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Te pasarás al otro lado

El impresor

Mariano Valcárcel González
Tamaño de texto más pequeñoTamaño de texto normalTamaño de texto más grande Añadir a mi biblioteca epub mobi Permalink Ebook MapaLa ciudad, tumbada en una colina, con sus torres, múltiples torres, enhiestas y desafiantes

Ángel Valverde había nacido en una familia modesta, pobre, donde comer era el principal y único problema prioritario. De siete hermanos sólo vivía él.

Su padre había hecho de todo dentro del reducido campo que se le brindaba a un sin tierra, en un pueblo donde o se tenía campo del que depender o se estaba a lo que saliese. Pero era un hombre sano, sencillo, sin dobleces ni malicia. Todo lo que buscaba era el bien para los suyos. Había muerto de tanto trabajar.

Su madre era una más de esos miles de mujeres anónimas, sufridas, calladas, sólo personas para procrear y llevar la casa. Había asumido su papel y lo había llevado al extremo. Prematuramente envejecida, todo su mundo se reducía a la casa, sus labores y sus oraciones.

La ambición de sus padres se centró en él. Intentaron, al menos, que no tuviese que estar tirado a expensas de unos u otros para conseguir un mendrugo de pan. Con nueve años lo quitaron de la escuela para entrar de chico de los recados y aprendiz en la imprenta La Letra Gótica.

En La Letra Gótica mandaba patriarcalmente don Cosme.

Varón de estilo decimonónico, de gruesas patillas unidas al bigote, de pelo cano. Había fundado la empresa allá por el inicio del siglo y, tras un esfuerzo sostenido, logró que fuera la imprenta más importante de la zona. En ella se editaban las publicaciones de escritores locales o provinciales, más o menos importantes, así como el periódico comarcal La Voz del Olivar. El próspero negocio le permitió abandonar el taller y contratar a varios empleados.

Don Cosme se había convertido en un nuevo rico.

Con sus ganancias hizo dos cosas: darse una buena vida —principalmente en sus tradicionales escapadas a Madrid— y comprar olivares.

A don Cosme le empezaron a llover pretendientes. Principalmente niñas bien cursilonas y las más de las veces sin un duro, pero con mucho pedigrí. Don Cosme se dejaba querer. Hasta que le llegó su hora en la forma de Teodora Corrientes de la Buenavista.

Teodora, Teodorita, provenía, cómo no, de buena familia, de las que había que contar en procesiones, colectas, candidaturas a concejales y demás eventos importantes de la localidad. Hasta en la visita de Alfonso XIII tuvieron el honor de ser recibidos en la recepción oficial del Monarca (tuvieron, pues al evento acudió su familia en pleno).

Los lustres y oros de otras épocas quedaban reducidos ya a barnices y purpurinas bien cuidados. El padre de las niñas —que eran dos— soñaba con quitárselas de encima lo mejor y más rápidamente posible. La madre añadía que siempre que fuese con personas de su clase. La pobre veía que ellos eran el cenit de la sociedad, que ni la misma familia real los superaba.

Teodorita, que no tenía una chispa de tonta, seguía las consignas al pie de la letra, puesto que de su diligencia dependía su porvenir, y ella no pensaba estar cosiendo camisas o dando lustre a las maderas. Así que había echado redes a todo pollo o buitre casadero que tuviese un bufete, fuese oficial, médico, heredero de unos cortijillos o, en fin, viviese de unas rentas saneadas, procediesen de donde procediesen. No le faltaba encanto a la moza, pero se la veía venir. Lograba espantarlos antes de que penetrasen en la jaula.

No se sabe si por los lavados continuos, ellas que podían hacerlo, o porque su cuerpo serrano y bien hecho se lo pedía, el caso es que a la niña no la dejaban en paz ciertos apremios, necesidades indefinibles, que se le concentraban y concretaban entre las piernas. Y Teodora no estaba dispuesta a sufrir aquel martirio hasta haber legalizado la compra de su remedio. Primero se inició en solitario y la verdad es que, de ser menos exigente, lo llevaba bien. Pero al fin y al cabo era ella una hembra y en el mundo Dios había puesto también a los machos para algo. Con habilidad y sigilo suficiente logró recibir consuelo con el hijo del recadero de la casa, con el mozo de las mulas del cortijo, con un buen misionero que había mandado la Providencia por una temporada.

Y algunos más esporádicamente. Nunca con los posibles o previsibles pretendientes. Con estos jugaba a la gazmoñería, al coqueteo o, a lo más, a calentarles los bajos para tenerlos interesados.

