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La vida vecina

Segunda parte

Dimas Mas
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Escribía que mientras Carlos me tomaba la palabra, con esos modales casi de película de policías, tenía la mirada puesta en él, pero en cuanto se dio la vuelta para llevarme no sabía yo adónde, pude comenzar a fijarme en lo que me rodeaba. Y no me gustó. El recibidor y el poco pasillo que tiene la casa estaba decorado con un papel oscurísimo, entre azul y negro, en el que destacaban unas lunas enormes de color hueso. La luz que iluminaba débilmente las paredes ¡salía casi del zocalo!, y había un olor fortísimo que no conocía y que Carlos me dijo después que era incienso de sándalo. Algunos lunares plateados, como en los papeles de los belenes, acababan de darle ese aire tenebroso de cielo estrellado que a mí me pareció tan extraño. A mi derecha se abría una puerta que daba a una habitación en la que no pude distinguir más que una mesa redonda, no muy grande, vestida con una tela de color rojo oscuro que caía hasta el suelo. Seguimos adelante y llegamos al salón, que no era muy distinto del nuestro. Bueno, sí, el mueble principal era una librería abarrotada de libros, había pocos adornos y en la pared colgaban varias fotografías enmarcadas, además de dos fotografías muy ampliadas que representaban, como me dijo Carlos, a Charlot, sentado en un escalón con un niño con pinta de golfillo bueno, y a Buster Keaton, que llevaba un sombrero ridículo y tenía una cara de pena que hacía llorar. La televisión y el vídeo los tenían en un carro metálico, en uno de cuyos estantes había muchísimos vídeos, puestos un poco de cualquier manera.

La madre de Carlos se aseguró de que habíamos merendado y nos dejó solos. Desapareció.

—Ven, Marcia.

Me dijo Carlos justo cuando yo, llevada por la curiosidad más interesada del mundo, me acercaba a las fotografías que, así, de lejos, parecían ser fotos de familia, quizás de la suya. Pero también en ese momento sonó el timbre. La madre de Carlos apareció en el salón y le preguntó si esperaba a alguien. Carlos no respondió, le contestó simplemente con la mirada. La madre cerró la puerta que daba al pasillo y se acercó a la puerta. Oímos cómo abría y, después, nos llegó con claridad la voz angustiada, o excitada, de una mujer:

—¡Carmen, tesoro, tienes que atenderme, es una urgencia! ¡Ay, Carmen, Carmen, me muero de impaciencia! Te pagaré lo que me pidas...

La madre le hizo bajar la voz enseguida y debió meterla en aquella habitación de la mesa roja. Volvió a aparecer de nuevo en el salón y se limitó a decirle a Carlos: «Tengo una visita.» Lo dijo como una consigna, y Carlos parecía saber exactamente qué se esperaba que hiciese. Y lo primero fue decirme a mí que hablase en voz muy baja. Lo segundo, invitarme a ir a su cuarto, que era el más alejado de la habitación donde su madre recibía aquella «visita» tan misteriosa.

—Espera que vea estas fotos.

Me atreví a decir, a pesar de que estaba claro que él hacía lo posible por llevarme a su cuarto, sin duda para evitar que viera u oyera algo. En varias de ellas aparecían dos payasos, uno grande y uno enano, vestidos y maquillados igual, y los dos riendo con ganas. En otras aparecía una mujer vestida al estilo oriental y con un velo que caía desde debajo de los ojos y le cubría el resto del rostro.

—¿Quiénes son?

—Artistas de circo.

—¿Son familia vuestra?

—No.

—¿Y por qué los tenéis ahí colgados? ¿Les gusta mucho el circo a tus padres?

—Con locura. Pero ven...

Contestó con una frialdad que no me sorprendió, porque así era él normalmente. Pero se le veía inquieto, nervioso, como cuando te pillan mintiendo. ¿Quiénes eran realmente las personas de las fotografías? Volví a mirarlas pero no quise hacerle ninguna pregunta. Estaba claro que no era sincero, pero si insistía corría el peligro de que no me viera más que como una curiosa impertinente, y entonces ya nunca más volvería a dejarme entrar en su casa. Y ahí sí que se hubiera acabado mi historia. ¡Qué emocionante! Tenía que ser astuta, hacer como que no le daba importancia a nada; aunque tampoco todo tenía que parecerme la mar de normal, porque entonces también sospecharía de mí. ¿Cuál sería el secreto que guardaba con tanto ahínco? ¿Me lo revelaría en su cuarto?

Al principio me decepcionó. Era un cuarto bien normalito. Iba a poner que como el mío, pero no es cierto. Él tiene más libros y, sobre todo, películas, un montón de vídeos; más aún que en la mesa metálica de la televisión. En las paredes había muchos carteles de películas y fotos de algunos actores, casi todos ellos, ¡qué curioso!, actores cómicos: Charlot, Buster Keaton, Jerry Lewis, Laurel y Hardy, un tal Pepe Isbert, Woody Allen, Charlie Rivel, Cantinflas, Harold Lloyd, otro español, José Luis López Vázquez, los Hermanos Marx, un tal Totó, italiano, y no sé cuántos más; pero de lo que sí me acuerdo es de que no había ninguna mujer, que no deja de ser curioso. Como si hacer reír fuera sólo cosa de hombres..., aunque payasas me parece a mí que no hay, ¿o sí, seño?

