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Las flores de Elenkän

Héctor Lisonje
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Here you lose a little every day.
I remember when a million was a million.
They all have ways to make you pay.
«Little drop of poison», Tom Waits
1.

Dulanto no se movía, no podía moverse, su voluntad encontraba un límite casi placentero en la debilidad y el abandono. Estaba tendido en la cama, todavía soñoliento, ofuscado. El pulso le latía grande y endurecido, como una moneda atormentando en las arterias. Hacía tan sólo un instante que había logrado salir de la muerte con un impulso de todo el cuerpo, con una mirada voraz que de pronto se reencontraba con una realidad sofocada y sin violencia, blandamente apuntalada sobre la aparente antigüedad del silencio. Sus primeros gestos se abrazaron a la tierra suelta de la amnesia, a la dulzura de una especie de morfina natural que le adormecía la sangre gentilmente venenosa entre los nervios desalentados. En torno a su boca, con el empujón de los resoplidos, subía y bajaba la barba crecida, y hasta las pestañas, con su simple entrechocar, difundían un sonido monstruoso. En cuanto consiguió abrir los ojos, Dulanto notó con alegría las también dulces maneras del retorno. Una sola lágrima sin la escenografía de la autocompasión ofició su puro agradecimiento.

En principio creyó que en el cuarto no había luz ni para imaginar un espejo, pues su fatiga también le deparó unos segundos de ceguera, pero apenas después descubrió la mansa luz que proyectaba una sola vela desde la mesita de noche, el mundo casi inaccesible a unos centímetros de la cara. Sin poder mejorar esa iluminación, abrió los ojos con firmeza para separar las penumbras y, pasado un tiempo, pudo registrar el cuarto con la cabeza ligerísimamente incorporada. Contra su previsión, encontró que éste le era familiar como un rostro querido, como una caricia largo tiempo deseada. La nitidez de lo existente creció paso a paso, como una mirada adelantando en la niebla. Así fue viendo la jarra de agua de la que goteaba una vaga sombra de claridades, los cuatro abrigos colgados en el perchero junto a la puerta cerrada, la lámpara de araña que colgaba de las tinieblas del techo; también vio dos rosarios ennegrecidos por las plegarias, vio sombreros y bufandas y pañuelos precipitados en suave montón sobre una silla, vio un enorme rostro de cera con el gesto desfigurado, vio un velo negro furiosamente enredado en un galán de noche, vio, sobre su cabeza, los pies minúsculos y esmaltados de dos ángeles de escayola, vio su rostro en el espejo del armario frontal, vio la ventana entreabierta por la que entraba un soplo de aire que ondulaba en los visillos, vio la inconsciencia como una forma inviolada de la lucidez, vio el viejo jarrón justificado por una flor conmovedora, vio una solitaria gota de sangre sobre el malva intenso de uno de los pétalos.

Supo que estaba en casa, al fin, y que la providencia del azar había sido generosa con su existencia salvándolo de aquellos dos proyectiles a bocajarro que con tanta firmeza se habían propuesto emprenderle noches en la carne. Casi había olvidado la causa de la querella, los motivos de la persecución; tal vez una deuda contraída por la necedad o el aburrimiento, tal vez un impago, una serie de intimaciones, el encuentro cada vez menos fortuito y desagradable con aquellos hombres embozados, toscamente disfrazados por la calculada conjunción del humo y los sombreros, que lo abordaban con voces graves y anónimas en los pasajes comerciales, en la melancólica entrada de los parques, en lo más arriesgado y vertical de los puentes, en las callejuelas compuestas para la nostalgia o el suicidio hacia las que sin cesar lo conducían no más el vicio que el arrepentimiento del vicio. En cierta ocasión le habían advertido que no le darían una segunda oportunidad, sólo para que su desesperación se hiciera cobarde, pero él no se había allanado, eso sí que lo recordaba su terror; sin duda, sus muchas huidas habían dotado de peso y singularidad a aquellos estremecimientos llenos de cielo y de largas, casi ilimitadas esquinas.

Porque, ciertamente, hubo un tiempo en que su vida había sido un desorden, un cuadro sin argumento, un desmañado juego de manchas sobre el que iba improvisando justificaciones y guaridas. Solitario, descreído, sin audacia alguna y lleno hacia todo de una apatía sin lamentos, Dulanto se consideraba demasiado inteligente para creer en el triunfo y demasiado torpe para lograr la felicidad; en virtud del mecanismo diseñado por esa doble limitación, madurando tristezas entre los atardeceres de la creciente desidia, Dulanto se dejó caer en la más invencible de las desgracias.

En cambio, habremos de confesar que, si bien era desdichado, también era libre: nadie remuneraba su esclavitud, nadie le devastaba los sueños con reloj disconforme. Vivía gestionando con desigual usura el pequeño capital que durante años habían ido nutriendo su timidez y su soltería, pues son pocos los gastos de la soledad y muchos sus depósitos y cautelas. Su única ocupación, una libertad más parecida al capricho que al placer y del todo indiferente a la responsabilidad, consistía en esperar a quien no le esperaba en lugares a los que nadie acudía. Ni tenía pareja ni lo abrumaban horarios ni se mentía con las insípidas corduras del honor y la familia. Si se acordaba de comer, comía cada día en un sitio distinto. Las cenas ya ni las intentaba, abismado para esas horas en la plenitud del delirio, en lo más aterrador de los soliloquios y la amargura. La casa era un lugar al que sólo retornaba cuando lo habían echado de todos los demás lugares. «Eso es un hogar», se decía, «un lugar donde nuestra derrota nos pertenece, donde somos sinceramente lo que sinceramente quisiéramos dejar de ser.» Cuando, tras haber dejado por fin las llaves y el sombrero sobre el aparador del vestíbulo, encendía las luces del pasillo silencioso, era porque la ciudad, que ya avivaba todas las suyas, había empezado a desvelar la ceniza corpulenta de su rostro en la mañana.

