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Visiones

Fernando R. Ortega
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I
¡Acantilados a los que nos llevan las olas!
respondéis al eco de mis lamentos,
filamentos cortantes de esta melodía.
Latido tras latido marcáis el compás
de esta sintonía afilada, desgarrada.
Dulces besos recibís de la mar en calma
que os tapa con su manto blanco, acolchado,
de rizos lechosos que acarician los filos
de vuestras caras lavadas, desconocidas, talladas.
II
Cielo partido por línea recta
separado como el blanco y el negro
como el corazón de los amantes
que dejan sus amores tendidos
en la raya que divide
su universo cristalizado;
¡día que rajas por mitad el horizonte!
consientes mi infinita mirada
alcanzando a ver el final de este atardecer
anaranjado, que preña de morado
la división de esta viciada postal
a la que el reloj, cada noche,
manda sin compasión al rincón del olvido.
III
Este hilo musical nos llevará
al corazón del continente salvaje;
enganchados en las notas de esta canción
al desierto de la felicidad, rodeados de oasis
dulces, almendrados, con sabor a mar, arribaremos;
nos cubrirán compases arrulladores
con corcheas envueltas en estrellados
mantos de azules eléctricos
ensartados con brillo de miles de alfileres.
IV
Volaba por mis sueños acariciando
las inmensas llanuras de tu piel desnuda,
dunas inalterables por el paso de los vientos,
extensiones inhóspitas de dorados cabellos,
mares erizados por mis etéreas caricias;
por largas travesías tus piernas me guiaban
y aterricé dejando el lastre de mis besos
en las escarpadas mieles de tus pensamientos.
V
Arco iris de azules me exhibes
cuando me asomo al quicio de tu alma.
Colección de vitolas de peces azucarados
muestras al desnudar tu ánima.
Rosarios de cuentas almendradas
dejas colgados en las puertas de tus ojos cuando lloras.
Abanicos salados por el mar son tus labios
mojados al besarlos al probarlos.
VI
Asomado a la almena de mi costado
diviso corrientes de sangre a tu lado.
Te desangras por los poros de tu piel
sudando gotas de amor congelado.
Lloras ríos de lava disecada, petrificada,
esculpiendo el temor en tus pestañas.
Amamantas a tus crías con hielo derretido
clavándoles aguijones de dolor en sus gargantas
profundas, afiladas, aniñadas, cansadas.
VII
¡Sur que salvas almas perdidas
por los desiertos esteparios!
acude ante mi lamento viendo
cómo me alejo de tus confines
portándome en las crines de tu viento.
¡Atrapa la cal que visten tus casas!
balcones primaverales abiertos
a mi sentimiento de ser sureño
y empapa de blanco mate
la luz del destino del caminante.
¡Báñame en tus azules nubes!
mojadas por estas lágrimas saladas
que llegan cansadas hasta morir
en tus costas de mieles y cañas.
¡Sur! ¡entiérrame en tu vientre!
No me paras jamás.
VIII
Desdibujas tu olor mezclándolo
con el cloro del presente.
Deshaces el sabor de tus besos
uniéndolo al yeso del olvido.
Apagas la luz del cielo de mi boca
al retirarme el fluido de tu tacto.
Desatiendes el gemido de mi corazón
al romper su latido con insípidas mentiras.
Deshilvanas las venas de mis brazos
al retirar tus caricias tentadoras.
Descortezas mis labios pasando
las cuchillas de palabras raídas por el tiempo.
Destierras a los confines de tu locura
a este espíritu rehén de ilusiones vacías.
IX
Paseas tus alhajas en carros de cristal;
tus tierras las extiendes hasta donde
alcanzan las palmas de tus manos.
Tus lacayos ladran para darte amor.
Las largas crines que portas
te alejan del calor de nuestros adoquines
que desdeñamos al pisar sonámbulos
tus marmóreas posesiones callejeras.
Torres de cartón atesoras en la oscuridad
vigilando pavimentos adulterados por la saliva
escupida y mal nacida de los que te miran.
¡Tu cielo es el mío!,
azul protector, redentor, helado.
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Copyright ©Fernando R. Ortega, 2004
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Fecha de publicaciónMarzo 2005
Colección RSSTrasluz
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