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Anoche un nuevo día

Héctor Lisonje
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En esas cosas es mejor no pensar, nunca pensar en signos equívocos, sin un emisor claro, sin un motivo. Alcázar manejaba la bala, trasladándola de una mano a otra, pesándola, desentrañándole la medida, el tacto, el calor. Luego miró hacia el sobre en que le había llegado, el sobre con su nombre que había hallado encima de la cama nada más llegar, con sus datos, con su pasado escrito en una letra mongólica, desmesurada, falta de uniformidad. La bala estaba alojada en su interior, junto a un par de cabellos largos y sin color. El sobre había sido, en este caso, la mejor arma. No poseía grandes conocimientos de balística, pero por algún aspecto sospechó que había sido percutida con anterioridad: imaginó incluso una víctima, una traición, un contexto y un grito. Volvió a pasarla por el desfiladero de las manos, la bala, saltando de huella en huella de su piel sudorosa, temblaba henchida de amenaza. Pensó en pedir explicaciones a la dirección del hotel, pero al momento se retrajo de tal propósito: ese asunto era mejor mantenerlo en secreto. La presencia de aquel sobre y de su contenido pretendidamente intimidador debía sustentarse en una causa que trascendiera una mera broma o atrevimiento de uno de los empleados. Esa carta había sido depositada furtivamente, eludiendo vigilancias y cerraduras, por alguien ajeno al hotel. Además, el hecho de que la correspondencia se entregara habitualmente en recepción reforzó esa idea. De todos modos, mejor no pensar. Mejor no pensar, pero desde la desatada imaginación del momento en que una bala le anunciaba que su fin estaba escrito en ella, resultaba imposible declinar la tentación de experimentar combinaciones de realidad, de conjeturar con almas y con golpes de fortuna, de, al fin, crear historia, su particular historia de futuro. La temperatura en el cuarto era buena, una cálida fragancia de nardos entraba por el balcón, procedente de la zona de jardines de la entrada. En el centro, situada en un ensanche de tierra, había una pequeña fuente. A Alcázar le obsesionaba esa fuente, aunque el hotel, justo era decirlo, había defraudado sus expectativas. Majestuoso en el exterior (un arco dorado, dos monumentos plomizos a ambos lados de la verja, una hilera de arbustos sombríos que rodeaba toda la finca confiriéndole armadura y tamaño de bosque e infranqueables aires de pretérita y desdichada grandeza), las infraestructuras y la decoración, y hasta la comida, eran poco más que un carísimo horror. Se lo había recomendado una persona, quizá alguien sin nombre ni rostro, alguien que bebió junto a él la última noche en Lima. Recordaba, entre retazos de un recuerdo que intuía mucho mayor, un cabello pelirrojo y unos pendientes de alambre, una sonrisa ebria de soledad y horas altas, una invitación, un rechazo vago, sonido de hielo arrastrando las aristas repetidas veces sobre el cristal de innumerables vasos llenos de ron, de nuevo la invitación, un consentimiento ahora, más ron, quizá un deseo, más hielo, un silencio. También había algo de vómito y de humo que se elevaba denso, como en paredes, y, mucho más tarde, un espejo que, por entre la oscuridad y la música, lo reflejaba patético en la cama, sin labios, con la camisa abierta y sin corazón, moviéndose con trancos de animal herido y con esa expresión pálida y ausente que tienen los que no saben qué están haciendo ni adónde van, que no vislumbran principio ni final y que, apabullados en esas extensas aguas del medio, sólo se sostienen de un hilo que les quema las manos, y que se quiebra.

La bala seguía allí cerca, abandonada encima de la cama, velando a Alcázar, viéndolo ir y venir mientras fatigaba las estrechuras de la pieza. Mejor no pensar, se decía con la ensayada severidad del hermano mayor, mejor no pensar. Ese mismo criterio, que predicaba la confortable abolición del pensamiento, ya había sido utilizado por él en otras ocasiones. Alcázar, que había sido un guardia de seguridad sin escrúpulos, había, por tanto, custodiado muchos locales regentados por individuos indecentes y pobres de nobleza, había colaborado en alguna paliza, había hecho, también, de mercenario, y para ejecutar todas esas ruindades en contra de los consejos de sus compañeros de profesión, había apelado, sin dudar, a tal principio: «No cuenta el mundo para el que no piensa. Sin pensar, todo hombre queda eximido de culpa, pues está fuera del tiempo que vive y nada de lo que en ese tiempo ocurra le afecta.» Pero esos sórdidos quehaceres eran tan sólo los recuerdos más recientes, los trabajos en que se había ocupado durante los últimos años, la superficie, apenas aparente, bajo la que se escondían otras aflicciones. Antes de eso, Alcázar había sido hombre, había alentado ideales, había soñado. Intentando ser bueno y depositando en los otros los altruistas sentimientos que él poseía, el mundo le abofeteó desde muy joven, demostrándole que el ser humano, en grupo, es el peor de los monstruos aunque entre ellos militen gentes excepcionales, y también que la realidad es distinta, que es eso que siempre es igual, esa sequedad que jamás se corresponde con las figuras de la fantasía ni con las imprimaciones favorables que cierto tipo de músicas suscitan en los espíritus románticos. Descorazonado entonces, quebradas todas sus ilusiones como un mal puñado de ramas secas, se dio al rechazo del exterior, a la introspección más detallada, quizá a la menos compasiva de las torturas. Porque verse de lleno, examinarse desde la rutina que prescinde de todo mañana, vivir al día con tantas locuras que se ocurren, con tanta insensatez, es un martirio que únicamente un hombre aislado puede hacer perdurar. En esa época no tuvo amigos, no prodigó, por lo tanto, cesiones al orgullo de sus contemporáneos más cercanos, que pronto lo excluyeron del tráfico de sus tarjetas personales e invitaciones.

