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La vida vecina

Tercera parte

Dimas Mas
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A eso de las ocho y media, papá y mamá se despidieron de mí, me repitieron la lista de consejos para cuando me quedo sola, que ya me sé de memoria; me dijeron que me llamarían para ver cómo iba todo, y que cuando me entrara el sueño me acostara, que ellos no sabían a qué hora se podrían «escapar» de la cena, así dijo papá.

Después de decirles adiós por quinta vez antes de que se metieran en el ascensor, desvié instintivamente la vista hacia la mirilla de la casa de Carlos, y me pareció ver que se oscurecía un diminuto puntito de luz que creí ver al fondo de ese monóculo de culo de vaso (¡vaya, seño, parece que me persigue...!) que supuestamente permite ver sin ser visto, aunque mamá no es de la misma idea, a juzgar por el susto que se llevó.

¿De verdad estaría Carlos vigilándonos por la mirilla? ¿Y para qué? Me corté a mí misma en el acto, porque si empezaba con las preguntitas, y con la facilidad que yo tengo para hacerlas, no iba a acabar en la vida. Decidí dejar a un lado este ejercicio de la historia fantástica y me fui al comedor. Estaba tan confundida que puse la tele para zapear un rato y distraerme antes de cenar y acabar el resto de los deberes.

Mientras cenaba oí el teléfono, y estuve a punto de levantarme para ir a cogerlo. La gran sorpresa fue, sin embargo, que sonaba en la casa de al lado. ¿Qué parte de su casa era la que daba, pared con pared, con nuestra cocina? ¿Su salón? ¿La habitación de sus padres? ¿El cuarto de baño? ¿O era también la cocina y tenían allí el teléfono. Con lo raros que eran, tampoco sería muy extraño. No me lo pensé dos veces. Cogí un vaso de los de agua, me subí al taburete, me incliné por encima del mármol, pegué suavemente el vaso a la pared y la oreja al vaso. Tenía todo el cuerpo en tensión y estaba muy incómoda, pero me pareció oír con cierta fidelidad algunas palabras sueltas de la conversación del padre, porque era una voz muy grave, aunque no hablaba con un tono muy alto.

Entre mi torpe equilibro, la conversación entrecortada y la vergüenza por si, de pronto, el taburete se me escurría y acababa en el suelo, como en el vídeo de la jugarreta, apenas pude enterarme de nada: «Estás, viejo», «cansado», «Miami», «mucho», «Carmen, fantástica», «Barcelona», una carcajada seca y fugaz, como una respuesta cortante de Carlos, «número nuevo», «no querrán», «raíces», «vecina». ¡«Vecina» también! Ese sí que era un rompecabezas, seño, no los de 6.000 piezas; y, juntando las piezas un poco así al tuntún, porque no había otra manera de hacerlo, sin duda que saldría la historia más fantástica que te pudiéramos presentar.

Tú me conoces, y sabes que yo soy muy ordenada, que casi es un vicio. Por eso todo lo que oí me tenía fuera de mí. Empezara por donde empezara, la continuación era siempre un auténtico disparate, y cada vez me ponía más nerviosa. Sobre todo porque veía que iba perdiendo las mejores oportunidades para enterarme del secreto inmediato que me absorbía: el origen de ese sorprendente «Peppino». ¿O acabaría resultando que Carlos me había dicho la verdad y que ese nombre era un simple capricho del amigo de su padre?

«Miami» y «Barcelona», aunque tan lejos una de otra, fueron, entre las palabras que oí, las que más mala espina me dieron. Al fin y al cabo significaban un viaje. Tal vez que, del mismo modo que había venido este curso a nuestra escuela, al año siguiente Carlos iría a otra en otra ciudad, a lo peor «Miami», o «Barcelona».

Si cambiaba de ciudad tan a menudo, eso podía ser la explicación de por qué Carlos pasaba olímpicamente de relacionarse con el resto de nosotros. Poniéndose en su lugar se comprendía que le diera pereza conocer a los demás y darse él a conocer, sólo para un curso escolar. Y si además el niño era tan alegre..., pues ya está todo dicho.

De las otras palabras que oí me chocó mucho lo de «raíces» y más aún «número nuevo», sobre todo si las juntaba con «estás, viejo» o «Carmen, fantástica». Seguro que si le revelaba a Carlos todo lo que sabía se reiría de mí —a su estilo soso, claro— por no haber caído aún en la solución.