No me pasó por alto que, sobre el cabezal de la cama, tuviese colgado un rompecabezas enmarcado de al menos 5.000 piezas, a juzgar por el tamaño. En él aparecía Groucho Marx, el del bigote pintado y el puro. Como él no había tenido la delicadeza de decir algo acerca de los míos, pues le pagué con la misma moneda. Aunque me guardé esa carta en la manga por si, llegado el caso, tuviera que utilizarla para proseguir mi investigación. Seguro que él se dio cuenta enseguida, porque vio la admiración con que lo miraba; y es que sólo quien comparte esa afición sabe lo que cuesta hacerlos, la paciencia que exigen y la alegría indescriptible que da colocar la última pieza. Por otro lado, me sentía muy contenta por el hecho de que tuviéramos la misma afición. He de reconocer, seño, que, interiormente, me dejé llevar por el entusiasmo y me imaginé enseguida las maravillosas tardes que íbamos a pasar juntos montando alguno...

—Parece que te gusta el cine...

—Lo detesto.

Después de haber visto aquella galería de retratos estaba claro que había de entender su respuesta como un chiste, una gracia, una broma o, en el peor de los casos, como una burla de mi ingenuidad y de mi torpeza. Sonreí con la mueca que él me dedicó por lo del cordel de nylón y me insultaba a mí misma por acabar pareciendo lo que yo creí que no era: una estúpida.

—O sea, que tú eres así de serio porque resulta que aquí, en tu casa, te hartas de reírte como un condenado...

—Ni yo mismo hubiera sido tan claro y tan preciso: «me harto de reírme como un condenado...»

—¿Te burlas de mí?

—Yo soy incapaz de burlarme de nadie.

—Mira, Carlos, menos guasa, eh...

No sé por qué se me ocurrió decir eso, porque en la declaración de Carlos no había ni rastro de gracia alguna, y estaba claro que si yo lo había detectado era porque no me enteraba de qué iba la peli, o mejor dicho, porque era una peli que se estaba complicando demasiado. Y luego estaba también el tono sombrío con el que había contestado a mis palabras, como si leyera el epitafio en una tumba o le dijera un jugador a su esposa, al volver del casino, que lo había perdido todo, hasta la casa en que vivían.

Comenzaba a sentirme aturdida y necesitaba reflexionar. Además, Carlos seguía tan impenetrable como siempre, y no parecía dispuesto a revelarme por qué había tenido tanto interés en llevarme a su cuarto.

No sé, tuve la impresión, así de golpe, de que Carlos me estaba estudiando, que se estaba pensando si podía confiar en mí o no; o igual era que estaba sorprendido de que yo aún no hubiera atado cabos y supiera de qué iba la peli tan rara en la que me había metido.

¿O a lo mejor es que quería enseñarme también una película? Porque eso sí que me llamó la atención de su cuarto, que tuviera una tele y un vídeo en ella, me chocó muchísimo... ¿Es que a él también le habían grabado un vídeo como el mío?

¡Qué manía que me había entrado, seño, por que coincidiéramos en casi todo! Apenas me decía o hacía algo, y ya estaba yo buscando como loca si yo también lo hacía. Tenía la impresión de que él sólo se abriría a mí si yo era lo más parecido a él; pero después pensé que eso era un disparate: ¿para qué quiere uno un doble de sí mismo? Me acordé de pronto de aquella historia tan bonita que nos contaste, la de..., ¿cómo se llamaba? ¿Ah, sí!, la de Narciso, el que se enamoró de sí mismo y acabó ahogándose... En fin, me estaba haciendo un lío y decidí cortar por lo sano.

—Me parece que he oído la puerta de mi casa...

Lo imité a conciencia. Quería que supiese que si lo nuestro era un duelo, pues que las espadas quedaban en alto, que aún no había vencedores ni vencidos.

—Imposible.

—Te digo que sí.

Y eché a andar camino del pasillo, pero me iba contenta. Su «imposible» me consoló: parecía un deseo sincero de que me quedara con él un poco más, a pesar de la seguridad inaudita y casi insultante con que lo dijo.

Cuando atravesaba el tenebroso pasillo, escoltado por mi sombra seca y silenciosa, desvié la mirada hacia la habitación de la mesa roja y pude ver, antes de que Carlos se adelantara y cerrase la puerta, que sobre ella había unas cartas y, sobre éstas, muy próximas, las cabezas de dos mujeres, una de las cuales me pareció la de la madre de Carlos. Tuve que reprimirme para no preguntarle a Carlos qué estaban haciendo allí.

Como un calco de lo que había pasado antes, y eso me vino de perlas para seguir dejando claro que las espadas aún seguían en alto, llegamos al rellano justo en el momento en que salía mi madre con cara de estar tan asustada como lo estuvo antes la madre de Carlos.

—¡Pero dónde te has metido, niña!

—Pues que se me cerró la puerta cuando despedía a Carlos y me ha invitado a pasar a su casa hasta que tú volvieras, Carolina...

—¡Pero cómo me llamas tú ahora, niña! ¿Es que te pasa algo? ¿No te encuentras bien?

—Sí, mamá, anda, vamos para adentro. Adiós Carlos.

