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Te pasarás al otro lado

El regreso

Mariano Valcárcel González
Tamaño de texto más pequeñoTamaño de texto normalTamaño de texto más grande Añadir a mi biblioteca epub mobi Permalink Ebook MapaLa ciudad, tumbada en una colina, con sus torres, múltiples torres, enhiestas y desafiantes

Ante el derrumbe del frente, ya en práctica caída de la República según yo había previsto tiempo atrás, decidí intentar volver a mi pueblo antes de que los fascistas llegasen al mismo y a la base donde en la actualidad me encontraba.

Contacté con un conductor que era paisano y planeamos largarnos los dos juntos. Así que una mañana, portando un pase para utilizar un camión, salimos camino de nuestra ciudad. Lo llevábamos cargado de algunos alimentos, algunos muebles «requisados» de la casa donde estuvimos viviendo y unos libros. El paisaje nos parecía, y así era de veras, desolador. Nos cruzábamos con columnas de vehículos y de hombres a pie que se retiraban lo más rápidamente posible del alcance del enemigo. Desmoralizados, vencidos, ciertamente ya faltos de la mínima energía, aquellos hombres, muchos de los cuales habían creído en un futuro, en una España distinta a la que les había tocado vivir, sólo reflejaban en sus ojos el cansancio y el odio. Algunos, el profundo miedo ante lo inevitable. Nos contemplaban con incredulidad, ¿adónde iban ésos en dirección contraria...? ¿Y adónde iban ellos? ¿Todavía tenían la esperanza de escapar del enemigo y de su venganza? ¿Pero no se daban cuenta de que se estaban metiendo en una ratonera? ¡Si ya no quedaba nada en manos republicanas salvo una franja del litoral...! El miedo a veces nos ciega y nos engaña y ellos, aquellos que tal vez se habían salvado durante años de caer bajo la metralla o las balas, iban derechos a entregarse, bien apretaditos, en las manos de los vencedores.

En los controles que todavía se mantenían en activo, al observar el salvoconducto que llevábamos, manifestaban la sorpresa ante la aparente magnitud del despropósito que cometíamos. ¿Irse derechos hacia las líneas fascistas...? No era cuestión de discutir quiénes se estaban equivocando más y manifestábamos la firme resolución de marchar hacia el oeste; así que, dándonos por locos, nos dejaban continuar. Era la señal de que todo se desmoronaba, pues en otros tiempos esto habría significado un fusilamiento.

Queríamos llegar a la ciudad antes de la caída, deshacernos del camión y de los uniformes y quedar a salvo en lo más profundo de nuestras casas.

Y esperar.

Yo no había tenido un papel ni importante ni decisivo y menos significado en el Ejército Popular. Viendo que me sería imposible evitar el entrar en filas, procuré adelantarme a la leva y hacerlo ventajosamente. Para ello utilicé unas influencias y, en calidad de impresor, pasé a trabajar en los talleres que el Gobierno tenía para producir propaganda.

En aquella situación pude pasar los años de guerra que me correspondieron. Allí conocí a los personajes más importantes.

Editábamos los boletines oficiales del Gobierno, panfletos de propaganda, de consejos sanitarios y policiales, algunas obras literarias más o menos adecuadas a la situación y con más o menos calidad. Conocí por estas circunstancias a Alberti, a Hernández y a otros que colaboraban en este esfuerzo literario. Hacíamos los carteles de todos los artistas republicanos, muy buenos en general y verdaderas obras de arte algunos de ellos. Aprendí técnicas de impresión que en mi puesto pueblerino no hubiese podido conocer, sobre todo en el tratamiento de los colores. Yo me quedé algunas muestras de aquella cartelería, por su gran valor artístico, pero luego hube de deshacerme de todo por el peligro que suponía en territorio de vencedores.

Transcurrían plácidamente los días, en esa rutina cómoda.

Unas veces con algunos de los paisanos que por allí andaban, otras con los compañeros o nuevos conocidos, en cuanto tenía días libres recorría aquella ciudad magnífica, abierta y soleada, donde el perfume de sus flores y de sus huertas, tan próximas, lo llenaban todo de un agradable aroma. Por sus calles amplias se respiraba la vida, la alegría, ¡estaba tan lejos el frente!

