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Historia de José Montilla

Fernando Sorrentino
Tamaño de texto más pequeñoTamaño de texto normalTamaño de texto más grande Añadir a mi biblioteca epub mobi Permalink MapaGeneral Rodríguez, Buenos Aires
1.

En aquellos días, la calle Emilio Ravignani se llamaba Andrés Arguibel. Desde el centro, el tranvía 4 venía por Paraguay, doblaba a la izquierda por Andrés Arguibel y recorría dos cuadras más. En la esquina de Soler, bajo un hexágono de metal amarillo con una P negra, esperaba el tranvía don José Montilla.

El tranvía tomaba Soler y, mediante el puente de la calle Ciudad de La Paz, salvaba los rieles del entonces Ferrocarril Central Argentino. Al cabo de unos pocos minutos, don José Montilla ya se encontraba en su comercio de la avenida Cabildo.

Don José Montilla vivía en la calle Bonpland, bastante cerca de casa. Mi padre tenía cierta amistad tenue con él, amistad que no iba mucho más allá del saludo y de alguna breve conversación. Pero quiero decir que don José Montilla y mi padre sentían un mutuo afecto silencioso. Gracias a esta relación, yo puedo ahora contar la historia de don José Montilla.

Era castellano, y veinte años largos de residencia argentina no le habían quitado a su pronunciación una pizca de casticismo. Yo lo recuerdo como un gran personaje. Muy alto, muy delgado, con las mejillas enjutas, las manos afiladas. Mi primo Ernesto, a quien le encantaba colgar apodos a todo el mundo, lo llamaba «el archiduque». Yo rechazaba esa idea: en mi cabeza, la imagen de un archiduque no era aplicable a un español, menos todavía a un español de rostro pálido y cabellos prietos. Yo cerraba los ojos, pensaba en un archiduque, y en seguida veía un alemán o un polaco, un austríaco o un checo: rubio, barbado y rojizo, con uniforme de opereta, con el pecho cubierto de condecoraciones: un personaje más bien ridículo.

Porque don José no tenía nada de ridículo. Parecía acompañado, sí, por cierto aire desdeñoso —que, sin embargo, no correspondía a su natural de hombre modesto y tímido—; ese aire apócrifo era realzado por sus brillantes lentes señoriales de armazón de plata. En el cutis pálido, donde nunca pegaba el sol, uno podía observar los puntitos grises de la barba siempre cuidadosamente rasurada a pelo y contrapelo.

El caso es que don José Montilla era, pues, un próspero comerciante español. No era panadero, no era almacenero, no atendía una casa de comidas: queden esos menesteres para los compatriotas de Galicia. En donde mostró escasa originalidad fue en el nombre que eligió para su tienda: Al Caballero Elegante. Aunque en realidad no sé si lo eligió don José o el comercio ya se llamaba así antes de que él lo comprara. Era un local profundo y ancho: brillaban las largas maderas de los pisos y brillaban las olorosas maderas de los cajones y de las estanterías, y brillaban los metales de manijas y llaves y esquineros, y brillaban los cristales y los espejos. «Todo para el caballero elegante»: medias, ropa interior, camisas, corbatas, trajes, sobretodos, sombreros, cinturones, tiradores, billeteras.

Creo que ya alguna vez hablé de nuestro «bosque encantado», esos terrenos difusos y anegados que constituían la vaga frontera entre Palermo y Colegiales. Pero también la avenida Cabildo ejercía atracción, por otros motivos, sobre nosotros. Pues nuestro barrio era desvaído y humilde, y en cambio la avenida Cabildo ya era, como ahora, una sucesión larguísima de comercios multicolores. Cuando el sol asesino del verano de Buenos Aires calcinaba las veredas y derretía negramente la brea con que estaban adheridos los adoquines de madera —de madera, no de granito— de Cabildo, nosotros veíamos a don José Montilla, pálido y helado, en lo hondo del frío oscuro de su tienda, sin haberse quitado el saco, sin haberse aflojado un milímetro el nudo de la corbata. El calor, que nos vejaba a todos, nada podía contra don José y su dignísima compostura de siempre. Claro que, por una afortunada razón de aislamiento térmico, el calor, en esa tienda, entraba disminuido.

Busco un solo adjetivo para calificar el comercio de don José Montilla y, después de desechar muchos, elijo el más sencillo y gastado: diré que la tienda era hermosa. En el verano, un oasis de oscuridad y frescura, con sus olores de limpieza y de piso encerado, de cuero nuevo y de ropa fina sin estrenar.

2.