Pensé que lo que tenía que hacer era olvidarme de ese niño desagradable y antipático y ponerte ya el punto final aquí mismo, y que le dieran morcillas a él, que se dice.

Aunque también se dice que las mujeres somos curiosas por naturaleza, y yo misma debo ser un ejemplo clarísimo de ello. A pesar de que me tentara la idea de abandonar, algo en mi interior me decía que tenía que seguir insistiendo, que la solución —aunque no hubiera ningún «problema» planteado— no podía estar lejos; que en cualquier momento me iba a llevar una sorpresa y, al final, todo tendría una explicación convincente.

No sé si las historias fantásticas han de tener una explicación convincente, porque entonces dejarían de ser fantásticas, ¿no? Me da igual. Yo conocía ya cosas tan raras de Carlos y de su familia que, fueran fantásticas o no, lo que necesitaba, ¡cuanto antes!, era una explicación razonable.

Me costó mucho trabajo concentrarme para hacer el resto de los deberes, porque cada dos por tres se me iba la cabeza a la casa de al lado. Estaba tan sugestionada, que me pareció que el hecho de que la madre de Carlos nos hubiera acompañado con el carrito de la compra por la mañana había sido una representación puramente teatral, para deshacer la imagen del supuesto escándalo en el rellano. Pero enseguida caí en que, entonces, le daba la razón a mamá, ¡y eso sí que me sacaba de mis casillas!

En ese vaivén estaba, de los deberes a la vida vecina y viceversa, cuando el sueño comenzó a bajarme los párpados con tanta fuerza que eran inútiles mis esfuerzos para seguir conectada con la realidad. Cada vez que levantaba el velo no sabía si llevaba dormida unos minutos o unas horas.

Justo en uno de esos alzamientos, cuando me di cuenta real de que se puede tener la mirada cansada y estar dormida con los ojos abiertos, sonó el timbre de la puerta. Pegué un brinco en la silla, se me enderezó la espalda como si me apretaran con cuerdas contra el respaldo de la silla y miré a mi alrededor con pánico, ¡como si acabara de oír ruido de pisadas de alguien que viniera hacia mí!, ¡a por mí!

Tuvo que sonar otra vez para que me diera cuenta de que estaban, en efecto, llamando a la puerta, de que alguien quería entrar. Quizás porque estaba medio dormida, muy sorprendida o totalmente descolocada, olvidé la primera de las reglas de seguridad que me sabía de memoria y, al tiempo que sonaba el timbre por tercera vez, abrí la puerta.

—¡Pero Pepp...!

El hombre se detuvo en seco, como si se hubiera tragado la lengua; me miró como si hubiera visto un fantasma, luego levantó la vista hacia el número de la puerta y la volvió a bajar para ofrecerme una sonrisa de oreja a oreja y una disculpa con voz cantarina...

—¡Vaya, parece que me he equivocado de número! No me extraña, con estas prisas... Lo siento, señorita...

Ahora dudo de si llegó a hacerme una reverencia o si yo me lo imaginé. Lo reconocí enseguida. Era el hombre que llamaba por el interfono cuando Carlos y yo bajamos a la calle por la tarde. No sé si él me reconoció a mí.

—La puerta de Peppino... es aquella, la tercera.

—Gracias, simpática.

El piropo me desconcertó. Sobre todo porque no creía, tal y como me había despertado el timbre, que tuviera yo cara de parecer precisamente simpática. Pero se veía enseguida que a aquel hombre no le costaba nada ser amable, justo lo contrario de uno de los inquilinos de la casa a cuya puerta llamó y ante la que tuvo que esperar bastante menos que frente a la nuestra.

Mientras yo cerraba la puerta a cámara lenta para poder ver a través de una rendija quién salía a abrirle, se abrió la de Carlos y, sin ver yo quién lo hacía, lo invitaron a pasar enseguida, como si hubiera dado la contraseña correcta. Acabé de cerrar y volví a los deberes, aunque me imaginé que no tardaría mucho en acabar dormida otra vez sobre los cuadernos, algo que, sin embargo, no me ha pasado ni una vez mientras te estoy escribiendo esta historia, seño, que conste.

De nuevo volvió a sonar el timbre, pero esta vez no cometí el error de abrir. Cogí el taburete, lo deposité cuidadosamente junto a la puerta y vi por la mirilla quién llamaba. ¡Nadie!

