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Las vacaciones de Terés

Capítulo V

Ana María Martín Herrera
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Llegó el día 1 de agosto. Mi primera experiencia no resultó mal. Fue la adecuada para calentar motores. Así lo pensé entonces.

Me anudé a las caderas un largo y vaporoso pañuelo de color turquesa que trajo Mánol. Dijo que ésa era la única ropa que yo debía llevar. Luego quiso que me soltara el pelo y me lo ahuecara. La imagen que yo daba debía de ser parecida a la de alguna venus del mar. El cliente llegó sobre las diez de la noche. Sé que no se pueden sacar conclusiones basándose en el aspecto de una persona, pero a éste lo catalogué, a pesar de su perilla, como trabajador administrativo de algún ministerio. No creo que llegara a los treinta y cinco años. Estaba tan delgado que producía grima mirarlo desnudo. Hablaba en un tono suficiente, yo creo que lo que más le gustaba era sentirse superior a mí. No sé a cuento de qué me explicó las grandes ventajas que él había obtenido en la configuración de su personalidad realizando un curso de psicología encaminado a lograr la seguridad en sí mismo. Después de estas explicaciones se tendió en la cama. Con el vaporoso pañuelo que me cubría el vientre me pidió que lo atara por las muñecas a los barrotes del cabecero. Quería una escena de película. Sin duda la tuvo. Lo comprendí bien y me empeñé en hacerle disfrutar comportándome como una atractiva asesina enloquecida de amor por él. Empezó a suspirar y a gemir desde que le enfundé el condón. Introduje despacio su pene en mi cuerpo y él temblaba preso de una emoción sublime. Cuando se corrió rompió a llorar. Yo nunca había visto algo parecido. Una vez que lo desaté fingió que se estaba recuperando de alguna experiencia feroz. Se frotaba las muñecas como si fuera un héroe reducido y torturado.

Aquella primera noche tuve la equivocada impresión de que las cosas iban a resultar fáciles. Nada de lo que sucedió hizo que yo me sintiera manipulada o humillada. No era más que un trabajo extra que me había buscado, algo divertido para entretenerme y sacar dinero. Sencillamente, yo era un vehículo para que aquel hombre pasara un buen rato. Y a cambio él pagaba. Eso era todo. Durante los primeros días me repetí con frecuencia estas frases. Lo más probable es que mi intención soterrada fuera adormecer cualquier escrúpulo que pusiera en cuestión la idea que yo me había empeñado en llevar a cabo.

Al marcharse aquel hombre tan delgado me dijo con palabras escuetas y formales que se alegraba de haber tomado la decisión de venir a verme, que había pasado un rato estupendo. Me dio la mano, me dijo que se llamaba Eloy. Me aseguró que volvería y así lo hizo. A lo largo del mes tuvimos algunas sesiones más, por cierto, todas iguales y él cada vez se iba más satisfecho. Su hucha debió de quedar vacía aquel verano. Siempre tuve la sensación de que era una persona que no disponía de mucho dinero.

La segunda sesión, la del día siguiente, tuvo otros tintes. Mánol me advirtió de que el tipo parecía duro y que no debía dejarme impresionar.

—Por mucho que parezca que va a matarte, no te hará nada. Es de fiar, Mari, yo sé lo que digo. Sólo quiero prevenirte ya que tú no sabes mucho de esto y no conviene que te asustes.

Cerca de las nueve, siguiendo las indicaciones de Mánol, elegí un vestido ceñido y escotado de color lila y me senté a esperar en uno de los sillones de mi habitación. Al cabo de un rato se abrió la puerta sin previo aviso. Entró un hombre calvo de unos cincuenta años. Cerró con un fuerte portazo. Me sobresaltó. Llevaba vaqueros y una camisa de marca. Debía de ser uno de los que la primera noche merodearon por el local pero no lo reconocí. Su actitud distaba mucho de ser amable. Se acercó a mí con aire de fastidio, como si el que estuviera trabajando fuera él, y me dijo:

—¿Qué mierda de perfume te has echado, tía?

Me quedé mirándolo atónita.

—Que a qué hueles, digo —dijo con una crispación que me atemorizó.

—A Isla del Sol —contesté asustada.

—Me están dando unas ganas de cruzarte la cara —dijo levantando la mano.

No pude reprimir un grito.

—Dúchate ahora mismo —dijo cogiéndome del brazo con una brusquedad inusitada.

Puede decirse que me arrastró hasta la ducha. Una vez allí, abrió el grifo del agua fría a tope sin hacer caso de mis quejas y me estuvo enchufando cuanto quiso por todas partes, sobre todo por la cara. El agua me atragantó en un momento dado y rompí a toser. Él siguió enchufando, yo intentaba protegerme con las manos. Al fin, resbalé y caí al suelo de la bañera. Imagino que mi aspecto se hizo deplorable. En pocos instantes debí quedarme con el pelo pegado a la cara, el vestido empapado y la pintura convertida en chorretes. Cuando por fin cerró el grifo, hice intención de levantarme pero me pisó en la espalda y me dijo:

—Tú siempre que estés delante de mí, de rodillas. ¿Te has enterado? Con los demás haces lo que te dé la gana pero conmigo de rodillas si no quieres que me enfade. Y ahora sal de ahí.