Los soldados, tantos oficiales, los jefazos y otros advenedizos lo llenaban todo. Pero como si todo el mundo se hubiese puesto de acuerdo, se trataba de olvidar que estábamos metidos en una guerra. Sólo de tarde en tarde las alarmas aéreas nos lo recordaban. Aunque los raids1 eran cortos o poco intensos: algunas bombas selectivas, el crepitar de los antiaéreos por un rato y se acabó el espectáculo.

Sabíamos de tragedias como la de Guernica, lo que hizo que al principio se les tuviese mucho miedo a los ataques de alemanes o italianos en sus aviones nuevos; pero luego, ya acostumbrados, el tema pasaba casi desapercibido.

Un día en concreto, cruzando con dos compañeros por un puente el río que partía la ciudad, empezó a sonar la alarma. El ruido nos hizo mirar hacia arriba y descubrir un grupo de bombarderos alemanes que majestuosamente venían hacia la vertical del río. Unas nubecillas, como de cohetes de verbena, ascendían en su busca, seguidas del crepitar de las baterías. En vez de salir corriendo, hicimos rápidas apuestas sobre el acierto o no de las bombas. Pasaron por encima y dos o tres surtidores de agua, seguidos de fuertes explosiones que removían la estructura del puente, nos mojaron. Siguieron su camino a lo largo del río, alejándose y dejando tras sí un infierno de cráteres en ciertas calles o plazas. Sin embargo los puentes quedaron intactos.

Allí no faltaba de nada.

No me faltaron los buenos momentos con compañía cercana y excitante de mujeres del oficio o de muchachas alegres y bulliciosas, tan claras como los días de este Levante. Confieso que no añoraba mi casa y que si no hubiese sido por el recuerdo de mi madre, por la preocupación de saber de ella, en absoluto necesitaba yo el pueblo. Y menos en los tiempos que se vivían llenos de odio y venganza.

Es de ver cómo en las situaciones conflictivas y de enfrentamiento social, cuando ya las pasiones se han desbordado, las grandes ciudades aparentan ser más vulnerables, producen hechos luctuosos más sonados, porque afectan e intervienen en los mismos más gentes; pero, una vez pasado el primer impulso, todo se diluye y sosiega, quedándose reducido a esporádicos rebrotes. No así en los pueblos, donde todo el mundo se conoce, lo que da lugar a que los odios contenidos y las pasiones resurjan y lo empapen todo. Aquí se dan las venganzas más salvajes, las persecuciones más crueles y el ambiente de terror generalizado se impone. ¿Quién puede escapar en un pueblo?

No podía añorarlo, no.

Ahora, sin embargo, camino al mismo pensaba en lo que dejaba atrás y comprendía que era mi sino el volver. Imposible impedir, aunque lo hubiese querido, la atracción que me ejercían sus calles, las piedras señoriales e históricas, sus murallas derruidas de un esplendoroso pasado, de sus gentes sencillas, pero hoscas y crueles.

Volvía a mi ciudad porque no tenía donde ir ni en regazo caliente donde acogerme y refugiarme.

El camión traqueteaba por las curvas, salvando cadenas de montañas que nos separaban del valle, del inicio de la campiña, todavía variada y accidentada de alcores y arroyos, cañaverales y torrenteras, quebrando un paisaje que poco a poco se tornaba más llano y suave. Paramos a descansar y comer algo, retirados y medio ocultos entre varias encinas, por precaución. Desde aquí vimos pasar más soldados y vehículos con armamento.

¿Cómo se había llegado a esto? ¿Por qué la República no había podido dominar a un enemigo al principio en peor situación teórica y tal vez práctica? Teníamos justificante en la intervención de las potencias fascistas, en la preparación de los militares insurrectos, en la cobardía y traición de las democracias burguesas..., pero ¿habíamos sido capaces de contrarrestar todo esto? ¿Nuestros recursos, la valentía de nuestros hombres, no habían valido para nada?

A fuerza de ser sinceros, habíamos de admitir que no supimos, ni quisimos. Se primó el partidismo, la dispersión, la zancadilla y el obstruccionismo, incluso a todo el que fuese de otro grupo, aunque sus planes e ideas fuesen superiores. Se perdieron energías en luchas intestinas, persecuciones, oscuros acosos y crueles venganzas. No intentaron atraerse a los indecisos, antes bien los abalanzaron hacia los brazos del enemigo. Nuestros errores eran sus victorias.

