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El concurso

Estrella Cardona Gamio
Tamaño de texto más pequeñoTamaño de texto normalTamaño de texto más grande Añadir a mi biblioteca epub mobi Permalink MapaUn pueblo, España

Había pasado por seis bares antes de coger el tren casi en el último momento y de poco estuvo que no se la pegó cuando puso pie en el escalón de la portezuela, suerte que los reflejos no le fallaron y de un salto encontróse en la plataforma. El reloj debía de irle mal y eso que no hacía ni un año que lo comprara, pero, ya se sabe, actualmente los artículos duran lo que se dice nada. Cuando él era pequeño, su madre se las ingeniaba para encontrar buen paño con el cual confeccionarle ropa crecedera, dobladillos, costuras y todo eso y él recordaba un abrigo que le duró la friolera de seis años. Bien es verdad que no crecía con excesiva rapidez y en el presente, tampoco destacaba por su talla, lo que no le impidió hacer la mili, claro.

Avanzó a trompicones por el pasillo. Se trataba de un tren antiguo, entrañable, de los escasos trenes viejos que aún quedan en el país. Con esa fiebre de modernización que les ha entrado a todos últimamente, ya nada parece digno de ser conservado, ni edificios venerables, ni plazas, ni nada de nada. El tren, su tren, era como una oruguita simpática que recorría infinidad de estaciones llegando por fin a la capital de provincia, la terminal y luego otra vez, vuelta a desandar, con paso reumático, el camino. Sólo que él no iba tan lejos en esta ocasión.

Abrió con mano insegura la puerta corredera del compartimiento y el revoleo airoso de la capa negra que llevaba le dio en el rostro, sin pretenderlo, a un niño que estaba sentado cerca de la entrada. El crío, pequeño, con flequillo y vestido de domingo le contempló asustado, a punto de hacer pucheros. Su madre, o lo que fuese, una mujer bastante gorda y con cara de ferocidad, extendió un brazo enorme y mantecoso envolviendo en él, protectoramente, a su criatura, mientras fulminaba al intruso con una mirada asesina. ¡Tampoco era para tanto, niño quejica!

—Con el permiso, usted perdone señora, que no fue queriendo.

Se derrumbó con cansancio en un asiento. Le hubiera gustado mucho acomodarse junto a la ventanilla, por aquello de distraerse con el paisaje, aunque, realmente no sabía si eso podía ser lo mejor. Se notaba un poquillo mareado, quizás por la carrera, quizás por el vaivén del tren, y tampoco tenía quince años, ¡caramba! Quiso apoyar la nuca contra el respaldo y el sombrero cordobés resbaló por su nariz. ¡Qué despiste, la falta de costumbre! Sonrió como si se disculpase con alguien y agarrándolo cuidadosamente lo dejó encima de sus rodillas. Reparó entonces en que continuaba con la capa puesta, pero la sola idea de quitársela le produjo agobio, después de todo también era de buen paño y no se arrugaría. A su derecha, apoyada contra la ventanilla, una viejecita dormitaba aferrada a su cesta. Enfrente, un hombre de edad indeterminada con pinta de empleado de pompas fúnebres por lo melancólico del atuendo, y un jovenzuelo que reclinaba la cabeza contra el vidrio de la segunda ventanilla. Se trataba, observó críticamente, de un chico moderno, con tejanos mugrientos, rotos, y un jersey descolorido y gastado. El muchacho era uno de esos tíos greñas, hippies o punkies o como demonios se llamen ahora, y por el lánguido aspecto que ofrecía, él hubiese jurado que estaba más ido que una peonza, colgado, drogado, drogadito o drogadicto, tanto daba cualquiera de los calificativos que se le otorgasen. Tenía los ojos entrecerrados y una vaga sonrisa, como de alelamiento, flotaba en sus labios. ¿Dormitaba o se dejaba acunar por el tren? Al lado del hombrecillo la susodicha gorda con el tembloroso niño, pero, entre ella y el hombre, un envoltorio gigante, similar a un paquete mal hecho, que ocupaba el otro asiento (pertenecería a la gorda, seguro).

El niñito ya no lloriqueaba, debía tener unos cinco años y le estaba mirando con una fijeza que a él se le antojó impertinente, en tanto la gorda, que acababa de extraer una manoseada revista de no sé sabe dónde, aparecía absorta leyendo sobre cotilleos de famosas.

Aquel mocoso...

Él empezó su carrera artística a los cinco años, sí, más o menos la edad del chavalín. Y empezó recitando en las fiestas de su pueblo, un verdadero niño prodigio, luego, mocito, hizo teatro —una promesa, aseguraban todos, hasta tenía buena voz y mejor oído e incluso llegó a cantar alguna canción de moda—.

