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Un drama de nuestro tiempo

Fernando Sorrentino
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A eso de las once empezó el episodio. Yo estaba sentado en el balcón, tomando mate y releyendo, después de quince o veinte años, las encantadoras aventuras de Las minas del rey Salomón: sin embargo —noté con tristeza—, cuando era chico me habían gustado muchísimo más.

En un momento dado, supe que alguien me estaba mirando.

Alcé la vista. En uno de los balcones del edificio de enfrente, y a la misma altura que la de mi departamento, sorprendí la presencia de una muchacha. Levanté la mano y le mandé un saludo. Ella me dijo chau con el brazo y abandonó el balcón.

Interesado en las posibles derivaciones, traté disimuladamente —sin duda, ella me estaría espiando por las rendijas de la persiana— de entrever el interior de su departamento. No vi nada: como en los ojos me daba el sol, puertas y ventanas se me aparecían como meros rectángulos negros.

«Ésta no sale más», me dije, y volví a la lectura. No habría leído diez líneas cuando volvió a aparecer. Acaso su ropa registraba cambios.

Empecé a prodigarme en gestos y ademanes infructuosos. La muchacha, ahora sentada en una reposera, leía —o fingía leer— una revista. «Es un ardid», pensé; «no puede ser que no me vea, y ahora se ha puesto en exposición.» Yo no podía distinguirle bien los rasgos, pero sí el cuerpo: alto y delgado. Y el pelo, que, lacio y oscuro, le caía a plomo sobre los hombros. En conjunto, me pareció una hermosa muchacha, de unos veinticuatro o veinticinco años. «¿Quién será?», me pregunté. «A lo mejor tantas veces me la habré encontrado en la panadería...»

Tuve una idea feliz. Abandoné el balcón, fui al dormitorio, la espié a través de la persiana: con toda inocencia, ella miraba hacia mi casa. Entonces salí corriendo y, ¡oh, hados propicios!, la sorprendí en esa postura culpable.

La saludé con un ampuloso ademán, que exigía indiscutiblemente la recíproca. En efecto, me retribuyó el saludo. Después de los saludos, lo normal es iniciar una conversación. Pero, desde luego, no íbamos a gritarnos de vereda a vereda. Me llevé entonces el índice derecho a la oreja y efectué un movimiento giratorio que, como todo el mundo sabe, significaba si podía llamarla por teléfono. Metiendo la cabeza entre los hombros y abriendo las manos, la muchacha me contestó, una y otra vez, y otra vez más aún, que no entendía. ¡Canalla! ¿Cómo no iba a entender?

Volví adentro, desenchufé el teléfono y regresé con él al balcón. Lo exhibí, como un trofeo deportivo, alzándolo con ambas manos sobre la cabeza. «Y, taradita, ¿entendés o no entendés?» Sí, entendía: el rostro se le iluminó con el relámpago de una sonrisa de grandes dientes blancos y me respondió con un gesto afirmativo.

Muy bien: ya tenía autorización para telefonearle. Sólo que ignoraba su número. Era menester preguntárselo mediante mímica.

Recurrí a gestos y ademanes rarísimos: cualquiera me habría creído loco. Formular la pregunta resultaba difícil, pero su deber era intuir qué necesitaba saber yo. Creo que había mala voluntad de su parte; que, en su coquetería, quería divertirse un poco conmigo.

Estiró la cuerda hasta donde le fue posible. Y, en el mismo instante en que yo me disponía a darme por vencido, la muchacha comprendió.

Dibujó con el índice unos números en el aire que, al principio, no entendí. Luego me di cuenta de que ella escribía para su propia lectura y de que los rasgos que yo veía, por ejemplo, como una doble efe final debían entenderse, pues, como un 77 inicial. Así, realicé la interpretación completa y obtuve las siete cifras que me pondrían en comunicación con mi agraciada vecina.

Yo estaba contentísimo. Enchufé el teléfono y disqué. Al primer ring, levantaron el tubo:

—¡Sííí...! —atronó en mi oído una gruesa voz de hombre.

Sorprendido por esta bifurcación, vacilé un instante, buscando las palabras que diría.

—¿Quién habla? —agregó el vozarrón, ya con un matiz de cólera y de impaciencia.

—Este... —musité, amedrentado—. ¿Hablo con el 771...?

—¡Más fuerte, señor! —me interrumpió, de un modo insoportable—. ¡No se escucha nada, señor! ¿Con quién quiere hablar, señor?

Decía no se escucha en lugar de no se oye, decía señor con el tono que normalmente se emplea para decir imbécil. Asustadísimo, balbuceé:

—Este... Con la chica...

—¿Qué chica, señor? ¿De qué chica me está hablando, señor? —una amenaza acechaba ya en el vozarrón.

¿Cómo explicarle algo a alguien que no quiere entender?

—Este... Con la chica del balcón —mi voz era un hilito de cristal.

