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El tardío vuelo de la avucasta

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Dimas Mas
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La castidad no es un don, antes bien trátase de una conquista. Caballero de la Orden de la Castidad, habré de salir al camino del mundo para someter a prueba la prenda que orna, que aureola una vida santa, ofrecida a Dios Nuestro Señor. De nada sirve saberse casto si esa virtuosa condición se ha conseguido mediante la renuncia y la duda, y el apartamiento de la tentación. Mi encumbrada misión consiste en asistir al triunfo resplandeciente de la virtud sobre cualquier ocasión de derrota imaginable. Nada me arredra. El Señor me sostiene. Sortearé los infinitos peligros que el mundo, a modo de trampas furtivas, ha sembrado para que la prez del virtuoso que las salva luzca esplendente y magnífica. Digo más. No sortear, en realidad, sino caer en ellas; engolfarme en el piélago turbulento. Y salir con bien. Pero, antes, engolfarme.

¿Cuándo escribí este programa de vida? ¿Después de dejar el seminario? ¿Al acabar la carrera? ¿Después de mi primer año de profesión? Sea como fuere, lo he encontrado al ponerme a ordenar cuantos papeles me hacían falta para redactar estas memorias. Mi alegría ha sido inmensa. ¿Qué satisfacción mayor que la de cumplir ce por be, y con todas sus consecuencias, un programa vital? Con todo derecho puedo hoy intitularme, al cabo de los años, y puesto ya un pie en el estribo, Caballero de esa Orden, si no Maestre General, que acaso más me cuadre.

Sorpresa, y mayúscula, lo fue, para todos los miembros del seminario, docentes y discentes, así como para mi propia familia, la manifestación de mi deseo de cursar estudios universitarios y abandonar la iniciada carrera sacerdotal para la que, al parecer, todos me creían, si no capacitado, sí condenado.

¿Por qué Filosofía y Letras? En realidad quería estudiar Botánica, ciencia asexuada donde las haya, pero finalmente me decidí por el estudio de la Lengua. Sabedor, ya por entonces, de que mi destino profesional sería la docencia, pensé que, en la Lengua, la única copulación que tendría que explicar era la posibilitada por ser, estar, resultar y parecer. Así mismo, sobre la pizarra y en sus cuadernos, no habría otros atributos que los nominales. Y las frases, finalmente, se reproducirían ante sus ojos inocentes por la ley de la recurrencia, el más asexuado modo que concebirse pueda. Cierto es que la existencia de palabras obscenas era una comprometedora amenaza; pero la selección de textos y los ejemplos me permitiría una censura fácilmente disimulable.

La decisión de dedicarme a la docencia estuvo fuertemente marcada, además, por el deseo de trabajar en contacto con cuerpos y almas puros, no maleados aún por las tenebrosas pulsaciones del deseo, de la carne, del sexo. Sería para mí, en consecuencia, la actividad docente, como un oasis plácido donde reponerme de las fatigosas jornadas en el desierto de las tentaciones. Así por lo menos lo creí yo entonces.

Fue, el texto encontrado, un acto de sinceridad ejemplar. Y lo debí de escribir en un estado de emoción absoluta. A bien pocos les es dado, entre los infinitos caminos del Señor, saber cuál ha sido trazado especialmente para cada uno, y poder recorrerlo hasta su final: donde se abren las puertas de la Gloria, de la bienaventuranza infinita.

Sé con certeza que no hubo ningún suceso extraordinario que me empujara a sincerarme, a reconocerme. Desde mucho antes de aquel intento de masturbación, no consumado, mi determinación debe haberse ido afirmando yo diría que por sedimentación, lenta pero indefectiblemente. También con profundos desgarramientos, claro; porque hasta llegar a elucidar cuál habría de ser mi cruz y echármela al hombro, viví instalado en la angustia del pecado, o lo que es igual, en las tinieblas de la ignorancia y la impostura.

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Copyright ©Dimas Mas, 2005
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Fecha de publicaciónJulio 2006
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