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Gris de tiempo gris

Goza, Gonza VI

Nicolás Soto
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La conversación con Azaelito había sido estimulante.

Una serie de ideas nuevas afloraba en su cacumen. Toda la historia podía ser resumida en una lucha de clases donde los explotadores, señores feudales o burgueses capitalistas, se llevaban la parte del león apoyándose en su opresión de los explotados, con la connivencia de las cliques religiosas. El materialismo histórico, a través del método científico de la dialéctica, había logrado dar con el meollo del asunto, un secreto bien guardado durante generaciones. Por eso era que el socialismo era anatema y tabú para curas atorrantes como el padre Carrasco. «Toda la estructura eclesiástica está corrompida hasta el basamento», argumentó Sojito con vehemencia, «y, por lo tanto, hay que destruirla, arrasarla y convertirla en cenizas.»

Paradójicamente, Azaelito le había llevado la contraria.

—Nuestro pueblo, aun cuando aparenta no ser muy religioso, en realidad siente una especie de temor reverencial ante todo lo que atañe a los curas. Ni siquiera la guerra de la Federación pudo aplacar el poder inmenso, sustentado en la superstición, que ellos poseen sobre los miedos recónditos de las personas. La Iglesia aquí es un poder. Recuerda el caso del cura Biaggi: a ella, ni con el pétalo de una rosa. El movimiento revolucionario, en lugar de buscar una confrontación directa, deberá atizar las diferencias internas entre la jerarquía fosilizada y los sacerdotes que verdaderamente se la juegan con el pueblo. Ahí tienes el ejemplo de Camilo Torres en Colombia. En Brasil está Dom Helder Cámara en abierta oposición a la dictadura militar al mismo tiempo que propicia que se comience a hablar de una teología de la liberación.

A Sojito el juicio se le fermentaba mediatizado por su experiencia personal. «Estoy sintiendo un odio de judío converso», pensó.

Ahora recorría las calles desiertas con la imperceptibilidad de las sombras adiposas. Había una cólera en su ánimo que demandaba satisfacción. Una venda había sido quitada de sus ojos. El panorama no era como se lo habían pintado.

«Alguien deberá pagar por el descalabro de este sainete incoloro», reflexionaba con terquedad. «Alguien va a pagar por este fiasco.»

Cruzó la calle Libertad. Una vez más, intuyó el ramalazo de la diferencia social demarcado por el borde que separaba el lado «decente» del pueblo de la orilla. Casas pobretonas, aseo urbano ausente, aguas negras al descampado y más polvo que aire para respirar.

Los perros ladraban desesperados como respuesta al reflejo de sus pasos en las paredes de la atmósfera. Pasó frente a un bar de prostitutas y una cara deforme y pintarrajeada quiso azuzarlo.

—Pasa adelante, mi negro.

Los acordes de un bolero ranchero de Javier Solís se fueron quedando atrás. Llegó, al fin, a la casa de la vieja dulcera. No quiso abrir el portón que daba a la calle porque sus goznes nunca agarraban lubricación y maullaban terriblemente. Pasó por delante de la santamaría de la bodega de su tío Cándido y se introdujo al solar baldío de al lado. No había recorrido diez metros cuando arribó a un estantillo que, por experiencia, sabía que no estaba firmemente clavado al suelo. Lo levantó con cuidado y apartó la tela de gallinero. La operación fue rápida y silenciosa.

Sintió ganas de vaciar la vejiga. Como la única poceta de la casa era antigua y escandalosa, decidió hacerlo en las proximidades del galponcito que fungía de depósito de mercancías. Lanzó el chorro contra la pared para amortiguar el ruido.

Un sonido de pasos ahogados y de voces fingidas buscó su atención. Se mantuvo tenso, rastreando su origen.

Provenía del interior del galpón. Caminó con sigilo y divisó una rendija entre los bloques de arcilla sin frisar. Vio una vela encendida que arrojaba puñales de luz borrosa y desvaída.

Un hombre desnudo pasó por delante de su limitado campo visual. Vestía sólo un delantal y llevaba una bandeja con una botella y un vaso. Caminaba como esas coquetas provincianas que inundaban la plaza Bolívar los domingos por la noche, a la salida de la misa de ocho.

Volvió a pasar otra vez. Venía risueño.

Era Cándido.

