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«Llegó el beso como se posa la hoja» y «No vendrá el día ni la escarcha» han sido incluidos en Antología impar, una selección de los mejores poemas de Badosa.com.

El mundo pudo ser una bella verdad

Parte III

Juan Carlos Pajares Iglesias
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REGALO
No hay zapatos de cristal
para tus pies egipcios.
Busqué sin éxito
la horma del final del día
la máquina de fabricar caribes
la que multiplica por dos el año
un geranio que no se riega
el túnel de ir hacia atrás
y vengo a tu fiesta
sin nada que ofrecerte.
LLEGÓ EL BESO COMO SE POSA LA HOJA,
imprevisible, revoloteando indecisa
en el camino, hasta que un golpe de viento
la desplaza con desdén hacia cualquier
parte, descubriendo el hueco cálido
donde se guarece la alimaña.
NO VENDRÁ EL DÍA NI LA ESCARCHA
a nuestros cuerpos si obstinado, amor,
no duermes. Si esperamos dulcemente,
un beso gris de antenas, pájaros, motores,
la mañana traerá con sus espejos.
Escaparé con sigilo, a las paredes pegado,
porque nadie robe, amor, el reflejo
que en mis ojos de ti guardo.
Que no me busque nadie, que he de destilar
este raro jugo que apenas gozado ya se añora.
LA CAZA
No estaba Dios en los espacios abiertos
ni en los sótanos o en los asilos
no se Le hallaba en los campos de minas
en los ministerios o en las guarderías en las cárceles
o en los edificios inciensados                  No Estaba.
Procesiona el hombre insomne, en su boca
llagas, delira en la fiebre del abandono,
tropieza con los otros.
Y Dios no estaba en las fábricas
o en las escuelas o en los restaurantes
en la Ronda Gatt ni en los hospitales       No Estaba.
Sólo hombres con detectores, armados, enfurecidos,
formaban batidas, enviaban perros contra el viento,
lanzaban señuelos, acampaban en la noche,
se cruzaban con otros hombres a los que herían
o mataban, hombres que también buscaban.
Y entre todos no hallaron a Dios
Ni rastro de Él ni Huellas ni Heces
o ramas Rotas o restos de Su piel           No Estaba.
GAIA
Atardece septiembre en Fontanos
El cielo es aquí un pretexto, escenario
por el que ruedan astros, avionetas, pájaros.
Sólo robles a ráfagas por la extensión,
el destello del ciclista en la bisección del valle,
el repetidor en lo alto, rebasan los cortafuegos
las bestias ramoneando.
Abajo el bosque devuelve voces extrañas,
detritos fonéticos, trozos de significantes,
nada.
Cuando oscurezca vendrán insectos
a nuestro asiento. Recogerán la grana
del tabaco, restos de piel, papel de plata,
migajas de conversaciones.
DOLIENTE
En los límites de la vida el dolor, Nube de Oort,
a milímetros de la muerte o entreverado
en el tejido mismo de la vida, anticipo,
advenimiento y amenaza de aquel definitivo.
Dolor umbilical, listo el catéter para el suministro
de por vida, alternas las dosis, no prescritas, inocuas o letales.
El que se espera, reptil que en el corredor anida,
aquel que nos sorprende, retráctil, bajo el asiento,
dolor lapa, dolor adosado pared con pared,
comunitario, dolor aerobio de tubo catódico,
virtual, dolor por percentiles, frívolo y vacacional,
dolor caliente, sopa de pobres, dolor viejo en heredad.
Todo el dolor presente, el que soportan los cuerpos,
el que absorbe con gula alientos y en los rostros dibuja
desconocidos gestos, el que abraza parásito y profesional,
que rodea y constata la vida. Que la muerte no es sino
objeto para los otros, para que la lloren y la gestionen.
Nuestro es el dolor. Después del dolor no hay nada.
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Copyright ©Juan Carlos Pajares Iglesias, 1997
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Fecha de publicaciónNoviembre 2000
Colección RSSBiblioteca J.C. Pajares
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