Pensé que algún día habría que pedirle cuentas a alguien de todo lo sucedido. Ahora era prematuro hacerlo.

Mi compañero era un pobre hombre casado y con tres hijos que, a última hora, había sido movilizado. Trabajó siempre como conductor de un señorito y, al quedarse sin su señorito y requisarse el coche, se sintió requisado con el mismo, siguiendo como chófer, llevando y trayendo a cuatro desgraciados que, con los tiempos, habían ascendido a jefes y capitostes de facciones y milicias.

Me contaba las fechorías que había visto hacer, las juergas que conoció «y en algunas, Ángel, hasta me metieron porque decían que todos éramos iguales», las zancadillas y celadas que se tendían los unos a los otros para usurpar el mando o ascender en él.

Finalmente, le había tocado conducir a un comisario político que, fíjese usted por donde, era un hombre honrado a carta cabal.

Creía firmemente en la tarea que tenía encomendada y la pensaba llevar a término. Y no lo podían acusar de advenedizo o de cobarde. Desde joven había pertenecido al movimiento de la Internacional, activista decidido, fue protagonista del intento de revolución bolchevique del año diecisiete. Perseguido por diferentes gobiernos, atrapado y encarcelado con Primo de Rivera, pudo desarrollar públicamente su labor con el advenimiento de la República.

Hombre cercano a los máximos dirigentes, propugnó una línea de actuación clara, de hechos directos y contundentes pero bien planificados, sin concesiones a la burguesía ni al desmadre libertario. Era un comunista ortodoxo.

Fue poco a poco desplazado a lugares más discretos. Cuando la guerra se hizo inevitable, cosa que él no quería, fue de los primeros en dar la cara y su sangre. Se cansó de pedir unidad de acción y organización coordinada en el Ejército. Defendió a los militares de carrera que quedaban en las filas republicanas porque sabía que eran la columna vertebral de unas tropas con capacidad real y eficaz de combatir frente a los otros militares, profesionales y experimentados del bando contrario.

Cuando sus heridas adquiridas en el frente lo imposibilitaron para seguir, aceptó el cargo de comisario político en retaguardia. El panorama que se le presentó era desolador y le sacaba de quicio la desorganización y la injusticia, que eran moneda común. Peor aún, comprobar el desmadre institucionalizado.

Como intentó imponer orden, disciplina, moralidad y claridad entre los camaradas y adjuntos; como día a día visitaba almacenes, cuarteles, fincas, ayuntamientos, fustigando y no dejando respirar al personal, el acúmulo de enemigos que se echó encima fue impresionante. Y los altos cargos ya estaban hartos de tanto informe, tanta relación y tanta denuncia. Perdió suelo y cayó. Le montaron pruebas falsas sobre un imaginario acaparamiento de obras de arte requisadas.

Lo de las obras de arte de conventos, iglesias, catedrales, palacios y domicilios particulares asaltados había sido un escándalo. Se permitió que se incendiasen y quemasen verdaderos tesoros, sillerías, tronos, imágenes, retablos, cuadros. Del oro, plata y joyas que se perdieron casi todo fue desmontado o fundido, pero algunas autoridades pudieron hacerse valer y las pusieron a buen recaudo. Sólo que, de ciertos depósitos, volvían a desaparecer materiales ya inventariados.

Ante la vejación que significaba tal acusación, ante la afrenta a su honor de comunista y la perspectiva de ser procesado, se suicidó cortándose las venas.

Al conductor del caído en desgracia lo trasladaron a la unidad de vehículos de la ciudad levantina. Se podía dar por hombre de suerte si no corrió la misma que su jefe; pero, tal vez, porque sabía demasiado, lo respetaron.

Soñaba en llegar, dejar el uniforme, poner en sitio seguro el camión y ver si, pasado lo peor, podía dedicarse al transporte. Desde luego no era una mala forma de empezar la próxima posguerra, pues portes y trabajo no le faltarían y estraperlo menos todavía. Pensé que de estas gentes saldrían los nuevos ricos de los próximos años.

Así transcurría el viaje cuando, a la vuelta de un recodo, se nos apareció la ciudad, tumbada en una colina, con sus torres, múltiples torres, enhiestas y desafiantes, anunciando el retorno a lo anterior, como si no se hubiese vuelto nunca la hoja de la Historia.

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Copyright ©Mariano Valcárcel González, 2006
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Fecha de publicaciónSeptiembre 2008
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