Solía usar bufandas, anteojos de montura gruesa, pañuelos interminables, chaquetas dos números más grandes de su talla, todo lo que pudiera cubrirlo amparado en esas holguras. Se llenaba de trampas, como si alejándose de su cuerpo a través de esos trucos pudiera revocar lo esencial de su condición. Se odiaba, no se soportaba a sí mismo, pero tampoco podía soportar que no lo quisieran. Buscaba el amor en las cunetas, en los supermercados, en las secciones de contactos que insaciablemente contestaban al ardor de sus caricias con un rostro borrado, en los listines telefónicos siempre tan exhaustivos y tan inútiles como una ciudad abierta y desconocida, en los cementerios, en los labios pintados que besaban mejillas anónimas con un amor todavía más anónimo, en los rincones sombríos de las iglesias hasta donde no alcanzaba la mirada de dios, en los jadeos que lo retenían para olvidarlo, en la miseria y en la duda, en los posos del café...

Su impotencia y sus anhelos fueron nutriendo su soledad con esas frustraciones hasta que poco a poco había acabado por resignarse a los portales, a la cotidiana tranquilidad de la depravación, al alcohol, a aceptar inmensas cargas de menosprecio a cambio de una copa y un poco de conversación, a la poesía que conseguía leer en los intermedios de su horror desde un librito ajado con poemas del excepcional Vallejo y del edénico Cernuda, a comprar un costosísimo ramo de flores (que constituyó por sí sólo el gasto más notable de toda su vida y cuya financiación inmediata lo condenó al préstamo usurario) para una mujer intratable y portentosa que sospechaba no volvería a ver si no era entre los ensañamientos del recuerdo, a exponer el corazón encharcado a la lluvia minuciosa, a escribirle a esa misma mujer esmeradas e impacientes cartas de amor que instruían la cobardía y el arrepentimiento pero que traidoramente acababa enviando la pasión, a meterse trocitos de espejo en la boca para que reverberaran en su recinto los silencios, y poder así quedarse callado de una maldita vez y no decirle nada a nadie de sí mismo y de su infierno.

Sin duda lo humillaba la tantas veces acreditada y desoladora tendencia de la desgracia a la confesión. Pese a todo, Dulanto se había confesado a través de las cartas, aunque su confesión estuviera reblandecida y amanerada por la tentación de la literatura, pero la mujer anhelada no contestó a su grandilocuencia. Sólo le destinó un sobre que contenía un resto de cenizas de cigarro y un pedacito de velo negro ensuciado por el trasiego de lágrimas remotas, acompañado por una nota en el remite que decía «Deja de acosarme. Para mí no existes. Ahí tienes el velo y las cenizas necesarias para la ceremonia. Entiérrate con ellas», y las letras que formaban aquella cortesía estaban como hundidas, como escarbadas en el papel por una mano que se encarnizaba en el desprecio. Durante los meses siguientes se fueron sumando cenizas y trozos de velo a través de otros tantos sobres con idéntico remite, de suerte que Dulanto pudo recomponer por completo la pieza ejerciendo una maestría para la costura que no podrían haber sospechado los que a menudo lo veían pasar tan crispado y tan nervioso. Las cenizas, en cambio, las amontonaba en cajones, ordenadas por fechas y separadas unas de otras mediante letreros exactos y febriles, o bien las confundía eventualmente en sus bolsillos si una desazón repentina rechazaba esas diligencias y luego las lanzaba al patio de luz para corromper alrededor la ropa tendida, que después de la operación quedaba menos blanca y húmeda, marcada de por vida con chorros de muerte.

De acuerdo con el inexorable principio de puntualidad de los infortunios, las cartas de Elenkän tampoco dejaban de llegarle litigiosas y explicativas, con aquel aroma a tierra misteriosa que desprendían sus amenazas, la cantidad adeudada escrita en grandes números en el centro de la única página y, justo al final, cuando Dulanto ya se había relajado de cifras, como una cláusula esquiva y ladrona, en un secretísimo terror de letras minúsculas, se extendía la sentencia que le deparaban en caso de incumplimiento: «Te haremos desaparecer aunque te entierres, aunque nos obligues a desenterrarte», era la concisa rúbrica de un muy largo, y casi tedioso de no haber sido calculadamente horrible, censo de abominaciones y emplazamientos.

Menos abrumado por esas tiranías de Elenkän que por la recepción de la ceniza alevosa, Dulanto lo dio todo por perdido. Pronto dejó de asearse, clausuró los espejos con sábanas y se alejó sin piedad de la salvación de los hábitos mientras cada tarde ensayaba con la ceniza una cambiante y perturbada simbología de cruces sobre su frente: «Polvo serás», susurraba, y después magullaba el aire con gritos e indecencias y se cubría con el velo cuarteado y roñoso y reía y se postraba de rodillas ante esas efímeras delincuencias con que invocaba a su dios imposible: no obstante, toda locura es la adoración de una realidad que no existe ni puede existir pero que se vislumbra desgarradoramente necesaria.