Otra sombra borrosa, mucho más corpulenta, pasó por delante de la rendija, arremangándose los pantalones. Hablaba bajito. Cándido siguió en la misma dirección, con actitud parecida a la de los subyugados. La puerta del galpón se abrió.

Sojito se pegó de la pared para no ser descubierto. La sombra corpulenta atravesó el patio, como si se escondiera de las cobijas lunares, para terminar saltando el paredón de atrás. Era el negro Indalecio, a Pedro Esteban no le cupo ninguna duda.

«Qué vaina: ¡mi mamá puta y mi tío marico!», caviló con rencor creciente.

Cándido recogió todas las evidencias de su presencia en el galpón. Existía siempre en él un temor de ujier contrabandista a ser descubierto. Desde pequeño había sentido esa inclinación a ser como ellas. Intentó negárselo a sí mismo, pero sabía que había una distancia insalvable que lo separaba de los varones normales. Hubo épocas en que envidió a Elena por ser tan bella y asediada y era que, en el fondo, se sentía su igual. De muchacho, cuando iba a las matinées, a ver las películas de rumberas mexicanas, experimentaba una furia de pasionaria al oir los chascarrillos y las frescuras del público ante la visión amplificada de muslos, pantorrillas y caderas al son de los mambos de moda. Para él, lo más importante eran los atavíos, los maquillajes, las coreografías, las gestualidades incitantes de María Antonieta Pons y las Dolly Sisters. Cuando apareció el negro Indalecio, recién salido de la isla del Burro donde había purgado pena por uxoricidio culposo, supo que su apariencia de macho neutro se avinagraba. Le dio empleo de matarife, con un salario desacostumbrado, para hacerlo desistir de la idea de dejarse tentar por un italiano de Salerno que se lo quería llevar de caletero de sacos de cemento gris. A Cándido se le clavaban los ojos en esa musculatura brillante que toleteaba, con dinamismo de slugger sabanero, los cráneos porcinos, pasándolos al más allá. Indalecio era una bestia de carga incansable que no tenía tiempo, ni inteligencia para otra cosa que no fuera el trabajo. A la larga, cedió ante los halagos y las veladas acometidas de su patrón. Le era indiferente que fuera macho o hembra.

Cándido finalizó su labor recolectora. Se colocó una bata de baño sin haberse quitado el coqueto delantal. Apagó la vela de un soplido y, cuando giró hacia la puerta, sintió un eructo de culpabilidad descubierta explotarle en la epiglotis.

En el umbral estaba la silueta recortada de Pedro Esteban Sojo Bernárdez, su sobrino.

Ni un ápice de temple había perdido María Esperanza Alvarenga.

Con aplomo bruñido, colocó la fina taza de China sobre la bandeja y se asomó, por cuarta vez, a la ventana que daba al portal de la quinta.

—Benilde, nunca sabré agradecerte lo bien que te has portado con nosotras en estas circunstancias tan duras —dijo.

—¿Para qué son las hermanas? —respondió Benilde.

María Esperanza retornó a la silla Luis XV donde había estado sentada.

—Voy a convencer a Efraín para que nos compremos una casa aquí en La Castellana o en Altamira.

—En el Country conozco a unos amigos que están por mudarse. Si quieres te pongo en contacto con ellos.

—Sería estupendo —María Esperanza vio su reloj mostrando impaciencia—. ¿Por qué se tardarán tanto?

Benilde se levantó, a su vez, rumbo a la ventana.

—Tú sabes que estos procesos son lentos y engorrosos.

—Ramírez Pérez me aseguró que agilizaría todo —explicó María Esperanza.

—Ramírez Pérez está convertido en todo un superveterano. Todavía me pregunto cómo hicieron ustedes para ubicarlos tan rápido.

—Efraín amenazó al papá del muchacho con hacerle revocar la patente de industria y comercio y la licencia de licores. Como a él le toca ser el presidente del concejo municipal este año, por el pacto que hubo con los adecos, eso es como soplar y hacer botellas. Además, le dejó entrever que estaba en camino una acusación por incitación a la prostitución. El portugués es dueño de un bar de ficheras que, imagínate tú, está en toda la esquina de la plaza Bolívar y tiene, también, la mano metida en un lenocinio localizado en plena carretera nacional. Hasta le podría salir eventualmente, y en esto Efraín fue muy enfático, expulsión del país por indeseable.

Benilde se volvió a sentar.