En una localidad de provincias —dada al cotilleo como deporte—, sin cosa mejor que hacer, los chismes y rumores corren más que la luz. Y los hombres, en especial la especie de casino, no son lo peores en hacerlos correr, aumentarlos o transformarlos, siempre en negativo, dañando con base o no, destrozando honras —la especialidad—, familias, reputaciones y vidas.

La honra de Teodorita Corrientes de la Buenavista empezaba a peligrar en las bocas, cuando llevaba ya años perdida entre sacos de avena, muebles de desván o camas mullidas.

La buena de Teodora pensó en buscarle una solución al tema o verse en una posición cada día más peligrosa y comprometida. Y se centró en Cosme, don Cosme, el de la imprenta. Decir que la sagacidad de la mujer es mayor que la del hombre es cosa vana. Por mucho que esquivó, rodeó, dio largas cambiadas, la jaula se cerró tras él. El empujón se lo propinó un embarazo imprevisto de su casi novia Teodorita que, ¡claro que sí!, era obra suya.

En el periódico La Voz del Olivar hubo dos noticias importantes en lo ecos de sociedad: la boda de don Cosme con doña Teodora Corrientes de la Buenavista y el feliz alumbramiento de dicha señora por parto prematuro.

Cuando Ángel Valverde entró de mozo en el negocio, mozo para todo, el patrón se limitaba a simular que lo dirigía, siendo el casino casi su única vivienda. La dueña vivía su vida sin hacer nada de provecho, a no ser el tener jodidos a criados, mozas y demás servidores y empleados (y de vez en cuando alumbrar algún infante). Entre el administrador y el encargado llevaban el tinglado, repartiéndose las ganancias que sisaban.

Fueron años duros, como eran para todos los chicos proletarios. ¿Qué hijo de obrero no lo era a su vez ya a los nueve, diez o a lo más catorce años? Aprendices de todo, criados para todo, de alcoba, de cocina, de taller. Criados de todos, de los amos, de sus hijos, de las cocineras, del encargado, del oficial y del peón. Dueños sólo de su cansancio y de su hambre, no de su persona ni de su tiempo; ni siquiera de su ropa.

Siervos de la gleba en pleno siglo XX.

Valverde aprendió el oficio de la imprenta.

Primero las cajas de tipos, sus variedades, su localización precisa, metódica. Había que coger los plomos con los ojos cerrados sin equivocarse. Aprendió a componer líneas, galeradas... a montarlas en la pletina. Entre tanto también hacía recados, iba al mercado, cobraba facturas, ayudaba a limpiar... Todavía le quedaba tiempo libre para leer. El tesoro de los libros. Sabía que era lo único que podía sacar de allí sin que le costase nada. Sabía que eran sus valedores. Con ellos, con su ayuda, podría aprender lo que no había aprendido en la escuela. Con ellos podría alcanzar un nivel más alto, otra consideración social. Indiscriminadamente, sin guía ni orientación, se tragaba todo aquello que le parecía más interesante. Por sus ojos pasaban novelones del diecinueve, libros de historia, panfletos, todo lo que se publicaba allí. El periódico.

Con el dinero escaso que ganaba, ayudaba a su madre que, cuando enviudó, se puso a servir y lo que quedaba lo reinvertía en novelas por entregas. En ellas leyó a Verne, Dumas, Dostoievsky, Hugo, Espronceda, Galdós y otros muchos escritores del Romanticismo, del Realismo al Naturalismo y toda la Novela social.

Aprendió maneras, lenguajes y culturas superiores. Se sintió persona. Descubrió su dignidad y a la vez la necesidad de protegerla, de protegerse. Adquirió conciencia social, de lo social, y conciencia aristocrática. Conforme maduraba su cuerpo y su mente, a fuerza de rigores y maltratos, aprendió también a ver, oír, obedecer y callar. Pero no a renunciar ni a ceder lo más íntimo y propio que tenía, su yo.

Un día, ya con dieciséis años, subió como todas las mañanas a la vivienda de arriba, por si la señora tenía algo que mandar. Don Cosme, bien desayunado, había salido para el casino a leer la prensa, lo que era habitual. Hasta el mediodía no volvería.

Como desde la pequeña escalera del taller se accedía directamente, sin puerta de por medio, Ángel avanzó pasillo adelante con intención de llegar a la cocina. Un rumor le extrañó y miró hacia donde lo oía. La puerta del dormitorio de la señora estaba entreabierta. Con una curiosidad más poderosa que su prudencia se dirigió hacia la abertura quedamente, decidido a observar lo que sucedía dentro.