Pero ni por eso se apiadó. Al contrario, se enfureció más:

—¡No moleste, señor, por favor! ¡Somos gente que trabaja, señor!

Un iracundo clic cortó la comunicación. Azorado, quedé un instante sin fuerzas. Después —como si me sirviera de algo— miré el teléfono y lo maldije entre dientes:

—¡¡¡Andáte a la reputísima madre que te recontramilparió!!!

Luego destiné duros epítetos contra aquella muchacha tonta que no había tenido la precaución de atender ella misma. En seguida pensé que la culpa era mía, por haber llamado tan pronto. De la rapidez con que el hombre del vozarrón atendió, deduje que el aparato estaría al alcance de su mano, acaso sobre su escritorio. Traté de imaginar a ese individuo, atribuyéndole rasgos odiosos: lo pensé gordo, rojizo, sudoroso, panzón. «Somos gente que trabaja», había dicho. ¿Y a mí qué? Todo el mundo trabajaba: no había mérito especial en ello. ¿Acaso yo vivía de rentas?

El hecho era que ese hombre estentóreo me había infligido una terminante derrota telefónica. Me sentí un poco deprimido y con deseos de venganza.

Después volví al balcón, resuelto, sea como fuere, a preguntarle a la muchacha su nombre. Pero no estaba. «Claro», inferí, con temerario optimismo, «estará junto al teléfono, esperando ansiosamente mi llamada.»

Con renovados bríos, pero también con temor, marqué los siete números. Oí un ring; oí:

—¡¡¡Sííí...!!!

Aterrorizado, corté la comunicación.

—Que lo parió —musité, con rencor y con tristeza, y, al conjuro de esta frase, se me ocurrió una idea que juzgué brillante.

Pensé: «Ese abominable troglodita de enfrente se permite tiranizarme sólo porque a mí me falta un elemento: el nombre de la persona con quien quiero hablar. Es necesario, entonces, conseguirlo.»

Después pensé: «Los números de teléfono están ordenados en la Guía Verde. Yo no tengo Guía Verde. Las grandes empresas tienen Guía Verde. Los bancos son grandes empresas. Los bancos tienen Guía Verde. Mi amigo Balbón trabaja en un banco. Los bancos abren a las doce.»

Esperé hasta las doce y cinco, y llamé a Balbón:

—Oh, querido amigo Hernando —contestó, apenas oyó una palabra mía—, me hallo en extremo regocijado, contento y confortado de volver a oír tu voz...

—Gracias, Balbón. Pero escucháme...

—... tu voz de joven despreocupado, alegre y libre de obligaciones, deberes y responsabilidades. Feliz de ti, querido amigo Hernando, que desconoces todo tipo de problemas. Feliz de ti, que tomas la vida como un devenir afortunado y no permites que ningún hecho exterior enturbie la paz de tu regalada existencia. Feliz de ti, que nadas en la abundancia económica trabajando sólo tres o cuatro horas por día. Feliz de ti...

Algún escéptico, que nunca falta, considerará imposible la existencia de gente que hable como Balbón. No tengo cómo probarlo pero ruego ser creído: juro y rejuro y recontrajuro que Balbón existe y que, en efecto, habla así.

Después de adornarme con todas las imaginarias venturas que se le ocurrieron, continuó —sin permitirme hablar— con la segunda etapa, que consistía en atribuirse a sí mismo, a modo de trágico contraste, todas las calamidades del universo visible e invisible:

—En cambio, yo, el humilde, el modesto, el ínfimo Horacio Enrique Balbón, continúo hoy, como ayer y como mañana, como anteayer y como pasado mañana, arrastrando un pesado, oneroso y gravoso carro de miserias, desdichas y tristezas, a través de este angustioso, proceloso y horroroso valle de lágrimas que, a modo de infierno, báratro y averno, me vapulea, ultraja y humilla sin cesar...

Esa historia yo la había oído miles de veces.

—¿Pero no era que te habían ascendido y que ahora ganabas bastante bien?

—Sí, es cierto —admitió—. Ahora gano tres veces más que antes, tengo un cargo jerarquizado y hasta me han dado un sellito con mi nombre...

La palabra sellito —con la elle nítidamente pronunciada— me hizo lanzar una carcajada.

—Y, sin embargo —prosiguió, sin ofenderse—, el pesado, oneroso y gravoso carro de miserias, desdichas y tristezas continúa existiendo. Y yo continúo arrastrándolo, desfalleciente, enfermo y acaso con un pie ya en la tumba, por la faz de este pérfido, cruel y maligno planeta...

Me distraje un poco esperando que concluyese con sus quejas. De pronto, oí:

—He tenido mucho gusto en hablar contigo. Será hasta cualquier momento.

Y cortó la comunicación. Indignado, volví a llamarlo:

—¡Che, Balbón! —le reproché—. ¿Por qué cortaste?

—Ah —dijo—. ¿Tú querías decirme algo?

