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La Celestina

Tragicomedia de Calisto y Melibea

Decimosexto auto

Fernando de Rojas
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ARGUMENTO DEL DECIMOSEXTO AUTO

Pensando Pleberio e Alisa tener su hija Melibea el don de la virginidad conservado, lo cual según ha parecido está en contrario, están razonando sobre el casamiento de Melibea; e en tan gran cantidad le dan pena las palabras que de sus padres oye, que envía a Lucrecia para que sea causa de su silencio en aquel propósito.

PLEBERIO. Alisa, amiga, el tiempo, según me parece, se nos va, como dicen, entre las manos. Corren los días como agua de río; no hay cosa tan ligera para huir como la vida. La muerte nos sigue e rodea, de la cual somos vecinos, e hacia su bandera nos acostamos,1 según Natura. Esto vemos muy claro si miramos nuestros iguales, nuestros hermanos e parientes en derredor: todos los come ya la tierra, todos están en sus perpetuas moradas. E pues somos inciertos cuándo habemos de ser llamados, viendo tan ciertas señales debemos echar nuestras barbas en remojo e aparejar nuestros fardeles2 para andar este forzoso camino; no nos tome improvisos ni de salto3 aquella cruel voz de la muerte. Ordenemos nuestras ánimas con tiempo, que más vale prevenir que ser prevenidos. Demos nuestra hacienda a dulce sucesor, acompañemos nuestra única hija con marido cual nuestro estado requiere, por que vamos4 descansados e sin dolor deste mundo. Lo cual con mucha diligencia debemos poner desde agora por obra, e lo que otras veces habemos principiado5 en este caso, agora haya ejecución. No quede por nuestra negligencia nuestra hija en manos de tutores, pues parecerá ya mejor en su propia casa que en la nuestra. Quitarla hemos de lenguas del vulgo, porque ninguna virtud hay tan perfecta que no tenga vituperadores e maldicientes. No hay cosa con que mejor se conserve la limpia fama en las vírgenes que con temprano casamiento. ¿Quién rehuiría nuestro parentesco en toda la ciudad? ¿Quién no se hallará gozoso de tomar tal joya en su compañía? En quien caben las cuatro principales cosas que en los casamientos se demandan, conviene a saber: lo primero discreción,6 honestidad e virginidad; lo segundo, hermosura; lo tercero, el alto origen e parientes; lo final, riqueza. De todo esto la dotó Natura. Cualquiera cosa que nos pidan, hallarán bien cumplida.
ALISA. Dios la conserve, mi señor Pleberio, por que nuestros deseos veamos cumplidos en nuestra vida; que antes pienso que faltará igual a nuestra hija, según tu virtud e tu noble sangre; que no sobrarán muchos que la merezcan. Pero como esto sea oficio de los padres e muy ajeno a las mujeres, como tú lo ordenares seré yo alegre, e nuestra hija obedecerá, según su casto vivir e honesta vida y humildad.
LUCRECIA. (Aparte) ¡Aun si bien lo supieses, reventarías! ¡Ya, ya perdido es lo mejor! ¡Mal año se os apareja a la vejez! Lo mejor, Calisto lo lleva. No hay quien ponga virgos, que ya es muerta Celestina. ¡Tarde acordáis7 y más habíais de madrugar! (En voz alta) Escucha, escucha señora Melibea.
MELIBEA. ¿Qué haces ahí escondida, loca?
LUCRECIA. Llégate aquí, señora. Oirás a tus padres la prisa que traen por te casar.
MELIBEA. Calla, por Dios, que te oirán. Déjalos parlar, déjalos devaneen. Un mes ha que otra cosa no hacen, ni en otra cosa entienden. No parece sino que les dice el corazón el gran amor que a Calisto tengo e todo lo que con él un mes ha he pasado. No sé si me han sentido, no sé qué se sea aquejarles más agora este cuidado que nunca. Pues, ¿mándoles yo trabajar en vano? Por demás es la cítola8 en el molino... ¿Quién es el que me ha de quitar mi gloria, quién apartarme mis placeres? Calisto es mi ánima, mi vida, mi señor en quien yo tengo toda mi esperanza. Conozco dél que no vivo engañada. Pues él me ama, ¿con qué otra cosa le