Sin embargo, parece ser que también hasta lo recóndito de Al Caballero Elegante penetró una de las tantas crisis económicas. Según observábamos, día tras día quebraba uno y otro comercio; los dueños se veían obligados a liquidar la mercadería a menos de su valor de costo. La avenida Cabildo fue apagando su esplendor; se multiplicaron las cortinas bajas.

Entonces don José Montilla, un tanto exaltado, le declaró a mi padre que él, ni loco, pensaba liquidar su mercadería, mercadería importada de Inglaterra, de Francia, de Estados Unidos. Toda mercadería de primera calidad. Eso le dijo en la esquina don José Montilla a mi padre, y luego mi padre lo comentó en casa. «Si no vende nada», dijo, «no va a poder mantener semejante local.» Significaba entonces que Al Caballero Elegante desaparecería, como habían desaparecido tantos comercios: pero ninguno podía compararse con el de don José Montilla.

Firme en su obstinación, don José resistió aún dos o tres meses más. Ya hacia el final, mi padre me llevó a comprarme una camisa, con el fin verdadero de poder averiguar exactamente cómo marchaban las cosas de don José Montilla.

—Pues mal, muy mal marchan mis cosas.

Las manos afiladas, las uñas impecables, el puño blanquísimo, el rostro pálido donde jamás daba el sol: don José Montilla abre y cierra cajones transparentes, despliega sobre el mostrador esta camisa y la otra, describe las semejanzas y las diferencias, y siempre, por una u otra razón, encuentra palabras de elogio para todas. Estas apologías son sinceras. Don José Montilla sólo vende ropa de primerísima calidad. Ropa buena y cara. Se equivocaría quien pretendiese hacer economía en Al Caballero Elegante.

—Aquí no hay ropa ordinaria ni de entrecasa ni pichinchas. Aquí hay toda mercadería de primera.

Se ve que don José Montilla ama —ésa es la palabra— su mercadería. Conoce afectuosamente las características de cada par de medias y de cada sobretodo. Está envanecido con los artículos de su tienda.

—Mire usted si voy a liquidar por moneditas esta ropa maravillosa. Ni loco lo haría.

Don José Montilla se exalta, se emociona. Creo percibir lágrimas en sus ojos:

—¡Miren, miren qué ropa, qué calidad, qué detalles de terminación!

3.

Pobre José Montilla. Llegó el momento en que le fue imposible continuar. Pasaban días enteros sin que ningún cliente visitase Al Caballero Elegante para comprar esa ropa de primerísima calidad que ahora languidecía en estantes, cajones y perchas. Entonces, ya muy apremiado, vendió el local. Pero no la mercadería ni las instalaciones: una tarde vi cómo las guardaba en la casa de la calle Bonpland; la mercadería era mucha, la mudanza duró horas.

Ésa fue la primera vez que lo vi fumar a don José Montilla; se hallaba trágicamente abrumado. Mi padre le preguntó qué pensaba hacer.

—Ya tengo todo pensado —repuso—. Me han ofrecido en venta veinticuatro hectáreas en General Rodríguez.

Hoy, General Rodríguez queda lejos, camino a Luján. En aquella época quedaba —sin exageración— en medio de la pampa. Don José Montilla, en cuyo rostro jamás pegaba el sol, iba a comprar veinticuatro hectáreas en General Rodríguez.

—... voy a plantar frutales. Ciruelas, damascos, duraznos, naranjas, manzanas... Voy a vivir de eso, ya que me echan de Buenos Aires.

La idea era demencial. Mi padre conoció la ciudad en Buenos Aires; en Italia siempre había vivido en el campo. Quiso desaconsejarlo:

—Pero, don José, ¿qué está diciendo? Eso es una locura. Si usted no entiende nada de frutales... ¿Cree que los frutales crecen de la noche a la mañana? ¿Y cree que todas esas especies distintas se van a dar juntas?

Entonces surgió en don José Montilla una sarcástica veta de insospechado resentimiento:

—Los argentinos no se cansan de repetir que en esta tierra crece lo que uno quiera, ya que todo es mejor aquí que en España.

Y esto se lo decía a mi padre, que no era argentino sino italiano. Pero don José Montilla estaba tan abatido y ofuscado, que ironizaba en contra de su misma conveniencia. Sin escuchar a mi padre, repetía ciegamente:

—No, no me van a obligar a liquidar la mercadería. Voy a vivir de los frutales, hasta que la situación mejore y pueda reabrir el negocio.

—Pero es que usted no entiende nada de frutales. Hágame caso, don José, no cometa ese error. Va a fracasar y se va a quedar sin nada... Y el campo, ¿qué tal es?

