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Juego cómplice con un espejo

Inés Legarreta
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Film star Helen Twelvetrees, ca. 1936-7 / photograph by Sam Hood

Allí mismo, en el cuidado jardín de la residencia, Roberto Cánovas y su pareja, Analía Méndez, habían ofrecido hacía minutos una exhibición de tango para agasajar al nuevo embajador y su esposa. En ese ambiente protocolar, el baile había adquirido, sin buscarlo, rango de ceremonia y de alguna manera algo de esa solemnidad se le había contagiado a Roberto; por lo general simpático y dicharachero, ahora caminaba en silencio y un poco apartado de los demás.

Entraron en la casa. Con gran deferencia fueron invitados a conocer la colección de estampas del siglo XVIII que el embajador poseía y trasladaba a cada nuevo destino porque le resultaba imposible separarse de ellas. Eran obras del maestro Utamaro. Analía, que se había adelantado junto al agregado cultural argentino, hablaba en inglés con la esposa del embajador y recorría los cuadros haciendo preguntas con la desenvoltura de quien conoce el lenguaje pictórico y, sobre todo, se encuentra a gusto en un ambiente refinado. Roberto, en cambio, se veía obligado a recurrir a la intérprete de español y por ello hubiera pasado de largo por la sala de no ser un gesto descortés y ofensivo para los dueños de casa. Él bailaba tango. Había bailado toda su vida tango. Aún antes de nacer ya bailaba en el vientre de su madre, y eso, lo decían los críticos, se le notaba. En la cadencia del caminar, en la postura y en la elegancia displicente de sus desplazamientos. De pronto, un cuadro le llamó poderosamente la atención y lo hizo detener. Un hombre miraba desde atrás a una geisha sentada frente a un espejo ovalado. De inmediato pensó en la frase que usaba habitualmente para que sus alumnos entendieran a qué altura se debía sostener la mano por el lado del abrazo abierto.

«A la altura de la cara porque la mano es el espejo donde la mujer se mira», dijo en voz alta, porque se le hacía evidente que había algo en ese cuadro que lo involucraba aunque lo que representaba era, en apariencia, lejano y ajeno. No podía dejar la escena, no podía desprenderse del juego de miradas que se encontraban y se perdían en el espejo que reproducía la bella cara de la geisha que le daba la espalda al hombre y sin embargo lo miraba. Pero a través del espejo, de la mirada de la mujer en el espejo, se podía suponer una fuga, un punto de fuga que creaba nuevos sentidos a pesar de lo simple de la imagen.

«Mira a otro», pensó sin vacilar Roberto Cánovas después de quedarse extático, «está mirando a otro, pero el hombre del cuadro cree que es a él.» La intérprete notó el manifiesto interés del visitante y en cuanto el bailarín se separó unos pasos del cuadro para observarlo en perspectiva, empezó a darle explicaciones; sin embargo, lo que la mujer le decía no parecía satisfacer la curiosidad o más bien la ansiedad que le había despertado la obra. Cánovas buscó a Analía, pero ella ya había pasado a un espacio contiguo y estaba en medio de un grupo animado por el agregado cultural: un muchacho joven que se había ocupado con diligencia y seriedad de los trámites, papeleo y protocolo necesarios para que la exhibición fuese una realidad. Cuando por fin la divisó, sin importarle interrumpir la conversación, le dijo que tenía que mostrarle una cosa muy interesante. El diplomático le preguntó si necesitaba algo pero él ni siquiera le contestó. Entonces lo siguieron intrigados y en cierta forma alarmados por el nerviosismo que de pronto mostraba Cánovas y que, era evidente, estaba llamando la atención de los dueños de casa. De manera que las miradas convergieron sobre ellos y se desplazaron luego a la escena del cuadro. Roberto ubicó a Analía frente al cuadro y se situó justo detrás de ella. La mujer quedó entre los dos hombres. A unos pasos, del otro lado, esperaba la intérprete; luego con reserva y en silencio, el señor embajador y la embajadora se unieron al grupo. Atrás, los invitados a la fiesta. Roberto le preguntó a su compañera qué veía. Analía describió al hombre y a la mujer destacando la precisión de los trazos, el valor del color y luego lo novedoso de la visión de una mujer en la intimidad, en actitud doméstica; repetía lo que le habían comentado y hubiera seguido hablando pero Roberto la interrumpió. «Te estoy preguntando qué ves», subrayó. Y la tomó de la mano como si fueran a bailar un tango. Entre los que los rodeaban hubo una especie de murmullo, de movimiento expectante. «Ahora entiendo», dijo Roberto olvidándose de formalidades, «por qué a estos cosos les chifla nuestra música.» A la intérprete, empeñada el reproducir el diálogo que ellos sostenían, le costaba encontrar las palabras para que los embajadores comprendieran; además, el bailarín, dejando de lado todo protocolo, había ubicado a su pareja como si estuviera en el salón de La ideal o del Dandi y los rodearan grandes espejos. «Fijate que la mujer finge que no se da cuenta de que el hombre a sus espaldas la está mirando.» Había empezado a tararear una melodía y la llevaba de la mano para tomar la posición de salida. Cuando el abrazo se cerró, Analía hizo un movimiento mínimo con la cabeza pero que sin embargo el agregado cultural no dejó de percibir, «y si se hace la sota es porque, en realidad, mira a otro», y con un medio giro la puso de cara al diplomático, que tuvo una especie de vacilación y luego empezó a aplaudir tímidamente. Los demás lo imitaron aunque nadie comprendía demasiado bien qué era lo que estaba sucediendo. «Es un tango», sentenció Roberto Cánovas. Y luego, dirigiéndose a la intérprete reiteró: «Tango puro. El tercero no se ve pero está presente. Igual que en el tango. Un maestro, el maestro Utamaro», y agregó: «por favor, traduzca esto al señor y a la señora embajadora.» Pero quizás por la vehemencia del tono de la voz o por la increíble capacidad que tenía para expresar con el cuerpo los sentimientos más hondos, el embajador indicó con un gesto respetuoso que podía continuar.

«No hay que dejar las cosas a medias», le dijo entonces al oído el bailarín a su compañera y la volvió a abrazar para decirle, «terminemos lo que empezamos.» Aun sin música la pareja fue adornando el tango con una serie de secuencias, giros y saltos que empalidecieron lo que habían hecho en la presentación oficial. Mientras los aplaudían, Analía volvió a sentir el mismo arrebato pasional que la había llevado a abandonar los estudios universitarios de un día para otro y no se soltó de la mano de Roberto hasta que él empezó a caminar rodeado por los invitados.

Ella iba unos pasos detrás de él. El vestido de seda roja, ceñido al cuerpo, marcaba su esbeltez y, al mismo tiempo, la obligaba a juntar las rodillas y flexionar apenas los muslos de manera que caminaba con la gracia leve y delicada de una geisha.

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Copyright ©Inés Legarreta, 2006
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Fecha de publicaciónMayo 2007
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