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La derrota del persa

La genuflexión

Dimas Mas
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¿Ha sido una premonición? Imposible saberlo, por lo repetido. Preparar la cafetera y meterla en la nevera para hacer el café no es más descorazonador que llenar de leche el cacillo de la misma, en vez de hacerlo con el café molido. Y, sin embargo, son lapsus irracionales en los que te hundes, últimamente, con insólita frecuencia. Tú sabes que no son despistes. Y haces bien en preocuparte. No obstante, no puedes compartirlos con nadie. «Chocheas», es la conclusión de Helena. «¡Qué fuerte lo tuyo, viejo!», es la de los zánganos. Pero es ingrato andar seis manzanas hasta el aparcamiento municipal, recorrer sus tres interminables plantas con creciente angustia por el robo del vehículo, porque concluyes que no hay otra explicación, y regresar a casa para, inspiración de los crédulos, echar una última miradita y descubrirlo aparcado en la zona azul, a cincuenta metros del portal.

¿Por qué, pues, todas esas desconexiones de lo racional iban a ser premonición de nada? Lo que no te explicas —y probablemente no haya tal explicación— es cómo de repente —ese pronto terrible en que todo se improvisa, al modo ciego como se lucha para sobrevivir— ha sucedido todo con ese carácter indeleble e irreversible del fatum cumplido. Tampoco has perdido la cabeza. En realidad aún no sabes cómo ha podido ocurrir.

La niña descarada y obscena se ha insolentado: «¡No grites tanto, tío, que no somos sordos!» Y tú, arrebatado por ese repente fatal, por el primer impulso que nunca está en la mano de uno controlar, te has acercado hasta ella y le has dado un bofetón que la ha tirado al pasillo. La niña, blanca y muda, se ha incorporado, la mano protegiéndose la mejilla escarnecida y el cuerpo temblando como la lengüeta de una guimbarda. Tú has caído de rodillas junto a ella, la has abrazado por la cintura y has roto a llorar, descompuesto y angustiado, implorando su perdón con una letanía de súplicas inacabable.

No la veías. Llorabas. Pedías perdón. Y no se lo pedías a ella, sino a no sabías quién o a qué. ¿A ti mismo? ¿Te querías perdonar por tu propia vida? ¿A tu padre? ¿Ha sido él, y no tú, quien le ha vuelto la cara del revés con la tranquilidad de saberse con derecho a enderezar la vela que se tuerce, por más cera mujeril que lagrimee?

Llorabas amargamente contra ese cuerpecito anoréxico y frágil: antes un silbido de víbora y ahora un junco acamado. Y ni sabías ni te importaba de qué tenía mayor miedo, si del bofetón violento cuyos efectos ardientes se iban extinguiendo poco a poco, o de tu llanto y tu sumisión, de ese desmoronamiento de la grasa que se derrite en la sartén de la culpa.

No la has abofeteado a ella. ¿Quién es ella? Ni siquiera sabes su nombre. Te niegas a aprendértelos. Hace muchos años que todos los alumnos tienen la misma cara indeseable que te asquea. Has abofeteado a tu cobardía, a tu pereza, a la ausencia total de iniciativa para salvarte de la quema que se ha llevado a tantos colegas por delante. Si la pobreza tiene cara de hereje, tu trabajo, ¡pobre riqueza!, la tiene de gran inquisidor repetida hasta la náusea.

Y sigues ahí, hincado de rodillas como un penitente beato, ajeno a ti mismo, a las caras de sorpresa, rabia, temor e incomprensión de tus alumnos. ¡Cuánto llanto tendrías que derramar para que se extinguiera el incendio de tu enajenación! Perdido en una súbita rememoración de la infancia, apenas balbuceas tímidos yo, no sé, la verdad, yo, yo no quería..., y hasta algún ¡Dios mío! patético y sincopado mientras el Director, avisado sin duda por el colega de la clase contigua, te recoge del suelo y te aleja de la escena como si fueras una más entre las criaturas que te rodean, las que en su vida han guardado tanto silencio y observado tanta quietud como en esta mañana octubreña en que ha heñido tu desesperación la ubre desmesurada del llanto.

No lo adornes, necio; porque, mal que te pese, no estás representando nada. Has perdido el control, y por eso lo quieres recuperar en el recuerdo inmediato con los perifollos del verbo. Desencuadernado —como hacía J.R.J. con sus libros recién llegados de la imprenta para comenzar de nuevo la reordenación inacabable de las páginas de su orgullosa Leyenda—, eres un puñado de movimientos reflejos, voces confusas y percepciones caóticas.