Esta vez sí que la mueca era una sonrisa auténtica. Me costó arrancársela, y además tuve que hacerlo a costa de mamá, pero conseguí mi objetivo.

—¡Que tú has estado ahí dentro, criatura?

—Te lo acabo de decir.

—¿Y qué haces ahí tan callada? Venga ya y empieza a contarme...

—A contarte ¿qué?

—Mira tú la niña, ¿pues qué va a ser? Cómo es la casa, cómo son ellos, quiénes son, a qué se dedican, qué te han dicho. ¡Pues anda que no hay cosas que contar ni nada!

—Pues no, no hay nada que contar. Es una casa normal y corriente, como la nuestra; y de su familia pues no sé nada, hemos estado Carlos y yo solos, en su habitación...

—¡Ay, Marcia, qué sosa eres cuando te da la gana, hija! ¡Hay que ser un poquito más picarona, mujer!, no se puede ser tan paradita como lo eres tú. Lo que ocurre es que te pasas la vida entre libros y rompecabezas y eso no puede ser bueno. Exagerar es tan malo como no llegar, eh...

—Sí, mamá...

Lo dije con ese tono cansado y resignado de quien ya ha oído lo mismo cientos de veces. Sabía que mamá podía montar en cólera y desahogarse conmigo, porque no le seguía la corriente; pero a mí no me gustaba nada esa curiosidad de revista del corazón que tenía mamá por todo el mundo. ¡No quería ni pensar qué le daría por decir o hacer si se me ocurriera contarle ni la mitad de lo que vi o ni una cuarta parte de lo que imaginé!

En ese momento, justo cuando me disponía a irme al baño, oímos al otro lado de la puerta un llanto desconsolado. Fui por el taburete a la cocina para observar por la mirilla qué pasaba, pero cuando llegué mamá se me había adelantado.

—¡Déjame, mamá, que es muy importante, por favor!

—Pues no hay favor, doña sosales, ea...

—¿Qué pasa, qué pasa?, por favor...

La verdad, seño, es que si alguien nos hubiera visto a las dos, hablando a gritos sin que se oyera nada y peleándonos por la mirilla, no sé si se hubiera echado a reír o a llorar, te lo juro.

—La vecina —accedió mi madre a relatarme en un susurro lo que veía—, que va vestida con una túnica granate muy rara, y está consolando a una mujer que llora a moco tendido. Están esperando el ascensor. La vecina le dice que no llore, que se calme, ¡ay!...

Mamá se apartó de la mirilla con un susto de muerte.

—¡Nos ha visto, Marcia, nos ha visto!

Yo aproveché la ocasión para remplazarla, pero sólo pude ver cómo la señora que había entrado cuando yo estaba allí se metía en el ascensor, mientras la madre de Carlos seguía consolándola y mirando, incómoda, hacia las otras puertas de los vecinos, no sólo hacia la nuestra, como si temiera haber formado un alboroto imperdonable. Se volvió a meter en su casa enseguida. Mamá había exagerado, por supuesto; pero la verdad es que cuando su mirada tropezó con la mía me sentí transparente y ridícula, como si de repente la puerta fuera de cristal, no de madera. Seguro que me sentí así porque no está ni medio bien eso de vigilar a los demás a escondidas, porque es como robarles un poco su libertad; pero ya sabes, seño, que lo mío no era espiar por espiar, sino para averiguar cuál era la verdadera, la fantástica historia de la extraña y curiosísima vida que teníamos al lado, la vida vecina, que es como te he titulado esta historia.

Algún cabo sí que ataba, pero no estaba dispuesta a soltar prenda con Carlos. Mi madre no andaba desencaminada cuando, por la noche, durante la cena, le representó a papá sus conclusiones y temores.

—¡Esa mujer es una bruja, Alberto, que te lo digo yo!

—Por favor, Carolina...

—Y si esta pavisosa quisiera contarnos lo que sabe y se calla, pues ya verías tú cómo tengo más razón que un santo...

—Pero si no hay nada que contar, papá... Es que mamá no se lo quiere creer...

—Hala, muy bien, poneos los dos contra mí, eso. ¿Pues sabéis qué os digo? Que esa mujer no es trigo limpio, como me llamo Carolina...

—Claro, mujer, es una hechicera que hace ritos satánicos, y que el día menos pensado nos convierte a todos en sapos, por curiosos... No te digo lo que hay...

—Tú ríete, que ya veremos quién ríe el último. Y a ti, Marcia, no te quiero volver a ver entrar en esa casa, ¿me oyes?

—Pero mamá...

—Carolina —intervino papá con una autoridad que le agradecí horrores—, me parece que estás sacando las cosas de quicio, ¿vale? Olvídate ya de los vecinos y deja a la niña que vaya donde la inviten, y si es a casa de un compañero de clase, pues con mayor razón.

—Pues a mí no me gusta nada de nada esa compañía para mi hija, a ver qué pasa...

—Carlos es el niño más listo de la clase.

—¿Ah, sí?, no me digas...

—Pues sí.

—¿Y qué más?

—¿Qué más de qué?

—¡Lo ves? Se niega a decirnos nada. Y para mí es como si estuviera con unos auténticos extraños...

