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Marina duerme

Ricardo Mena Cuevas
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El día 10 de agosto de 2007, el escritor Lorenzo Medina, autor de la novela El auténtico autor de Cantos furiosos (2007), fue hallado inerte en su cama. Entre las sábanas, se encontró este manuscrito sin firmar:

«El primer disco que Pedro Barceló publicó en 1967, Naturaleza amada, despertó a la crítica de su insidioso aburrimiento; era un primer álbum original que adelantaba una nueva corriente musical más expresiva, más subjetiva, menos atada a las formas apocadas impuestas por la generación anterior. En su gran canción “Marina duerme”, hoy un clásico de la música jazz, el guitarrista demostraba que había aprendido, con una insolente maestría, a amar la imagen dormida de una mujer desnuda, y a plasmar ese pensamiento evanescente sobre ese lienzo imposible que es la música inmaterial. De hecho, si se escucha atentamente la melodía, Marina se nos muestra, en diferentes tonalidades melódicas, fecunda y proteica; tan voluptuosas las curvas de su cuerpo como la silueta ascendente del humo de un cigarrillo compartido por dos amantes desnudos de torsos incandescentes; tan dulce su silencio femenino como un pastel que nos mancha las yemas de los dedos y la punta de la nariz, al masticarlo con una cautela negligente. Marina me asalta y me sorprende como esa mancha de pastel en la nariz, precisamente porque todo hombre sueña con una mujer que sueñe con él mismo. La idea la adelantó Dalí en sus cuadros y Borges en sus textos; pero fue esa canción de Pedro Barceló la que trasladó ese surrealismo al campo de la música occidental.

»Su segundo disco de 1969, La oscuridad se ha ido, fue la confirmación de que había perfeccionado su arte hasta sus límites más eclécticos e intimistas. Su guitarra irradiaba con la misma pasión inagotable y maravillosa (Dios debe de existir, al menos sólo por esta posesión sobrenatural), la felicidad y la tristeza, la melancolía y la irascibilidad. Su tercer y último disco de 1970, Escuchando el viento, cierra un ciclo triádico increíble e insolente por lo inagotable y lo genuino; que toda esa expresividad hubiera sido capaz de contenerse en aquellas magníficas piezas armónicas, me conmueve aún hoy día, cuando yo mismo me encuentro ante las puertas de la muerte. No obstante, es “Marina duerme” la que siempre convulsiona el océano de mi memoria.

»La vi sobre la cama de suaves y blancas sábanas. Las cristalinas uñas de sus pies de muñeca, las aletas de su nariz oscilando como una plateada marea nocturna, el fragor sensual de sus labios, y aquellos corazones escarlatas de sus pezones turgentes. ¡Cómo me sumí, como espectador activo, en aquella escena! Me desperté sobresaltado cuando el guitarrista comenzó a tocar la melodía de “Marina duerme”. Fui a la cocina aún desconcertado. Cuando volví a mi cuarto, me paré en el rellano de la puerta. Allí contemplé, como en un cuadro, mi cama solitaria, vacía, inservible como una piscina sin agua. Entonces sentí ese pálpito de que Marina no soñaba con el músico que la contemplaba escondido en la realidad, inventándola para mí, recreándola para el Arte. No; comprendí la insondable verdad de que Marina estaba ausente para el músico, y así lo expresaba su música, porque soñaba conmigo. Al acostarme en la cama, ahora, siento que Marina no tardará en despertarse en cuanto la música que la relaja, se apague. Acepto haber nacido de un sueño que pronto ella olvidará tildándolo de raro y extraño: al fin y al cabo, todo hombre nace de un vientre de mujer.»

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Copyright ©Ricardo Mena Cuevas, 2007
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Fecha de publicaciónDiciembre 2007
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