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La vieja marmita de barro

Estrella Cardona Gamio
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Habíase una vez una cocina, que, como todas las de su especie, mostraba un orgulloso fogón y muchos platos, cazos, vasos, una alacena y anaqueles en donde se apretujaban bastantes más cachivaches, también tenía unos armaritos a ambos lados del fregadero, y una nevera, y... Bueno, ya se sabe como es una cocina, ¿o no?

Lo que no se sabe es que en uno de esos armaritos, al fondo, al fondo, se ocultaba, y no por su deseo precisamente —ante todo hay que decir la verdad—, una vieja cazuela de barro, algo desportillada de los bordes y con un asa rota, pero eso no era lo peor pues la cazuela, en tiempos se la llamó marmita, estaba tan chamuscada por los miles de veces que la pusieron sobre el fuego mientras en ella se preparaban sopas y otras comidas, que daba reparo mirarla, pues, ¡encima!, tiznaba.

Se comprende entonces que permaneciese arrinconada al fondo del armarito, y prácticamente olvidada de todo el mundo, aunque lo extraño es el que todavía nadie se hubiera acordado de ella, escondida detrás de muchas y relucientes ollas de brillante metal y variados tamaños, cazos e incluso sartenes de esas antiadherentes. Ella se encontraba situada detrás de una cacerola muy grande, la señora Puchero, tampoco demasiado joven, ya que estaba esmaltada por dentro y por fuera, y que sólo se utilizaba ahora para hacer el caldo en llegando las Navidades.

A veces, la señora Puchero se lamentaba de haber conocido tiempos mejores plenos de actividad, cuando los niños de la familia eran pequeños y había que hacer sopa para muchos cada día; la marmita la escuchaba respetuosa —ya que una olla esmaltada, por muy pasada de moda que esté, tiene prosapia—, e intentaba recordar su lejana juventud en la cual la utilizaban tan a menudo, pero la marmita era demasiado vieja y le empezaba a fallar la memoria, además, le daba mucha vergüenza el estar así de tiznada, con los bordes desportillados y un asa rota; de esta manera, ¡no puede una alternar en sociedad, qué caramba!

Un día debieron de regresar las Navidades, porque de nuevo se sacó del armarito a la gran olla esmaltada, y quiso el azar que la mano que lo hizo, rozara sin pretenderlo a la vieja marmita de barro, y, ¡claro!, la mano se manchó de hollín y cuando el ama de casa la contempló salir del armarito toda sucia... ¡ya os podéis imaginar la que se organizó!

—¿Qué porquería hay aquí dentro metida? —exclamó el ama de casa muy enfadada, y volviendo a introducir la mano, agarró sin contemplaciones a la abochornada marmita, sacándola al exterior.

—¡Vaya una antigualla! —vociferó furiosa mientras la contemplaba bajo la luz invernal de la ventana de la cocina—. ¿Cómo es que no la tiré hace ya tiempo? ¡Menudo trasto!... ¡Claro que esto tiene fácil arreglo!

Y uniendo la acción a la palabra, abrió la ventana y la arrojó a un patio trasero abierto que daba a la calle y que era en donde se ponían los cubos de basura para que la recogiera el basurero cuando pasaba cada noche.

Como había nevado aquella misma mañana, la pobre marmita cayó sobre una blanda y espesa capa [Ilustración de Estrella Cardona Gamio] y ahí quedóse, medio atontada por el golpe y muerta de frío, pero, de lo que no se dio cuenta, porque no se podía ver a sí misma empotrada en la nieve, era del efecto tan llamativo que ofrecía con su tizne sobre la blancura de la nieve.

En esas aparecieron unos ratoncillos urbanos, tres para ser exactos, que, entre alegres chillidos, corretearon por la nieve en busca de desperdicios que comer, y descubriendo a la marmita, primero la contemplaron con asombro, después se le acercaron con curiosidad y mucha cautela, ya que los ratones no son tontos y aquello de aspecto inofensivo, podía ser una trampa.

Luego, cuando se convencieron de que no era peligrosa, aproximáronsele en fila india y uno detrás de otro asomaron la cabeza en el interior de la marmita, husmeando con interés.

—¡Es una olla! —exclamó triunfante Bigotes, que era el jefe de la expedición.

—Una olla vacía... —puntualizó desdeñoso Rabito.

Hociquin, el tercer ratoncillo y el más joven del grupo, resumió el sentir general con un desencantado:

—Si está vacía no tiene comida, y si no tiene comida...

