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Fuera de compás

Capítulo 2

Sevilla

Ana María Martín Herrera
Tamaño de texto más pequeñoTamaño de texto normalTamaño de texto más grande Añadir a mi biblioteca epub mobi Permalink MapaLas calles estrechas y silenciosas de Antón Martín, Madrid

Otro martes. Otro vestido de seda. Otro baile y otro triunfo ganado al cuerpo con sudor y rabia.

Un hombre está charlando con Mariano, y mientras lo hace no deja de mirarla con ojos de animal perdido. No es guapo, aunque, desde luego, la pinta es buena; posee el halo ese de los pudientes que sin ejercitar la autoridad se saben respetados de antemano. Lena sabe al primer golpe de vista que se trata de un aficionado con dinero; tendrá unos 40 años, poco mayor que ella, probablemente vive en una urbanización de la zona norte y gusta de escaparse para jugar a la bohemia en las calles grises del centro de Madrid. Los dos hombres se acercan. El animal perdido debe de ser un verdadero compromiso si Mariano ha cedido al juego de las presentaciones. Tras el saludo, el aficionado, que se llama Julio, se deshace en alabanzas. Lena responde con un gesto estudiado, entre agradecido y displicente. El aficionado, sin duda, ha recibido el desdén. Se despiden, Lena le tiende fríamente la mano. Se fija entonces en la línea que le divide los labios, es melancólica. Lena se deja llevar de una tentación, su tono se vuelve delicado, le estrecha la mano y le anima a que vuelva otro día. Hoy está agotada, se justifica.

Quizá le apetecería conocer un poco más a ese hombre adulador, pero no concede importancia a la sensación porque el coqueteo, para ella, no pasa de ser un juego que no debe tomar en serio.

El paseo de hoy de regreso a casa, quizá es culpa de la primavera, le trae recuerdos muy viejos. Deja que lleguen libres porque, desde que cambió su vida, es lo mismo que si pertenecieran a otra persona. Los mira como se hace con las películas sabiendo que por crudo que sea lo que muestra la memoria no es sino una escena lejana que no puede dañarnos, pues, los personajes quedaron apresados en los fotogramas y nada tienen que ver ya con nosotros. Lena es otra, nacida en su anterior cuerpo, eso sí, pero el cuerpo sólo es un recipiente en el que se vive. Nada tiene que ver con Lena aquella adolescente escuálida y reservada que pasaba las horas muertas en su cuarto, allí, en la casa baja de Canillejas, observando en el cristal de la ventana el reflejo de su silueta; un esbozo de mujer aún sin formar y ya maldecida, no se sabe en virtud de qué delito, condenada a la angustia, que trataba de buscar, obligando a su cuerpo hasta el dolor, un sentido a ese afán de supervivir que, a pesar de todo, se resistía a dejarla.

Las casas de Antón Martín se balancean al son del viento que ya es cálido. Han plantado ciclamores en los alcorques que estaban vacíos. Qué poco sentido tienen las palabras; unos llaman a los ciclamores árboles del amor, otros árboles locos y otros árboles de Judas, siendo siempre el mismo árbol. La memoria de Lena viaja y se detiene en los quince años junto al primer novio; un muchacho de dieciocho que quería ser médico porque había leído Cuerpos y almas, y que tenía la espalda ancha, los labios de delincuente y los modales de capataz. Un aprendiz de hombre que en los días de lluvia se obstinaba en pasear colocándola junto a la pared, bajo los canalones. Lena recuerda las escapadas con él a Madrid, siempre acompañados de los amigos. Se pregunta qué placer encontraría aquel muchacho en consentir que se pasara de estación de metro. Recuerda el regreso, tras mil titubeos, al andén de Sevilla en el que todos se habían bajado. La ausencia de él y de los demás que tampoco habían tenido ganas de esperarla. La vuelta a Canillejas sola, la sensación de ser la chica más estúpida del mundo por no haber adivinado el momento de abrirse paso entre el tumulto y apearse.

El asco del primer beso. El novio dijo contrariado: No abras tanto la boca. No fue romántico el primer beso, fue un asco. Lena abrió mucho la boca rehusando el contacto viscoso de una lengua ajena. Pero besarse era obligatorio y ella sólo tenía quince años. Quince años y una necesidad de salvarse incrustada en el deseo que la llevaba a tomar cualquier cosa por un agarradero.

