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Lastres

José Manuel González
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¿Recordáis esos días que sopla un viento tan fuerte que cuesta caminar por las calles? Las ráfagas nos empujan desde todas las direcciones, los faldones de los abrigos se levantan y tenemos que cerrar los ojos para impedir que se nos llenen de polvo. Pues bien, la historia que os voy a contar sucedió, hace muchísimo tiempo, en un valle constantemente azotado por vientos así, o incluso más fuertes.

Para evitar ser arrastrados los habitantes del valle seguían una costumbre ancestral: utilizaban piedras para aumentar su peso, lastrándose; y, para acarrearlas, las colocaban sobre su espalda, en el interior de un costal.

Cuando un niño nacía, su padre, muy orgulloso, corría hasta la casa del cantero y compraba una piedra tallada. Ésta podía ser de mármol, de granito, de bauxita con incrustraciones, de jade, de cuarzo o de ágata, dependiendo de sus posibilidades.

La comadrona, antes de soltar al bebé, colocaba la piedra en el interior de una diminuta mochila y la fijaba a su espalda. A medida que el niño crecía y ganaba estatura y peso, el número de piedras de su costal era aumentado de forma proporcional.

Cuanto más peso portase una persona, mayor era su prestigio en la comunidad. El alcalde, con setenta y cinco piedras, era el hombre más respetado. Todas las mañanas añadía a su colección una hermosa piedra de jade, pero, después de unos cuantos pasos y muchos jadeos, volvía a dejarla sobre un estante, apenado por no poder incrementar su número ni siquiera en una más.

El alcalde estaba aún muy lejos de emular al vecino que más piedras portó durante su vida. Ya fallecido, el antiguo herrero llegó a introducir en su costal ciento siete. Es cierto que los últimos años de su vida los pasó postrado en la cama, aplastado por su excesivo peso, pero su fama traspasó los límites del pueblo y, aún entonces, su tumba era visitada por curiosos que acudían para admirar el centenar largo de piedras que, pulidas meticulosamente, decoraban el camino que conducía hasta su lápida.

En una casita situada en las afueras del pueblo vivía su hijo, que había heredado su oficio. Era un hombre fuerte, pero un accidente ocurrido en su juventud y que le afectaba a la pierna izquierda, le impedía portar más de cuarenta piedras. El herrero estaba muy orgulloso de que su padre hubiera sido tal celebridad y veía complacido como su hijo se iba transformando en un robusto adolescente, cuya fortaleza física prometía mucho. Quizá pudiese llegar a emular o, incluso, superar la marca de su abuelo.

A los doce años Elos portaba ya treinta piedras, cinco más que otros muchachos de su edad. El alcalde observaba al niño con cierto recelo, consciente de que en muy pocos años el hijo del herrero podría cargar tanto peso como él, robándole un prestigio ganado con mucho esfuerzo. Un día consiguió portar la piedra de jade durante toda la mañana, antes de caer extenuado.

Elos era un muchacho inteligente y sensato. Sus progresos en la escuela y la herrería demostraban que los músculos desarrollados no siempre se compensan con cerebros débiles.

Un día, cuando regresaba a su casa después de clase, vio una apetitosa manzana que colgaba de un raquítico arbolillo. Intentó subir al manzano pero la delgadez de su tronco se lo impidió, combándose peligrosamente bajo su peso.

Elos razonó: «Podría desprenderme de mi costal mientras permanezco aferrado al árbol. Si me agarro fuerte, el viento no podrá arrastrarme.» Así lo hizo Elos y cuando estuvo de regreso al suelo, aún abrazado al tronco, se maravilló de lo ligero que se sentía. Pensó en liberarse y dar unos pasos pero el condicionamiento de toda su vida le impedía desasirse de su sujeción.