La cena fue entretenida, seño, y duró más, me refiero a la conversación; pero mi madre empezó a repetirse y me parece que no viene a cuento ponerlo aquí, porque además yo ni la escuchaba. Pensaba en la otra madre, en la que a mí me interesaba, en Carmen. ¡Cómo suena a gitana ese nombre!, ¿verdad, seño? Y también pensaba en las últimas palabras que se me quedaron antes de que dejara de oír a mi madre y me refugiara en mis pensamientos: «auténticos extraños».

Lo que se me ocurrió fue que, en el fondo, todos somos verdaderos extraños, unos para otros, porque ¿quién conoce realmente a quién? Y en lo que más pensé, que incluso me costó mucho dormirme, fue en qué consistía eso de «conocer a alguien».

Yo sola, tonta de mí, eché un enorme jarro de agua fría sobre mis esperanzas de acabar mi historia. No ya sólo porque me parecía muy difícil llegar a saber si de verdad acabaría conociendo la vida vecina (¡Es que me ha gustado tanto la expresión, seño...!); sino también porque, a lo mejor, resultaba que no tenía nada de fantástico.

Además, ¿por qué me había obsesionado con que la vida de mi vecino tenía que ser fantástica? ¿Era porque quería demostrarme a mí misma que había alguien más raro que esa Marciana... que me han llamado siempre otras niñas sólo porque me gusta tanto leer, escribir y hacer rompecabezas, en vez de andar hablando todo el día de esos niños tontos y llenos de granos que son nuestros compañeros?

Pues a lo mejor sí, para qué te voy a mentir a ti, seño. Igual lo que quiero es que Carlos sea un auténtico marciano, como en esas películas en las que los extraterrestres nos invaden sin que nos demos cuenta, y son como nosotros, sin distinguirse en nada. Pero poco a poco se van adueñando del mundo...

Iré directa al grano y me dejaré de películas. ¿Es algo fantástico o no, seño, tener una madre bruja? Bruja o maga o adivinadora...; porque después de aquella mala noche que pasé con tanto «extraño», «conocimiento» y «fantástico» mezclándoseme en el coco como las cartas de una baraja... ¡del tarot!, desperté con el convencimiento de que la madre de Carlos era una maga, que se ganaba la vida adivinándole el porvenir a las personas. ¡Qué emocionante me pareció! Y no entendía que Carlos no me quisiera contar nada. ¿O aún se lo estaba pensando? Hace mucho, mucho tiempo, sí que era peligroso ser bruja, que me acuerdo que tú dijiste, seño, que incluso las mataban por serlo, que las quemaban vivas (¡qué bestias los de entonces, ¿no?!). Pero ahora, que hasta se anuncian por la televisión, en los diarios, y salen en la radio, pues digo yo que incluso debe de ser normal, por decirlo así, que tu madre pueda serlo, digo yo. O mejor dicho: no sé ni lo que me digo.

Me imagino por un momento que mamá lo pudiera ser, una bruja, y no sé por qué, pero me entra un miedo horroroso. ¿O es que habrá brujas malas y brujas buenas, magas que sean como las hadas de los cuentos? Ahora de lo que me arrepiento es de haber pensado que mamá sería de las malas. Debe ser que lo único en que me he fijado de ella ha sido en la curiosidad exagerada que tiene por saberse la vida de los demás...

¡Ay, seño, si resulta que yo estoy haciendo lo mismo que mamá! ¡Qué corte! Ya sé que es la primera vez, que es para hacer los deberes de la escuela y que yo no me paso los días pendiente de las vidas de los demás, los vecinos y los más lejanos; pero en el fondo sí que estoy haciendo «lo mismo».

Esto me ha desanimado un poco, porque ser una cotilla y una fisgona es lo que menos me gusta del mundo. Fíjate que hasta he estado a punto de dejar aquí la historia y olvidarme para siempre de esas fantasías absurdas...; pero estoy tan intrigada ya por saber a qué demonios se dedica la madre de Carlos... (¡He releído la frase y veo que dice lo que yo no quería decir, eh! ¡Qué tramposo el lenguaje: dice lo que quiere, sin permiso de quien lo usa, pues vaya!); tan intrigada estoy que no voy a dejarlo hasta que me quede satisfecha.

¿Y si en vez de una bruja, que suena tan mal, la madre de Carlos es una vidente o una astróloga, de esas que te dicen lo del horóscopo, la carta astral y todo eso? ¿Verdad que la cosa cambiaba? Porque en eso de los horóscopos parece que cree todo el mundo. Mamá, por ejemplo, siempre me dice que soy una Géminis de libro, que no lo puedo negar. A mí nunca me ha interesado, pero tal vez ha llegado el momento de ponerme a ello.

Lo primero que tenía que hacer era trazar un plan para ver si lograba sonsacar a Carlos de un modo que, como dicen en los telefilmes, no levantara sospechas. Pero se trataba de un reto muy difícil. ¡Menudo es el niño como para que suelte prenda! Yo no sé si seré una «marciana», pero que él es un «marciano» de pura cepa sí que es algo que no admite duda.

Esa mañana le dije a mamá que quería ir sola a la escuela, que otras niñas también iban y que iríamos juntas, y que si ya podía volver sola, pues que para ir no veía yo qué diferencia había. Mamá accedió encantada, porque así podía comenzar antes a asear la casa y tendría más tiempo libre al mediodía. Mi esperanza era la de poder emparejarme con Carlos... (No pienses mal, seño...) Y hacer el trayecto hasta la escuela juntos. Y tuve suerte, pero mucha más aún cuando vi que, precisamente esa mañana, le acompañaba su madre, que nunca lo hacía.