El Director, su brazo extendido sobre tus hombros, te protege de ti mismo, maternalmente, mientras te conduce por un pasillo —¡acaba de sonar el timbre para el cambio de clase!— abarrotado de chiquillería corpulenta que se abre como las aguas del Mar Rojo para dejaros pasar en un silencio que sólo se rompe, aunque sin pasar del murmullo, al reagruparse las aguas tras vuestro paso. ¿No habías querido siempre, antes de tu crisis quinceañera de fe, disciplinarte en una sesión de Semana Santa, quizás con tan necia vanidad como la de Anita Ozores? Pues así vas ahora, con tu forzado Simón de Cirene envolviéndote de institución para protegerte hasta llegar al búnker de la dirección.

Sigues llorando. Entreoyes algunas palabras compasivas y crees distinguir unas facciones de circunstancias, o sea, el espejo enjuto de tu desolación y tu desconcierto. No sabes cómo ha podido ocurrir. Un monárquico «Tranquilo, Darío, tranquilo», acompañado de algunos golpecitos en la espalda, busca restaurar el equilibrio perdido. Incluso un atrevido «A cualquiera nos podía haber pasado» es insuficiente para sacarte del lamentable estado en que te hallas. No eres consciente de nada. Y no dejas de llorar.

¡Cuántos años se están licuando en ese llanto desbordado e inconsolable! Río que fluye y flecha lanzada, ambos ignorantes de su tumba lejana, eres ahora mismo en tu convulsa inmovilidad: un mar agitado y subterráneo, y un blanco móvil. «Venga, Darío, coño, que no se diga, joder», escuchas como el aleteo bronco de una gaviota malherida, o como la torpe camaradería de un sargento chusquero y noblote.

¡Decir! Eso es lo que quieres, y, más allá de la perplejidad devastadora, no se extiende sino un desierto en el que ninguna palabra ni frase se recorta con suficiente nitidez contra el fondo anaranjado de las arenas eternas y lábiles. Eso es lo que tú quisieras: dejar de llorar y poder decir. Pero ni haces lo uno ni puedes lo otro. Eres un guiñapo, aunque nadie te reproche lo que has hecho, tu vileza.

El director se ofrece para acompañarte hasta tu casa. Aceptas. Alguien ha llevado tu ataúd a la sala de profesores. El director ordena que te lo traigan. Vas a salir de la cárcel casi a escondidas, y no sabes si hasta deberías ponerte la chaqueta por encima de la cabeza para que nadie te vea llorar, o el rastro compungido del llanto. Estás incómodo. Flojo, como un coche sin amortiguadores. Pero a medida que vas recobrando una cierta ¿entereza? ¡Tú sabrás! Imposible que sea entereza. Relajación, o distensión, como mucho. El músculo del sentimiento tampoco admite una contracción continua o una sobrecarga excesiva. A medida que te vas rencontrando con el rostro exacto de tu hecho, con la indeseable paternidad de tu obra, aún más enmudeces. Y escuchas.

Nunca te ha caído bien el Director, de huelguista a correa de transmisión de la Dirección General, un amante del sobresueldo y la reducción horaria, pero te parece sensato lo que está haciendo. ¡Cómo no! Claro que tienes que pedir una baja. Llevas muchos años resistiéndote a hacerlo, por temor a que esa decisión te arroje a un pozo tenebroso e insondable. No hay excusas ahora. Con un poco de suerte, y una baja larga, igual es posible que el APA del Instituto desista de exigir responsabilidades, o los propios padres de la chiquilla. ¡Suerte de no ser reincidente! Ese Director no es el Augusto que te habla, camino de casa por la siempre colapsada Ronda del Litoral, sino aquel Peña anfractuoso que te llevó delante de la clase de tercer curso de bachillerato para que ante tus compañeros, el prefecto y tu madre pidieras públicamente disculpas al profesor de matemáticas por haberle casi astillado la tibia de una patada, dada en defensa propia cuando estaba dispuesto, con una chulería insoportable, a cruzarte la cara de un revés por alguna chiquillada que se te debió de ocurrir.

¡Qué círculo! Entonces, cuando te enviaron a casa para que regresaras con tu madre, te acurrucaste junto a la verja de entrada a la prisión y juraste una y mil veces que ese chulo de los polinomios te las iba a pagar, si te expulsaban. Te expulsaron, claro. Tu padre te azotó hasta despellejar el cinturón. Y tú alimentaste un odio eterno hacia la arbitrariedad y el autoritarismo. Ahora estás acurrucado en este asiento del coche, entimismado en el tráfico que no fluye, y son las mismas lágrimas las que brotan por los mismos ojos, treinta y ocho años después.

Con muchas precisiones te andas, tú que siempre te has burlado de los devotos de la contabilidad temporal, los hechos señalados y las vejeces anticipadas a golpes de sorpresa por la velocidad con que los años desviven. ¡Bonito círculo paradójico! Saliste de la prisión y la vida acabó devolviéndote a ella.