Haciendo un supremo esfuerzo abrió la mano que lo sujetaba, luchando contra las imágenes que circulaban por su cerebro y en las que se veía arrastrado por el suelo y destrozado contra las rocas, para desaparecer después, hecho ya un guiñapo, dando tumbos hacia el horizonte.

Se mantuvo así un momento, con el tronco a unos centímetros de su mano, hasta que, aterrado, se sujetó nuevamente cuando una súbita ráfaga lo empujó hacia atrás.

«Casi no me he movido», pensó. «Esa ráfaga no hubiera podido arrastrarme.» Decididamente se alejó del tronco y comprobó maravillado que podía permanecer de pie, aunque tenía que inclinar el cuerpo para compensar las fuertes rachas que lo azotaban desde todas las direcciones.

Nunca se había sentido tan feliz como aquella tarde. Corrió, brincó y se encaramó a los muros. Podía realizar cualquier ejercicio físico sin esfuerzo y con una soltura que jamás hubiera imaginado.

De vuelta a casa, Elos dejó el costal en la entrada, corrió hasta el cobertizo y comunicó la noticia a su padre.

—Padre —le dijo—, he descubierto que ya no necesitamos lastrarnos para impedir que seamos arrastrados. Deben haber amainado poco a poco los vientos y no nos hemos dado cuenta. ¡Alégrate! Ahora podrás aliviar de peso tu pierna tullida.

El herrero miró a su hijo con los ojos desorbitados y, tomándolo de un brazo, le obligó a colocarse el costal. Elos recibió una reprimenda y fue advertido severamente para que no contase a nadie ni una sola palabra sobre lo sucedido.

—Aunque en ocasiones amainen un poco los vientos —le dijo su padre—, ¿cómo sabes que no volverán a soplar de improviso con la misma fuerza que antes? Nuestra única defensa es la costumbre de llevar siempre y a todas partes el costal. Así lo hemos hecho durante incontables generaciones, hijo. Aprende de tus mayores, que tienen mucha más experiencia que tú.

Así lo hizo Elos y con el paso de los años su costal se fue llenando con las piedras que le regalaban sus padres. Elos se transformó en un robusto mocetón, envidiado por sus compañeros y temido por el alcalde, que veía como, en cada cumpleaños, disminuía la diferencia entre el número de piedras que ambos portaban.

Elos no había olvidado la experiencia que había tenido años atrás, pero, obedeciendo a su padre, no lo había contado a nadie. Cuando estaba seguro de que no sería observado, Elos se desprendía del costal y corría campo a través, disfrutando de la libertad de movimientos.

Un día su padre le dijo:

—Hijo, pronto cumplirás veinte años. Eres el hombre más fuerte del pueblo pero sólo portas sesenta piedras. No has aumentado su número desde hace dos años, a pesar de que tanto tu madre como yo te hemos regalado varias durante ese tiempo. ¿Cuándo piensas cargarlas? Si quisieras, podrías superar fácilmente la marca del alcalde.

—Padre, hace tiempo que quiero hablarte sobre ello. Estoy preocupado por madre, que cada día camina más encorvada y tiene que apoyarse en un bastón. Has de saber que en numerosas ocasiones he comprobado que ya no son necesarios los costales de piedras para hacer frente a los vientos. Quizá algunos niños y ancianos corran, en algunas ocasiones, el peligro de ser derribados, pero eso no justifica el que porten continuamente un peso que les impide realizar esfuerzos y que perjudica visiblemente su salud. Además, ¿por qué llevamos los costales en el interior de las casas? Allí no soplan vientos que justifiquen su uso. ¿Por qué hemos de sentirnos desnudos sin ellos cuando no son necesarios en absoluto? Tanto madre como tú alcanzaríais una libertad que no imagináis si os desprendieseis de vuestros lastres.

El herrero bajó la cabeza, apenado por oír aquello de la boca de un hijo suyo.

