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Ciudades

Jaime Lopera
Tamaño de texto más pequeñoTamaño de texto normalTamaño de texto más grande Añadir a mi biblioteca epub mobi Permalink MapaEccles Street, Dublín
Egypt: Mosquee d'Ibrahim, Pacha, Alexandria
1.

No se conocen los detalles más emocionantes y prolijos del regreso de Joyce a Dublín porque los testimonios son pocos y débiles en esa descripción. Pero ninguno de sus personajes, ninguno quiso escaparse del asedio en que los había puesto el novelista, ni mucho menos lo hizo Finnegan cuyo sueño estaba materializado de contrastes. Joyce recorrió las calles de la ciudad confusa antes de hacer una pausa como observador de los acontecimientos de la primera guerra, de la cual el dublinés fue un testigo apasionado y sensible. Pero aquellos que recuerdan el recorrido de Leopoldo Bloom por Dublín saben de qué manera le importaban los pequeños detalles como saber el número de árboles que había en Eccles Street.

2.

En cambio, García Márquez llegó a su natal Aracataca dizque de improviso, muy por la mañana, recién que los gallos habían emitido su último gorjeo y se disponían a su ejercicio matinal de arrinconar a las gallinas. Un sol picante empezaba a corretear por el pueblo, muy dispuesto a fatigar los techos de paja y de zinc con aquellos ramalazos de fuego caribeño que se multiplicaban en las aguas del gran río.

Cuando estaba llegando a la plaza, convencido de su anonimato, observó a un grupo de personas que venían hacia él vestidas de marimonda y al compás de una charanga que caminaba detrás de todos haciendo ruido para que la gente bailara y saliera de sus casas a mirar el cartel que llevaban las mujeres. «Aracataca se llamará Macondo», decía el trapo de las muchachas mientras reían sonoramente y sudaban sus mejillas de mulatas. Ninguna sabía que muy allá, en un rincón de Angola, un diminuto pueblucho africano llevaba ese mismo nombre de Macondo en memoria de una tribu pacífica que por allí había merodeado cien años atrás con el cuento de unos pececillos dorados que se metían en la sangre de los menesterosos.

3.

Durrell, por su parte, no podía visitar el pueblo de Santamaría porque Juan Carlos Onetti era celoso de su territorio y además al inglés le costaba dificultad penetrar en ese idioma suramericano con tamaña lingüística —¡como si él pudiera hablar de la retórica!— y no tanto porque a Lidia o a Clea les viniese mal comparar su Alejandría o su Avignon con aquel pueblo uruguayo donde los marineros latinos se las dan de poetas en esos cafetines porteños que suelen evocar los triunfos y las derrotas de una larga soledad intranquila. Como hábil tejedor de palabras, Lawrence sabía que las ciudades solamente son una fuerza para extraer la tragedia de nosotros.

4.

Más arriba, en Lisboa, la vida de esa ciudad se impone por otra persona: Pessoa. Hoy se la siente vibrar más que ayer porque Fernando es un contemporáneo real de los portugueses y la expresión de su poesía es señal de que algo de él, como la misma ciudad, deberá ser conservado si se quiere dar sentido a la literatura de su país. Pero Lisboa no lo supo sino más tarde —después de Alberto Caeiro, después de Alvaro de Campos—, en aquel breve instante en el cual se empieza a sentir el reconocimiento nacional.

Fue entonces cuando se supo que Ana María (su tuberculoso heterónimo femenino) comenzó a escribir cartas desde una ventana sin atreverse a mostrar su joroba al poeta, no porque temiera que a él le importase su fealdad física sino porque el amado no percibiera de manera tan precisa la rotunda belleza de su afecto.

5.

Sam Spade entró en la habitación mansamente, como si temiera despertar allí a otra persona. En la penumbra tanteó sin vacilar hasta un interruptor de la luz que oprimió con fuerza adivinando la ansiedad del encuentro. Enceguecido, bajó los ojos cuando se iluminaron las calles de San Francisco y sólo pudo verlas de frente pasados unos segundos de acomodamiento en ese cuarto reconocido.

Allí estaba delante, inmensa, la ciudad querida y propia. Al fondo, sobre un telón oscuro que parecía emerger de los barrios bajos, el detective vio aparecer despacio a un hombre adusto, con un sombrero flexible y una grasienta gabardina de trinchera: el dueño de la ciudad, su creador, un tal Dashiell Hammett, gestor de ingenios y de malvados que esa ciudad asimilaba y arrojaba con la misma voracidad como la rubia Liliam Hellman se deleitaba con los personajes de su marido, primero Sam y después Bogart en aquellos mismos años en el que el fanatismo de sus conciudadanos acusaban de rojos a la pareja por todo lo ancho de ese largo litoral de California.

6.

Fue así como —con mis favoritos— soñé esta relación personal con las ciudades que vivieron con ellos en la realidad y en la fantasía. De esta manera fui descubriendo también la verdad de aquellas urbes tan dispares, para poderlas reconocer y mantener todos los días en mi memoria desde esta sólida silla de ruedas que me amarra al mundo que las contiene.

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Copyright ©Jaime Lopera, 2002
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Fecha de publicaciónAgosto 2002
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