¡Cómo pudiste engañarte esos tres primeros años de profesión y creer que habías echado raíces, que delante de ti se abría un territorio cuya exploración te iba a llevar, y llenar, la vida entera! Si a la tercera va la vencida, tú fuiste vencido para siempre desde entonces. Condenado ya a sobrevivir en el páramo desolador de la desidia, la inercia, la rutina, el fracaso y la nada.

Por eso tu llanto es patético, en vez de conmovedor. Acaso lo fuera el de aquel niño semigordinflón y nada patoso al que eligió el azar para humillarlo cruelmente; pero en modo alguno lo es el tuyo.

Haces bien en serenarte. No puedes llegar a casa en este estado. Claro que seguirás su consejo. Ahora mismo pedirás hora al psiquiatra y tú mismo te encargarás de tramitar la baja en la Delegación. ¡Qué ironía el «Que te mejores» de la despedida! ¿Cómo se mejora una vida arruinada? ¡Como si a un negocio fracasado le quedara otra opción que la liquidación y el cierre!

Estás solo en casa. ¿Hasta cuándo? Dejas el ataúd junto a la mesa de tu estudio, te sientas en el sillón giratorio y te quedas inmóvil y silencioso ante la litografía de Magritte que jamás te has cansado de contemplar: El doble secreto. ¿Qué música de cascabeles, los del gato y los del bufón, suenan tras tu rostro falso? Poco gatuno eres tú, y menos bufón, salvo para ti mismo, porque sólo tú percibes la bufonada ridícula que es tu vida. Ahora mismo, por ejemplo. Un escalofrío te ha recorrido el cuerpo al imaginar que tu bofetón ha hecho estallar en la cabeza de esa chiquilla espigada un horrísono concierto de cascabeles, como si le hubieran alborotado el cráneo un tiro de seis caballos enjaezados para una romería andaluza.

Ya ha pasado todo. Todo se ha quedado. Y tú has de tomar una decisión ya tomada. Buscas en el anuario de la mutua. Ahí está: Mauricio Babel. Te horroriza identificarlo porque fuiste capaz de espiar a Helena, de rebuscar en el secreto de su bolso. ¿Y cómo fue ella tan ingenua de pensar que ese espacio era inviolable? ¿O acaso es que le daba exactamente igual que tú llegaras a saberlo? Ya te es indiferente. Pero no irás a otro. Te domina el morbo de jugar con ventaja.

La otra decisión es hurgar en una herida ni cerrada ni abierta, como un volcán imprevisible. A veces pasa temporadas seca y otras supura intensamente. Abres el último cajón y dejas caer ante tus ojos enrojecidos, sobre el tablero de la mesa, con todo el peso del tiempo y el polvo espeso de la desidia, unos folios amarillentos, llenos, de una caligrafía ilegible y salpicados por furiosas tachaduras: ahí está, conservado en el ámbar de las hojas caducas, el fracaso de tus quimeras y el alimento de tu rencor.

¿Qué vas a hacer? ¿Qué vas buscando? ¿La prueba definitiva de tu mediocridad? ¿Un oxidado clavo ardiendo? ¿Un rescate burdamente nostálgico de los que nunca fueron los mejores años de tu vida? ¿Han existido alguna vez esos años?

En esas carpetas no hay sino abortos conservados en el formol de la vanidad inexplicable. Si esas carpetas descoloridas —del rojo vivo al salmón desvaído— han permanecido en esos cajones tanto tiempo, ello se debe a tu congénita incapacidad para decidir, lo que sea, cualquier cosa. La vida te empuja hacia adelante, como un aullido interminable, cantaste, durante una temporada, una y otra vez, porque así te has sentido siempre tú: prisionero de esa fuerza que te obliga a vivir sin siquiera dejarte tiempo para pararte a pensar qué vida es no ya la que quieres vivir, sino la que estás viviendo. Y ahora te sientes, sin siquiera haber iniciado la agónica reflexión, desoladoramente vivido: silo inmenso de los días anodinos y estériles: cosecha borde de los años.

Todo se ha ido sucediendo del mismo modo previsible como recorren los componentes de un futuro coche la cadena de montaje; pero al llegar a la mitad del recorrido ya sabes que, al final, no serás una obra acabada, sino, y no tienes más que mirarte para saberlo, una unidad de desecho: a la tímida rebelión juvenil le siguió la breve bohemia burguesa; a ésta la rutina de la vida en pareja y el durísimo choque con la esclavitud laboral; a éste las estrecheces económicas, que aún te duran y que tanto condicionan no sólo la adquisición de la cultura, sino incluso de la propia visión del mundo; a éstas, las hipotecas, verdaderas sanguijuelas de los pobres; a éstas, solapándose con ellas, los hijos; a éstos, mayores estrecheces y un estrés alopécico; y a éste esta ristra de resentidas morcillas que te harán perder el hilo de un discurso que en realidad no existe, que no ha existido nunca...

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Fecha de publicaciónMarzo 2010
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