Carlos iba como siempre, con la mochila, y su madre llevaba el carrito de la compra. Entonces sí que me convencí de que todo eso de las brujerías y de las adivinaciones no eran más que imaginaciones mías.

Vestida con un traje chaqueta de color gris, el pelo recogido en un moño y llevando de la mano el carrito, ¿cómo iba a ser una bruja la madre de Carlos, o una astróloga? ¿O es que se había disfrazado así para que yo me creyera lo que en realidad no era? ¡Qué confusión, seño! Porque por muy bruja que fuera, también habría de llevar la casa, limpiar, hacer la comida y salir de compras, ¿o no?

—Carlos me ha hablado mucho de ti, Marcia. Al parecer eres una niña muy aplicada y muy inteligente.

Me quedé parada. ¡Que Carlos le había hablado «mucho» de mí! Frente a esa revelación extraordinaria, inimaginable, ¿cómo podían sorprenderme los piropos de su madre, que parecía no acabar de creérselos ella misma, aunque me llegaran de parte de Carlos? No quise que se me quedara cara de boba, pensando en lo que podría haber dicho de mí, y desvié la conversación...

—Los otros niños dicen que soy muy rara.

—Raros lo somos todos, hija. No hay nadie que no sea raro, ¡si lo sabré yo!

—El que sí que es listo es Carlos, señora...

—Y raro..., ¿verdad?

—¡Carmen!

—Está bien, está bien, dejémoslo.

—Más que raro es serio, me parece a mí, porque es que no se le escapa una risa ni queriendo...

—Si seguís hablando de mí, tuerzo por allí y adiós muy buenas.

La amenaza fue tan tajante que causó un efecto inmediato. Al pasar por el mercado fue, sin embargo, la madre de Carlos quien se despidió de nosotros. El pequeño enfado de Carlos había roto una complicidad entre nosotras que me había llenado de esperanza. Si hubiéramos podido seguir hablando, me di cuenta después, quizás me habría dicho por qué Carlos no se reía nunca... ¿De verdad que nunca se reía? ¿Y por qué me había dicho lo de que en su casa «se hartaba de reír como un condenado»?

Al margen de eso, la madre de Carlos tenía razón: todos somos raros. ¿Y por qué decía ella que lo sabía tan bien? ¿Por su hijo? ¿Por la gente que iba a «visitarla»? ¡Había perdido una oportunidad de oro, seño! Pero estaba segura de que volvería a tener más.

En el primer recreo busqué enseguida a Carlos. Se había aislado ya de los demás, como siempre, y estaba enfrascado en su libro. Leía con tanta pasión que no me atreví a molestarlo, porque si a su madre le había hablado así, ¿cómo hubiera sido capaz de hablarme a mí, que era una extraña! Lo que hice fue decirle a Jéssica y a Íngrid si querían que les leyese las rayas de la mano, que había aprendido a hacerlo. Las llevé cerca de donde estaba Carlos, de modo que nos pudiera oír, y comencé la representación...

—A ver esas manos, Íngrid. Primero la izquierda. Y no te rías, tonta, que esto es muy serio. ¿No ves que te puedo decir qué te va a pasar en la vida?

—No me asustes, Marcia...

—Veamos, veamos... —me puse en plan misterioso, enigmático—. Mira, ésta que va desde aquí hasta la muñeca es la línea de la vida..., y vas a tener una vida muy largo, ¡pero...!

—¡Ay, qué...?

—¿Ves esa rayita que la cruza, formando una cruz? Pues eso es una operación.

—¡Qué horror! ¿Y de qué?

—No tengas miedo, todo saldrá bien... Esta otra que nace en el otro lado es la línea del corazón..., ¡la del amor!

—¿Y qué ves?

—Veo, veo...

—Una cosita..., ¿no te fastidia? Pues menuda maga que estás tú hecha, Marcia —se burló Jéssica de mi pobre actuación.

—Bueno, lista, pues mira tú, a ver qué ves...

—Pero es que yo no quiero ver nada. A mí eso me parece una tontería.

—¿Y a ti, Íngrid?

—Sigue con lo del corazón, anda, porque ésa es la de los amores, ¿no?

—¡Pues cuántos quieres tener tú, tía?

—¿Yo?, muchos...

—Pues vaya lata, rica; no te va a quedar tiempo para hacer otras cosas.

—¡Es que es tan bonito el amor!

—Bueno, sigo.

—Sí, sigue —se puso Jéssica en plan aguafiestas—, y a ver si se cae de la nube a la que se ha subido. ¿Pero qué te has creído tú que es el amor, cacho boba?

—¡Ay, déjame en paz, Jessi! Va, Marcia, ¿qué pasa con el corazón...?

¡Menos mal, seño, que justo en ese momento diste las palmadas de siempre para que volviéramos a clase!, porque estaba haciendo un esfuerzo enorme para no quedarme en blanco. De lo único que estaba pendiente era de las reacciones de Carlos, al que no dejaba de vigilar mientras tenía en mis manos la de Íngrid, que no dejaba de temblar. Vi que, de tanto en tanto, interrumpía la lectura y se le quedaba la expresión concentrada de quien tiene puesta la atención en otra parte, en vez de en lo que tiene entre manos, y ése era mi triunfo. Si hubiera empezado la representación antes, supongo que en algún momento le habría hecho perder la paciencia con mis falsas adivinaciones; pero ¿tanto como para salir de su mundo y meterse en el mío, sin que lo hubiera invitado?