puedo pagar? Todas las deudas del mundo reciben compensación en diverso género: el amor no admite sino sólo amor por paga. En pensar en él me alegro, en verlo me gozo, en oírlo me glorifico. Haga e ordene de mí a su voluntad. Si pasar quisiere la mar, con él iré; si rodear el mundo, lléveme consigo; si venderme en tierra de enemigos, no rehuiré su querer. Déjenme mis padres gozar de él, si ellos quieren gozar de mí. No piensen en estas vanidades ni en estos casamientos: que más vale ser buena amiga9 que mala casada. Déjenme gozar mi mocedad alegre, si quieren gozar su vejez cansada; si no, presto podrán aparejar mi perdición e su sepultura. No tengo otra lástima sino por el tiempo que perdí de no gozarlo, de no conocerlo, después que a mí me sé conocer. No quiero marido, no quiero ensuciar los nudos del matrimonio, ni las maritales pisadas de ajeno hombre repisar; como muchas hallo en los antiguos libros que leí que hicieron, más discretas que yo, más subidas en estado e linaje. Las cuales algunas eran de la gentilidad tenidas por diosas: así como Venus, madre de Eneas e de Cupido, el dios del amor, que siendo casada corrompió la prometida fe marital.10 E aun otras, de mayores fuegos encendidas, cometieron nefarios11 e incestuosos yerros: como Mirra12 con su padre, Semíramis13 con su hijo, Cánace14 con su hermano e aun aquella forzada Tamar,15 hija del rey David. Otras aun más cruelmente traspasaron las leyes de Natura: como Parsifae,16 mujer del rey Minos, con el toro. Pues reinas eran e grandes señoras, debajo de cuyas culpas la razonable mía podrá pasar sin denuesto.17 Mi amor fue con justa causa: requerida e rogada, cautivada de su merecimiento, aquejada18 por tan astuta maestra como Celestina, servida de muy peligrosas visitaciones antes que concediese por entero en su amor. Y después, un mes ha, como has visto, que jamás noche ha faltado sin ser nuestro huerto escalado como fortaleza, e muchas haber venido en balde e por eso no me mostrar más pena ni trabajo. Muertos por mí sus servidores, perdiéndose su hacienda, fingiendo ausencia con todos los de la ciudad, todos los días encerrado en casa con esperanza de verme a la noche. ¡Afuera, afuera la ingratitud! ¡Afuera las lisonjas e el engaño con tan verdadero amador, que ni quiero marido ni quiero padre ni parientes! Faltándome Calisto, me falte la vida; la cual, por que él de mí goce, me aplace.
LUCRECIA. Calla, señora, escucha, que todavía perseveran.
PLEBERIO. Pues, ¿qué te parece, señora mujer? ¿Debemos hablarlo a nuestra hija, debemos darle parte19 de tantos como me la piden, para que de su voluntad venga, para que diga cuál le agrada? Pues en esto las leyes dan libertad a los hombres e mujeres, aunque estén so el paterno poder, para elegir.
ALISA. ¿Qué dices? ¿En qué gastas tiempo? ¿Quién ha de irle con tan grande novedad a nuestra Melibea que no la espante? ¿Cómo e piensas que sabe ella qué cosa sean hombres, si se casan o qué es casar, o que del ajuntamiento de marido e mujer se procreen los hijos? ¿Piensas que su virginidad simple le acarrea torpe deseo de lo que no conoce ni ha entendido jamás? ¿Piensas que sabe errar, aun con el pensamiento? No lo creas, señor Pleberio, que si alto o bajo de sangre, o feo o gentil de gesto le mandáremos tomar, aquello será su placer, aquello habrá por bueno, que yo sé bien lo que tengo criado en mi guardada hija.
MELIBEA. ¡Lucrecia, Lucrecia! Corre presto, entra por el postigo20 en la sala y estórbales su hablar. Interrúmpeles sus alabanzas con algún fingido mensaje, si no quieres que vaya yo dando voces como loca, según estoy enojada del concepto engañoso que tienen de mi ignorancia.
LUCRECIA. Ya voy, señora.
Edición y notas © 2004 by Alberto del Río Núñez
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Fecha de publicaciónJunio 2007
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