Su entusiasmo del principio devino en timidez, y ésta en un pánico que se manifestaba en episodios paulatinamente más frecuentes de agorafobia, trastornos del sueño y demás anomalías asociadas a un estado de ansiedad. A todas estas circunstancias, el joven e inexperto Alcázar respondía asiéndose a un vigor fuera de lo común, que lo ejercitaba hombre resistente a la soledad y las depresiones. Sin embargo, no era esencialmente fuerte. Lloraba sin cesar durante las horas de la madrugada, recurría a somníferos y encantamientos, pensaba en la muerte por ácido mientras leía, con asco en los dedos, páginas de libros de amor cuyo contenido no comprendía. Con las primeras luces, salía a dar largos paseos, entraba en cafeterías, compraba el periódico, inspeccionaba bibliotecas, pero sin mantener contacto con aquellos que le atendían. Además, reconocía en los edificios una suerte de corrupción, de injustificable ociosidad de los hombres, que se precipitaban hacia un estado de cosas, hacia unas comodidades que los alejaban de su auténtico entorno. Se supo un ser extraño, escurridizo del vulgo, pero se congració con esa nueva identidad, a la que atribuyó unos tintes épicos que la hicieron tolerable. Era un mesías que, con su dolor, daba réplica a tanta marea de expresión superficial, a tanta vana promesa de luz en un mundo atestado de lagos de sombra. Pero esa creencia, lejos de ser definitiva, cayó pronto en desventura. Lo que en su entorno lo rodeaba no mejoró, y lo que en él afloraba era más un deseo de destrucción que una actitud de mejora. Sin ese soporte heroico con el que se logran remover los más firmes cimientos y materializar las grandes transformaciones, se abandonó por completo al padecer del instinto. Con el juicio arrebatado, Alcázar se sumió de lleno en su animal subsidiario, en ese animal que todo hombre guarda bajo la piel para ocasiones como ésa.

Nunca hasta ese momento, un hombre tan débil como Alcázar obtuvo tan excelentes resultados en pruebas de esfuerzo. La autodisciplina era impensable en un ser que carecía de objetivos, pero gracias a un equilibrio sensacional, a una tan sincera e innata fragilidad, se hizo, en cierto modo, invencible sin necesidad de estoicismos. Con el mismo involuntario pundonor, transitó por la etapa animal de su degeneración, cuando comenzó a orinar en las esquinas, a comer carne cruda y a dormir en el suelo. Aprendió a rugir, a aullar, a exteriorizar la intuitiva pena de las bestias a través de los múltiples protocolos con que se puede expresar una amargura. Asimismo, fascinados sus nuevos ojos por el fuego prodigioso, aprendió a venerar la lumbre de los fogones, sobre los que constituyó un santuario de obligada visita diaria. Deseó pezuñas y garras en sus manos y en sus pies, pero aquella transformación no se produjo por más que cada mañana, al despertar, correteara los pasillos con esa breve ilusión; los espejos, muy a su pesar, le seguían devolviendo rasgos humanos. Su naturaleza, invulnerable, insistía en identificarle entre los de su especie. En las noches de aquella su selva de lámparas derribadas y sillones, sillas y mesas descabalados como en una preordenación de mudanza, soñó con linfas azules, con inagotables caminos de polvo, con un escandaloso ruido del sol que, cegado al fin, era fuente de un frío intenso. Había algo de alarido en sus oídos, que despertaban al murmullo de una inexistente manada.