¿Habría sonado de verdad el timbre? Medio dormida como estaba, no tardé mucho en convencerme de que me lo había imaginado. Volví a mi cuarto para recoger las cosas y acostarme ya, porque mis padres parecía que iban a tardar.

Fui a lavarme los dientes y, mientras estaba cepillándomelos, ya con la pasta puesta, sonó otra vez el timbre. Ahora sí que empecé a mosquearme y, también, a sentir un cierto miedo. La idea de estar sola en casa y que al otro lado de la puerta hubiera alguien que quisiera entrar no me hacía ni pizca de gracia. Me asomé de nuevo a la mirilla, mientras el corazón me iba a cien por hora, y lo que vi casi me hizo gritar: una oscuridad absoluta. Pero tenía la seguridad de que ahí, escondido en esa negrura impenetrable, había alguien al acecho, esperando una equivocación mía, quizás que abriera la puerta...

Notaba que la sangre me redoblaba en las sienes como un trote de caballos, la boca se me quedó más seca que una corteza de pan de días, y hasta en las rodillas sentí como un ligero temblor... ¡Tenía todo el miedo que no había sentido nunca, desde que papá y mamá me dejaban sola cuando ellos salían! Claro que podía llamar por teléfono a la tía Encarna y se presentaría en dos patadas en casa. Pero, ¿cómo la llamaba yo para decirle que había sonado el timbre y que en el rellano no había nadie y que estaba a oscuras? Me hubiera dicho lo que yo también pensaba: que eran imaginaciones mías.

Volví a mirar. ¡No podía ser! En el rellano, desde la casa de Carlos hasta la nuestra, ¡había dos hileras de velas encendidas! Poco a poco fue abriéndose la puerta de su casa y entró en el rellano un poco más de luz, aunque no mucha. De pronto, como en las auténticas películas de miedo, comenzó a salir una niebla baja y espesa que se extendió por el rellano, envolviendo la doble hilera de velas encendidas. Después vi a un hombre con una chistera que avanzaba haciendo reverencias y dando pequeños saltitos ridículos. Al llegar junto a nuestra mirilla sonrió exageradamente, se dio la vuelta, abrió los brazos, dobló el tronco y desapareció de mi vista.

No entendía nada, y seguía teniendo igual o mayor miedo que antes; pero, a pesar de que sudaba como en pleno verano, no podía apartar el ojo de la mirilla. Después salió lo que parecía una bailarina oriental, con un velo que le tapaba la cara hasta los ojos. Movía los brazos pasándoselos por delante de la cara y por detrás de la cabeza como si fuesen dos serpientes enredadas que no supieran cómo deshacer su trenza.

Detrás de ella salieron dos payasos: uno enorme y el otro enano. El grande daba coscorrones al pequeño, que se agachaba tanto para evitarlos que el mayor cambiaba de opinión al verlo y le daba una patada. En cuanto el pequeño brincaba hacia arriba, el grande lo cazaba al vuelo con las dos manos y lo sacudía por el cuello como si fuera un muñeco de trapo.

Y aunque todo parecía representarse a cámara lenta y en silencio, cuando cambié de ojo todo aquello había desaparecido, como si la oscuridad que volvía a reinar en el rellano se lo hubiera tragado todo.

¿Qué sentido tenía todo aquello? ¿Era otra de las «bromas» de Carlos? ¿Sabía él que yo estaba sola y me quería meter el miedo en el cuerpo? ¡Pues lo había conseguido! Bajé del taburete, lo recogí con mimo para no delatarme, a pesar de que me parecía estar haciendo el ridículo, y me fui a mi cuarto para meterme en la cama, taparme hasta los ojos, y esperar a que regresaran mis padres.

Cuando estaba ya acostada, oí cómo abrían la puerta y unos pasos cautelosos se acercaban a mi cuarto. Estoy segura de que me desmayé, aunque recuerdo que unos brazos muy fuertes me recogieron y me llevaron...¡a donde ya estaba!

Mi madre me despertó para ir a la escuela. Me subió la persiana y yo me incorporé sobresaltada, al tiempo que miraba a mi alrededor.

—¿Dónde estoy?

—Va, Marcia, despierta ya, hija, que se te hará tarde...

Me dejé caer otra vez sobre la cama y me froté los ojos casi hasta hacerme daño, como si quisiera borrar la procesión de fantasmas que había visto la noche anterior.

—Venga, doña estudiosa, arriba... ¿Ves lo que pasa por quedarse dormida encima de los libros?

—¿Dónde?