—Necesitaría que te fijaras en la Guía Verde a qué apellido corresponde el siguiente número de teléfono...

—Aguarda un instante. Voy a buscar mi estilográfica. Pues sabes que odio, detesto y aborrezco escribir con lápices, bolígrafos o marcadores.

Fue preciso esperarlo.

—Ese número —dijo, al cabo de uno o dos minutos— corresponde a una tal CASTELLUCCI, IRMA G. DE. Castellucci con doble ele y doble ce. Pero, ¿para qué lo quieres?

—Muchas gracias, Balbón. Otro día te explico. Chau.

—Adiós —contestó, con un dejo de resentimiento en la voz.

Ahora sí: yo me hallaba en posesión de un arma poderosa. Con espíritu animoso y dedo firme, volví a marcar el número de la muchacha.

—¡¡¡Sííí...!!! —tronó el cavernícola.

Sin vacilar, con voz sonora y bien modulada, y con cierto tinte perentorio, articulé:

—Por favor, me comunica con la señorita Castellucci.

—¿De parte de quién, señor?

Que pregunten de parte de quién es una costumbre que no me gusta. Para confundirlo un poco, le dije:

—De parte de Tiberíades Heliogábalo Asoarfasayafi.

—¡Pero, señor! —estalló—. ¡La familia Castellucci hace como cuatro años que no vive más aquí, señor! ¡Siempre están molestando con ese maldito Castellucci, señor!

—Y si no vive más ahí, ¿para qué me preguntó de par...?

En la mitad de la frase me interrumpió su furioso clic: ni siquiera me había permitido expresar esa mínima protesta ante su despotismo. ¡Ah, pero eso no iba a quedar así! Me precipité sobre el teléfono como quien busca un revólver:

—¡¡¡Sííí...!!!

Con pronunciación de retardado mental, pregunté:

—¿Habdo co da famidia Castedusi?

—¡Pero no, señor! ¡La familia Castellucci hace más de cinco años que no vive más aquí, señor!

—Ah... Qué suedte: estoy habdando con ed señod Castedusi... ¿Cómo de va, señod Castedusi?

—¡Pero no, señor! ¡Entiéndame, señor! —estaba hecho una dinamita—. ¡La familia Castellucci hace como siete años que no vive más aquí, señor!

—¿Cómo está usté, señod Castedusi? —insistí, cordialmente—. ¿Y su señoda? ¿Y dos pibes? ¿No se acuedda de mí, señod Castedusi?

—¿Pero quién habla, señor? —el monstruo, además de terrible, era curioso.

—Habda Madio, señod Castedusi.

—¿Mario? —repitió, con asco—. ¿Qué Mario?

—Madio, señod Castedusi: Madio, ed que se escuendió adentdo ded admadio.

—¿¡Cómo...!? —no me había entendido bien: yo tenía la boca llena de risa.

—Madio, señod Castedusi, Madio Adbedto.

—¿Mario Alberto? ¿Qué Mario Alberto?

—Madio Adbedto, ed que tiene un ojo bizco y ed otdo tuedto, señod Castedusi.

Aquello fue una especie de bomba atómica:

—¡¡¡Pero no molestés, idiota, hacéme el favor!!! ¿¡Por qué no te pegás un tiro, infeliz!?

—Podque no puedo, señod Castedusi. Tengo una puntedía de miedda, señod Castedusi. Da údtima vez que quise pegadme un tido en da cabeza, maté sin queded a un pingüino que estaba en da Antádtida, señod Castedusi.

Hubo un instante de silencio, como si aquel individuo enloquecido de rabia, para no ser fulminado por un infarto, aspirase, en una sola bocanada, todo el oxígeno de la atmósfera terrestre.

Yo, muy atento, esperaba.

Entonces, con el máximo furor y ahogándose en su propia cólera, el vestiglo lanzó sobre mí, a los gritos, esta descarga de artillería pesada donde cada palabra, impaciente por ser proferida, se tropezaba con las demás:

—¡¡¡¡Pero moríte, pedazo de idiota, tarado cerebral, grandísimo repelotudo, parásito, infradotado de mierda, cornudo, inútil, inservible, pajero, reverendo boludo, sifilítico, blenorrágico, boludo alegre!!!!

—Me siento muy hondado pod sus padabdas, señod Castedusi. Muchas gdacias, señod Castedusi.

Cortó de un golpe violentísimo. Fue una lástima: me habría encantado que siguiera insultándome. Era delicioso imaginar a mi enemigo: rojo, transpirado, apoplético, quizá con el aparato telefónico averiado a causa del golpe...

Me sentí contentísimo y ya no me importó no haber podido hablar con la muchacha del balcón.

De: Fernando Sorrentino, Sanitarios centenarios (novela), II, 7, Editorial Sudamericana, Buenos Aires, 2000, págs. 105-114.
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Fecha de publicaciónAbril 2002
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