El recuerdo de aquel día: La melena empapada, sucia del barro de los canalones, los pelos en el bigote y en los brazos que la hacen sentirse muy fea. El miedo a que los padres descubran que ha estado con él, pues tiene prohibido andar con chicos. La rabia en el interior por las duras palabras del muchacho: «Tu padre es un cerdo con tirantes que hace la pelota a los fachas.» Una hora y cuarto la ha tenido de plantón en la esquina el contestatario, el futuro médico, para saludarla con esta frase.

No hay horizonte. La tristeza de la inacabable espera disimulada por orgullo. Besos de amor que le dan asco. Desprecios más o menos velados por ser la hija de un facha. Una silla en el billar la acoge mientras el novio echa partidas al futbolín y musita con los amigos prohibidas palabras de política. Lo hace muy bajo para que ella, la hija del pelota Medina, no pueda oírlas, por si acaso. De regreso, el agua de los tejados en la cabeza y las frases hirientes sobre su familia ahora con más contundencia. El muchacho está rabioso, se ha visto obligado a dejar la partida para acompañarla. Una mirada de desprecio sobre los ojos ignorantes de Lena pone el punto final a la salida del sábado.

La puerta de casa se abre y aparece un padre desquiciado. Descarga la tensión que ha creado la madre, desesperada por su tardanza, golpeándole la cara con el reverso de la mano. Quince minutos han tenido la culpa. Ella sabía que era tarde, pero le costaba separarse del novio. Esperaba, a pesar de todo, que él dijera «te quiero». Se pasa la lengua por el labio inferior, sabe caliente y salado.

—Qué pinta tienes, ¡Dios! —grita ahora la madre—. Pareces una desgraciada. ¿Pero, dónde te has metido? Mírala, si viene empapada. ¿Cómo se puede ser tan idiota? ¡Ya tiene quince años! ¡Qué mala suerte la mía, qué ganas tengo de morirme!

Los sollozos compulsivos de la madre podrían resultar cómicos si no tuvieran el poder de transmitir tanta angustia. La mujer se hunde repetidamente los dedos nudosos entre el pelo cardado abombándolo más y más, aumentando por momentos su aspecto de loca. Medina hace intención de abrazar compasivamente a su mujer, pero se contiene, seguramente tan asustado como Lena.

—Estoy empapada porque está lloviendo —dice Lena para que su madre se calme.

—Es que está lloviendo —repite el padre desolado decidiéndose a posar el brazo sobre los hombros de su mujer.

—Anda, anda —dice la madre, limpiándose las lágrimas y agitando como un títere la cabeza despeluchada—, cámbiate de ropa y cena.

Parece que la batalla ha terminado por hoy. Lena se seca el pelo, se cambia de ropa y cena en la cocina. De camino a su habitación cruza la mirada con la del padre. El hombre está angustiado. Lena se va al cuarto de baño, se mete los dedos en la garganta y vomita la cena. El padre está perdiendo los nervios, se dirige a la madre ahora que está apaciguada, Lena le escucha decir:

—Por Dios, intenta controlar ese desequilibrio cuando esté ella. ¿No ves que la haces sufrir, que no puede ni digerir la comida?

La madre se sienta y derrumba la cabeza sobre la mesa del cuarto de estar. Solloza y murmura:

—Sólo pretendo que no se rían de ella; estoy segura de que va con chicos y lo peor es que le toman el pelo. Basta con ver la pinta que traía.

Lena está parada frente a ellos. El padre la interroga con la mirada. Lena niega con la cabeza y se encoge de hombros.

—Estaba lloviendo —repite con un hilo de voz.

El padre se revuelve otra vez contra la madre.

—Claro que se reirán, pero no sólo los chicos. En Canillejas todo el mundo se ríe de los Medina y cuantos más espectáculos des tú más se reirán.

El padre ha salido de casa dando un portazo, suele hacerlo cuando siente que le flaquean las fuerzas, regresará antes de que transcurra una hora. La madre solloza ahora con un desaliento que taladra el alma; apenas hace ruido, la cabeza entre los brazos. Lena siente el impulso de acercarse a consolarla, de explicarle que no sucede nada, que no hay motivo para que esté tan triste, pero lo reprime porque ese pelo oxigenado, carduzado y mate le produce una repugnancia que no puede vencer.

