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El cerco

Guillermo Aldaya
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ANOTACIONES AL MARGEN
1
El día lo rompen las cotorras;
desde sus nidos mansos dispersan mis augurios:
heridas que abultarán pañuelos,
intrigas para que el sueño caiga.
2
Mis enemigos y devotos,
que pueden ser los mismos,
rellenan mis arrugas y he ahí que mi rostro
se multiplica en salas y calabozos y oficinas.
3
Me acostumbré a preguntar y a responderme,
al , al está bien
a ver que siguen la cruz de mi palabra.
4
Fui niño, mujer, obrero y estadista:
encendí hogueras,
fingí apagarlas por temor a la luz o a la ceniza.
5
Es cierto que ordené escaramuzas en mapas trasnochados
que hubo traidores y huérfanos
que cortaron derroteros en mi nombre
y hubo auras y rones truncos
y entierros de mentira.
6
En estrellas perdidas aún tengo agradecidos;
en otros aquelarres me desvisten, me tiñen,
me sepultan.
7
Habría querido otro rebaño,
otra frontera, un ciclo entero para mí;
por esa herencia me olvidé de mi madre.
Es un enigma el hambre de un león.
Como es del diablo la maroma.
Como da pena el circo.
8
Y el día también lo dejan seco las cotorras.
Agrisan la risa con mi eco, lo sé.
Pero ahí están, despiertas;
apuntalan pesadillas,
ahorran venenos y disparos.
9
Robé todo eso y más.
Pero exageran cuando afirman que soy Dios.
No puedo serlo por la mala memoria;
guillotiné a contornos más de una vez.
¡Y a esta altura,
la corazonada de estar solo!
El cielo se desploma frente a mí,
mi caballo relincha
y no tengo retorno:
yo borré los atajos,
yo hice falsas montañas para el eco.
10
Pero no fue mi culpa.
Ni estoy de cuerpo y alma contra el mundo:
yo también tengo hijos, mujeres,
me acostumbré a mí mismo.
Hice un plan tan perfecto contra el tiempo
y ustedes
que da lástima...
LAS ESTACIONES PARALELAS
(Hoy puede ser su día de compras, su chance de venderse al diablo. Usted que pidió el último en la cola y aún sigue siéndolo, que hizo economías, que esperó, como un galgo espera que la luna sea el hueso que lo salve del manicomio y de los dardos del insomne.)
I. Primavera
Usted tiene derecho a un diluvio
o al mango que lo anuncia.
A cinco pétalos de plástico
de una charca a punto de volar,
a un almohada feroz
con pesadillas, acompañantes y goteras.
A suponer que mayo es pura ilusión de marginados
o a llorar a lágrima tendida sin pañuelo.
Usted puede confiar su nombre al microjet
o imaginar que es ría, y degollarse.
(Este mercado no es de amigos; los clientes conocen de inventarios, del gas contaminado, de la evaporación. Son clientes fichados; no apagan ni avivan equinoccios, no exigen descuentos, no preguntan qué cargan en sus bolsas vacías.)
II. Verano
Usted puede quedarse con los meteoros de la víspera
o convertirse en estatua de cristal
y mandar los rayos a bolina;
o puede creer que es Poseidón y ser su propia tempestad
o comerse los cuatro caballos-cola de pez que lo pasean.
Usted está de suerte: tiene derecho a una balsa
con boleto al paraíso y morir
o a ser eterno acusado en esta esfera olvidada del ozono.
Puede hacerse de daños y de fiebres,
a voz en cuello, aunque ni usted lo oiga
o puede irse de farra: a los de vigilancia les da igual.
(Es caro regresar; más caro aún terminar en las vitrinas, fuera de moda; paralelos. Todos sabemos lo que es gato por liebre o ayunar o botar los escombros. Así que nadie pregunte por qué. Prisa, mucha prisa, que todo se agota, que el disimulo está normado.)
III. Otoño
Usted puede volverse calvo de no pensar
o pensar que es un árbol al revés;
puede arrancarse uno a uno los errores
o injertar espantapájaros en cada yema;
dejar que lo barran como polvo sideral
o hacerse usted mismo un remolino
y esperar la próxima estación, aunque no llegue;
puede disfrazarse de cadáver
o salir a vengarse del viento/ del adiós/ del amarillo.
(Pero que nadie se cuele, por favor. Los viejos, que jueguen con otros malabares; los muchachos, que aprendan desde ahora a soltar el pellejo. No vendan sus derechos del año, no revendan el odio, no den la voz de alarma: hay inquilinos enfermos, con corazón prestado, con mellizos de pecho. Que no termine la danza antes que el pie: hay brújulas para cambiar de ritmo, y no está bien descartar la zancadilla.)
IV. Invierno
Hay para su vocación una puerta cerrada
tres pechugas de buitre en la nevera;
puede escoger: o el paisaje demasiado paisaje
que el polvo reduce a droga en la pared
o la cara sin norte del compadre
que confunde el buenos días con la rabia;
tiene derecho usted a máscaras y a treguas
o a repetir la misma estrofa que nos mantiene anclados en el mismo mes;
puede tomar el té a cualquier hora,
tomarlo con cocuyos
o disponer la mesa de la última cena.
Usted tiene derecho a una cobija
o a no saber que hay manchas, y que manchan.
(Resistan, conquisten su derrota y vuelvan a marcar en la otra fila. Para pedir el último no hace falta ni hablar. Todos llevamos frente, cicatrices y repuestos de heridas. Y no perdimos la costumbre: inventamos desiertos —y en pleno sol— unos a otros nos mojamos las bridas con agua de sal.)
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Copyright ©Guillermo Aldaya, 1987
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Fecha de publicaciónDiciembre 2004
Colección RSSTrasluz
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