Es sabido que de la desesperación se suele extraer un valor con el que se miden inmejorablemente las cosas inútiles: acatando esa intuición, Dulanto se situó valientemente al nivel de los objetos para que el tiempo lo estragara sin abreviaturas ni compasiones. Como consecuencia de estas medidas, la naturaleza multiplicó sobre él todos los descalabros imaginables: disminuyó de peso, arraigaron sobre su piel olores repugnantes y viejísimos, una palidez sepulcral le escaló el rostro, un asma impaciente lo fue encorvando, las ojeras le suplantaron las mejillas, el sexo se le pudrió entre las manos... Lo único cierto es que, hasta ese momento, ninguna verdad había sabido engañarlo. O, lo que es más preciso, que no había sabido engañarse con ninguna de las verdades que tan copiosamente le solían ofertar la luna y los periódicos, los hombres pulcros y solemnes que le hablaban encandilados desde las lejanías de la política o el amor.

Mas, entre su desperdicio y su infamia, una circunstancia aún alcanzaba suficiente entidad para encolerizarlo: los matones que lo habían empezado a apremiar para que pagara no eran unos desconocidos para las autoridades. El gobierno local sabía de la existencia y actividades de la Organización y del rigor sensacional de Elenkän, pero difería su combate a la Iglesia, esa otra organización de resonantes hombres disfrazados, porque afirmaban que la Organización tenía más de fenómeno metafísico que de cuerpo administrativo, que era menos un conjunto de jerarquías reconocibles que el impulso desordenado de una filosofía ciega, intemporal, violenta. Por su parte, la Iglesia también se inhibía; como si aquella tácita delegación les pareciera ininteligible o abusiva, la gravedad aleccionadora de sus voces callaba tras el mármol y los inciensos. La curia, que en ocasiones se había rebajado a gestos de comprensión y respeto, se arrojada sin reparos a los juegos de la ambigüedad. Incluso se decía que, en un documento secreto, ambas partes habían declarado la mutua tolerancia de sus prácticas y reconocido la esencial fraternidad de los sacerdocios que con plena libertad y justicia ejercían en sus respectivos ámbitos. La astucia política, una vez más, había ocupado el lugar del coraje.

De ese modo, la curia se aseguró de que el agua de las pilas bautismales no se teñiría prontamente con los resultados de un plomo sin misterio y de que las losas de los templos no amanecerían cubiertas por el despojo de las vidrieras detonadas. Por otro lado, no se les podía culpar. Una negociación de ese tipo no dejaba de ser excusable. Los tiempos del martirio habían terminado: era momento de gestionar, a beneficio de la placidez y la estabilidad, la legendaria sangre de los precursores. Sabían que, en el fondo, nada puede un universo moral desgastado por siglos de oprobio y dictadura contra dos balazos cargados la víspera. Una mano enguantada e inexorable, la enorme mano de Elenkän, podría contrarrestar, con suma sencillez y en cualquier instante, la anciana valentía de la cruz aunque habitara bajo los pechos más exaltados y devotos.

2.

Elenkän era poderoso y temible, tanto como pueda serlo una persona cuyas potestades no se cuestionan y cuya voluntad se hace comúnmente con los destinos ajenos. Desde la adolescencia de sus primeras órdenes, que se cumplieron con la contundencia natural de los presagios y con esa suavidad casi espectral que hace que las tragedias sean admisibles, la dominación de lo circundante había sido para él menos un aprendizaje que un ejercicio instintivo. Aseguraban que era hermoso, un rostro armónico y sagaz en el que flotaban los labios impúdicos formulando imperios y jactancias, los ojos avivados por el desconocimiento de la piedad, la costumbre de usar un abrecartas levemente ensangrentado durante las reuniones con sus ministros.

Lo rodeaba, y en esto todos los testimonios son uniformes, una notable atmósfera de locura. Un manto rojo lo cubría, una barba abundante y rojiza era la primera confidente de sus palabras apenas musitadas. De sus dedos pendían anillos cristalinos, como agua magnetizada fluyendo en círculos; en sus orejas, unas vetas de oro rescataban la armadura de carbón de unos pendientes en forma de elefante. En la sala de audiencias, que en sustancia no era más que el plagio arrogante y costoso de un grabado oriental, se sentaba sobre una columna erigida con los más formidables libros de los hombres, el último de los cuales era La divina comedia y el penúltimo Los trabajos y los días, y desde ahí administraba los odios madurados y las dispensas pertinentes, condensaba los dictámenes en frases enigmáticas, y señalaba destinos, glorias y fortunas como si organizara un amanecer. Sus gestos entonces se tornaban marciales, antiguos; destinados a una inexistente tropa, conservaban su autoridad de señales bajo el sol. Uno siempre imaginaba que se dirigía a un horizonte de jinetes que apenas alcanzaban a contener ya la excitación de los caballos mientras él coordinaba las primeras líneas con mano decisiva, ya muy lejos del mapa y los oráculos.

No en vano, en otro tiempo había dirigido batallas, había capitaneado escarceos: de las voces había sacado los gritos, de los ojos las lágrimas, de los tumultos la sangre, de la lealtad el sacrificio. Bajo sus pies habían tiritado desfiladeros, bajo su pecho habían florecido trincheras, con aullidos majestuosos había cruzado lagunas y lodazales manteniendo un sable en alto. Protagonizó un par de revoluciones que él mismo reprimió con escuadrones inesperados y con dulces espejismos, pues nunca le parecía excesiva la amplitud de su mando y no renunciaba a crear y a destruir, a concentrar y a disolver simultáneamente. Le entusiasmaba que hasta en sus acciones más rutinarias cupiera el universo. Por ese motivo la guerra le resultó absurda; la consideraba una devaluación. Que una sola decisión suya fulminara a cientos de hombres no le satisfizo. A él le gustaba precisar, perfilar, ajustar su dominio a las delicias de la condena individual, no la matanza genérica, indiscriminada, sin nombre, dictada por las bajezas de la raza, la patria o el credo, sin más trayectoria que la del mero dibujo anónimo de los rostros apenas elevados entre la sangre y el polvo.