En la cama, desnuda, estaba doña Teodora. Lo primero que vio fue un poderoso trasero, luego el pelo negro, largo, desordenado, cayéndole por los hombros, por la cara. No podía quitar la vista de la hembra, así, tan viva, así manifiesta. Adivinó debajo de la mujer el cuerpo de un hombre. También adivinó quién era. No se sorprendía tanto de la patente infidelidad de la señora como de verla así, de golpe, en su cruda realidad, objeto y fuente de gozo, de placer. Ella volvió la cara con sorpresa. Se cruzaron sus miradas. Él se retiró vivamente, azorado. Bajó al taller. Se refugió en una caja de tipos temiendo lo peor. Así estuvo toda la mañana, esperando que se le cayera la casa encima. No abrió la boca. El encargado apareció al rato. Se aproximó al lugar sin motivo aparente. Hizo como que inspeccionaba la labor que realizaba el muchacho, mirando por encima de su hombro. Le puso la mano en la cabeza y le dio un cachete.

—¡Bien, muchacho! —murmuró.

Se alejó cansinamente y se puso a charlar con el linotipista en voz alta.

A la tarde, en la hora de la sobremesa, lo llamó don Cosme. Subió al salón de la vivienda donde el patrón tomaba su café y su copita, su costumbre, que luego prolongaba en una ruidosa siesta en el mismo sillón. Allí estaba la patrona, bien peinada, tal vez excesivamente peinada, con un tocado que recogía en un gran moño alto. Su cara quedaba así libre y plena, redonda, tersa su piel, donde resaltaban sus profundos ojos negros, brillantes y vivos. El cuello estaba rodeado por una gargantilla ajustada, entrevista entre los bordados de la blusa. Sus manos descansaban en su regazo dignamente.

—¡Pasa Ángel, pasa! —le gritó don Cosme jovialmente.

Con timidez y prevenido, se acercó hasta la mesa de camilla. Se mantuvo de pie, las manos agarradas delante de sí.

—Nos vamos dando cuenta de que ya eres un hombrecito. Llevas además bastante tiempo con nosotros y has aprendido según me dice el encargado bastante y muy bien en el taller. Dice la señora que ya no te pinta seguir de chico de los recados —aquí la señora bajaba afirmativamente los ojos, sonriendo complacidamente— y he pensado que debes ascender a oficial, ¿qué te parece?

—Lo que usted diga, don Cosme —su voz era tímida, pero el corazón le saltaba en el pecho.

—Fíjate que eso significa aumento de sueldo. Y menos tiempo en el trabajo. Tú ya sólo te tienes que dedicar a tus trabajos del taller y nada más, ¿entendido...? Ya le he dicho a la cocinera que no te encargue nada de la casa y doña Teodora está también avisada de que ya no te utilice para ningún recado. Bueno, ¿qué dices, eh?

—¡Qué quiere usted que le diga!, que le estoy muy agradecido a usted y a la señora —nuevo mohín afirmativo y complaciente de la misma—. Le diré a mi madre que en cuanto pueda le haga una fuente de natillas, de las que ya sabe le gustan a usted.

—¡Gracias hombre, déjalo! Oye, vístete ya como un hombrecito y de acuerdo con tu categoría, que se vea que eres oficial. En fin, si tu madre quiere hacer esas natillas...

—¡Cómo eres, Cosme! —saltó la voz chillona de la dueña—. Deja al muchacho y a su madre, que tendrán que echar el dinero en otras cosas, no en comprar leche para tus natillas, glotón.

—¡Ya tenías tú que decírmelo! Bájate ya, Ángel —añadió resignado.

—Muchas gracias de nuevo, verá que no se arrepiente... —aduló el nuevo oficial, mientras reculaba1 hacia la puerta.

Desde aquel momento, Ángel Valverde descubrió los verdaderos motores de la vida: el engaño, la hipocresía, la avaricia, la gula, la carne. Las pasiones hacían cambiar decisiones, tergiversaban los actos, allanaban obstáculos. Un secreto compartido le suponía el ascenso, no la labor de tanto tiempo, el dejarse en aquella casa los años, los juegos y la salud. No era tan tonto como para sufrir un ataque de lealtad y decirle al dueño que era un cornudo —que tal vez sabía o suponía ya— y echarlo todo a perder.

Desde aquel día cambió su situación. Principalmente con el encargado. El trato se volvió deferente dentro de los límites establecidos, sutilmente complaciente. Pasó a la linotipia, a manejarla como complemento de su actividad. Porque él era cajista y cada día mejor. Si se quería hacer un trabajo sin faltas de ortografía, sin erratas, a él se lo encargaban.

