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Regreso a las fuentes

Fernando Sorrentino
Tamaño de texto más pequeñoTamaño de texto normalTamaño de texto más grande Añadir a mi biblioteca epub mobi Permalink MapaCalle Roosevelt, en mi barrio de Villa Urquiza, Buenos Aires
Marcel Compayre, Luchon, septembre 1895. Série A. Hanau n° 38

Yo tiendo a creer inmediatamente en cualquier idea que, desde una mesa redonda televisiva, propongan un sociólogo o un psicoanalista. Entre anteojos, barbas y humo de pipa, aquel señor dijo —con voz sonora e incontrovertible— que el hombre actual se había cosificado y que, minuto a minuto, la sociedad de consumo iba fagocitándolo.

Me asusté, y un vertiginoso proceso mental —que no viene al caso describir pero que es fácilmente imaginable— me impulsó a apagar el televisor al instante y a precipitarme hacia la bicicletería Suasorio Hermanos, de la calle Roosevelt, en mi barrio de Villa Urquiza. No sé cuántos hermanos serían los Suasorio: en el local sólo había un hombre delgadísimo, con pómulos huesudos; resultó ser ágil, eficaz y rápido.

Al venderme la bicicleta, dejó caer unas frases, como de maestro a discípulo:

—Es lo mejor que pudo hacer. La vida se ha vuelto inútilmente complicada. La bicicleta es lo sencillo y, aunque artefacto al fin, implica lo natural: el aire libre, el sol, el ejercicio físico.

Estuve de acuerdo. Con alegría un poco infantil, monté en la bicicleta y me lancé por las calles de Villa Urquiza, de Villa Pueyrredón; en poco minutos me encontré en Villa Lynch, en Santos Lugares, en El Palomar. «Qué maravilla», me dije. «Este vehículo, tan simple y ascético, me permite recorrer bastante distancia en un tiempo más o menos breve.» Sí, pero, exactamente, ¿cuánta distancia en cuánto tiempo?

Como aborrezco la imprecisión y las conjeturas, me presenté de nuevo ante el señor Suasorio. Ahora me miró serio y dubitativo: creí percibir un cambio general en su actitud:

—Conste —dijo— que usted volvió sin que yo lo llamara.

Le respondí con una zalamería sentenciosa:

—El cliente satisfecho siempre retorna al honesto proveedor.

Y recabé su opinión sobre la conveniencia de perfeccionar la bicicleta mediante un cuentakilómetros.

—Cuentakilómetros sin velocímetro —me amonestó— equivale a tenedor sin cuchillo: ambos accesorios se complementan y se justifican recíprocamente. Con el primero sabe cuánta distancia recorre; con el segundo, qué tal andan de fuerzas esas piernas ociosas.

Admití que tenía razón y, en pocos minutos, tuve los dos aparatitos en el manubrio de la bicicleta.

—La gente ambula ensimismada —dijo el señor Suasorio—, cuando no es papanatas de nacimiento. De modo que no le extrañe llevarse por delante a algún prójimo distraído. ¿Qué le parece esta bocina eléctrica para completar un trío de maravillas?

—Lamento no estar de acuerdo con usted: abomino de los bocinazos.

—Esta bocina vio la luz en el Imperio del Sol Naciente —me instruyó—, y quizás usted sepa que el nipón procura ahorrar espacio. No es más grande que una cajita de fósforos y, ya que usted es insensible a la melodía del bocinazo urbano, nada le impedirá gozar de los detalles adicionales: radiograbador, pasacasetes, reloj eólico con la hora oficial de Tokio, Addis-Abeba y Tegucigalpa, indicador de temperatura y presión atmosférica, y una minicalculadora con cincuenta y siete funciones, por si se le da por echar cuentas por esos caminos de Dios.

Vistas tantas ventajas, adquirí la bocina realmente contento.

—¿Qué tal está el tiempo? —me preguntó entonces el señor Suasorio.

Se trataba de una interrogación retórica:

—Magnífico, resplandeciente —se contestó a sí mismo—, con este enero de Buenos Aires que le derrite el cerebro a quien tenga la suerte de poseerlo. Pero no le asombre que lo sorprenda un frente de tormenta en el lugar más inhóspito y vuelva a su casa portando treinta hectolitros de agua alojados en ropas y zapatillas.

Quedé un instante perplejo.

—En los umbrales del siglo XXI —agregó—, ¿quién que no sea sonso se resignará a mojarse, disponiendo de este pequeño aparato —exhibió en la palma de la mano una suerte de televisor liliputiense— que pronostica los cambios de tiempo con setenta y dos horas de anticipación y margen de error cero?

Rápidamente lo atornilló en el manubrio.

—Por añadidura indica las isobaras y las isohietas de Australia y de Gabón, informa sobre el movimiento de las mareas en el Golfo Pérsico y, mediante un sistema ultrasónico, extermina los puercoespines, licaones y basiliscos que acechan al ciclista en todos los caminos.

—¿Y a los mosquitos y a las moscas?

—Por desgracia, los despreciables dípteros han desarrollado inmunidad contra los rayos infalibles de este aparato. Pero, ¿eso qué importa, si además obtiene fotocopias?: simple o doble faz, en colores y en cualquier clase de papel.

Como me paso la vida sacando fotocopias, tal virtud me sedujo.

—Que el guardabarros trasero —dijo el señor Suasorio— no sienta celos del manubrio: éste, con tantos primores, y aquél, huérfano de cuidados.

Y enancó tras mi asiento una caja metálica, con botones y palanquitas, del tamaño de una mantequera:

—Usted es más bien zángano y sin duda propenso a la gula y a la buena alimentación. Ante un ataque de hambre canina, ¿existe algo mejor que este horno infrarrojo para asar un pollo o un peceto con guarnición de papas y cebollas en sólo veinticinco segundos, al mismo tiempo que estos destiladores transforman la humedad del ambiente en vino borgoña?

La oferta era tentadora, y no tuve fuerzas para rechazarla.

—Nativo de la patria chica, hace cincuenta y tres años que habito en Villa Urquiza —evocó, elevando la voz y el brazo derecho—, y mi tesis, ya proverbial, es que el barrio equivale a una familia numerosa. Cara de vivo usted no tiene, y me arriesgo a confiar en su honradez. Por lo tanto, le abro un crédito en dólares, a amortizar en treinta y seis cómodas cuotas mensuales. A fin de que usted no se moleste hasta mi laboratorio, déjeme su dirección, que ya la sé de memoria, y mañana irá a su casa mi gerente financiero para hacerle firmar los documentos.

Con mano trémula escribí mis señas en el borde de un diario. Temiendo olvidara el compromiso de honor, le encarecí:

—Ese señor me visita mañana con total certeza, ¿no?

—Con total certeza, con pagarés sedientos de firmas insolventes y con folletos de otros adelantos de la ciencia que lo dejarán con la boca abierta. Y vuelvo a felicitarlo: es lo mejor que pudo hacer. La vida se ha vuelto inútilmente complicada, y la bicicleta es lo sencillo y lo natural.

—Muchísimas gracias —respondí, emocionado.

Monté y me retiré pedaleando: dichoso, pleno de vida, con una canción en los labios.

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Copyright ©Fernando Sorrentino, 1987
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Fecha de publicaciónJulio 2010
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