—Elos —le contestó—, tu abuelo fue un gran portador, y antes que él, su padre, y antes, su abuelo. La fama de sus logros ha sido reconocida aun fuera de nuestro pueblo. ¿Quién eres tú para cuestionar las costumbres mantenidas durante generaciones por grandes hombres como ellos? Esos pensamientos tuyos son fruto de tu juventud y de la vida fácil que tu madre y yo te hemos proporcionado. ¡Olvida esas estupideces de libertad y compórtate como todos deseamos que hagas!

—Siempre te he obedecido, padre, pero no creo que la libertad sea una estupidez. Nacemos libres de cargas y después nos las incorporamos voluntariamente. ¡Libera tu mente y despréndete de ese lastre inútil!

—¡Cállate! —gritó el herrero, pero, al cabo de un momento y después de pensárselo, se acercó a Elos y le habló en un susurro—: Mira, hijo, mucha gente se desprende alguna vez de sus piedras. En ocasiones, cuando tu madre no me ve, cierro la alcoba con llave y paseo por ella sin el costal. Sé que es una sensación maravillosa, pero procuro hacerlo donde nadie pueda verme. Incluso corren rumores de que, en una ocasión, el alcalde fue visto de noche, corriendo desnudo por la orilla del río. Tú puedes hacer lo mismo en la intimidad, pero, por favor, no averguences a tu familia.

—No, padre, no quiero vivir en la hipocresía. Siempre he deseado desembarazarme de la carga y gritar a todos nuestros conocidos que lo hagan y que abandonen este estúpido hábito.

El herrero bajó la mirada para ocultar las lágrimas que acudieron a sus ojos y dijo:

—Desde este momento y hasta que cambies de parecer, dejas de ser mi hijo. Márchate y busca tu vida en otra parte.

Apenado, Elos se desprendió de su lastre y entró en la casa por última vez para despedirse de su madre. Ésta sufrió un violento sobresalto al ver a su hijo sin su costal y se deshizo en lágrimas.

Con paso resuelto, luchando por no correr, Elos tomó el camino del pueblo sembrando la confusión entre los vecinos que habitaban las casas que orillaban la carretera. Cuando llegó a la plaza una multitud le seguía, unos preocupados y otros divertidos, esperando que en cualquier momento una ráfaga se lo llevase girando y girando en el aire, por encima de los tejados.

Elos subió las escaleras del ayuntamiento y se enfrentó a sus vecinos. El alcalde, que se había asomado al balcón para averiguar la causa de aquel alboroto, contempló atónito al hombre que permanecía de pie, frente a la muchedumbre. Nunca en toda su vida había visto una figura tan estilizada. Sin el habitual abultamiento en la espalda, Elos le parecía un monstruo deforme.

—¡Impúdico! —le gritó—. ¡Entra en el ayuntamiento antes de que seas arrastrado! ¡Sufrirás un severo castigo por alterar el orden de esta manera!

Elos no le hizo caso y se dirigió a la multitud:

—¡Miradme! ¿Veis cómo puedo permanecer en pie sin costal? ¡No necesitáis vuestros lastres! ¡Razonad y liberaros de esa inútil carga!

—¡Fuera! —le gritó alguien—. ¡Fuera del pueblo! ¡No queremos que nuestros hijos se contagien de tus extrañas ideas!

—¡Sí! —dijo el alcalde—. ¡Quedas expulsado de la comunidad! ¡Lleva tus locuras al norte, donde los hombres caminan atados con sogas!

En ese instante, una ráfaga de especial violencia hizo tambalear a Elos, obligándolo a retroceder unos pasos para equilibrarse. La multitud, al ver que recuperaba pie y no era arrastrado, se enfureció aún más y alguien lanzó una piedra (sin tallar) que golpeó contra su pecho. Otras la siguieron y Elos tuvo que correr con toda la ligereza que le proporcionaba el estar libre de lastres.

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Copyright ©José Manuel González, 1990
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Fecha de publicaciónFebrero 2006
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