Y entonces resultó que don José Montilla ni siquiera había visto el campo que estaba a punto de comprar. Más aún, no tenía intención de verlo. Le parecía una precaución innecesaria: un campo es igual a otro campo y en la provincia de Buenos Aires crece lo que uno quiera.

4.

Llegó así el día en que don José Montilla partió hacia sus veinticuatro hectáreas de General Rodríguez. Vestía, como siempre, traje negro, camisa blanquísima, corbata ceñida; en la mano derecha llevaba una pequeña maleta rígida.

Antes de que pudiéramos olvidarlo un poco, don José Montilla volvió. Pero sólo para contratar los servicios de la empresa de mudanzas Antigua Casa Ramírez. Ahora, parado en la vereda, contemplé el traslado de la famosa mercadería de Al Caballero Elegante desde las habitaciones de la casa de la calle Bonpland hasta el camión de la Antigua Casa Ramírez. Don José había vuelto de General Rodríguez con el traje raído, la camisa sucia, la barba a medio crecer. Ahora emergió de la casa de la calle Bonpland como en sus mejores tiempos: otro traje negro, otra camisa nívea, ni sombra de barba; los lentes de armazón de plata brillaban como nunca.

En este caso no necesitó tomar el tranvía hasta el Once, tomar el tren hasta General Rodríguez. Ocupó el asiento izquierdo en la cabina del camión de la Antigua Casa Ramírez; dos obreros viajaban en la caja. Yo no recuerdo si el arroyo Maldonado ya estaba entubado; de ser así, el camión habrá tomado por la avenida Juan B. Justo hacia el oeste, hacia las veinticuatro hectáreas de General Rodríguez, ricas en árboles frutales. Hacia allá marchaba íntegra, y puntillosamente acondicionada, la mercadería de primera calidad de Al Caballero Elegante. Mi padre, resignado ante lo inevitable, le preguntó con qué fin llevaba esa ropa al medio del campo.

—La guardaré, don Antonio, la guardaré hasta que vengan tiempos mejores y pueda reabrir Al Caballero Elegante. Pero regalar por moneditas esta ropa de primera, ¡ni loco!

Sin embargo nadie le pedía que regalara su ropa. Mi padre sólo le proponía dejarla guardada en la casa de la calle Bonpland.

—¿Dejar la mercadería sola, a tantos kilómetros de General Rodríguez? ¿Y si me la roban?

5.

Llegó el comienzo de las clases, llegó la compra de útiles hermosamente nuevos, llegó el olor azul de la tinta y llegó el olor castaño de los bancos de la escuela. Corrió el otoño, se fue el invierno, despertó la primavera y, por fin, terminaron las clases. Siempre, a partir de septiembre, la fragancia vegetal de Buenos Aires y la invasión de mariposas y libélulas me infundían, no sé por qué, una cierta melancolía difícil. Y sentía un hostigamiento grato y desconocido ante la visión de las chicas de mi edad.

Pero se hizo el verano y, con él, retornó el recuerdo del verano anterior, el recuerdo de don José Montilla. Ya había pasado un año entre sus frutales.

Unos más, otros menos, todos hacemos alguna cosa de locos. El 14 de enero, a las ocho de la mañana, el termómetro marcaba ya veintisiete grados. Mi padre era italiano, pero nadie se hubiera atrevido a llamarlo «tano» ni «gringo»: estos términos, entre peyorativos y cariñosos, no podían aplicarse —por lo menos en aquellos tiempos— a un maestro mayor de obras, siempre muy bien vestido con traje y corbata, seguro en su estatura y en su autoridad, que pronunciaba el español con acento italiano y con las eses italianas pero cuyo vocabulario y sintaxis españoles eran muy superiores a los de la mayoría de los vecinos de nuestro barrio. Porque don Antonio Canale era un hombre bastante culto, que, apenas concluía un libro, empezaba otro: gracias a sus muchos volúmenes en italiano y en español, desde muy chico yo fui perfectamente bilingüe —y, por momentos, erróneamente bilingüe, pues no siempre distinguía el límite entre los dos idiomas, y no era infrecuente que le diera plural italiano a un sustantivo español y viceversa—. De modo que tenía la suerte de leer, por ejemplo, I promessi sposi, y luego Don Juan Tenorio, sin dificultad alguna. No obstante, nunca pude escribir razonablemente bien en italiano: faltaban a mi alrededor la vida cultural italiana y la lengua viva...

