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El extraño asesino

Ricardo Mena Cuevas
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Hacía una tranquila tarde con esporádicas nubes esponjosas que moteaban el cielo turquesa tal como si estuvieran solazándose al sol,* cuando un joven avanzó como una exhalación por entre un grupo de peatones que miraban hipnotizados unos atractivos escaparates de ropa de temporada primavera-verano; los sorteó como pudo intentando evitar que su gran maletín negro golpeara a cualquiera de ellos, y tras cruzar una pequeña placita en donde un par de amas de casa hablaban sentadas del escándalo de la última novela de Doricar Medina, El suceso deleznable, se adentró en una cafetería bastante abandonada cuyo cartel exterior informaba de este nombre comercial lo suficientemente identificativo: «Bar Paco». Se dirigió a la barra y pidió a la bella camarera que por favor llamase al dueño.

—¿De parte de quién? —le preguntó ella, su ceja derecha arqueándose como el ala de una gaviota contra el viento de poniente.

—Es un secreto, pero si insite... —y con esto dicho, le susurró algunas palabras al oído. La camarera empalideció y miró el maletín que el joven ya había depositado en la barra, como si fuera lava ardiente; la esbelta camarera de rubia cabellera reaccionó tarde, pero reaccionó bien: salió huyendo y gritando histérica.

—¡Qué pasa, qué ocurre, qué es todo esto! —tronó el dueño apareciendo desde la trastienda entonces.

—Buenas tardes —le saludó el joven ofreciéndole una mano que el mastodonte no estrechó—. Sólo quería decirle, señor, antes de que acabe todo, que para mí habrá sido un inmenso honor poder haberle conocido, aunque sea para matarlo. No todo el mundo tiene el espíritu para soportarlo, y usted sé que sabrá hacerlo con el necesario estoicismo cristiano que el final de su vida se merece —el dueño empalideció y comenzó a replegarse lentamente hacia la trastienda en busca de su querido bate de béisbol que reservaba para estas urgentes ocasiones—. No intente resistirse —continuó el extraño joven alzando su brazo para que su víctima se quedase quieta—; no durará mucho y cuanto antes acabemos con el sufrimiento, mejor. ¡Supongo que usted no temerá a los médicos, o a su dentista!, ¿verdad?; pues esto es exactamente lo mismo —el asesino procedió a extraer sus acostumbrados guantes blancos del maletín («Normativa de sanidad, usted comprende», adujo impertérrito).

—Se lo ruego... —logró decir entrecortadamente el dueño—, tenga piedad de un alma inocente. Dígame, ¡por Dios se lo pido!, qué he hecho, porque no sé ni aventuro a comprender qué he podido hacer, aparte de... —el joven levantó la mirada de sus guantes blancos esperando que su víctima fuera sincera—, ...aparte de haber engañado a mi esposa con Marta, mi empleada..., y de robarle a la competencia unos cuantos clientes de una forma un tanto.... ¡No será usted el novio de Marta! No, no, claro que no... ¡Pero puedo pagarle más de lo que le han dado!, no se mueva, voy..., le traeré todo mi dinero..., que tengo en la trastienda, yo..., no, si pudiera..., esto es tan... —el joven denegó aquella salida tan poco honorable del mismo modo drástico empleado para extraer una pistola de pequeño calibre del maletín, arma que procedió a bruñir con delectación, como si se tratase de unas costosas gafas de sol; silbaba el famaso pasaje de la Novena Sinfonía de Beethoven mientras llevaba a cabo todo su ritual.

En ese instante, llegó una banda de niños sonrientes en busca de algún que otro vaso de agua con los que apagar la sed y poder así continuar jugando. En cuanto vieron que no estaba la divertida camarera, sino el ogro, se quedaron petrificados y marmóreos. El asesino sacó, finalmente, su arrugado sombrero de copa negro que tenía dibujada una calavera, al modo pirata, color hueso,* se lo puso con cariño en la cabeza, y sentenció sonriendo veladamente:

—Reconozco que soy un personaje muy peculiar, que se gana la vida de una manera bastante extravagante; pero en el caso de asesinar lo que tiene que morir, nunca pongo reparos, ni me remuerde la conciencia —en esos momentos uno de los niños soltó un sollozo, al que le siguió un murmullo generalizado. El asesino levantó el arma, la puso a la altura de los ojos del propietario, y rugió—: ¡Hay que matar lo que nos mata, así que alégrese!

Como hace un relámpago al anticiparse al bramido del trueno, así la risa del asesino precedió al cartel expulsado del cañón de la pistola que hizo las delicias de los niños, y de la cómplice mujer del asustado propietario que acababa de llegar a la hora determinada para aquella sorpresa contratada (su nombre, para delectación desopilante del lector, era Francisco Sicario Malaespina; las coincidencias, el azar y el misterio, pueblan el mundo, según afirma, acertadamente, Paul Auster), acompañada de la mano de la asustada camarera, la cual no paraba de rezar a la Vírgen del Rocío para que la asistiera en ese trance, para que acudiera en su ayuda, que ella prometía hacer el camino y participar en la Semana Santa como costalera, si hiciera falta llegar hasta ese punto. El cartel que escupió la pistola cambió la vida del deprimido ogro para siempre y devolvió el amor hacia su esposa; decía: ¡Has nacido de nuevo! ¡Tu esposa te perdona!

N.B.— Este relato está extraído del volumen XXI, Relatos morales y edificantes, de Bonifacio Saltón, publicado por la Editorial Odisea (Barcelona). Se publica con el permiso de su viuda, ahora felizmente casada de nuevo. La crítica, que todo lo ve (especialmente, el catedrático de Literatura Comparada del MIT Manuel Bonilla, amigo íntimo del autor), esgrime que la ratio del relato (i.e. que la infidelidad perdonada lo es en virtud de la caridad cristiana que poseen en mayor medida las mujeres casadas, como si ellas fuesen semidivinas o poseyeran una condición humana especial), se ampara en una instable moraleja pueril y moralizante, sólo justificada, si cabe, por el intento de Saltón de informar a su esposa, por la mágica y velada vía del Arte, que él mismo sufría lo indecible por su propia actitud desordenada. Posteriormente, a Saltón se le diagnosticó trastorno bipolar, enfermedad que, en palabras del profesor de Psiquiatría de la Universidad de Alcalá de Henares de Madrid, don José Manuel Montes Rodríguez, consiste en que es «un trastorno psiquiátrico provocado por una alteración de los reguladores del humor, el cual conduce a la aparición de estados de ánimo anormalmente bajos (depresión) y anormalmente elevados (manía o euforia) de forma desproporcionada a la circunstancia que los desencadena o, incluso, sin precipitante. La base del trastorno es genética, pero precisa de la intervención de otros factores psicosociales que la precipiten». Su viuda, que fue absuelta de todo delito posteriormente al archivarse la denuncia por asesinato interpuesta por el abogado de una amante de Saltón (entendemos que con fines netamente crematísticos), ha declarado a La Voz de Salamanca en 2007, con motivo del aniversario de la muerte de su esposo: «Bonifacio pudo haber sido mujeriego, soberbio y tiránico, y también pudo haber hecho un vil uso de su pestilente fama, pero yo era su esposa ante Dios y ante la Iglesia Católica, y siempre lo quise por lo que era realmente: el padre de mis hijos».

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Copyright ©Ricardo Mena Cuevas, 2007
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Fecha de publicaciónNoviembre 2007
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