El instinto, que alivia los trances del pensamiento, es, sin embargo, enemigo imparable en cuanto exige su satisfacción. El alimento comenzó a escasear, el hambre no concedió treguas; en semanas no había salido, la despensa estaba vacía y hasta la madera había devorado. Obligado por ese imperativo, Alcázar retornó al mundo y encontró, en contra de sus previsiones, que se manejaba en el método hombre con una destreza mayor; beneficiado por una insólita tendencia a la empatía, trabó relación de amistad con una persona esa misma mañana, mientras compraba, mientras sus manos volvían a tocar dinero. Esa persona se llamaba Renata.

«Renata», voceó Alcázar al eco de su interior, meditando en silencio al borde de la cama, dando la espalda al sobre, medio roto, y a la bala. ¿Qué sucedía con Renata? ¿Ahí se detenía todo? Alcázar la quiso, experimentó el amor confundiéndolo con un narcótico, y en tal creencia lo consumió sólo en la medida en que así lo requerían las fuerzas de su adicción. Pero Renata había sido algo más que un amor, había sido una razón, una salida y, finalmente, una traición. Alcázar, estremecido por los hallazgos de su recuerdo, se asomó a la ventana, sin abrirla, escudándose en el cristal. Era de noche. En mitad del jardín espacioso y tranquilo, estaba la fuente de esculpido sencillo, brotando agua en el centro de una plazoleta. Las verjas, al fondo, permanecían cerradas y quietas. Un solo movimiento, un mal efecto del viento que zarandeara uno sólo de sus hierros, hubiera segado el alma de Alcázar, vivamente sugestionado por una sospecha. Una brisa, sin embargo, activaba el danzar de las hojas tiernas de los fresnos y producía un lacónico péndulo en los árboles y arbustos de copa altísima. Alcázar hubiera deseado compañía en ese momento, pero, con horror, recapacitó que la única compañía de que había disfrutado había sido justamente la de Renata. ¿Y por qué horror? A poco que logró pensar, sin quitar vista a la fuentecita y al sistema de jardines, recopiló suficiente información para aclarar tanto sentimiento aparentemente contradictorio. Una infausta madrugada del abril pasado, Alcázar soñó con golpes, exclusivamente con golpes que se daban en un espacio cerrado, aunque del todo ilimitado. La noche de ese mismo día, supo que Renata, con la que, tras mucho progresar, había establecido una relación de noviazgo formal, le había traicionado con otro hombre. Sin lugar a la compasión, ni casi al odio, vetando de raíz toda influencia de los sentimientos, revivió la violencia instintiva de la anterior etapa e ideó un plan para darle muerte. La citó en un restaurante con el pretexto de una velada romántica. «Te he de recompensar por todo lo que me has dado», le aclaró con aciago cinismo. A continuación fueron a un lugar de copas, donde Alcázar trabajaba como vigilante algunas noches. Pero esa noche sólo estaba allí para disfrutar. Ofreció a Renata licor tras licor, hizo correr el ron a cuenta de su crédito y bebiendo y riendo junto a ella, se fue despidiendo sin palabras. Luego fue la tirantez en que se enroscan dos borrachos, el dilema y la invitación. Al final, el disparo desde la cama de un hotel de lujo cualquiera, el grito seco y sin afán, un cuerpo que se vence sobre la moqueta y algún cristal roto. Esa noche, pese a multitud de pastillas y sedantes, no durmió. Con el primer clarear, se encaminó en auto hacia Buenos Aires, forcejeando aún con un sentimiento de culpabilidad que su orgullo rehusaba aceptar como inevitable. Se instaló en el hotel (llevaba las señas en un pedacito de papel metido en la cartera) y pronto obtuvo un trabajo. Decidido a olvidar lo sucedido y a ser otra persona, inmerso de lleno en lo que había de ser el cambio definitivo, transcurrieron dos semanas de gestiones. En ese tiempo había pensado en mudarse a una casa de alquiler, donde el precio no fuera tan alto como en el hotel y donde pudiera comer mejor. Pero todo eso no lo podría hacer. La bala le impediría consumar sus proyectos.