Por la tarde también volvimos juntos del colegio. Me había pasado el día esperando ese momento, porque suponía que, después del choque con su madre delante de mí, se vería casi obligado a darme una pequeña explicación. ¡Infeliz de mí! Ni explicación ni nada. Un silencio tan profundo como el del universo, que parece que no tiene fin. No estaba enfadado, desde luego; pero a todos mis intentos por conversar contestó del mismo modo: con una elevación de las cejas y un ligero movimiento de la cabeza hacia la izquierda, con un rebote que se la volvía a dejar tiesa sobre los hombros.

Como no había manera de sacarlo de su caparazón, comencé a desear que volviera a suceder lo del día anterior: que en una de las dos casas no hubiera nadie cuando llegáramos. ¡Y si era la mía, mejor! Lo que no me esperaba, ni él tampoco, seguro, es que no hubiera nadie en ninguna de las dos. ¡Menudo chasco!

Después de estar un buen rato dale que te pego al timbre, cruzamos una mirada y estuvimos de acuerdo: lo mejor era ir a dar un paseo, o al parque, hasta que volvieran nuestros despreocupados padres.

—Me parece que, después de lo de ayer, lo que ha pasado es que se han fiado los unos de los otros sin caer en la cuenta de que igual podían fallar los cuatro...

—Sin duda.

Daba gusto esa manera tan suya, con modales de matarife, de dejarte con la palabra en la boca, incapaz de decir nada, a no ser que quisieras molestar o parecer estúpida.

Justo al salir de la escalera, tropezamos con un señor que parecía tener prisa y que tocaba un timbre de un modo frenético, aunque estuviera de sobra convencido de que allí no había nadie, es decir, que nos vimos reflejados en él. ¿Qué curioso es eso, verdad, seño? Llamamos y llamamos hasta hartarnos, aun sabiendo, después del segundo o el tercer timbrazo, que no hay nadie ahí dentro que nos pueda abrir. Y sin embargo solemos llamar como si estuviéramos convencidos de que esos sonidos de grillo van a hacer el milagro de que aparezca alguien.

—¡Peppino, hijo!

El señor cogió a Carlos por los hombros y se le iluminó la cara de alegría. Le plantó un beso en cada mejilla, ante la evidente incomodidad de mi compañero. Pero si él estaba incómodo, yo estaba completamente descolocada: «¡Peppino!» No entendía nada de nada.

—¿No está tu padre ahí arriba?

—No, por eso estoy yo aquí abajo.

—¡Pero qué gracioso eres, condenado! —le dio un pellizco cariñoso en la mejilla, aunque Carlos retiró un poco la cabeza para tratar de evitarlo—. Y qué, ¿no sabes cuándo vuelve?, porque yo tengo un poco de prisa.

—Ayer le dejó tirado el coche, por la batería. Hoy, ¿quién sabe?

—En ese caso pues mejor me voy, porque tengo que arreglar unos asuntillos. Cuando venga, dile que le llamaré sin falta, que es urgente. ¿Se lo dirás?

—Se lo diré —contestó Carlos con tanta rapidez que casi le pisó las palabras al señor.

—¡Pero qué grande eres, Peppino, con lo joven que eres! ¡Menudo futuro el tuyo, hijo! Hala, os dejo solos, tortolitos... Y que no se te olvide el recado...

El señor guiñó el ojo de un modo tan jovial y tan pícaro que me entró una vergüenza horrorosa. Estoy segura de que hasta me sonrojé como una tonta. De todos modos, lo superé enseguida, porque el cara de palo que llevaba al lado, muy poco dado a las pamplinas de los amores y esas cosas, no daba pie para hacerse ilusiones, pero es que mi cara de pera tampoco. Así pues, decidí pasar al ataque con todo el descaro del mundo.

—¿Y eso de «Peppino»?

—A ese amigo de mi padre, que le gusta llamarme así, porque dice que le recuerdo a no sé quién..., y porque yo me llamo Carlos José.

—Pues no parece que te conozca muy bien, ¿no?

—¿Por qué lo dices?

—No, por nada.

—O sea, por...

—No, no...

—Venga, dilo, atrévete.

—Pues porque está convencido de que eres la mar de gracioso y divertido.

—Y es que lo soy.

Lo dijo con tantísima seriedad que, en vez de atemorizarme, me salió una carcajada seca y breve, pero satisfecha.

—¿Lo ves?

¿Qué había de ver? ¿O es que ésa era su manera de ser gracioso: decir las cosas con cara de funeral? Era curioso que tuviera gracia lo que no la tenía, pero la verdad es que a mí me dio por seguir riendo, o sonriendo, mejor dicho. Eso sí, después de una confesión tan chocante, y animada yo por ese buen humor extraño y desconocido en el que estábamos metidos, no me costó mucho trabajo atreverme a preguntarle:

—Carlos, tu madre ¿a qué se dedica?