—Y el portugués fue quien los localizó.

—Sí. Parece que tiene una hermana, aquí en Caracas, a la cual el muchacho es muy apegado y, como era de imaginarse, la vino a visitar en compañía de María Enriqueta. Pienso que el portugués, todo asustado y amenazado como estaba, le pintó la situación con toda la cruda realidad.

—Y ella confesó el paradero...

—Exacto. Te digo, sinceramente, que, si nos hubieran salido con gato enmochilado, Efraín y yo estábamos dispuestos a mover cielo y tierra para botarlos a toditos de Venezuela.

—Bien que se lo merecen. Habrase visto tamaña alcahuetería —comentó Benilde, cruzando sus bonitas piernas.

—Inmediatamente comisionamos a Ramírez Pérez para que nos diligenciara a la policía y, afortunadamente, anoche mismo los encontraron. El muchacho no me interesa, pero le hice ver que vigilara que María Enriqueta tuviera las atenciones de rigor. Aun con todas sus travesuras, ella sigue siendo una niña de familia.

María Esperanza había vuelto a acercarse a la ventana.

—Ahí vienen ya. Benilde, hazme un favor.

—Sí.

—Baja y dile a María Enriqueta que suba, que quiero hablarle. A Ramírez Pérez que me espere mientras tanto.

—Bien.

María Esperanza aguardó en la habitación llena de perritos de repisa. Se alisó la falda y, frente a un espejo churrigueresco, domeñó la torcida rebeldía de un mechón. A sus cuarenta y cinco años todavía se veía esbelta y atractiva. Algunos halagadores pueblerinos siempre la tomaban como hermana de sus hijas porque, sin duda alguna, era más hermosa que ellas. Con excepción de María Enriqueta.

La puerta se abrió y vio su reflejo en el espejo, exactamente detrás de ella. Vestía una saya ancha de campesina rusa, unas plataformas altísimas y una franela bordada con un motivo psicodélico. El pelo rubio estaba recogido en un moño. Su rostro sin maquillaje no denotaba temor ni arrepentimiento.

María Esperanza se volvió y la observó con acritud.

—Bienvenida de nuevo al seno de la familia, María Enriqueta.

Ella sostuvo la mirada como en un desafío vitriólico.

—Como comprenderás —subrayó María Esperanza, aproximándose—, no podíamos quedarnos con los brazos cruzados y optamos por recuperarte para una vida decente y normal. Espero que estos desgraciados incidentes no vuelvan nunca a repetirse. De hecho, no se repetirán jamás.

María Enriqueta seguía inmutable.

—Efraín y yo hemos decidido internarte, aquí en Caracas, en un colegio de monjas. Antes de que protestes, formes un berrinche (hasta ahora nunca has sido así pero no sé qué cambios te habrán ocurrido en estos dos días) y antes de que me escribas una carta llena de rarezas, déjame decirte que, primero, estamos en nuestro perfecto derecho de hacerlo puesto que eres nuestra menor hija todavía y, segundo, que estamos Efraín y yo convencidos de no llegar a extremos siempre y cuando te manifiestes con ánimo de cooperar. Así será más conveniente para todos y contribuiremos a borrar este escándalo sin mayores traumas.

María Esperanza aguardaba alguna réplica. María Enriqueta no dejaba descubrir ninguna disposición de contestar, permaneciendo inmóvil junto a la puerta. Su mirada agrietaba la flema de aristócrata provinciana de su madre.

—Todo el tiempo me negaba a reconocer que existía en ti un germen disociador, María Enriqueta. No sé de dónde pueda provenir. En la familia de Efraín nunca han existido anarquistas, y en la mía ni se diga. Francamente, ya estoy harta de ti y de tus...

—Si es así, ¿por qué no me dejas en paz? —la interrumpió María Enriqueta, con rabia.

María Esperanza se acercó aún más, desafiante.

—¿Y dejarte vagabundeando por ahí con un cualquiera, enlodando nuestro nombre? Preferiría mil veces que te tragara la tierra antes que permitirte jugar con nuestra reputación. Sí, ya sé que eso no te importa porque eres una egoísta que sólo sabes vivir para ti misma. ¿Dejarte a tus anchas, María Enriqueta, disfrutando de placeres sin obligaciones? No, señor, estás bien equivocada. De ahora en adelante, y mientras sea necesario, únicamente tendré para ti mano dura. Se acabó la época del consentimiento contigo. Tendrás que acogerte a mis reglas y convertirte en una muchacha de familia, como lo son tus hermanas.