—... no nos interesa —concluyó la frase Bigotes, que siempre quería decir la última palabra en todo.

Y se fueron por donde habían venido.

La marmita —era tan vieja, estaba tan sucia y, además, desportillada y con el asa medio rota—, que no se había atrevido a hablar porque le daba vergüenza, así pues se sintió muy triste de que incluso los ratoncillos le volviesen la espalda. [Ilustración de Estrella Cardona Gamio] Pero no tuvo tiempo ni de lamentarse en voz alta ya que de repente descubrió a un atigrado gato callejero que se le acercaba con cara de pocos amigos.

El gato se aproximó, y, como los ratones, la olió concienzudamente, para luego apartarse con un «¡marramiau!» de irritación.

—¡Mira de lo que uno se entera!, conque sirviendo de escondite a ratones, ¿eh?... ¿No sabes que aquí mando yo y a los ratones me los como?... ¿Entonces, quién te autoriza a darles refugio?

—Usted perdone, señor Gato —repuso humildemente la atribulada marmita—, le aseguro que no he dado cobijo a ningún ratón... Ellos han venido, igual que usted, y han mirado dentro a ver si yo contenía alguna comida; ha sido todo, de veras.

—¡Huuum! —gruñó el gato con aire desconfiado—, eso lo dices tú, y ¿cómo voy a fiarme de lo que me cuenta una olla?

—Pues no tengo otra cosa mejor que ofrecerle, y de todas, todas, es verdad verdadera.

El gato se empezó a lamer una pata.

—Bien mirado, en realidad me importa un comino lo que me explicas, menos que un comino me importa... Yo soy un gato muy atareado que tiene montones de cosas que hacer, así que ahí te quedas —maulló despreciativo y, dando media vuelta se alejó.

La marmita, de haber podido, hubiese llorado de rabia, pero, claro, no podía llorar, porque, ¿habéis visto alguna vez a una cazuela llorando?

Un gorrión pió desde el alero de una ventana.

—Mal sitio en donde caer —reflexionó filosófico—, claro que cualquier sitio es malo si se cae.

A la marmita no le hizo gracia el comentario.

—Yo no me he caído, me han tirado, que no es lo mismo.

—Peor que peor —sentenció el gorrión—, cuando te tiran es que ya no sirves para nada.

La marmita se quedó sin saber qué decir.

El gorrión desplegó las alas.

—Me largo al parque, que, a esta hora, cada día viene una señora a echarnos comida. Adiós.

Y se fue.

La vieja marmita se quedó sola, triste y entonces, para remate de males, empezó a llover; daba la impresión que el cielo lloraba acompañándola en su pena. Tanto y tanto llovió que la nieve se deshizo, pero ocurrió algo más: gota a gota, la lluvia lavó el hollín que tiznaba la marmita dejándola como nueva, reluciente en su color original, luego salió el sol entre las nubes y la marmita brilló igual que un ascua encendida, y, mira por donde, acertó a pasar por allí en esos momentos, el profesor de dibujo y pintura de una Academia de Bellas Artes, descubriendo con sorpresa aquel pequeño milagro: una vieja marmita de barro, de las que difícilmente se hallan hoy en día en el mercado, tirada ahí en medio en el patio-callejón de una casa de vecinos.

El profesor habló en voz alta, sabiendo perfectamente que nadie le escuchaba.

—¡Vaya, mira qué casualidad!, buscaba yo una marmita como ésta desde que se rompió el antiguo modelo que teníamos; no paro de dar vueltas por todas partes buscando otra semejante y hete aquí que me la encuentro tirada en plena calle, ¡esto sí que es buena suerte!

El profesor no se lo pensó dos veces, e inclinándose recogió del suelo a la asombrada marmita que no acababa de creer en su inesperada fortuna... Ni vosotros, ¿verdad?, pues si dudáis de mis palabra id a la Academia de Bellas Artes y allí podréis ver —muy feliz por cierto—, a la vieja marmita de barro colocada en lugar de honor sobre una rinconera, bajo la luz directa de una cálida bombilla y arropada entre los pliegues de un lienzo blanco que la hacen resaltar aún más.

Ilustración de Estrella Cardona Gamio

¡Y, colorado-colorín, este cuento ha llegado a su fin!

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Copyright ©Estrella Cardona Gamio, 2002
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Fecha de publicaciónDiciembre 2002
Colección RSSJuve
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