Lena se prepara un vaso de leche en la cocina, coge un par de manzanas y se refugia en su habitación. Descubre el reflejo de su figura en el cristal de la ventana. Con la luz escasa su silueta parece otra. No se reconoce salvo en la línea vencida de su cuello. Levanta la cabeza. Alarga el cuerpo, aprieta las nalgas y hunde el estómago. Levanta los brazos y quiebra la cintura hasta que siente el placer de un dolor intenso en los músculos estirados del abdomen. Deja que su ser entero, vengativo, confuso y triturado, se rebele al compás de una melodía imaginaria. Se deja llevar, se mueve por la habitación como si hubiera vencido la gravedad. Ha descubierto un secreto y aún no sabe en qué consiste. Sin embargo, desde este momento, está segura de que se puede llevar una vida paralela. Decide que no volverá a salir con su novio, no volverá a la esquina ni al billar. Nadie va a decirle nunca «te quiero», pero hay cosas mejores. Se duerme pensando que, cuando sea más mayor, en cuanto pueda, se escapará de su historia.

Las calles grises de Antón Martín, brumosas y crujientes como viejo papel de seda, acunan los recuerdos de Lena que continúan desfilando por su frente sin hacer daño, pues pertenecen a otra. Si consigues que la rabia encuentre una vía para supurar podrás resistir hasta el infinito. Por eso el baile cura de los recuerdos mortales. Son misterios incomprensibles, pero verdaderos.

De vez en cuando brilla luz tras una ventana. ¿Quién estará despierto a estas horas de la noche y por qué? Un soñador desvelado leyendo una novela, tal vez. Tras alguna ventana podría existir una cama sobre la que descansarían dos cuerpos trenzados en un abrazo verdadero. Todo es posible en la noche descolorida. Se ha cruzado con un hombre, se fija; es un hombre vulgar como muchos otros, sin embargo, ha creído reconocerlo. Pero no, él ha rehuido la mirada y ha aligerado el paso. De nuevo la dueña única de la calle. Una suave corriente al cruzar le arroja la melena sobre la cara y ella disfruta del olor a champú perfumado que exhala el pelo todavía húmedo. Avanza con paso tranquilo. La luz de la farola recorta en la acera la sombra de sus formas. ¿Hasta cuándo durará la belleza? Lena está traspasando la frontera de la lozanía y eso le produce inquietud. ¿Qué sucederá cuando se pudra lo que a ella le da fuerza? Aún falta tiempo para averiguarlo. Comprende que vive a la espera de algo. Se dice a sí misma que a su edad ya se debe vivir en el futuro y que es absurdo esperar. Sin embargo, ella vive esperando algo. Se trata de un truco de la imaginación, sin duda, para no perder el buen humor. A Lena le preocupa, a veces, la salud del Gitano; a pesar de su aspecto joven tiene cumplidos sesenta años. No se engaña, no se trata de una preocupación desinteresada, el cariño no es desinteresado. A Lena le angustia la idea de que al Gitano pueda ocurrirle algo malo porque siente que es de él y, de la misma forma que una rama no puede alimentarse de un tronco seco, Lena se consumiría si no pudiera encontrarse con él, al menos, en el refugio del pensamiento. Lena lleva unas semanas con este temor. Se dice que son tonterías suyas, pero, a ratos, sospecha que existe una razón, aunque ella la desconozca, que le hace anticiparse a algo que va a suceder sin que sea posible evitarlo. Lena descubre que tiene la frente empapada en sudor. Le separan del Gitano más de veinte años. Le pide a Undebé que lo mantenga vivo muchos años más y se ríe de sí misma cuando piensa que sería capaz hasta de entrar en tratos con Undebé por cuidar al Gitano. Ya ha pasado el extraño momento. Si la semana pasada me hubieras visto bailar, Gitano, el orgullo te hubiera tirado de la silla.

Frente a su portal, sobre el capó de un coche aparcado, duerme el perro que lleva días rondando la calle. Al verla alza las orejas. Mañana te bajaré comida, piensa Lena.