Cambió su vestimenta. Con apuros pudo disponer de una chaqueta, su camisa y su corbata correspondiente. En el taller se ponía un batón.

Estando en la minerva,2 una tipográfica de hierro colado grande y pesada, tirando unos programas de feria, oyó ruido de gresca familiar en el piso de arriba. No es que fuera una novedad, pero los gritos e insultos eran particularmente recios este día. Un momento de distracción y el dedo corazón de la mano izquierda quedó atrapado en la prensa de la máquina. Un dolor intenso le subió el brazo arriba. Pegó un salto a la vez que, agarrándose la muñeca con la mano derecha, empezaba a gritar. Acudieron presto los del taller y los de arriba. A los gritos de uno se unían los de los demás, preguntando, lamentando o dando órdenes. Entre unos y otros le intentaron contener la hemorragia. Alguien se acordó que cerca estaba la nueva Casa de Socorro. Allí corrieron con él.

Y allí lo curaron.

Pero lo más importante es que allí oyó hablar de la Cruz Roja.

Le contaron que estaban formando la Asamblea Local. Preguntó y le informaron de lo que le interesaba saber. Conoció al oficial jefe, un encargado de almazara, bueno en intenciones pero claramente limitado en su cultura y conocimientos. Éste lo animó a enrolarse.

—De todas formas —le dijo— se debe contar con el beneplácito del Marqués de la Grisaña, el presidente de la Asamblea.

Al oficial de imprenta se le abría otra puerta.

Pensó en la oportunidad que le brindaba la ocasión, conocer a gente poderosa del pueblo, ejercer mando sobre otros sujetos, poder también, en fin, ayudar a los demás sin tener que ser un cura o un chupacirios.3 Porque la política, al modo que se llevaba, no le interesaba lo más mínimo. ¿Meterse en el partido conservador para romperse los dientes por los caciques y señoritos?, ¡ni hablar! Y porque sus impulsos eran más bien conservadores, ¿cómo hacerse de un partido de izquierdas, revolucionarias o no? Ya iba conociendo la dialéctica de los dirigentes más activos y no podía estar de acuerdo con las consignas de la igualdad, reparto de bienes, dictadura proletaria y demás soflamas.

Consecuentemente pensó que la forma efectiva de hacer algo por alguien, por todos, era afiliarse a la Cruz Roja. Pidió los estatutos. Días después lo presentaban al señor Marqués.

Era un hombre amable, educado, más bien enjuto y de mediano tamaño y edad. Sabía mantener las distancias con esa educación que halaga al que la recibe. Era monárquico semiliberal, derivado del maurismo.4 Vivía holgadamente de sus fincas y posesiones. Poseía una cultura vasta y refinada. En su biblioteca tenía una colección apreciable de tratados de arte, que era su especialidad. Preciábase de conocer piedra a piedra los palacios e iglesias de la localidad. Incluso sobre el tema había escrito alguna vez en una revista nacional.

Le agradó el pretendiente. Vio al hombre idóneo, entre los que ya se habían apuntado, con el que poder organizar verdaderamente la brigada. La cultura de que hacía gala era más asequible al carácter del Marqués que la zafiedad espontánea del oficial jefe. Se entendieron con pocas palabras. Así entró Ángel Valverde en la Cruz Roja.

Pronto ascendió a suboficial y de suboficial a teniente. Era el alma y motor de la Agrupación. El jefe se limitaba ratificar lo que aquél le decía o decidía, siempre contando con la aquiescencia del noble. El destacamento marchaba. Y con el mismo marchaba Valverde. Fueron años felices.

Ahora andaba todo trastocado. Y algo lo trastocaría más: la guerra.

Las derrotas y la sangría de hombres llevaron al Gobierno a levas forzosas de elementos en edad militar, reservistas y otros. Aunque hijo de viuda, Ángel Valverde sabía que no se podría librar de ir al frente. Y no era cobarde: lo que le horrorizaba era morir inútilmente en una causa que no compartía. Empezó a moverse. Si tenía que pasar por el Ejército Republicano, que fuese al menos en las mejores condiciones. Un poco de mala conciencia le hizo consultar a un militar, jefe de una batería artillera, con el que tenía amistades. La respuesta no pudo ser más convincente:

—En una guerra pueden disparar muchos, pero pocos saben hacer lo que tú haces.

Pasó como voluntario a la sección de Propaganda del Frente de Levante.

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Fecha de publicaciónOctubre 2007
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