—Pues en el comedor, hija, en el comedor, que no sé cómo es que no tienes tortícolis, ¡a saber cuántas horas llevabas ya en la misma posición!

—¡Pero si me acababa de dormir cuando entrasteis!

—Lo habrás soñado, niña...

Desayuné en silencio y sin dejar de darle vueltas a lo que me contaba mi madre, incluyendo que mi padre me cogiera en brazos y me llevara al cuarto, donde mi madre me desvistió y me puso el pijama. Como no recordaba nada, era absurdo que me empeñase en convencer a mi madre de que cuanto me había sucedido la noche anterior era tan real como nuestra presencia en la cocina. Mejor callar, que meterse en una lucha en la que llevaba todas las de perder.

Mientras acababa de vestirme y de meter las cosas de clase en la mochila, y como si el agua de la ducha me hubiera aclarado los pensamientos, llegué a pensar que tal vez mi madre tuviera razón, que todo había sido una pesadilla relacionada con las extrañas fotografías que vi en el salón de la casa de Carlos. Sí, seguramente había sido eso. ¿Y cómo me podía extrañar de que hubiera sido así? Era lógico. Había llegado a obsesionarme tanto mi vida vecina, que, como si fuera un desquite, ésta se había vengado de mí convirtiéndose en una pesadilla. De todos modos, había pasado tanto miedo que, a pesar de que Carlos no tenía culpa ninguna, quería hacerle pagar por todos los sudores fríos por los que me había hecho pasar.

Con todo mi atrevimiento, y un poco de esa intuición que dicen que tenemos todas las mujeres, que es sólo femenina, me lancé contra él nada más salir del portal, sin darle tiempo a prepararse...

—¿Y adónde os vais al final, a Miami o a Barcelona?

—¡Cómo!

¡Diana! Había dado en el centro del blanco. Al más puro estilo Robin Hood, le había partido su flecha orgullosa por la mitad, y me miraba con unos ojos dilatados que le dejaron la primera expresión de desconcierto y derrota que le había visto desde que empezó el curso como «el niño nuevo», que a mí me sonaba, cada vez que lo llamábamos así, como si fuera el único niño del mundo, alguien completamente diferente, distinto, extraño, insólito, desconocido, raro y todo lo que se le parezca... ¡Él sí que hubiera tenido que llamarse Marcia... no, y no yo!

—Pues eso, ¿adónde os vais a ir a vivir?

—Pero..., ¿y tú cómo sabes...?

—Yo también soy un poco adivina...

—Eso no tiene gracia, Marcia.

—Es que no todos podemos ser tan graciosos como tú, Carlos, ni tan poetas...

Me sentí tan hinchada como esos globos inmensos que suben altísimo y se dejan llevar por el viento sin hacer ningún esfuerzo para navegar; me sentía poderosa, y feliz de poder, por primera vez, ser yo quien llevara el control de la situación. Si hasta esa mañana era Carlos quien llevaba la voz cantante (una expresión, seño, muy poco afortunada, por lo poco que me había contado hasta entonces), ahora era yo quien estaba jugando con él, quien lo tenía a mi merced..., pero no me ensañé... (Se dice así, ¿verdad, seño?)

—Va, dime, ¿cómo sabes tú todo eso?

—Si yo no sé nada, lo he dicho al tuntún, por decir algo... Por cierto, el señor que buscaba a tu padre, el que te llamó Peppino, se equivocó y llamó a nuestra puerta ayer por la noche, en vez de a la vuestra. Bueno, a la vuestra llamó inmediatamente después, claro.

—¿Ayer? ¿Don Hilario? ¿A nuestra casa...?

—Sí, ayer por la noche, a eso de las diez...

—No sé de qué me hablas. Llamó por teléfono, sí; pero no vino a nuestra casa.

—¡Si lo sabré yo!

—Pues te equivocas...

—¿Como con lo del viaje...?

—En eso no, pero no sé yo cómo tú...

Me puse los dos dedos índices uno en cada sien, completamente extendidos, como un mago de barraca que se concentra antes de sorprender al público, y le contesté:

—Abracadabra, abracadabra, pata de cabra, yo te conjuro, señor del futuro, que me digas la verdad de lo que Carlos hará... ¡Abracada...!

—¡Basta, Marcia, no tiene gracia la broma, ¿te enteras?!

—... Hará un número nuevo... —continué yo como si no lo hubiera oído—, y la gente se reirá... El gigante por el cuello lo cogerá y él un pelele será...