Posteriormente, la democracia y el capitalismo le dieron la oportunidad de rehabilitarse. Abandonó los sables y las bridas y los sustituyó por la letra de cambio y el crédito hipotecario: no tardó en embriagarlo el indistinto ruido de lo financiero, que calladamente transfería hombres desahuciados y agradecidos a los enfervorizados territorios de su vanidad. Con sus primeros ingresos fundó la Organización: como todos los hombres de genio, durante un tiempo se creyó predestinado a salvar el mundo, pero al poco tiempo advirtió que la salvación es un hecho privado, que no hay bandera que la conmueva ni república que la represente, y que la gran mayoría se inclinaba gustosamente a la resignación con tal de seguir mostrando al mundo su rostro más público y despreocupado.

Su mirada grande poseía los atributos de la intimidación, la anticipación natural a toda superioridad tácita. Amonestaba o aprobaba, pero su juicio siempre precedía a la acción y solía ser esencialmente justo. Aún en la injusticia, la falta de argumentación en sus decisiones fomentó la leyenda de su infalibilidad. Se pasaba las horas escuchando piezas de Dvorak mientras estudiaba en soledad los informes que cada tarde, como un músculo certero, le traían noticias acerca de lo ocurrido en sus jurisdicciones victoriosas. Cuando leía resultados desfavorables subía el volumen de la música y, en lo ilusorio de aquel calor en la frente tras el que sentía la descomposición de su reinado, combinaba lo más crudo de sus violencias, hasta entonces agazapadas, con la consulta de los registros que contenían los nombres de los deudores subsistentes, y se dedicaba a fraguar crueles ensoñaciones que, acto seguido, transcribía en hojas sueltas con letra firme y calurosa.

El caudal de esas páginas fascinantes pasaba a manos de sus mercenarios, que inmediatamente enmarañaban sus bolsillos con revólveres y cuerdas, y que, para aliviarse de improbables escrúpulos, recitaban frente a espejos de delirio las consignas aprendidas en los salones de la Organización. Elenkän, desmesurado, gobernaba sus movimientos desde las más bajas cúpulas, desde recintos ignorados. La ciudad tormentosa estaba llena de sus cifras, plagada de sus remotos servidores rigurosamente entrenados, hombres con gabardina y discreción que olían a sopa y desprestigio, y que indagaban bajo los puentes el paradero de sus objetivos, concertando recompensas con los mendigos que jugaban a dejarse interrogar entre los escombros del alba, entre fogatas y ladridos, pero que, luego de haber recibido los módicos anticipos, resultaban no saber de qué les estaban hablando.

A pesar de esos contratiempos, sus servidores debían ser eficaces, puntuales y precisos, porque Elenkän disponía con ligereza de su suerte: eludiendo entrevistas y argumentos, les comunicaba sus resoluciones a través de las modificaciones operadas sobre unos muñequitos de trapo. Cada uno de sus matones conocía a la perfección el monigote que lo figuraba porque habían sido ellos mismos quienes los habían diseñado y construido el mismo día de su ingreso. Los podían encontrar mutilados, con un desastre de hilos donde antes estaba la cabeza, y eso solía significar la muerte, o la invulnerabilidad, o un nada despreciable recorte de salario. Si los hallaban quemados, había que atender al grado de la quemadura y a la zona afectada, pero por lo general podía ser interpretado como señal de advertencia ante una excesiva lasitud en el cumplimiento de su labor. Si les habían cosido un tercer ojo a la altura del ombligo, no era descabellado deducir que el detentador de la figura así modificada había incurrido en un acto de incurable cobardía y que le sospechaban tendencias equívocas respecto de la Organización, pero igualmente esa adición podía declarar que era hermoso pero inexperto, o que se había dejado llevar indebidamente por la euforia en un momento que exigía sobriedad, o que su alma, a pesar de la diligencia y la lealtad acreditada, se había convertido en un peso mortal e incorregible que la Organización, ayudada por sus gabinetes técnicos adjuntos, depuraría llegado el tiempo de las reformas. El catálogo de variaciones era deliberadamente complejo, para de ese modo aumentar las prevenciones y las conferencias entre los pistoleros desorientados y crear un estado de general incertidumbre que Elenkän gestionaba con soberana maestría a favor de la adhesión y el fanatismo. Porque todas estas posibles interpretaciones de signo tan diverso, y de las que tan contrarias fortunas podían desprenderse, dependían de factores tan mínimos como la posición del tercer ojo levísimamente inclinada a uno u otro lado, las particulares tonalidades del iris casi indiscernible, o el número de hilos que resultaban de la tela decapitada.

En cambio, si al muñequito lo coronaban unos cordones de flores minúsculas, que el propio Elenkän seleccionaba y recogía de sus jardines privados y luego engarzaba en largas sesiones solitarias, el así distinguido era juzgado por los demás como una proyección hasta en los más ínfimos círculos del mismo temor que Elenkän imponía en las claras esferas superiores. Esta distinción facultaba a su beneficiario para el libre ejercicio de la delación y la magia, de la usura y el improperio. También era competente para dirimir disputas menores y para delimitar por sí mismo los ámbitos de actuación poco claros. Podía ordenar el suicidio, podía hacer cavar su propia sepultura a un traidor descorazonado, luego de haberle obligado a fabricar el nudo decisivo o a afilar la hoja del puñal venidero. Como parte inseparable de sus prerrogativas, le era dado merecer la arbitrariedad de la memoria, en que, como todos saben, consiste el don de la felicidad. Sus dictámenes no se discutían, porque discutirlos equivalía a rebatir la resolución inicial del sublime.

