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El ojo de la conciencia

Ricardo Costoia
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Basta —se aseguró tratando de apaciguar los pensamientos.

Basta —se sentenció sin saber qué era lo que quería terminar y sin conocer demasiado el motivo que lo llevaba a esa repetición de bastas con causa improbable y sin efecto.

¿Hastío? ¿Rutina? Tal vez. Lo cierto es que cuando se cansó de que las ideas se le agolparan se levantó de la cama, se quitó el pijama, se vistió y salió a la calle.

No había nadie. Las madrugadas y el frío juegan en contra de las aglomeraciones. Se subió al auto y se dedicó a transitar por las calles desiertas. El azar o una preferencia inconsciente quiso que el mar apareciera en su rumbo. Detuvo la marcha, apagó el motor, las luces y se dedicó a mirar. Las luces sobre el horizonte lo llevaron a imaginar una ciudad del otro lado del mar. La razonabilidad le destruyó la ilusión. Época de calamar, barcos poteros, cardumen cercano, dinero. Información escueta y letal para la imaginación.

Encendió la radio, una típica melodía monocorde de madrugada llenó el habitáculo, creando el mismo sopor que produce el humo del cigarrillo en un espacio cerrado. La voz de la locutora que precedió la melodía no cambió el tono, sugería sensualidad, calma o ayuda al sueño esquivo.

No puso la atención en el tono. Sí en las palabras. Una sonrisa con un dejo de rabia se le dibujó. Le pareció increíblemente estúpido cómo se puede decir lo mismo con tan sólo cambiar la forma. Nada nuevo, nada bueno. Quejas, lamentos, sinsentidos, conspiraciones, rumores. Nada nuevo, nada bueno.

Cambió la sintonía y al parecer la languidez reinaba en el éter. Llamados telefónicos de desvelados, de solos, de viejas indignadas. Algunos de ellos decían basta, pero no eran iguales a los de él. Dudó sobre cuántas acepciones tiene la palabra. Concluyó que no era la palabra, era el motivo. Cuando se cansó, encendió el auto y transitó por la costa. Llegó al límite de la ciudad y no se detuvo. Sobre su derecha, las luces estáticas de los barcos. Sobre la izquierda, las luces amarillentas de las casas, se iban espaciando cada vez más.

La ruta rompió la línea paralela con el mar y se adentró en el campo. Dudó y siguió. Nunca puede perderse quien no sabe adónde va. Los focos cortaban la noche y parecían darle vida a las rayas blancas de la ruta. Llegó a un peaje, urgando en los bolsillos sacó unas monedas y se las dio al empleado, que le dio las buenas noches entre bostezos. Siguió su camino. Cada tanto algún camión saludaba con las luces.

Cuando se dio cuenta de la curva ya estaba en medio de ella. Trató de contrarrestarla pero fue tarde. El auto cayó a la banquina y a los tumbos fue perdiendo velocidad, hundiéndose en el barro. El sobresalto rápidamente se disipó. Se asombró de que ninguna maldición saliera de su boca.

Una vez que pudo abrir la puerta bajó del auto. Sus piernas se hundieron hasta un poco más de las rodillas. Todo era oscuro, las luces no funcionaban. Se subió al techo y se sentó. Algunas luces diseminadas y a lo lejos el resplandor espectral sobre las nubes de una ciudad. Cuando la vio quedó cautivado: la luz se prendía y apagaba. En ningún momento dudó de que era un faro, pero no quiso romper esa magia con explicaciones técnicas y de circunstancia. Algunos camiones pasaban por la ruta, pero no pidió ayuda. Se quedó allí unos minutos mirando. Al final se decidió.

Corrió a través del campo hasta que la agitación lo hizo caminar. Cuando recobró el aire volvió a correr. Cruzó alambrados, trastabilló decenas de veces, se cortó en los pajonales. Al cabo de algo así como una hora y sorteando un presumible pinar llegó ante él.

Un coloso cíclope en medio de la nada. Una mole silenciosa mirando al mar.

Descansó unos minutos tirado en la arena con la vista clavada en la luz. Tanteó la puerta y al encontrarla abierta se adentró en el faro. Subió con precaución las escaleras en forma de caracol hasta llegar al foco. La potencia lumínica lo encegueció. Miró hacia el mar. El negro se fue transformando en rojo, luego fue tornándose naranja, hasta que el sol naciente le hizo entender por qué estaba allí.

Tan sólo un segundo tardé en entender que este faro es el resumen de la vida de los hombres. Que la felicidad es una alteración lumínica en la noche oscura del alma. Que la vida es un resplandor potente y efímero en la noche eterna. Podrán refutarme con fundamentos prácticos sobre usos de faros, que no poseen funciones filosóficas, y mucho menos, místicas. Pero este faro en el medio de la nada es el centro de mi mundo. Y no es sólo mi hogar. Es un buen amigo que me recuerda que todos son ciclos que se repiten. Que nada es absoluto.

Y aquí estoy, rodeado de mis papeles, mis libros y libre de recuerdos. Algunas veces me intimaron para que lo abandonara. Creo que desistieron cuando propuse, enviando cartas a quienes rigen este mundo, que deberían ponerse faros en el centro de cada ciudad. Les di mis explicaciones. Dije que la memoria de los hombres es frágil y que un faro les recordaría lo efímera que resulta una vida.

Me creyeron loco. Y tal vez no esté mal. Por lo menos ya no intentan que me marche. Se apiadaron de mí, y yo de ellos. El faro y yo vivimos en una apacible armonía y ellos bien saben que está perfectamente mantenido. Sé que existen ciertos aparatos que dan mayor seguridad que un faro a quienes practican el arte de la navegación. Nunca navegué pero fui náufrago, y nunca traté de averiguar cuáles eran esos aparatos. Las luces de este faro no apuntan sólo hacia el mar. Mi ilusión es tratar de salvar a esos viajeros que pasan por la ruta, navegando en la vida sin timón y en un mar que ellos mismos embravecen. Quizás alguna vez lo logre.

Disculpen si he usado al principio de esta narración la tercera persona. No es vergüenza. Es sólo que mis recuerdos de náufrago me resultan muy lejanos.

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Copyright ©Ricardo Costoia, 2002
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Fecha de publicaciónDiciembre 2003
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