Pero, ¿a qué viene esta digresión...? Quería decir que ese 14 de enero, cuando a las ocho de la mañana ya teníamos veintisiete grados, al juicioso y mesurado don Antonio Canale se le ocurrió, de repente, visitar a don José Montilla. Era dueño de un Chevrolet 38: negro, enorme, cuadrado, simpático. Pero sostenía la idea de que la única manera legítima de viajar al campo era en tren.

De manera que primero fue el tranvía, por Santa Fe y por Pueyrredón, hasta el Once. Y después el tren, hasta General Rodríguez. Si a las ocho de la mañana hacía veintisiete grados, cuando llegamos a General Rodríguez, hacia el mediodía, haría no menos de treinta y cinco. La estación era una fragua de cemento, pero tenía una cosa buena: una canilla de grueso calibre con cuyo bendito y violento chorro nos empapamos las cabezas: mi padre, su calva dorada; yo, mi abundante pelo casi amarillo. No habíamos previsto traer gorras: las improvisamos con cuatro nudos en las puntas del pañuelo.

Y, luego, a caminar. Entre enjambres de mosquitos y alguaciles y mil insectos de toda clase, recorrimos interminables calles de tierra, sin ninguna edificación, con algún arbolito endeble. Caminábamos sobre la pequeña sombra que proyectaban nuestros cuerpos bajo el alto sol infernal del mediodía. Cada tanto, mi padre consultaba un plano dibujado, con su celo habitual, por don José Montilla. Nos había dicho «Unas treinta cuadras de la estación». Lo cierto es que yo conté más de cincuenta. Nuestro punto de referencia sería un cartel de publicidad de Chinato Garda.

Cubiertos de tierra, con polvo en la boca, en la nariz y en los ojos, muertos de sed, llegamos, por fin, a los dos postes que sostenían el cartel de Chinato Garda. Ésas tenían que ser las veinticuatro hectáreas de don José Montilla. Una verja de alambre tejido, con base de material, se extendía sólo unos veinte metros a cada lado de una sólida puerta, de tablas verticales rojas, cerrada con un pasador sin candado. A la derecha, arriba, había un llamador de bronce: una mano dorada y brillante que sostenía una bola. Una magnífica puerta, propia de un jardín de una hermosa casa de Belgrano o de Villa Devoto: una magnífica puerta, con un bello llamador, pero sin jardín y sin casa. ¿Qué significaban esa puerta y ese llamador, si cualquiera podría entrar con sólo caminar veinte metros a derecha o izquierda? Sin embargo, la puerta tenía cierta razón de existir: en ella había un cartel amarillo. En letras rojas, muy bien dibujadas —sin duda, por un pintor de letras—, se leía:

LA PALENTINA

QUINTA DE ÁRBOLES FRUTALES DE JOSÉ MONTILLA

VENTAS POR MAYOR Y MENOR

Como también nosotros estábamos en ese instante un poco locos debido al calor y a la sed y a José Montilla, hicimos sonar el llamador para que vinieran a abrirnos la puerta. Hasta donde alcanzaba nuestra vista —en ese día radiante, en la abierta llanura— no se veía un solo árbol: ni frutal ni no frutal. «Ciruelas, damascos, duraznos, naranjas, manzanas...» Sólo los yuyos tenaces y los cardos eternos de la llanura de Buenos Aires se extendían por las veinticuatro hectáreas de don José Montilla. El solazo era desesperadamente insoportable, y allí no había ni una construcción ni un mísero arbolito con la piedad de la sombra.

Como empujado por el sol, corrí el pasador y entré en la propiedad de don José Montilla. Avancé unos cuarenta metros entre yuyales hostiles y animales invisibles que sentía saltar, asustados, bajo los pastos. Entonces encontré que bruscamente cesaban los yuyos: allí había una gran superficie rectangular de cemento y, sobre ella, un rectángulo menor con una argolla de hierro. Mi padre se acercó. Agarramos la argolla y tiramos con fuerza. Yo pensé en la historia de Aladino y el mago magrebí.

Bajamos una escalerita de concreto. Sentado en un banquito de madera, sin corbata, en mangas de camisa, nos sonreía un gastado José Montilla:

—Bienvenidos los Canales —dijo, y nos dio la mano—. Veo que no se han olvidado de los pobres.

Antes de que le preguntáramos nada, don José Montilla se puso a hablar. Era el cansancio, era la derrota, era el deterioro. Con orgullo nos mostró la mercadería de Al Caballero Elegante acomodada prolijamente en los mismos cajones, estanterías y perchas de la avenida Cabildo.