—Mi madre es adivina, y tú lo sabes. No sé por qué me lo preguntas. ¿O no es verdad que esta mañana en el recreo lo único que pretendías era provocarme...?

—No, Carlos, te juro que yo no... —me apresuré a decir, llenita de vergüenza, y sintiéndome tan ridícula como transparente. ¡Se había dado cuenta de todo y había tenido la delicadeza de no darme el corte que me merecía!

—No tienes que disculparte, ya estoy acostumbrado.

—¿A qué?

—A la maldita curiosidad ajena.

—Pero, ¿qué adivina? —me atreví a preguntarle, a pesar de que su última respuesta dejaba bien claro lo que pensaba acerca de las «malditas» curiosas como yo.

—¿Lo ves? Es inevitable.

—Hombre, es que tampoco es muy normal, ¿no?, eso de tener una madre adivina...

—Un trabajo como otro cualquiera.

—¿Y por eso la entrada de vuestra casa es así?

—Por eso.

¡Ay, seño, esa sequedad suya tan brusca! ¡Imagínate: me acababa de enterar de que su madre era una «bruja», que decía la mía, y él como si me estuviera hablando de una taquillera de cine. ¡No había derecho! Había que sacarle las cosas tan poco a poco que era capaz de desesperar a cualquiera, ¡y mira que yo ponía interés, eh!

A pesar de sus permanentes pocas ganas de enrollarse, logré saber que su madre era ¡quiromántica!, que son las que leen la mano, y que también leía el tarot, que seguro que tú lo conoces, o sea, que me ahorro la explicación.

Lo que más me sorprendía de su revelación era el hecho de que la tarde anterior me hubiera obligado a jurar que no revelaría nada de cuanto viera u oyera en su casa. ¿Cuándo me estaba tomando el pelo: entonces o ahora? ¿Era esta confesión otra muestra más del humor de Peppino «el gracioso»?

De repente, mi castillo fantástico era lo más parecido a un quiosco de chucherías o de periódicos, si hacía caso de la normalidad con la que él hablaba de tener una madre ¡capaz de adivinar el futuro!

La idea de que me había estado tomando el pelo desde el primer momento se fue apoderando de mí. Y la verdad, seño, es que me lo tengo merecido, porque aunque sea para contar esta historia que nos has pedido, meterse tan descaradamente en la vida de los demás es algo que no está ni medio bien.

Carlos debió darse cuenta de lo que estaba pensando (¡con una madre así, pues claro, tampoco tiene mucho mérito!). Y a lo mejor se arrepintió de haberme chafado lo que, para mí, era una revelación extraordinaria y, en sus palabras, sin embargo, un hecho tan corriente como ir a comprar al súper o a cortarse el pelo en la pelu. El caso es que, por primera vez desde que nos tratábamos, se dignó a darme una explicación que, después de haberla oído, dudo mucho de que sea eso: una explicación; y mucho más aún me temo que sea una «liación» (¿te gusta la palabra que se me acaba de ocurrir, seño?), o sea, que ha acabado de liarme para que me sea imposible llegar a saber cuál es la verdad, si es que hay alguna.

—¿Quieres que te diga la verdad?

—¡Anda éste, pues claro!

—Te la digo para que te convenzas de que no es nada extraordinario tener una madre adivina, y menos la mía, que es muy particular. Mi madre en realidad es psicóloga, una carrera universitaria, y estuvo algún tiempo intentando trabajar de eso. Pero como no le salía nada bueno y que la convenciera, y como a ella siempre le había llamado mucho la atención lo de la parapsicología, los videntes, la astrología, esos rollos del futuro, los espíritus y todo eso, pues decidió hacer unos cursos de quiromancia, tarot y astrología y ahora es capaz de leer la mano, echar las cartas o hacer la carta astral, que es como un horóscopo pero a lo grande. Y desde que se instaló como adivina no ha dejado de tener trabajo, todo el que no conseguía antes como psicóloga.

—¿Me tomas el pelo?

—O sea, que antes estabas dispuesta a creértelo todo, a pies juntillas, y ahora no te quieres creer nada, ni la verdad...

—Tanto como «la verdad»...

—No hay otra. Aunque no es lo que te esperabas, me imagino. Seguro que tú te habías imaginado la típica bruja con el gorro de capirote haciendo un puchero mágico, una bruja al estilo del druida de los cuentos de Astérix, ¿a que sí?

—Pues no, listo. No me había imaginado nada, porque yo no tengo ni pizca de imaginación, para que te enteres. Eso te lo dejo todo a ti, que eres el listo de la clase...

—¿Ése que viene por ahí es tu padre?

—Sí.

Estuve tentada de salir corriendo hacia él y tirarme a sus brazos, como hacía cuando era más pequeña; pero me negaba a que Carlos me viera tan derrotada...

—¿Y a qué se dedica él, ya que te ha dado por hablar de los padres?

—Es policía.

—¿Y no va de uniforme?

—Se cambia antes de volver a casa.

—Ya.

No pareció impresionarle mucho que papá fuera policía. A otros niños a los que se lo he dicho, enseguida se han puesto a hacerme preguntas: que si usa pistola, que si es un tipo duro, que qué aventuras que tiene que pasar, que con qué gentuza se las tendrá que ver, y cosas así; pero Carlos se sacó de la manga uno de esos tapones que cierran la conversación herméticamente y ahí se acabó todo. Le invité a subir a nuestra casa y a merendar conmigo, pero cuando iba a contestar, y por su cara era imposible saber si iba a aceptar o a rechazar la invitación, apareció su madre, otra vez con la misma cara de susto del día anterior.

