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Fuera de compás

Capítulo 27

Una energía quiere sitio

Ana María Martín Herrera
Tamaño de texto más pequeñoTamaño de texto normalTamaño de texto más grande Añadir a mi biblioteca epub mobi Permalink MapaLas calles estrechas y silenciosas de Antón Martín, Madrid

Lena ha bailado esta noche por alegrías. Y están puestos en balanza dos corazones a un tiempo... Sale exultante del camerino. Al pasar entre las mesas percibe las miradas entusiastas. Hoy responde a ellas con una sonrisa. Alguien la abraza, un mujer se atreve a besarla y, al momento, otras más seguras, lo hacen sin titubeos. Lena, que con un gesto distante siempre ha sabido evitar los cansados arrebatos del público, esta noche los está buscando. Esta noche ha brotado dentro de ella una energía que quiere sitio entre los demás. Ahora desearía sentarse a la mesa con una caña de vino y compartir risas con los aficionados. Le cuesta alejarse, pero la figura de Julio, apoyado en la barra, hace que se decida. De cerca, su rostro tiene una apariencia envejecida. O sólo es que está muy serio.

Salen y Julio permanece en silencio. Ella no sabe cómo empezar a explicarle. No va a hacerlo. Es Julio quien al fin le cuenta que ha tenido unas palabras con su mujer. Lena siente una pereza infinita ante la perspectiva de hablar de Delia. Por primera vez desde que mantiene relaciones con Julio añora sus callejeos nocturnos y solitarios de vuelta a casa. Julio continúa hablando en tono monótono. Le cuenta que ha pedido una tregua a Delia. Que van a separarse por un tiempo y, que con el fin de evitar desgarros familiares, continuarán viviendo en la misma casa. Lena no entiende lo que está diciendo Julio y tiene que morderse los labios para no exclamar que eso es una idiotez.

Bruscamente Julio la sujeta por los hombros y dice:

—¿Es que no me escuchas? Me estás haciendo polvo. Nunca consigo llegar a tu centro —susurra crispado—. Hay algo escondido en ti que me traiciona, que juega con mis sentimientos, que me advierte...

—Que te advierte. ¿De qué te advierte?

—Lena, tengo la impresión de que tú nunca has querido a nadie verdaderamente.

Lena no sabe responder. Al Gitano lo ha querido verdaderamente. Si no fuera por el Gitano, Julio tendría razón.

—¿Crees que no te quiero, Julio? —dice.

—Creo que me estás usando para entretenerte.

—Si piensas así será mejor que nos separemos ahora mismo.

Lena se aleja deprisa. Desea con toda su alma que Julio no vaya tras ella. Se siente en una tenaza. No es cierto que no quiera a Julio, pero entiende su reproche. Julio se refiere a ese imán que poseen algunas personas, ese poder que nos deja indefensos, esclavos de su voluntad. Julio quiere ocupar un lugar que no le pertenece. De nuevo Lena se siente superior por haber sabido entregar al baile esa sumisión que otros más torpes regalan al amor. La gente está ciega, piensa. Recuerda al pequeño murciélago que entró en su alcoba, sus terribles golpes contra el cristal teniendo, justo al lado, el hueco por el que habría podido entrar y salir a su capricho. Lena desea encontrarse sola en su casa, olvidarse de Julio al menos por esta noche, y pensar en sus planes futuros. Pero no va a ser posible. Escucha tras de sí las pisadas atropelladas. La presión de las manos en los hombros que la obligan a darse la vuelta. En el rostro de Julio se dibuja una mueca agresiva, Lena teme por un momento que se atreva a hacerla daño. Pero Julio rompe a llorar.

Ambos están sobre la cama. Lena lo besa en los ojos. Le regaña con dulzura por haberse comportado como un niño. Le dice que lo quiere, que a veces se ha llegado a imaginar que es su marido y se ha sentido orgullosa. Lena no miente, pues dice cosas que ha pensado de verdad. Pero está fingiendo. Lo que en realidad desearía es reprocharle a Julio que convierta el tiempo que pasan juntos en un aburrido drama conyugal. Drama conyugal en tu casa, drama conyugal en la mía... Lena se siente arrastrada por un juego apasionado que no entiende. Como un demonio que regresara de una época perdida en el tiempo, aparece la sombra de la culpa. De nuevo ella es la causante de las lágrimas y la desazón. Lo abraza, siente que sí, que lo quiere, sin embargo, él no dar valor a esa clase de cariño. Está desanimada y angustiada.

—¡Por Dios! —grita—. ¡Basta ya! ¡No sufras!

Julio se ha incorporado y la ha mirado con extrañeza. De su gesto se ha disipado el rictus doliente. La estrecha.

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Copyright ©Ana María Martín Herrera, 2009
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Fecha de publicaciónNoviembre 2011
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