Como era un crío espabilado y dicharachero, un circo que tenía números de varietées entre los de las escuálidas fieras y que vino por las fiestas, lo quiso contratar porque les hizo gracia el desparpajo del que hacía gala, pero su madre no quiso. A la buena mujer le asustó tanto alboroto. «¡Esos payaseros!», exclamaba santiguándose espantada; ya veía al hijo de sus entrañas convertido en monstruo de barraca de feria. Y se negó en redondo a que el chico, chiquilín entonces, fuese contratado y como era viuda nadie pudo llevarle la contraria. Al pueblo le sentó mal la negativa porque con la ingenuidad propia de las almas sencillas, para ellos el crío podía llegar a ser un personaje importante de la farándula, honra y prez del municipio, sin embargo, ¿qué podían hacer al respecto? Y de esta manera, la fallida aventura circense del niño prodigio acabó convirtiéndose en una leyenda y él continuó con sus recitales y también —al crecer—, participando con asiduidad en obras de teatro, bien en la compañía de aficionados de su pueblo, bien en otras similares, como artista invitado.

De joven era guapo con ese atractivo racial y torero que muestran muchos hombres del sur de España: grandes ojos obscuros, soñadores, largas pestañas sedosas, labios finos, cabello negro azulado y abundante —lo que le permitía desmelenarse en escena con mucho estilo—, y facciones angulosas enmarcadas dentro de un rostro triangular. Tenía éxito entre las mujeres, pero como no era precisamente un don Juan, se echó novia formal, por cierto, una amiga de la infancia, y se casó con ella. Para aquel entonces ya trabajaba en una oficina y fue espaciando sus actuaciones aunque jamás abandonase la escena por completo.

El tren se detuvo en una estación y la mujer gorda, estrujando la revista posesivamente, arrastró al niño fuera del compartimiento. Sorpresa, el envoltorio gigantesco pertenecía al hombrecillo de negro, ¡quién lo hubiese dicho! Se sintió jocoso, tal vez llevaba un muerto ahí metido.

Antes de que arrancase el tren, una muchacha entró en el vagón. La observó de manera apreciativa. Pantorrillas delgadas, caderas estrechas, pechugona, melena rizada y morritos afro que no daban la impresión de ser naturales. ¿Milagros de la silicona, del colágeno o de lo que demonios fuera que les inyectaban bajo la piel?

La chica lucía los ojos húmedos y la nariz roja. Apenas entró quiso sonarse con un kleenex inutilizable, y, al no ser eso posible, contorsionándose de manera inaudita, extrajo de la mochililla que jorobaba su espalda, un paquete de pañuelos de papel, luego sentóse con dejadez apoyándose sobre la mochila igual que si lo hiciera encima de un almohadón.

Él era lo suficiente gato viejo como para saber que la moza no estaba constipada. ¿Penas de amor?, pudiera ser...

Mi carta, que es feliz, pues va a buscaros,
cuenta os dará de la memoria mía.
Aquel fantasma soy que, por gustaros,
juró estar viva a vuestro lado un día...

(Este poema de don Ramón de Campoamor figuraba en su repertorio.)

Su matrimonio duró lo que un helado en la puerta de un colegio, y no entendía el porqué fue tan breve, no lo entendería nunca... Bueno, sí, todo iba bien hasta que nació su hijo. Nacer ese crío y cambiar ella fue lo mismo. ¡Condenado niño!, y suerte que no tuvieron más que uno. Ella lo consintió y lo malcrió hasta el punto de que cuando le veía entrar a él por la puerta, salía corriendo y berreando como si del monstruo de Frankenstein se tratase... Sólo porque era un padre severo y no toleraba que el niño monopolizase a la madre con sus caprichitos, que los tenía y abundantes. Hasta que pasó lo que tenía que pasar, claro.

A la mujer y al hijo les gustaba ir a la playa, a él no y anda que no habían tenido agarradas por eso. Ella aseguraba que el mar era sano para el chiquillo, mientras que a él le sacaban de quicio la arena de la playa y el sudar tendido al sol. Un día el hijo pescó una insolación por tanto empeño en ir a hacer salud y de poco va que se muere. Él regresó tarde aquella noche, venía del bar de tomarse unas cervezas, algunos finos, varios cubatas y un par o tres de ginebras. No había nadie en casa. Se puso furioso, ¿por qué no estaban allí como era su obligación? La mujer y el niño en el hogar, esperando al padre de familia, pues que tal está mandado. Empezó a gritar, a dar golpes, a lanzarlo todo por el aire hasta que el vecino de al lado se le metió en el piso por la puerta abierta, y le explicó lo que había sucedido.