En la Organización, el mero disenso era traidor; el silencio, sospechoso, y la ambigüedad, infame. Nadie osaba agredir ni apremiar a los individuos diferenciados por esas flores supremas que, antes de ser cortadas y reclutadas para los preciosos galardones, brillaban en la oscuridad del jardín como si las trabajara directamente el fuego en lugar del curso de las estaciones. Elenkän se quedaba mirándolas durante horas, transido de poder, agachado junto a los bancales bajo la luna también obediente, compaginando con expresión dulce las próximas muertes y los consiguientes ascensos. Algunas noches se entristecía y ordenaba la desaparición de una de las muchas estrellas del cielo. Atento a esa demanda, uno de los astrónomos de su cuerpo de guardia manipulaba ingeniosamente la lente del telescopio, tintando con habilidad y paciencia uno de los sectores: Elenkän, que desde pequeño había deletreado con entusiasmo los mapas del cielo, asistía entonces a la disipación del astro como el más crédulo de los mortales. Después se arrojaba con descuido sobre los bancales, hiriéndose en ocasiones con las guías de metal, y se quedaba durmiendo entre las flores; no era infrecuente que unas gotas de su sangre las alimentaran.

Al contrario de lo que pudiera pensarse, la persecución y el acoso de esos tenues legionarios de Elenkän no intimidaron durante mucho tiempo a Dulanto, no lo indujeron a adoptar una confortable cárcel de guardaespaldas o a fijar unas cuantas rutinas de seguridad. Su caos no se vio afectado. Intentó olvidar a Elenkän recurriendo a la misma desmemoria que le había servido para olvidar a la mujer. Posteriormente, a la desmemoria sucedió la quietud; a la quietud, la vivencia del mero presente; a la vivencia del mero presente, la sedación y el conformismo. Tras un verano patibulario e inútil, llegó el otoño. Más callado y taciturno que nunca, retornó a las chaquetas desbordadas, al pozo de las copas semivacías, al temblor de los paseos. Volvió a comer, sin gana, volvió a asearse, levemente. Sentía que sus problemas habían desaparecido, tan agrios y carceleros como los había llegado a divisar, y sin embargo parecían haberse marchado mansamente junto con el mismo buen tiempo que le había incitado a vivir una vida feliz que en verdad no tenía y a la que no podía aspirar salvo inventándola. La mujer de la que se encaprichó ya no le afligía, porque había extirpado como carne podrida todo lo que alcanzó a proliferar en torno a la esperanza, y la gravedad del otro asunto, después de todo, tampoco le parecía excesiva. Además, se había decidido a luchar aunque el universo entero proveyera lapidaciones y cataclismos contra su suerte. Porque, ¿qué habrían de importarle el hostigamiento y las deudas mientras pudiera seguir luchando, es decir, mientras las condiciones para la lucha permanecieran invariables? La justicia (y Dulanto, que creía en pocas cosas, sí seguía creyendo que las trayectorias de la justicia a lo largo de la historia eran regulares, cíclicas y previsibles, aunque muy dilatadas y con grandes vacíos en medio, razón por la cual existían generaciones enteras que no la habían conocido) no era otra cosa que el retorno de los hombres a la lucha en condiciones de igualdad. Un mano a mano entre dos potencias contrarias y la sociedad de testigo pero sin intervención, asumiendo de una vez por todas su naturaleza postiza, su carácter esencialmente artificial y gregario. Al fin y al cabo, los que lo atormentaban no eran más hombres que él, aunque fueran hombres armados y Elenkän los dirigiera, y él, aunque amargado y solitario, no era mucho menos que un hombre. Compartían sus mismos defectos. Eran igualmente falibles, remotos, humanos; también se cansaban. Puede que hasta tuvieran algo de miedo al verse siempre eludidos, puede que su fiereza y su tesón no fueran más que las simples respuestas de su orgullo burlado. Quizá la ira del propio Elenkän encarnara un peligro mayor para sus servidores ineptos que para sus enemigos rebeldes, y esa devaluada tesis lo reconfortaba. «¿Y si pagara?», se preguntaba a veces el pobre Dulanto con los ojos enrojecidos de tanto mirar cosas invisibles y con esa voz, entre misericordiosa e inquisitiva, en que se apoyan los enloquecidos cuando salmodian creyendo que nadie los oye: «Todo se resolvería si pagara», se seguía diciendo Dulanto al tiempo que repasaba milímetro a milímetro una de las tantas cartas del terror, y su voz, como si una barrera hubiera estallado ante su empuje, se acababa distendiendo en una especie de melodía y de calma, una música íntima clareando en lo más insospechado de la podredumbre.