—La voy a conservar hasta que vengan tiempos mejores y pueda reabrir el negocio. Por suerte, el sol no entra; sí, en cambio, un poco de humedad y de lluvia. Pero no creo que la ropa se llegue a estropear...

No nos atrevimos a preguntarle por los árboles frutales: él solo sacó el tema. Antes de comenzar con la plantación de los frutales, consideró mucho más urgente poner a buen resguardo su mercadería. Había proyectado construir una gran casa de tejas, de techo a dos aguas, con un sótano seguro y hermético para conservar la mercadería.

—Pero, don José —quiso interrumpirlo mi padre—, ¿por qué no me consultó a mí? Mire que de construcción algo entiendo...

Don José ni lo oyó. Los costos aumentaban día tras día, y por fin la plata apenas le había alcanzado para el sótano, la verja, la puerta, el cartelito, el llamador. Después, cuando vinieran tiempos mejores, reabriría el negocio y, con las ganancias, terminaría la construcción de la casa, y podría dedicarse a plantar los frutales, con cuya ganancia reabriría el negocio de la avenida Cabildo y...

Entonces se hizo tangible un olor de suciedad, de polilla, de locura. Don José siempre había sido flaco, pero ahora era puro hueso macilento. La barba entrecana tocaba ya la camisa lastimera.

Nos preguntó si queríamos tomar café. Dijimos que no y no nos oyó. Yo me sentía incapaz de pensar en beber algo caliente; ni siquiera podía soportar la vista del fuego. Él seguía hablando:

—Lo malo es que no tengo agua. Tendría que hacer instalar una bomba, pero ¿con qué plata? Por ahora lleno este balde en la bomba de un vecino.

(¿Un vecino? ¿Dónde? ¿Qué desaforada distancia habría recorrido don José entre el polvo y el calor?)

En el balde de aluminio había un poco de agua vieja, donde flotaban pelusas e insectos. Sumergió en él un jarro blanco enlozado, con muchas cascaduras negras. Intentó sin éxito encender un calentador de querosén. Cuando dijimos por quinta o sexta vez que no queríamos nada, devolvió al balde el agua del jarrito.

—Yo tampoco quiero —dijo—. Hace mucho calor para tomar café. Además, tengo una terrible acidez de estómago: demasiado café y poca comida. A ver si una nochecita de éstas me animo, y me largo hasta el pueblo a comprar aunque sea un poco de pan y fiambre.

Después supimos que pasaba las noches sentado, durmiendo en el banquito de madera:

—Es que dormir en el suelo me hace mal al reumatismo.

Comprendimos que don José Montilla ya no podía admitir consejos ni entender razones. ¿Volver a la casa de la calle Bonpland? ¿Y dejar aquí abandonada esta mercadería de primera calidad? ¿Estábamos locos? ¿Cómo se nos ocurría semejante disparate?

Allí ya no podíamos hacer nada. Al cabo de un rato nos despedimos, subimos la escalerita de concreto y cerramos la trampa sobre el sótano de don José Montilla. En la estación de General Rodríguez hicimos, una vez más, correr el agua sobre las cabezas hirvientes. Durante el viaje no hablamos una sola palabra. Llegamos a Buenos Aires a esa hora en que se oyen los grillos junto a las vías del tren.

6.

Un sábado helado de agosto, un sábado de sol venturoso, a eso de las diez de la mañana, mi primo Ernesto y yo subimos al tren en el Once. En esa época teníamos la voracidad de la adolescencia. Durante el trayecto, sumergidos en el grato sol invernal que atravesaba los vidrios del coche, comimos una docena y media de facturas compradas en la estación, y bebimos tres veces café en los vasos parafinados de un vendedor ambulante. En General Rodríguez bajamos con el júbilo y el sopor del viaje y la comida.

Caminamos las cincuenta cuadras; encontramos el cartel de Chinato Garda; encontramos la verja, la puerta, el llamador, el letrero; encontramos el rectángulo de cemento, la trampa, la escalera de concreto, el sótano; encontramos, sentado en su banquito de madera, con la boca abierta y el mentón caído sobre el pecho, con su traje negro y su camisa blanca, con los inútiles zapatos en un charco de agua podrida, el cadáver aterido y semidescarnado de don José Montilla, nuestro vecino de la calle Bonpland, el obstinado español que construyó un hipogeo en la pampa y se dejó morir en él, entre la humedad, el hambre, las alimañas y la demencia, contemplando desesperadamente, sin poder detenerlo, el implacable avance de la destrucción en su mercadería de primerísima calidad.

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Fecha de publicaciónOctubre 2003
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