Alcázar llegó, entonces, a la conclusión de que no era la bala quien lo vigilaba. Alcázar respiraba, sabía que, en verdad, era Renata misma quien lo hacía, que, en alguna parte, ella también respiraba profundo, mirándolo, custodiándolo desde el rellano de un laberinto de ira que aún la volcaba sobre el espejo de la tierra viva. Para despejarse de obsesiones, Alcázar bajó al conglomerado de jardines. A ambos lados de sus muchos senderos había rosales en hileras, cestas de nardos que colgaban de hilos blandos y dorados, barracas de azucenas que se sentían reposar como al final de una efervescencia. Desafiando sus temores bebió en la fuente abundante, se frotó agua en la cara, atravesó la zona de penumbras más intensas e indelebles bajo el pasadizo de hiedras, se irguió relajado, estirazándose, posó sus pies desnudos gozando la tierra, pero realizó estas operaciones sin esquivar del todo el recelo. Renata misma le había recomendado ese hotel tan sólo minutos antes de morir. «Un hotel muy saludable», ahora sí recordaba esas palabras y quedaba perplejo, «muy saludable para desconectar, para marginarse del mundo durante algún tiempo, sin que exista posibilidad de ser molestado. Allí paré la última vez que estuve en Buenos Aires...» Alcázar, como si una plomada lo fuera a reventar, reparando en lo que la frase tenía de horrible, echó a correr hacia la verja que lo separaba de la calle, silenciosa y hostil en plena madrugada. Sus manos y sus pies, desincronizados por el pánico, prodigaron todo tipo de intentos sobre los fierros, a los que trataba de encaramarse. El viento arreció, unas cuantas hojas se desplazaron en un estrato intermedio sobre la luz de una luna sin geometría, anormalmente pálida, cancerosa. Estaba encerrado. El enrejado era perfecto; los picos, en forma de lanza, se elevaban, inalcanzables para cualquier ser humano, contra el cielo nubloso. Preso de nuevo, sabiéndose condenado para siempre, corrió hacia recepción golpeándose con ramas, hiriéndose alocadamente, sin tiempo para sentir dolor. Allí dentro no había nadie, sólo un silencio recrudecido. Ascendió a la primera planta, despeñándose sobre los escalones, tropezando con violencia. Al igual que la segunda, estaba en completa soledad. Entró en algunas habitaciones, todas ellas abiertas, y comprobó las evidencias de un pasado incoherente: muebles viejos, catres oxidados sin colchón, fotografías en blanco y negro, soledad. Parecía que el mismo tiempo, harto de las veleidades y los desequilibrios constantes de una de sus inserciones, había acudido a destruirlo.

Luego ingresó en la suya, que ahora era también como las otras. Sin reposar del esfuerzo, jadeando, tendió la cortina para salvarse de la ventana y de los jardines y encendió la luz, no eléctrica, sino de un viejo candil: en el triángulo de su luz lívida, observó de nuevo la bala.

En este segundo examen, sabiendo lo que sabía, sí detecto un rastro rojo, aunque quizá sólo fuera la sombra de un humor interno que su ojo proyectaba sobre el casco metálico. También los cabellos, ahora, emitían apagados brillos cobrizos. Miró alrededor. El cuarto, que sin duda era el que anteriormente había poseído, era otro. Su aspecto había cambiado por completo, un manotazo de años y de polvo había sobrevenido a los objetos en pocos minutos. «No es necesario esperar a Renata; ella está en todo esto. Sólo cierto día, cuando muera el último hombre, mi acto asesino perderá su carga de ignominia, y al fin esta bala, y todo el universo que representa, dejará de perseguirme. Mientras tanto, mientras siga persistiendo la memoria, siquiera la residual de un desmemoriado, no podré salir de esta habitación.» Y sin más que hacer, se enroscó sobre la cama, como un feto monstruoso que espera a que transcurra el periodo de una particular gestación para morir. La bala quedó aposentada en un costado de su cuello, entre dos pliegues de su carne, que un intenso frío empezaba a conquistar. Los dos cabellos desaparecieron; alguien se los llevó.

Cuando la policía, alarmada por la multitud de vecinos que se quejaban del mal olor procedente del viejo hotel, encontró tiempo después la bala junto al cadáver, nadie dudó de que aquel hombre se había suicidado, aunque no hubiera arma. La bala, alojada en el interior de su cuello descarnado, era lo suficientemente explicativa como para anular cualquier otra hipótesis. No les fue fácil acceder al interior; el hotel tenía el espesor de las cosas que durante largo tiempo, sin ningún tipo de intervención exterior, se encierran, celosas, sobre sí mismas. Interminables enredados de maleza, les prohibieron el paso durante horas. Una vez dentro, comenzaron la investigación. El sobre, en blanco, no proporcionó pista alguna sobre su identidad. Todo parecía excesivamente complejo y ambiguo, y la investigación se demoraría durante meses, si no años. En cierto momento, uno de los agentes más jóvenes, con aire perplejo, se dirigió al comisario: «¿cómo puede haber llegado hasta aquí un hombre tan equívoco que, a juzgar por sus rasgos y el estilo de sus enseres, parece ser un hombre depositario de todas las épocas imaginables?»

«No sé», dijo el comisario, sin volverse, mientras identificaba el calibre exacto de la bala. «En esas cosas es mejor no pensar.»

Días después, se halló el cuerpo de Renata enterrado en la zona de jardines, junto a la fuente.

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Copyright ©Héctor Lisonje, 2002
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Fecha de publicaciónFebrero 2003
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