—¡Caramba, hijo, parece que no nos ponemos de acuerdo! ¿Hace mucho rato que esperas?

—No mucho.

—Pues hala, vamos para arriba. Hola, Marcia, ¿cómo estás?

—Bien, muy bien.

—Me alegro.

También saludó a mi padre, estrechándole la mano con firmeza y una amable sonrisa en el rostro, tan luminosa que le cambió la cara por completo. De pronto me pareció una mujer muy hermosa, y me preguntaba cómo había podido parecerme tan siniestra el día anterior. Cuando nos despedimos en el rellano, tuve un mal gesto, un desquite de niña enrabietada, del que me arrepentí en cuanto entré en casa. Antes de hacerlo, al despedirnos, le dije:

—Adiós, Peppino...

Carlos me miró aceptando mi desafío. Me había chafado lo fantástico que yo creí que era tener una madre adivina; pero nadie podía convencerme de que ese Peppino no formara parte de un secreto que estaba dispuesta a arrancarle.

Mientras merendaba, después de que llegara mamá, que no tardó mucho, pensé que tal vez me había revelado lo de la madre para que me olvidara del encuentro con el hombre del timbre y la aparición extraordinaria de ese Peppino graciosísimo que nada tenía que ver con mi vecino Carlos o con mi compañero de escuela.

—¿En qué piensas tan concentrada, Marcia?

—En nada, en nada.

—¡Qué mal disimulas, hija!

—Déjala, Carolina, no la atosigues... Todo el mundo tiene derecho a su intimidad, ¿no lo sabías?

—Mira, Alberto, no me vengas con leyecitas, que lo que pasa es que tu hija no quiere soltar prenda de lo que yo me sé y ya está.

—¿Es que sigues empeñada en lo mismo?

—¡Y más!

—Pues para que te enteres, mamá: la madre de Carlos es psicóloga. O sea, que de bruja nada de nada, psi-có-lo-ga. ¿Estás satisfecha?

—Y tú te lo has creído, ¿verdad? ¡Pero qué inocente que eres, hija mía! No me explico cómo es posible que estudiar tantísimo no te sirva para espabilarte...

—Venga, déjate de eso y empieza a arreglarte, que si no llegaremos tarde.

—¿Ya os vais, papá? —le pregunté cuando nos quedamos solos.

—De aquí a una hora, ¿por qué?

—No, por nada, por nada.

—Ah, y no le hagas caso a mamá. Ya sabes tú que a ella le pirra eso de controlar a la gente..., ¡parece policía!

Nos reímos los dos y luego le di un beso enorme. Mi padre fue también a arreglarse y yo seguí pensando en mis cosas: en si mi madre tenía razón, y en qué se escondería tras ese Peppino enigmático, tan opaco, de momento, como las paredes que separaban nuestra casa de la de Carlos...

¡Las paredes! ¡Qué vergüenza, seño, lo que se me ocurrió! Nada menos que, cuando me quedara sola, coger un vaso y apoyarlo contra la pared para pegar el oído a su culo... (hasta ahora no me había dado cuenta de lo mal que suena eso del «culo» del vaso, la verdad) y enterarme de todo aquello que me sirviera para descifrar el misterio que me tenía tan absorbida.

Dejé de pensar en él, sin embargo, porque mientras papá y mamá se arreglaban me dio por preguntarme si nosotros, los tres, tendríamos algo de fantástico para Carlos. Sí, esa curiosa idea que se me ocurrió de que los dos estábamos contando la misma historia: yo la suya y la de su casa, y él la mía y la de mi casa. Ya sé que en el fondo, seño, esto es pura vanidad, ganas de ser el centro de la atención de alguien, pero ¿a que como ocurrencia no deja de ser buena?

A estas alturas de mi narración ya sé que lo fantástico, para Carlos, no tiene nada que ver conmigo; como sé, también, que soy la última persona en quien pondría su atención. Por eso lo mejor es continuar con aquellas reflexiones en las que me metí con más curiosidad que tino.

Lo único fantástico de nuestra casa era la profesión de papá, por supuesto, o lo que más se le acercaba, y, como mucho, el vicio del cotilleo que tenía mamá, porque yo tengo de fantástico lo que Carlos de gracioso, desde luego.

Pensé en nuestra casa y nada se podía comparar con su recibidor y su pasillo, excepto nuestro cuarto de baño, con esos azulejos tan oscuros que parece que te estés duchando en un planetario o haciendo tus necesidades en una celda de castigo... Pero el resto de la casa me parece a mí que es la mar de normal.

Luego pasé repaso a nuestras costumbres, las de cada día, las de las fiestas y las de las vacaciones; pero nada, en ninguna de ellas había ni el menor rastro de algo fantástico. ¡Como para que luego Carlos me hablara del trabajo de su madre como si fuera idéntico a la rutina de hacer las tareas de la casa, despachar en una tienda o trabajar de nueve a seis en una oficina...!

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Fecha de publicaciónOctubre 2004
Colección RSSLas excepciones cotidianas
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