—¿Qué pasa si me niego? —desafió María Enriqueta.

María Esperanza tomó entre sus manos uno de los preciados adornos de porcelana de Benilde, acariciándolo con suavidad dionisíaca.

—Gracias a Dios que ya tenía previsto el que me salieras con una reacción semejante. Mira, María Enriqueta, estás pasando por un período difícil y anormal. Crees, de hecho, que esta fiebre pasajera que te consume es razón más que suficiente para enfrentarte al mundo al cual perteneces. Si te empeñas en hacerte la irracional y la incomprendida, pues te diré que no estamos dispuestos a permitírtelo.

—¿Cómo piensas obligarme, María Esperanza?

—Muy fácil. De ti depende que ese muchacho salga o no en libertad. La lista de cargos que presentaremos contra él es grande, comenzando por seducción y rapto de menor de edad. Ya tenemos palabreado al juez para que le imponga una sanción ejemplarizante y, si por azar intenta defenderse, su familia pagará las consecuencias. No te quepa ninguna duda de que haremos todo lo que está a nuestro alcance para impedir que nuestro nombre ande de boca en boca como si fuéramos artistas de la farándula. Si por mí fuera, ese jovencito se quedaría pudriéndose en la cárcel por un largo tiempo. Sin embargo, deseo brindarte la oportunidad de entrar en los dominios de la razón. Tú tienes la palabra.

María Enriqueta acusó el golpe. Bajó la mirada y dio unos pasos en dirección a la ventana. Era evidente que vacilaba. El cinismo transeúnte de María Esperanza siempre lograba desarmarla.

—¿Y si te digo que estoy embarazada?

María Esperanza no evidenció sorpresa, como esas actrices de telenovelas que parecen matronas británicas.

—No te creo.

—No te hagas la ingenua, María Esperanza. ¿Tú crees que Wilson y yo la hemos pasado jugando Monopolio? Aun cuando no tengo la edad reglamentaria, soy una mujer. Conozco mi cuerpo. Sé que porto un hijo suyo en mi vientre y, ¿sabes?, quiero tenerlo.

María Esperanza no se caracterizaba por ser lerda en sus pensamientos.

—No te preocupes, María Enriqueta. Lo tendrás —aseguró.

Soles de hormigón conversando con las trampas mudas del calor.

El Charger buscó la sombra de un almendrón. Un arriero enrumbaba al centro del pueblo con su carga de cagajón de burro.

Con su prestancia de doncel gachupino y sus anteojos inhóspitos, descendió del vehículo. Subió a la acera, caminó seis pasos cojeantes y tocó a la puerta de la angosta y modesta vivienda rural, con cadencia de clave cifrada y urgencia de complicidad pagana.

Mientras le abrían, observó a su alrededor. Una doñita vaciaba una lata de agua en un patio, un perro realengo se lamía las ñesclas con fruición, una niñita de facciones caribes se asomaba curiosa detrás de unos barrotes de caoba, un catirito socorreño trataba de que su papagayo nadara con la brisa, una radio lejana y eufórica canturreaba al sonsonete de «Ace lavando y yo descansando», un cieguito en la esquina ofrecía los cuadros sellados y El Relancino de Táchira para hoy.

La puerta se quejó como enfermo de hidropesía.

—¿Está el señor Fernando? —preguntó.

—No, pero está el doctor Luis —le contestaron.

—Le traigo carta de Cumaná —afirmó, casi en letanía.

—Entonces pase para que se la entregue.

El ñato que le había abierto lo guió al interior. Era una casa estrecha y larga. Las habitaciones se encontraban a un lado y eran pequeñas. Había gente durmiendo. En el comedorcito estaba sentado un sujeto joven, flaco, alto, de barba negrísima, pelando una vera con una navaja de las que se usan para amolarle las espuelas a los gallos.

—El comandante Argenis —le dijo el ñato, señalando al barbudo y procediendo a recoger una toalla para internarse al patio trasero.

—¿Comandante Camero? —preguntó el barbudo.

—¿Cómo está usted?

—Tome asiento.

—Gracias.

—¿Quiere tomarse un café?

—Sí, por favor.

—Natalí, tráenos dos cafés, ¿sí?

