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Círculo paralelo

Geneviève Gaillard-Vanté
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El papel reciclado esta mañana es de color oscuro. Un azul nocturno. Sobre la mesa de madera sus dedos manchados se mueven infatigablemente. Lentamente. El pincel se desliza con un trazo seguro. Minucioso. Entonces sin retoque, el hombre añade un círculo ardiente, que podría, según la interpretación, recordar al sol siguiendo su camino sobre las olas.

Tres colores. Azul, ocre, rojo. Una obra simple, como todas las otras, coloreada, lograda. Otros bosquejos con la tinta más negra sobre el agua de café seca. También brillantes. Él lo sabe. Realmente tiene talento.

Como todas las mañanas ella vuelve a hacer el mismo recorrido imaginario. El espacio de un relámpago. Sólo para verlo, observarlo, sentirlo. Los gestos del hombre son lentos sobre el papel. Precisos. En este interior sobrio, encantador, con vistas al mar, donde ella vive paralelamente con él desde hace algún tiempo. Fuera, escucha las olas. Y la música dulce mece todos sus sueños. Su vida es simple y tranquila. No tienen niños, sólo a él; él llena completamente el vacío… Y la música, los libros, los cuadros… El mismo fantasma. Y la misma música, los mismos libros, los mismos cuadros… Las mismas ideas. Y la llama olorosa, las flores… Los platos especiados y el vino… La evasión sobre el pabellón flotante. En el sueño, de la novela, nada falta. Caminan descalzos sobre la arena…, sobre la hierba fresca, llena de tréboles de cuatro hojas. Una vida simple, con él. Él, siempre él. Aquí en ella. Tan reales en su espíritu. La oda de la felicidad.

—Buenos días, Zutana. Aquí Don Vermeille, del periódico Le Quotidien. Nos gustaría invitarla a participar en una conferencia televisada con otros tres autores. El tema girará en torno a la literatura, de la insularidad a la globalización…

Esta voz al otro lado del teléfono le es familiar. Un periodista trabajando, piensa ella en una semilucidez. Sin ser un erudito, escribir novelas le ha llevado lamentablemente e inevitablemente sobre los destellos de la rampa. Pero ellos no comprenden que ella es como cualquiera, nadie, con sus límites, además.

—¡Millones y billones calculados casi al céntimo se exigen ahora en Francia! ¡Restitución! ¿Y si me hacen esta pregunta en el certificado de estudios? Esta frase lanzada a su espalda es de su hija.

Ella duda, como en el teléfono, y no sabe qué responder. Entre la niebla, con la música, las imágenes del fantasma continúan flotando. En colores. Lentamente. De repente, vuelve a pensar en la pregunta de su hija. Restitución. Dos generaciones atrás, la tricolor flotaba en el jardín de su casa familiar. «¿Debo realmente responderle ahora?», se pregunta ella. No, de ninguna manera. Sobre todo no ahora. Ella no ha terminado de mirar los dedos de su hombre sobre el papel. «¿Por qué no me dejan por fin tranquila sola con mis pensamientos?» En su burbuja. En cuanto a la globalización, escribir novelas le parece un gesto menos complicado que una elaboración sobre lo real, y sobre todo de un tema que no es de su ámbito. Aún menos concentrarse en los problemas de esa realidad de fuera, su realidad.

En su círculo paralelo su espíritu se ha turbado de repente esta mañana. Restitución. ¿Globalización? Palabras, palabras tan alejadas de su vocabulario. Forzándola de golpe a volver a poner los pies sobre su isla de sol de relieve, recordando la boca de un cocodrilo cadavérico. Antigua colonia francesa, una de las más pobres del hemisferio. Allí donde, como ella, sobreviven algunos millones de habitantes. Cada uno en su esfera, su miseria, sus obsesiones, su vida cotidiana… Angustias y penas con mayúscula, a montones. En su propia utopía, ella no es más que una entre ellos que debe sobrevivir, de una manera u otra, en lo insoportable.

Ha terminado comprendiendo. Para no perder la razón debe evadirse lejos, al menos en el pensamiento. No leer ni oír, ni en el periódico o ni en ninguna otra parte. Izquierda, derecha… Imperialismo, fascismo o comunismo… ¡Palabras pronunciadas ahora con la elegancia de su z en lugar del sonido de la s, pero que a pesar de eso no tienen ningún encanto!

Evadirse en la escritura. Sí. Inventar palabras. Palabras llenas de euforizmos. ¡Mejor todavía, utopirizmo! Todos los días. Lejos. En otra vida, en otro lugar, en otra casa, otro mundo… Otro planeta.

En su círculo paralelo. Aún más real que en su cabeza.

Cierra un instante los ojos, su respiración es lenta, repleta de paz, de plenitud. La llama olorosa parece invadir la habitación. La musa acaba de llegar, llenándola de elocuencia… «¡A sus órdenes, Calíope!»

El papel reciclado todavía está de color oscuro. De un azul nocturno. Sobre el tablón desgastado, mira infatigablemente los dedos de su hombre moverse. «¡Qué hermoso está él esta mañana!» El pincel dibuja un trazo seguro. Minucioso. Como cuando sus dedos, a lo largo de su nuca, de su espinazo, la hacen a veces chillar de deseo. Interiormente… En su vértigo, ella lo mira todavía, él está allí. Qué falta hará reflexionar sobre la restitución o la globalización. Entonces, sin retocar, el hombre añade al papel oscuro una burbuja ardiente que podría recordar al sol brillando sobre las olas. Él le sonríe, las notas van a terminar. Ahora ella puede volver a la realidad. El pincel se desliza y se desliza otra vez sobre el papel. En el desorden la llama de su fantasma es aún más brillante esta mañana. Te amo, le parece leer sobre los labios del hombre. Ella puede por fin dejarle terminar su cuadro. Una obra simple, simple, como todas las otras. Todo como su propia vida, paralela. Coloreada, lograda.

Traduction: Geneviève Gaillard-Vanté
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Copyright ©Geneviève Gaillard-Vanté, 2004
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Fecha de publicaciónAgosto 2005
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