Que er shiquiyo ha cogío un zolana mu fuerte y tu muhé zel a yevao a la Crú Roha... Que parese que eztá mu malito er probe...

Entonces él se sintió padre.

—¡Currillo, hijo, hijo mío, hijo de mi alma, no te me mueras...!

Se desmoronó, le vino llorona y tuvieron que darle café para que se serenase. Después le entró el sueño quedándose dormido sobre la mesa del comedor. Al día siguiente fue a ver a su hijo al hospital del pueblo vecino (en el suyo no había) y le dijeron que iba mejorando. Volvió a llorar, esta vez abrazado a su mujer, pero cuando el niño regresó a casa días más tarde, les dio la bienvenida hinchándole la cara a bofetadas a la madre y acusándola de negligencia respecto al hijo de ambos. En la cocina, tirados por los fogones, el fregadero y por todas partes, rodaban cascos vacíos de botellas de vino generoso y de latas de cerveza. Él los llamaba matapenas.

Seis meses más tarde la mujer se fugó del hogar conyugal llevándose al crío. Los cargos fueron malos tratos y él le concedió finalmente el divorcio y la custodia del vástago, porque en el último altercado que tuvieron, el descastado del chaval le hizo la zancadilla en el momento en que él iba a tirarle un taburete «a su mamá». Eso era una falta muy grande de respeto al padre y no se podía tolerar, que si la mujer gritaba era de vicio, por hacerse la interesante, por infundir lástima a los demás, que bien que cuando eran novios a él se le escaparon unos cuantos cachetes y ella no replicó entonces, porque él era muy hombre y a ella le gustaba así.

La chica llorosa se sonó estruendosamente y a él le dieron ganas de pedirle un kleenex. Él sí que estaba resfriado, bueno, al menos mal cuerpo sí que tenía, seguro que había pescado una gripe. Tanteó con precaución debajo de la capa, en un bolsillo de la chaqueta de su traje, y allí estaba, leal como el mejor de los amigos, su vieja petaca de aluminio llena de vodka, que el vodka no huele y así puedes entonarte sin que la gente te señale con el dedo. Necesitaba un trago. Temblaba como un azogado y era muy importante que no temblase en llegando a su destino.

Aquella noche, en el Casino de Villar de los Remolinos, se fallaba el concurso de poesía recitada en el cual había quedado finalista en la anterior convocatoria, él y dos más y esa noche iba a tener lugar el desempate. ¿El premio?, una futesa. Lo verdaderamente importante era que el ganador iría a Madrid, invitado de honor en aquel simpático programa de televisión, ¡Viva el cachondeo!, programa líder en audiencia que a tantos había lanzado a la fama en diferentes especialidades, desde tragasables a cantantes de ópera... Tal vez en esta ocasión consiguiera la oportunidad que le fue negada en la infancia, porque estaba convencido de que ganaría el concurso, a sus 47 años aún tenía que dar bastante guerra. ¡Por éstas que todos iban a verlo!

La crítica le había elogiado mucho y los aplausos duraron una eternidad. Además, tuvieron el detalle de recordar su pasado de niño prodigio y de hacer hincapié en su trayectoria teatral corta pero gloriosa.

Desenroscó con dedos nerviosos el tapón de la petaca, y echando una teatral mirada en torno, alzó el botellín y con el mismo gesto de brindar una faena taurina, exclamó ceremonioso, vocalizando con su más impecable dicción escénica:

—Va por todos ustedes...

No hubo respuesta en el auditorio.

La anciana dormía como una bendita el sueño de los justos, la muchacha penaba en silencio, el drogatilla no se hallaba en este mundo y el hombrecito insignificante era lo suficientemente anodino como para no tener iniciativa propia.

¡Reconfortante el vodka, agggg! Con amor lo devolvió al bolsillo de la chaqueta. Faltaban tres cuartos de hora para llegar a sitio y la petaquita resistiría hasta el bar del Casino. Por cierto, magnífico bar, muy bien surtido; servían un anisete superior y se le animaron las pajarillas del recuerdo al evocarlo.

Arrellanóse plácidamente en su asiento. Habría preferido que la viejita hubiese bajado ya del tren. Como a los críos, le atraía la ventanilla, siempre fueron su debilidad desde pequeño, y mira por dónde el drogata y la abuela tenían la exclusiva y no la aprovechaban. Lanzó una mirada nostálgica al paisaje que desfilaba velozmente detrás de los cristales. «El tren es como la vida», pensó en un rapto de filosofía barata. Atardecía y el espectáculo resultaba muy bonito, un cielo de poniente dorado pero todavía azul por arriba y los campos y los lejanos montes que sucedíanse ininterrumpidamente.

