Entré saludando en uno y ocupé la mesa situada sobre la arena, bajo la sombra de un flamboyán cuajado de flores rojas. Encargué un Casteló a la roca al muchachito que se acercó descalzo a la mesa hurgándose en la oreja con un palito. No tenía intención de beber alcohol en ese día. Lo pedí casi por costumbre. Unos minutos después, reconfortado por el ron, dejé la toalla y una pequeña bolsa en la silla y me dirigí a la orilla. Al pasar al lado de unos tiguerones playeros, me miraron y sonrieron descaradamente. A ellos, negros musculosos y altos, derrochadores del vigor juvenil, les debería de hacer gracia un esqueleto pálido como yo. Debieron de pensar: ¡Qué porquería de hombre! Procurando borrar estas suposiciones de mi imaginación, metí primero los pies para ir después introduciéndome poco a poco. El agua de momento estaba fría, pero yo sabía que en cuestión de segundos la sentiría cálida. En eso salió el sol con todo su esplendor. La aparición me hizo vivir la alegría del encuentro con un viejo amigo. Sentí inmediatamente sus rayos calentando mis hombros y cabeza. En ese instante me sumergí repentinamente. Fue tan placentera la sensación que sonreí bajo el agua azul. Abrí los ojos y buceé mientras aguantó mi respiración, que fue poco debido a los miles de cigarrillos que había consumido hasta ese punto de mi vida. Emergí y tomando aire de nuevo me propuse resistir más tiempo. El frescor de las limpias aguas hacía que algo dentro de mí despertara, no sé muy bien qué, era algo así como una mezcla de felicidad y pureza infantil, una inconsciencia placentera y natural. ¿Beberán los peces agua?, me pregunté puerilmente contemplando a los grandes y azules en torno a mí. Tendrían algún nombre, pero en esos momentos eran innombrables. A esa sensación es a la que me refería: el regalo natural, ajeno al razonamiento humano, sin medidas, sin peso, sin nombres, sin futuro, sin pasado... Fascinante realidad instintiva. Durante un buen rato disfruté con la inocencia de un niño, después mi cuerpo pidió un descanso. Cuando hice pie comencé a andar hacia la orilla, aún con la sonrisa injustificada en la boca y en el espíritu. Me tumbé sobre la arena mojada y meció mis piernas el oleaje. Cerré los ojos y noté cómo el calor evaporaba el agua de mi cuerpo. Sentía cómo los pulmones tomaban y expelían la brisa marina en un jadeo ansioso. Escuchaba los gritos y risas de unos niños cerca de mí, a los vendedores ambulantes de ostras, unos silbidos a lo lejos. Me encontraba bien porque era un indefenso e inofensivo cuerpo humano desarmado de pasiones tumbado sobre la arena, gozando de una tregua y de un descanso en la vida. Después de secarme el pelo regresé al chiringuito. Tenía apetito. No había desayunado. Comí unos pescados fritos con el sedante adormilamiento que provocaron un par de cervezas Regente.

A la caída de la tarde, cuando el ocaso admiraba a los foráneos, me dirigí a la habitación del hotel complacido y satisfecho. Fue un tranquilo día de playa; hacía meses que no la visitaba a pesar de vivir aquí, tan cerca.

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Fecha de publicaciónFebrero 1998
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