Ya en casa deja la bolsa sobre la silla y se quita los vaqueros. Se fija en el ramo de camelias, se acerca al jarrón. Las flores se han desprendido y están desmayadas sobre la mesa, los bordes resecos y oscurecidos. Qué lástima, murmura acariciando los pétalos desplomados. Decide que no va a tirar los tallos porque permanecen verdes y brillantes, igual que el primer día. Y hacen bonito sobre la mesa. Arroja a la basura las flores muertas y rellena el jarrón bajo el agua del grifo.

Lena se echa en la cama. Hoy su cama se ha vuelto enorme. Sueña que está junto a las tapias del Jardín Botánico. Va vestida de blanco, descalza, no lleva documentación, ni dinero. No se acuerda de nada ni sabe lo que hacía antes, ni tiene sitio adonde ir. Despierta angustiada y observa, tras la ventana, que está clareando el día. ¿Por qué tardas tanto? No sabe a quién le ha dirigido esta absurda pregunta. Recuerda al hombre de los ojos de animal perdido. Quizá ha llegado el momento de dejarse llevar un poco por el juego de la conquista, una historia de vez en cuando no debería hacer daño, al contrario. Establecer una amistad íntima, tener a quien tocar, a quien consolar o a quien contarle cosas. Alguien que de vez en cuando se quede a dormir en su cama porque últimamente hay noches que parecen burlarse de ella. Lena abraza el almohadón, se siente abarcada toda ella en una caricia poderosa; intenta imaginar al Gitano pero en este momento no lo consigue, su recuerdo se esparce.

En el sopor del duermevela se recrea en su coreografía preferida. La idea viene de la fotografía de una escultura que descubrió de adolescente en un libro de texto. Era una forma femenina acurrucada que no habían terminado de tallar, que quedaba fundida con la piedra. Del escultor no le importa nada. Es lo mismo que cuando ella baila. No quiere que nadie haga averiguaciones sobre su paso por la vida, pues casi siempre tiene poco que ver un artista con su obra.

Adormecida es capaz de ver hasta el último detalle de la representación. La figura de la mujer forma un bloque con la roca. Está encogida sobre sí misma, el rostro oculto. Su carne es de mármol. Sin embargo, está palpitando. Un hombre la observa entre la multitud que visita el museo. No puede dejar de admirar la escultura, se obsesiona. Burla la vigilancia para quedarse en el museo durante la noche. No sabe cómo arrancarla de la piedra sino acariciándola. La noche transcurre, el color del cielo, que se ve tras un ventanal alto e inaccesible, se tiñe de intensidad azul. El alba está cercana y nada ha cambiado. El hombre comprende que ha sido víctima de la enajenación, que se ha dejado llevar de una enferma sensibilidad frente a la simulación del arte. Desesperado se abalanza sobre la mujer de piedra e intenta tomarla en los brazos, como para sacarla a la fuerza. Entonces se produce el milagro. Ante su estupor la figura femenina se despega laxa de la roca. El hombre huye aterrado cuando comprueba que su intuición no lo había engañado. La mujer lentamente cobra vida, se yergue, busca por los rincones del museo hasta que lo encuentra. Ahí es cuando la coreografía se pone a prueba, el momento difícil que debe mostrar los matices de la utópica, imposible, pasión amorosa; tantas cosas que sólo el arte de la danza puede manifestar, pues la existencia verdadera está plagada de intereses y sensiblerías que vuelven ridículos los sentimientos sublimes.

Lena lucha por conservar la esperanza de que su ambición de ver representada la coreografía se haga realidad. Pero, ¿sobre qué melodía de guitarras enfrentadas, de limpias falsetas, podría deslizarse el paso a dos? Y lograda esa composición; un murmullo de agua pura, transparente, que a través del oído penetrara por lo más turbio, lo más doloroso de cada cuerpo sin dejarse atrapar, sin ensuciarse de pus, hasta alcanzar esa parte blanca… esa parte blanca como ella la sueña; ¿quién sería capaz de moverse sobre el compás con la soltura que reclama esa historia?

A la mujer de piedra aún sería ella capaz de interpretarla, pero no conoce a un bailarín en quien pueda confiar el difícil papel del visitante. A pesar de todo, Lena sigue imaginando la escena. Y la sigue viendo. Está viendo realizada la escena, mientras su conciencia se diluye sin discernir a quién pertenece la figura masculina, en la atmósfera enigmática que esta madrugada trae el sueño.

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Fecha de publicaciónOctubre 2009
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