El momento fue más difícil aún que el anterior porque estaba empapada, el vestido se me había ceñido a las piernas y no podía moverme. Casi gateando salí del cuarto de baño. Él se había bajado los pantalones y se había sentado.

—Chúpamela.

Me quedé petrificada.

—Si me haces repetirlo, te arrastro.

Me acerqué de rodillas y abrí la boca. Por un momento me apeteció sorprenderle con un mordisco desgarrador. Él debió de leerme el pensamiento.

—Como se te ocurra morderme te doy tal paliza que no te reconoce ni tu madre.

Aquella polla era repugnante. Era larga y destartalada y tenía un color muy oscuro. Lo natural hubiera sido que yo me encontrara aterrada. Pero no era así. Las palabras de Mánol habían hecho su efecto. Yo sabía por lo que él me había advertido que eso era lo que debía esperar de aquel cliente. También me había dicho que no debía preocuparme nunca por muy enfurecidos que ellos estuvieran, que en el fondo sólo se trataba de una representación. Que el secreto estaba en seguirles el rollo y en ser una buena profesional. Incluso, en comprenderlos.

Y eso fue lo que a mi vez me dije a mí misma. Que yo era una mujer fría, que estaba ejerciendo un oficio y que debía tratar de realizar mi cometido de forma aceptable por mucho desprecio que me inspirara aquel energúmeno. En mi pensamiento se afianzó sólidamente la fórmula repetida por Mánol de que aquello sólo era un juego. Simplemente estábamos jugando. Si este tío ha soltado tanto dinero es porque le he gustado y ésa es la única verdad, me dije. Si consigo que vuelva a solicitar mis servicios, pensé, será porque lo he dominado yo.

Convencida con estas ideas, empecé a recorrer aquel desagradable vergajo con la lengua. Lo besé lentamente fingiendo cuanta lascivia fui capaz. Mientras, le acariciaba los muslos y el flácido vientre. Él había enredado las manos en mi pelo empapado y suspiraba. Sí, me dije, es un pobre diablo. Nunca hubiera tenido a sus pies una mujer como yo si el dinero no se lo hubiera permitido. Quizá por eso me maltrata, porque no puede soportar la idea de que en el fondo nunca seré suya.

Al final, hasta logré compadecerme de él y por supuesto hacerle feliz. Tras correrse, me apartó de él tirándome con fuerza del pelo. Después me mandó desnudarme y como tardé en hacerlo porque de rodillas me encontraba incómoda y, además, el vestido mojado se me pegaba por todas partes, se acercó a mí y me cogió de la ropa. Me arrastró por el suelo hasta que el vestido se desgarró y pisándome en las nalgas me lo sacó a tiras. Llegó un momento en el que me sentí agotada. Le dije que ya no podía más. Eso lo excitó profundamente. Entonces, se puso el condón y me mandó tenderme a cuatro patas.

—Levanta el culo —dijo.

Sentí sus manos abriendo mi sexo y después su polla invadiendo mis entrañas.

—Muévete que pareces una muerta.

No sé de dónde saqué las fuerzas. Empecé a moverme en todas las direcciones posibles; de atrás adelante y en círculo. Se corrió mucho antes de lo que yo hubiera imaginado. Su cuerpo cayó sin fuerza sobre el mío. A pesar de mi entusiasmo, en aquel momento me sentí aplastada, asqueada, exhausta. Al fin se levantó y se vistió. Él también parecía cansado. Ya se marchaba y yo seguía tendida en el suelo. De pronto se volvió, sacó diez mil pesetas de la cartera y las arrojó a mi lado.

—Ya he pagado a Mánol, Terés; esto es para que te compres otro vestido.

Al echarme sobre la cama sentí el cuerpo dolorido. Sin embargo, no podía apartar de mi pensamiento el rasgo generoso que había tenido aquel hombre en el último momento. Ha sido su forma de demostrar ternura, me dije. Y me dormí satisfecha. Entonces no se me ocurrió imaginar que seguramente lo que pretendía el tipo con aquel gesto era darse el gustazo de arrojarle a una puta el dinero al suelo.

A la mañana siguiente tuve la precaución de hablarle a Mánol de la propina. Incluso hice intención de dársela. Por un momento pareció que él iba a cogerla pero lo pensó mejor y me dijo:

—En realidad, eso es tuyo, Mari. Ya te digo que no soy ningún rácano. Quédatelo. No ha ido mal, ¿eh? El tío quiere repetir.

La satisfacción me impidió sujetar una sonrisa.

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Copyright ©Ana María Martín Herrera, 2003
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Fecha de publicaciónSeptiembre 2004
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