—¡Marcia!

—¡Caray, qué grito, hijo! ¡Menudo susto me has dado! ¡Creí que me metía en la calle y que se me echaba un coche encima, por ir con los ojos cerrados...!

—No sé ni cómo te has enterado, pero deja ya de burlarte de nosotros...

—¿De vosotros?

—Pues claro, de mi padre y de mí, ¡de los incomparables, de los únicos, de los inimitables Peppo e Peppino! —me dijo de sopetón (que ya he aprendido que no tiene nada que ver con dar sopas con honda, seño, aunque yo me empeñaba en que sí...), con un tono circense que no admitía dudas—. ¿Quién te lo ha dicho? ¿Mi madre?

Yo aún no me había repuesto de la sorpresa y Carlos me exigía una respuesta que no podía darle. La boca se me quedó entreabierta, los ojos como las ventanas en verano y el paso se me volvió inseguro, como si caminara por la loma de una duna o por aguas pantanosas. ¿Cómo era posible que hubiese acabado siendo todo tan fácil? ¿O me había vuelto a dejar enredar por Carlos y seguía burlándose de mí, con esa seriedad y esa sorpresa que había fingido con tanta naturalidad?

—O sea, que tu padre...

—Sí, mi padre es payaso. Y yo también, aunque sólo durante el verano.

¡No entendía nada, seño! ¡Carlos tenía un padre que era payaso y nos ha parecido a todos, durante todo el año, el niño más triste y serio que habíamos conocido nunca! ¿Cómo era posible que su padre fuera payaso y que en esa casa suya jamás se hubieran escuchado risas o carcajadas! ¿O es que los payasos sólo ríen cuando trabajan, y el resto del año andan más serios que un policía de servicio? ¡Nada menos que tener un padre payaso! No me lo podía creer. Y si me lo creía (porque de Carlos no me fiaba un pelo) era porque había oído a aquel hombre llamarle Peppino en el portal, y estaba claro que eso no podía estar preparado, aunque sí que hubiera accedido a participar en el numerito del rellano, con equivocación de puerta incluida. ¿Por qué Carlos no quería reconocer la verdad y dejaba ya de una vez de jugar a despertarme con su insistencia en que yo me había imaginado, o la había soñado, esa representación fantasmal, o fantástica, que casi tanto da una cosa como la otra?

—¡Que tú...!

—Sí, aunque no te lo creas.

—O sea que las fotos del salón sois vosotros, tu padre, tu madre y tú..

—No, mi madre y mi padre y yo, para ser exactos.

—Pero...

—Ya, ya, lo sé: ¿cómo se puede ser un payaso y no reírse nunca, verdad? ¿A que es eso lo que te preguntas?

Eso y mil cosas más, desde luego. Estaba dispuesta a que empezara sus respuestas por ahí, pero no a que terminara en esa sola. Yo lo escuché con el deseo de que, a medida que avanzábamos hacia la escuela, ésta se alejara al mismo tiempo de nosotros, de modo que no llegáramos hasta que Carlos hubiera acabado de contarme lo que se empeñó en ofrecerme como una vida que no le deseaba a nadie.

De repente tuve la sensación de que no me hablaba un niño de mi edad, sino que era un adulto, o un niño envejecido, el que lo hacía. Nunca me había parecido un niño como los demás, pero durante ese paseo que yo quería infinito, y que acabó siendo cortísimo, me convencí de que, como lo había intuido, la vida de Carlos se salía completamente de lo normal y que, en el fondo, pues sí, era una auténtica vida fantástica, aunque, por lo que me contó, quizás no sea «fantástica» la palabra más adecuada.

Tampoco podía dedicar yo ni un minuto a averiguar cuál sería esa palabra, porque no quería perder el hilo de su historia, que no era larga, pero sí sorprendente. ¿O no es sorprendente tener un padre payaso y que, tan jovencito, lo seas tú también, ¡su hijo!, formando pareja con él? ¿O vivir en una casa con zonas por las que no puedes ni asomarte y en la que entran tantas personas que buscan conocer lo desconocido, saber qué va a ser de sus vidas en el futuro?

