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El hombre de la maleta

Héctor Lisonje
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Penn Station, Interior, Manhattan.

A lo largo del andén, un hombre cargado con una vieja maleta recorre los trenes. Su mirada es tenue, meditativa; invisibles sus ojos grises en los que nadie se fija. Mira a uno y otro lado en tenso rigor de reconocimiento. Es joven, voluminoso, sonrosado. Invadida por el áspero cabello pelirrojo, su frente es parca. El color de su chaqueta es amarillo apagado, con un roto a la altura del ojal. Su bufanda es rosa. El lento orgullo de su andar contrasta con las precipitaciones que lo rodean: algunos operarios, pocos todavía, se mueven con prisa y atención y pasan a su lado a la carrera y por una vez casi lo derriban. El hombre recompone las vueltas de su bufanda y prosigue su camino. Aún no son las nueve de la mañana. El cielo, donde gira un tímido círculo de pájaros, remueve sus todavía pálidas entrañas mientras unos nublos aparecen sobre una elevación de anquilosada metalurgia. Como cada mañana, y ya son dos años, el hombre ocupa la misma mesa en la misma cafetería: desde ese punto, una amplia vidriera privilegiada domina los trenes. Nunca pide nada, excepto un café que ciertos días no puede pagar. Su primera tarea consiste en vaciar el contenido de la maleta y disponerlo sobre la mesa. El orden es inquebrantable: el taco de folios en el centro, el lapicero con un solo lápiz a la derecha y la grapadora oxidada a la izquierda. Sólo de vez en cuando, sin duda debido al cansancio, esa rápida organización del material registra levísimas variaciones. Su comportamiento a esa hora es relajado pero diligente: sobre las hojas redacta nota tras nota, sin apuro. Se detiene, parece cavilar, retorna a una de las primeras páginas, opera una corrección que lo deja satisfecho y que le hace asentir para sí mismo. Conforme acaba de redactarlos, se aplica en grapar los folios en grupos de diez. Parece un oficinista. Algunos asiduos lo reconocen. Su divertida perplejidad no se agota en la fácil sátira del saludo. En ocasiones se sucede un murmullo de comentarios, pero la indiferencia y el sueño acaban fulminando esos focos de sonámbula burla. El extraordinario celo del hombre es sordo a esas contingencias. No faltan quienes le consulten acerca del horario de determinados trenes. Entonces alza la mirada, calcula y contesta con una especie de exasperada puntualización. Es el único requerimiento al que atiende y jamás se equivoca.

A las once termina su tranquilidad, y la metódica burocracia cede a un nuevo dinamismo; suele ser un periodo de agitación, de urgentes enmiendas. El hombre se levanta, pasea nervioso por el contorno de la mesa, ajusta sus manos al cristal, vigila las entradas y las salidas de los trenes, da vueltas sobre sí mismo, ejecuta un par de aspavientos de disconformidad y se sienta. Está nervioso y fatigado y no acierta a grapar un nuevo conjunto de notas. Suda. Sus labios se mueven, sisean palabras irrecuperables en el tumulto de esa hora. Detrás de él funciona sin cesar una máquina tragaperras que recibe los restos del sueldo de varios sujetos vagamente achispados por una copa temprana. Cada tanto se gira hacia el insoportable ruido que ese entretenimiento produce: su mirada es brutal y el hombre que está jugando suele disculparse. Con tanto alboroto no le dejan pensar. Entonces se lleva las manos a la cabeza, se levanta de nuevo. A punto de estallar, articula un grito que no suena. Se estremece con todo el cuerpo, enrojece, las venas del cuello se abultan, brilla la cólera en sus ojos. Se lanza contra la vidriera y todo su cuerpo se aplasta, apuntando a los trenes. Gesticula. Ya lo envuelven, borrándolo, la claridad de las doce y el humo de los cigarros. No obstante, sus brazos determinan rumbos, maniobras precisas, señalan a un lado y a otro, pero todo ese caudal no parece dirigirse a nadie en concreto e irremediablemente se pierde en la nada. Como si instruyera o reprochara a un elemento invisible, el hombre mira hacia atrás y solicita una suerte de continua anuencia: «¿No es así?, ¿no es así?», podría ser una inhábil traducción de estos pasajes tan recargados de gestos, de ademanes, de convulsa mímica. A la una de la tarde ya se ha deshecho de la chaqueta que, arrojada descuidadamente contra una pared, acorrala la ceniza y el polvo del suelo; está en mangas de camisa, y sus absurdas órdenes no decaen. Una por una, arranca las hojas de los diferentes grupos, fabrica bolas que apenas aprieta y llena con ellas la papelera. Uno de los camareros está acostumbrado a vaciar esa primera papelera, que al instante vuelve a llenarse. Más de una vez ha examinado las hojas, que de arriba a abajo sólo contienen una serie de líneas trazadas con lápiz. Ninguna letra, ningún símbolo interpretable, papel enteramente desperdiciado. Este mismo camarero ya ha elevado queja ante la dirección: ha alegado lo molesto de su actividad para los viajeros, la mesa siempre ocupada, la exaltación, la violencia, las miradas de odio, su total falta de urbanidad. Por el momento no le han contestado y, aunque en cierta ocasión intentó prohibirle el acceso, ha acabado desistiendo. Tolera su presencia, junto a sus compañeros y al resto de usuarios, como algo indefinidamente inútil y, quizá por eso, inamovible. A las tres finaliza sus trabajos. Recoge cuanto ha dejado sobre la mesa, lo reúne sin orden en la maleta y sale sin despedirse. A lo largo del andén lo ven marchar como a un interminable crepúsculo.

Cierta mañana, el hombre no aparece. Unos viajeros gastan un café sobre su mesa. Los camareros se miran con solidario alivio. Su esperanza dura toda la mañana, que transcurre con absoluta normalidad y como dotada de una nueva placidez. Eso sí, aquella mañana hubo retrasos en los trenes, descoordinación y, sobre todo, un desgraciado accidente. Dos trenes colisionaron a la salida: alguien se olvidó de dar la orden oportuna.

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Copyright ©Héctor Lisonje, 2004
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Fecha de publicaciónSeptiembre 2004
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