Una trigueña joven salió de la cocina con dos pocillos humeantes. Se sentó junto a ellos.

—Natalí es mi compañera y máxima confidente —explicó el barbudo.

—Tanto gusto.

Natalí inclinó la cabeza, a guisa de saludo. «No tendrá más de veinte años», pensó el recién llegado, recordando a la que siempre estaba en su mente.

—Somos todos oídos, comandante Camero —dijo el barbudo, soplando el café.

El recién llegado se echó un tanto hacia atrás en la silleta de cuero.

—La operación ha sido aprobada por la dirección nacional.

—Magnífico —acotó el barbudo.

—Traje los elementos necesarios. Los cargo en el baúl del carro.

—¿Tal cual lo solicité?

—No.

El comandante Argenis miró a Natalí y luego al recién llegado. Una gallina piroca cacareaba en el solar vecino.

—La dirección nacional no quiere nada con explosivos. Prefieren una operación tipo comando. Alegan que el factor sorpresa es crucial puesto que este Estado jamás ha sido escenario de enfrentamientos de lucha armada. De ahí, entonces, que las probabilidades de que los agarremos con la guardia baja sean altas. ¿Eso altera sustancialmente sus planes, comandante Argenis?

—Nada que no se pueda remediar. Necesitaría unos dos o tres hombres más. El ñato que acaba de salir es experto en explosivos, pero no pienso arriesgarlo en una misión comando. Será mejor despacharlo para Caracas donde puede ser más útil.

—De acuerdo. ¿Cómo estamos con el cronograma?

El barbudo extrajo de su bolsillo una agenda y un bolígrafo.

—Igual. Hasta ahora nada se ha alterado. Hoy salió en el periódico local el programa de actos confirmando la fecha. Asistirán el gobernador, un coronel del regimiento de cazadores, el obispo y lo más granado de la burguesía terrateniente miguaqueña. Y, con el aderezo de la presencia del Ministro de Educación, dispondremos de cobertura nacional, que buena falta nos hace.

—¿Qué hay de la Digepol?

—Ahora se llama la Disip. Caldera cree que con estos cambios cosméticos se borran todos los crímenes. Bueno, al grano. Existe una delegación pequeña. Solamente cinco funcionarios. Por lo que hemos sabido, ni sospechan que estamos aquí. Su máxima preocupación es el abigeato y el contrabando ganadero desde Colombia, que todavía están algo rampantes por estos montes.

—¿Examinó el sitio?

—Aquí tengo un plano actualizado que obtuve en catastro municipal, gracias a los buenos oficios de un simpatizante. La idea mía es sorprenderlos en el auditorio del Colegio Francisco Iznardy. Allí podremos ocultar el armamento que usted ha traído en un sitio inmejorable que conozco.

—Parece usted muy familiarizado con este pueblo —observó el comandante Camero.

—Soy miguaqueño, comandante Argenis. Por eso deseo que esta operación sea un éxito total. Como le venía diciendo, escondo el armamento en el mismo auditorio, con la ventaja de poder evitar cualquier requisa. Procedemos a eliminar a todos estos elementos y aprovechamos la confusión resultante para desaparecer sin dejar rastros.

—Ya hemos definido las rutas de escape y las conchas —intervino Natalí.

El recién llegado sintió otra vez la vieja remembranza.

—¿Usted también es de aquí, Natalí?

—No, soy caraqueña. Del Prado de María.

—¿Cómo hacemos para entregarle el armamento? —preguntó el recién llegado.

El comandante Argenis se levantó.

—Tengo una camioneta pick up estacionada en la parte de atrás. Usted me sigue y hacemos el transbordo en un fundo cercano que conozco. Esta noche iré con dos muchachos a colocarlo en el teatro de operaciones. Con eso creo que tenemos la mitad del trabajo hecho. A propósito, comandante Camero, ¿había usted estado antes en Santa Narda de Miguaque?

El recién llegado traspasó el fondo del solar con la vista.

—Sí. Hace mucho, muchísimo tiempo. Pero todo cambia. En fin, vamos a lo nuestro. Encantado de conocerla, Natalí. Veo que el comandante Argenis cuenta con una digna y eficiente compañera.

—Y eso que usted no la ha visto con un M-16 de asalto en la mano —aseguró el barbudo.

Natalí sonrió con picardía cómplice.

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Fecha de publicaciónMarzo 2003
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