Y lo más notable es que disponía del dinero suficiente para hacerlo. Pero no pagaba porque el pago hubiera conducido a zanjar aquello que comprometía su vida, aquello que, aunque despojada de todo principio, incomunicada de todo enlace moral, seguía haciéndola valiosa, que la rescataba apenas mediante un cabo suelto de la más completa esterilidad, aquello que, aún de modo precario, lo mantenía unido al mundo, unido a la lucha a través de las sucesivas astucias, de la sistemática búsqueda de los recodos menos visibles y del deshonor de las fugas cuando intuía que al sendero del parque desolado por el que caminaba se había incorporado un sigilo para espiarlo, un árbol fortuito tras el que se agitaba una paciencia, una respiración hostil trotando bajo sus pasos como una nube en el silencio. Lo dejarían en paz si pagaba, concluirían los acechos, se extinguirían las vigilancias y cesarían de llegarle mensajes con la negra huella del dedo pulgar de Elenkän como único y suficiente remite, todo eso era cierto, pero junto con esa paz le devolverían entera toda su soledad insoportable. En el fondo, le era más fácil luchar por su vida sin vivirla que vivir su vida sin lucharla. La mujer y la primavera habían sido la más certera prueba de esa incapacidad para la vida sencilla. De algún modo, hay que ser más valiente para vivir ciertas vidas que para afrontar ciertas muertes. ¿Qué son las guerras, qué inconfesable corriente las motiva, sino el intento de los hombres por justificar su muerte o por merecer la supervivencia para posteriormente, con ayuda de cualquiera de esos dos destinos, conferir un nuevo y perdurable valor a su vida o a su memoria? Infinitamente se matan para hacerse inmortales. El homenaje o el prestigio son los artilugios que precisan esas posteridades que hacen cumbre en la admiración y la gratitud... «¡Porque, ah, grandes señores polvorientos, qué fácil hablar con generosidad y desasimiento desde la inmortalidad conquistada! ¡Cuánta modestia no aconseja el goce de ese régimen soberbio en que ininterrumpidamente procrean las adoraciones! Cuando no duelen los huesos, fluyen rápidas las palabras, la respiración se hace discurso sobre las grandes virtudes inaprensibles, los días se agrupan en unidades lúcidas y sonrientes, y las brumas, que pudieron acosarnos hasta la locura en nuestra rutina mediocre, se saludan, ya relajadas, con autoritaria dignidad y nobleza», exclamaba Dulanto plenamente desquiciado.

Para reforzar estas convicciones, para conservar esta energía primordial en materia distinta del recuerdo, se tatuó en el dorso de una mano el término «hombre solitario». En el de la otra, como complementarias de las anteriores, se graduó las palabras «hombre rebelde». Por último, maniobrando entre lágrimas con un punzón candente, se encerró en el pecho la siguiente sentencia: «Todavía vivo», con letras sencillas, poco perfiladas. Se la había escrito del revés, como para observarla y recorrerla muchas veces frente a los espejos de la obsesión y llegar así a convencerse de su verdad a través de las lecturas sucesivas. Porque Dulanto también practicaba sus consignas ante su rostro duplicado, también sus actos propendían a la enajenación y al poder. Gobernarse a sí mismo como Elenkän gobernaba a sus hombres, tal era su pretensión, su compulsión, su secreta delicia. «Por mis venas caminan, rezagados pero inmensos, los ejércitos de lo contradictorio», escribía en impredecibles cuadernos que heredaban para el despojo el fuego o la lluvia.

Al igual que las matemáticas hacen con el mundo físico, esos rótulos le servían para miniaturizar y hacer admirable el desafío a fuerza de pura complejidad, pero no le bastaban para resolverlo. El tiempo y los volúmenes de lo real cristalizaban en esas auroras palabreras de su desdicha, pero la paz y las suturas las tendría que encontrar por otro lado. Con el paso de las semanas, los más negros fondos del espejo no le parecieron suficientes, y juzgó necesario practicar sus posturas y desdenes ante la oposición física de su rival. Lo vasto y confuso de esa conclusión le forzó a encargar a un artesano la fabricación en cera de un busto de Elenkän. Como desconocía su rostro, tuvo que imaginarlo abusando de conjeturas; el artesano acogió con indignación el torpe esbozo que, sobre un papel manchado, le proponía aquél hombre misterioso que hablaba a voces como si desde un púlpito se dirigiera a un mundo arrasado, y se limitó a cumplir de la forma más libre el trabajo demandado, improvisando en algo menos de una semana un rostro cualquiera que a Dulanto le pareció, por supuesto, de una fidelidad maravillosa con el original. Se despidió del artesano con un gran beso, que el otro respondió con mirada incrédula pero educada, pues previamente Dulanto le había pagado el doble del importe pactado: mucho más de lo que le hubiera bastado para saldar la deuda.

Trasladado a su casa, el busto padeció cada noche una deformación pormenorizada, ostentosa, finísima, casi enamorada pero con ese raro amor por lo desconocido que se queda esperando en los huesos cuando el alma está cerrada. Dulanto se calentaba las manos apoyándolas largo rato sobre un fuego que alimentaban viejos libros y, con el calor acumulado en las palmas enrojecidas, iba borrando los rasgos a fuerza de manotazos y golpes de uñas, salvando del recorrido destructor tan sólo los ojos inexpresivos, que a Dulanto le parecían rozados de vida y peligrosamente cambiantes, y en los que durante horas acostumbraba a clavar los suyos en ambicioso ejercicio de confusión de caracteres. Por medio de esas maniobras creía haber sorprendido sus flaquezas, esclarecido por completo la ecuación de su poder. Ya estaba decidido. Mataría a Elenkän si alguna vez lo encontraba, y toda su organización, desteñida, desfondada, se desmoronaría tras él. Sabría reconocerlo llegado el caso, se decía, y palpaba los ojos de cera como si palpara una promesa y un abismo. Cada noche, el deficiente rostro esculpido insistía, sanguinariamente heroico, en todos sus sueños.