El tren se detuvo otra vez y la chica compungida y el hombre de negro se marcharon sin un adiós. La gente era maleducada con ganas, ¡caray!, maleducada de verdad. Por suerte nadie los reemplazó en aquella parada. Dejaban un hueco enorme faltando también el paquete.

Extrajo por segunda vez la petaca y empinó el codo.

—¡A la salud de los bellos durmientes! —declamó sarcástico mientras enjugaba sus labios con un fino pañuelo de hilo que de súbito recordó llevar metido en un bolsillo del chaleco.

Se había quedado más solo que la una, y eso no tenía que ver con el vagón y sus traspuestos vecinos, sino con su propia vida vacía, sin mujer, sin hijo, sin nadie, porque la santa de su madre ya se había muerto hacía tiempo... sólo la sombra aquella que le perseguía como un fantasma, la palabra maldita: ¡borracho!, esa sí que era una fiel compañera.

Siempre que se enfadaban con él, surgía. Su padre lo fue y murió alcoholizado, de ahí el recordatorio amargo en cuanto la ocasión era oportuna.

¡Borracho!...

Él no era ningún borracho, él era un hombre cabal que bebía, que bebía y aguantaba como los mejores, además, él lo controlaba, podía dejar de beber cuando quisiera.

¡Borracho!...

Era la historia de su vida, los compañeros concluían envidiándole tarde o temprano, en el teatro, en la oficina, y la despedida se condensaba invariable en la misma sempiterna palabra: ¡borracho!, no por impronunciada menos presente.

Cuando le echaron del trabajo... Bueno, aparte de que eso fue una gran injusticia, su madre le ayudó, afortunadamente seguía con la tienda de ultramarinos. Él estaba enfermo por aquel entonces, tenía fiebre, deliraba. Se le complicó el hígado, los disgustos, se entiende. Pero al año va y se le muere la vieja y si no llega a ser porque la mujer, previsora que era la pobre, no le deja en el banco la rentita de unas tierras, vaya, qué magras se las hubiese visto. Con eso iba tirando, con eso y la seguridad de que las cosas mejorarían pronto, como había de ser.

Otra estación, ¡anda, mira por dónde si lo que entra son dos monjas...! Pero qué jovencitas, y monjas, novicias no. Él había representado una vez el Tenorio:

¡Ah! ¿No es cierto, ángel de amor,
que en esta apartada orilla
más pura la luna brilla
y se respira mejor?

Una de las monjitas era preciosa, su compañera no tanto. Necesitaba la petaca otra vez y un boli y un trozo de papel. Estaba inspirado, él también podía escribir versos si así lo deseaba. Intentó que sus movimientos fueran elegantes al beberse de un trago, a la rusa ¡je je!, lo que restaba del vodka, y a continuación, echando mano de un bolígrafo que llevaba por casualidad y sobre el programa del Casino de Villar de los Remolinos, empezó a escribir con mano engarabitada. Después, inclinando galante la cabeza, se lo ofreció a la religiosa guapa.

—Es para usted, hermana.

La monja se quedó de una pieza mirándole primero a él, esa cara suya de niño que una vida desordenada había envejecido hasta achicarle los ojos y arrugarle la piel prematuramente, y acto seguido leyó los ripios, de inmediato se ruborizó intensamente soltando el papel y ella y su compañera abandonaron precipitadas el compartimiento, con un clamoreo de ¡Jesús, Jesús, Jesús!, lo mismo que si allí el personal durmiente se hubiese puesto a estornudar de improviso.

Sin incorporarse, recogió su sombrero del suelo, caído hacía unos instantes. A estas alturas el mundo entero a su alrededor era una flotante nube algodonosa, la monja guapa, un recuerdo del Tenorio, y «su» Tenorio un éxito de crítica y público.

Acariciando el sombrero como el que acaricia a la novia, se lo caló castizo repantigándose somnoliento ya que una modorra invencible empezaba a invadirle, y mientras se introducía desprevenido en los dominios del traicionero Morfeo, al hilo de aquel encuentro con las religiosas, los versos del Tenorio continuaron aleteando en su parpadeante memoria:

Doña Inés del alma mía...
Luz de donde el sol la toma,
hermosísima paloma
privada de libertad,
si os dignáis por estas letras
pasar vuestros lindos ojos,
no los toméis con enojos,
sin concluir, acabad.
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Copyright ©Estrella Cardona Gamio, 2002
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Fecha de publicaciónJunio 2003
Colección RSSLas excepciones cotidianas
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