Más allá de la sorpresa, lo que yo no podía ni imaginarme era que ser payaso no tiene nada de alegre; que Carlos llevaba mucho tiempo sufriendo lo suyo; que había tenido ensayos en los que había acabado llorando; que su padre era un maniático de la perfección y que podía obligarlo a repetir los mismos movimientos mil veces; que cada número nuevo se le atragantaba hasta hacerle odiar el circo; que ninguna de las risas que provocaban en los espectadores le compensaba por todo lo que había sufrido para conseguirlas; y que por eso se había enfadado contra mis padres, al ver la jugarreta del taburete, porque él llevaba ya cinco años, desde los siete, cayéndose cada día del taburete..., y que no podía aguantarlo más; que yo no me podía ni imaginar lo que era andar cambiando de ciudad casi cada año, o estar todo el verano metido en una rulot (me parece que no se escribe así, ¿verdad, seño?) de aquí para allá, haciendo cada tarde y cada noche lo mismo, con las mismas risas exageradas, los mismos golpes falsos, las mismas caídas estudiadísimas, las carreras tontas, las muecas disparatadas..., los aplausos, las reverencias y, ¡sobre todo!, esas sonrisas de oreja a oreja como las que vi en la fotografía.. De verdad, seño, que, un poco más y consigue que me eche a llorar...

Si la revelación de cuál era la profesión de su padre —y la suya propia también, en parte— me había sorprendido tantísimo apenas me la hubo dicho, la triste historia que siguió después casi no me había dejado ni hacerme a la idea de lo bonito y divertido que podría ser eso de que tu padre fuera un payaso.

¡Cómo iba yo a saber, como me dijo Carlos, que detrás del maquillaje y los trajes ridículos, detrás de cada mueca y cada payasada, de cada caída y de cada llanto fingido o risotada cruel había una disciplina más dura que la del ejército o la de la policía! Casi casi me llegó a decir que seguro que mi padre era muchísimo más divertido que el suyo...

Justo en ese momento fue cuando descubrí que lo auténticamente fantástico de la vida vecina no era que padre e hijo fueran payasos y su madre una maga; ni tampoco que la alegría y las risas que provocaban se las hubieran arrancado al dolor y a las lágrimas; no, lo fantástico de verdad es que Carlos consiguió que me diera cuenta de que lo que andaba buscando lo tenía más al lado aún, sin salir de mi propia casa.

A pesar de la jugarreta del taburete, yo sí que había tenido la suerte de poder reírme mucho con mis padres, y, ahora que me iba haciendo mayor, algunas veces de ellos, pero siempre con el muchísimo cariño que les tengo. Lo fantástico, seño, no es necesariamente lo que se aparta de lo normal, sino lo que más cae de lleno en ese reino extraordinario en el que parece que nunca pase nada de nada; ese país misterioso del que da la casualidad que lo desconocemos casi todo y que es tan fantástico, o más, que el descubrimiento de esa vida vecina que Carlos me acababa de revelar... ¿Estaba dispuesta a creerle?

Marcia Vega

P.S. Supongo, «seño», que no te habrás tomado a mal que mi historia fantástica haya consistido en este viaje alucinante al interior de mi vecina y compañera Marcia para saber cómo se podría ver el mundo desde ese lugar privilegiado y extraño; y para descubrir, sobre todo, cómo podría verme a mí mismo desde su mirada; a mí, que soy un auténtico bicho raro para mis compañeros, ella incluida, y para ti.

Supongo también que queda claro que en ningún momento he pretendido reírme de ella, sino todo lo contrario. En el fondo, mi objetivo fantástico no era verme a mí desde sus ojos, sino verla a ella mientras intentaba descubrirme, mientras iba quitándole hojas a la alcachofa con la que me comparó, para intentar llegar al corazón tan blanco y tierno que, al final, no existía. Se lo he puesto difícil, pero su intuición femenina ha sabido mover los resortes adecuados para que yo mismo me delatara.

Entrar en su vida sí que me ha parecido una experiencia fantástica (ese viaje alucinante que ella recordó) que no sé si volveré a repetir, porque cuando he escrito su nombre al final de la redacción he sentido un estremecimiento intensísimo: no era yo, Carlos, quien en realidad firmaba, sino ella...

Sólo quiero pedirte, para acabar, lo mismo que ella te pedía: que no escojas esta historia para leérsela a la clase en voz alta. Marcia no se lo merecería. Primero porque no creo que mi retrato le haga justicia y, segundo, porque comparto con ella la repulsión a meterme en la vida de los demás. Deseo y espero que atiendas mi petición. Gracias, «seño».

Carlos «Peppino» Vázquez
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Fecha de publicaciónNoviembre 2004
Colección RSSLas excepciones cotidianas
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