De ese modo, con impersonal sosiego a pesar de saberse vigilado, dignificado por las amenazas y por la constatación de su aplomo, Dulanto siguió entregando las noches del riesgo y el temor a deambular por el cambiante cielo de sus pecados, esperando con serenidad el momento de atacar con el puñal que guardaba exageradamente entre su ropa por miedo a la policía, y esa noche, la noche final, no fue diferente.

3.

Desde el presente, ahora que, junto a la insensibilidad del cuerpo, había recobrado la cordura, Dulanto caviló sobre todo esto con imparcialidad, con rigor, con infinita piedad de sí mismo, incluso se rió a gusto de las necedades cometidas con el busto de cera y con las cartas obstinadas y con el ramo de flores gigantesco con que quiso agasajar a aquella mujer estupefacta (el ramo vencía los brazos de veinte hombres robustos que enrojecían de sudor y congestión durante su transporte, y era tan alto, espeso y variado que poseía su propio ciclo primaveral y se marchitaba con su propia sinfonía de invierno), hasta que por fin, como una aparición imprevista, recordó con claridad el café en que se estuvo refugiando de la lluvia momentos antes del encuentro, la mesa junto a la ventana, los muchos cigarrillos, los ojos entornados mirando fijamente hacia los muchos espacios vacíos que habían dejado en su memoria tanta cosa perdida. En el vapor del inmediato cristal se cuajaba el exterior de luces frías. La gente que pasaba por la calle eran mudos momentos de oscuridad que se estrechaban en los gabanes; por un instante, cuando se acercaban mucho, eran de nuevo la noche más firme y anónima: luego desaparecían. La ciudad ofrecía una luna temerosa y universal, con todas las penumbras encendidas. Bajo esas emanaciones, todos los perfiles le parecían sombras de Elenkän afinando sus sentidos. Una amenaza indiscriminada le hacía señas desde los cuerpos oscuros. Dulanto acariciaba el puñal para no notar que se le paralizaba el corazón.

Esa noche no funcionaban los alivios comprobados. Ni la cerveza, ni el tabaco, ni aquella dispersa compañía de solitarios. La soledad: un gran fantasma del que todos ellos eran sombras. El patrón había bajado las luces, que entonces acariciaron apenas los rostros cejijuntos, borrados. Sin embargo, Dulanto continuaba mirando; siempre había necesitado mirar; ni la oscuridad detenía esa pasión por el abismo, por el pozo. Cada rostro era un pozo; en cada uno podía extraviar sin riesgo ni apuro su atención y olvidarse de sí mismo porque en el fondo eran tan fríos y detestables como aquél a que su espejo lo tenía acostumbrado. Los suyos, por lo demás, eran problemas vulgares, lo cual agravaba aún más su malestar. Si hubiera tenido una gran tragedia que contar con inadmisible precisión o con esa soberbia suavidad que otorga la nostalgia, si por lo menos lo hubiera amargado un mal definitivo... Pero carecía de grandeza hasta en la tortura. Una voz ripiosa, tras la tiniebla de su embriaguez, parecía empeñada en desautorizarlo en estas reflexiones, pidiéndole coraje y resistencia y lucidez y no sabía cuantas más quimeras entre las que también se encontraban, según creía, la rebeldía y la eternidad. Sin pensárselo, escupió hacia la voz como hacia un vacío celoso y palpitante, y un puño simultáneo le impuso en la cara su réplica temblorosa: «¿Elenkän?», preguntó Dulanto. «¿Qué dices tú de Elenkän, idiota?», dijo el otro divertido. «Yo no soy Elenkän. Nadie lo es. ¿No sabes que Elenkän es pura leyenda y que no existe?»

Cuando Dulanto se levantó fue silbado e injuriado entre el golpeteo ensordecedor de los puños sobre las mesas. Las risotadas de toda esa mugre antes silenciosa se ensangrentaban sobre su cabeza con los jadeos de la euforia. Oyó que le gritaban «Elenkän, Elenkän» con ironía infernal y pudo sentir cómo, tras esa mención, las imprecaciones siguientes se agravaban en peso y originalidad, se engrosaban en antigüedad y significado. Se llegó hasta la barra y pagó, y mientras le devolvían el cambio, advirtiendo súbitamente la paradoja y presintiendo la comisión de un acto fatal, sonrió con ternura y pereza. «He pagado, he pagado, hay muchas maneras de pagar...», se dijo en voz alta sin importarle los que de nuevo miraban su rostro lívido, su enajenación y su abandono, los que sin dejar de insultarlo se le acercaban para curiosearle las manos rayadas con inscripciones infantiles, las letras picudas y gangrenadas que parecían labradas por un animal en lo peor del instinto. Como una cosa triste y lastimada lo vieron salir, moviendo la cabeza a uno y otro lado, abrumado, conmovido. «¡Mi vida era una deuda y la acabo de pagar!», gritó ya tras la puerta mientras la lluvia que arreciaba parecía disolverlo. Suspirando protestas, gimoteando, como renegando de que la tormenta continuara espesándose sobre su previsible fantasma, levantó la vista al cielo.

Dulanto recordó aquella su salida tambaleante, pues había bebido todo lo pagado, el laberinto de su sorbo a sorbo en pequeñas cantidades que endurecían los días de ayuno, recordó el derrotero que unas flores pequeñas y machacadas diseñaban en el centro de la calzada, la ruta que progresivamente se doblegaba a los caprichos de la belleza herida y refulgente de esos rastros, su predilección por el vértigo y las aceras bacheadas que una lluvia negra cubría de charcos, su caminar por los ángulos más inclinados de las calles señaladas por esos pétalos grandes rodeados como de una prometedora luz de sangre e inmundicia.

Más adelante, en una calle sombría, encontró a una pareja de enamorados que, ensimismada y espectral, lucía su amor como un reproche, que escenificaban para sí mismos su drama incalculable, su pesada contienda que acaparaba como una posesión las tinieblas del portal materno. Tras unos pasos más alcanzó el callejón definitivo, dos filas de casas bajas con las persianas echadas, la interrupción repentina del cauce de flores brillantes que ahora lo dejaba desamparado en una noche tan pura que hasta el miedo sabía a salvación, una mano súbita y tenaz en la que aumentaba la segunda oscuridad de un revólver. Entonces un estómago encogido, una silueta paralizada queriendo huir con los brazos abiertos, dos disparos, un presentir el cielo insensible como algo cercano. Dulanto, tendido inmóvil sobre la cama, sin más emoción que la proveniente de las evocaciones físicas del encuentro, se recordó a sí mismo cerrando los ojos para que el mero acto de su muerte no se convirtiera en otro recuerdo, recordó el dolor, que ahora juzgaba ilusorio a tenor de lo bien que se sentía, recordó la noche como una máscara de hielo sucio y hambriento que daba asco de sólo sentirla acompasada a los gestos de la caída, el suelo mojado, los dedos desorientados depositándose como barro en las hendiduras del empedrado, una mano decidida que le rozaba el pecho, los zapatos brillantes de quién le robaba la cartera y le escupía una explicación en el rostro desmayado y después desaparecía.

El cuarto seguía en silencio, el aire quieto, el amanecer era una sombra cada vez más plana y delgada, cada vez más dentro de las cosas, que iban recobrando así su pulso y su razón. Paradójicamente, el recuerdo de aquel suelo y de las detonaciones le venía limpio a Dulanto, como empujado entre jazmines. Se quiso levantar, pero nada de él se elevó excepto un suspiro que al instante también se había desvanecido. Se enfureció, procuró alzar las piernas, prometiéndose a sí mismo que lo conseguiría, pero las sábanas permanecieron lisas y tendidas, muy apretadas en torno a su cuerpo. El intento y el reintento fueron una quemazón, la espontánea verificación de un límite. Le aturdió la pérdida, pero, sin saber el motivo, sintió que no podía lamentarlo, que le habían usurpado el derecho a quejarse. Sobre esos disturbios musculares rehizo la mirada, y, una vez más frente al espejo, encontró que el tiempo de su postración lo había deformado en profundidad. Pensó que, de haber podido incorporarse, se habría rasurado la barba para indagar la verdadera magnitud del siniestro que sus ojos denunciaban. Como respondiendo prodigiosamente a estas deliberaciones, la navaja de aquellas maniobras mentales produjo, en efecto, dos cortes notables que resbalaron por la superficie del espejo. Pensó en Elenkän, sopesó con horror la posibilidad de su influjo extendido hasta las más leves entrañas de la alucinación, concibió una custodia de siglos, la sombra gigante de Elenkän interceptándole indefinidamente las puertas de la sustancia y el descanso.

Llamó a gritos a la inconcebible gente que pudiera socorrerlo, enfocando su voz hacia la ventana entreabierta, pero los gritos no prosperaron. Apenas articulados, se detenían en el aire y, con mecanismo intolerable, retornaban a su boca causándole una mezcla de nausea y asombro. La vela, junto a la jarra de agua, seguía encendida. Dulanto quiso aproximarse a ella, pero no se aproximó, quiso soplarla a distancia con todas sus fuerzas, pero la llama siguió intacta. El silencio que lo rodeaba se había vuelto impenetrable, seductor y vacío como un objeto a las órdenes de una inmortalidad creciente. La habitación respiraba a su alrededor, las paredes parecían membranas sensibles que se curvaban y distendían en el acto de mecer el aire inmóvil.

Volvió a mirar hacia el espejo, volvió a verse reflejado. La sangre se había secado, dejando una película de suciedad. Movió la cabeza, creyó que movía la cabeza, pero su imagen se quedó fija. Fomentó todo tipo de posturas y de gestos, de caricatura que contenía un principio de convulsión y de derroche. A cambio, la imagen que le devolvían sus rasgos permaneció inalterada hasta que los ojos, que desde el espejo lo habían mirado con su misma mirada, se cerraron de golpe, y Dulanto vio cómo se cerraban, y al cabo comprendió que lo habían hecho para no verlo más. «Mis sueños ya no están entre los sueños, por eso mi carne es carne separada», concluyó sin benevolencia. Ya no podía incrementarse su terror ante esa atrocidad y esa sentencia que lo negaban para siempre, cuando Elenkän entró sin ruido en la habitación; con el mismo rostro del busto casual y la misma expresión equívoca y los mismos ojos apabullantes, apagó la llama de la vela con dos dedos de la lujosa mano enguantada, arrojó una cadena de sus flores más rojas sobre la sábana inmóvil, y se situó al pie de la cama para borrar con un sólo gesto de ira las inscripciones y los juramentos que pregonaban al mundo los arrebatos de una fortaleza desde aquellas dos manos yertas y masacradas y desde aquel pecho luctuoso, los juegos de la escritura y el pasado junto con los que desapareció el cuerpo entero de Dulanto como si durante toda su vida tan sólo hubiera sido un contorno invisible y desesperado en la oscuridad de los espejos.

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Fecha de publicaciónAbril 2009
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