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Ficción incluida en Nocturnos, primera antología de la mejor narrativa publicada en Badosa.com.

La noche ya no es tan noche

Rafael Trujillo Navas
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A Martín Civeira Morales, in memoriam

«Calma, deja que esa gubia apunte hacia el corazón o algo más arriba del nacimiento del cuello, sin hostigarla con la muñeca, a su querencia, que las armas tienen querencias como las personas y los bichos», le habría susurrado Civeira con aquella voz que tanto podía, de haberse hallado esta noche en la celda. Pero a pesar de dicha ausencia, hacia el pecho y hacia la nuez de Machaco está mirando Julián con una gubia en la mano, dando arcadas al pensar lo que va a hacer con ella, cuando la noche sea más noche.

Casi seis años antes, el juez de Casabando había ordenado el levantamiento del cadáver de Martín Civeira. Un expendedor de billetes encontró el cuerpo de madrugada en la estación de autocares, perfumado por la empalagosa fragancia de la dama de noche y del jazminero que brotaban de un arriate enmarañado y polvoriento. Estaba sentado en un banco del apeadero con una flor de jazmín entre los labios y el pelo negrísimo ondeando al soplo de una brisa que olía a maíz. Tenía la espalda apoyada en una columna, la cabeza erguida y ligeramente adelantada, como si mirase con circunspección hacia las palomas que picoteaban su sangre encharcada en el andén. Un agente judicial le desabotonó la pechera de la camisa y despejó la rala pelambre del pecho para que la forense calibrase el orificio por el que se le había derramado la vida a aquel hombre de hermosos rasgos árabes.

Horas antes del levantamiento del cadáver, la policía había abortado el robo de una farmacia en el barrio de Santa Paula (el último de una escalada de robos de psicofármacos en farmacias y en hospitales de la provincia). Vieron a Civeira en plena fuga y, al rato, a un hombre encaramado a la terraza de la farmacia que se evaporó en la oscuridad azul.

Transcurridos esos años, Julián Ceballos recordaba a Civeira con desasosiego, como si el hecho de haber sido el autor de aquella muerte fuese el único de sus actos que lo mantuviese idéntico a sí mismo, a salvo de la diluyente masa humana que bullía en la prisión. No obstante, la causa inmediata de tan angustiosa remembranza no residía en la propensión nerviosa de Julián o en un recrudecimiento pasajero de su culpa, sino en Machaco. En ese hombre que ahora está dormido sobre la cama alta de una litera, ajeno a que Julián Ceballos está pesándole la muerte a cinco pasos mal contados.

Julián había oído a Machaco hablar de Civeira en varias ocasiones. La primera fue a la semana de que Julián llegase trasladado de otra prisión. Paseaba por la zona deportiva, con la mente puesta en su reciente incorporación a la carpintería del centro, cuando captó casualmente un comentario singular: «Martín Civeira me abandonó a mi estrella; me dejó tirado en aquella farmacia.» Al oír el nombre de Martín Civeira, Julián sintió un vahído y se detuvo. Con disimulo se dio la vuelta y caminó con lentitud, atisbando a los tres o cuatro hombres cuyas espaldas descansaban sobre el muro de ladrillo del gimnasio. Se situó al alcance de lo que estaba contando un interno bajito, chupado, vestido con una sudadera burdeos y un pantalón de chándal negro. «Civeira no me hizo llegar ni un mal aviso...», dijo echándose hacia atrás la capucha de la sudadera y dejando al descubierto una mata de pelo lacio, «no dio un pitido largo y otro corto como habíamos acordado; ni siquiera chifló...; con un chiflido de los suyos me hubiese dado tiempo a salir y a meterme en el coche.» Sólo hablaba el hombre menudo; los otros lo miraban. «Pero el coche arrancó sin mí...“¡Ahí te pudras, Machaco!”, se diría Civeira al ver por el retrovisor a los policías saliendo de la furgoneta», agregó y estudió los exiguos gestos de sus acompañantes. Acto seguido, exhaló una nubecilla de humo y lanzó la pava del porro que dejó un rastro incandescente en el aire.

Julián se sintió aludido, morbosamente inculpado por el preso de la sudadera burdeos. Estaba convencido de que éste había empleado su propio nombre, Machaco, en la historia del robo para despistar. De otro modo no se explicaban tantas coincidencias entre lo que había oído y lo que sucedió en Santa Paula. Un sentimiento de indefensión creció dentro de Julián. Cuando pasó ante el grupo, la idea de que estaban al tanto de su caso le hizo caminar replegado, vulnerable, como si súbitamente se hubiese quedado en cueros.

Durante un tiempo, por no toparse con la mirada acusadora de aquellos hombres, rehuyó las zonas comunes de la prisión. Mas una tarde que fue al economato a comprar espuma de afeitar y algo de comida, la voz de Machaco vibró cercana. Julián apoyó los antebrazos en el mostrador y miró con el rabillo del ojo hacia un lado. Otra vez el de la sudadera burdeos le estaba buscando las cosquillas. «Salté de tejado en tejado, a por todas», dijo Machaco mientras cortaba de un pellizco la pestaña de un tetrabrik de zumo. «Tenía que llegar a Casabando antes de que despuntase el día porque tuve la corazonada de que Civeira estaría allí, esperando a que abriesen las ventanillas para comprar un billete y tomar el primer autobús con destino al Sur», añadió desplegando una mirada sagaz a su alrededor. La coronilla de Machaco quedaba por debajo de los hombros de sus compañeros del equipo de baloncesto. Como cuando estaban en el muro del gimnasio, ellos fruncían levemente el ceño y lo miraban. El tetrabrik fue pasando de mano en mano. Julián estaba tenso y asombrado, pendiente del hilo de la conversación.

Machaco dijo que al verlo una pareja de guardias de tráfico repostando en la gasolinera de Casabando, con la ropa hecha harapos y desfigurado de desollones, le pidieron la documentación del vehículo: un Ford Orion blanco, con matrícula de Sevilla. Contó que mientras declaraba el robo del coche en la comisaría de Casabando vio rayar el sol a través de una ventana, y que el mismo policía que le llevó a la mesa un café cargado y un paquete de galletas, halló el arma debajo de una alfombrilla del coche. Y que más tarde, cuando ya empezó a hacer calor, aquel guardia lo inculpó del asesinato de Civeira y le tomó una segunda y definitiva declaración.

La lúgubre llamada de recuento resonó en el edificio. Machaco arrojó el envase arrugado del zumo a la papelera y salió del economato. Julián lo vio taponándose los oídos con los cascos del walkman que portaba sujeto al cinto como una cartuchera. Lo vio avanzar por los pasillos, entre sus colegas altos y parsimoniosos, hasta que su cabeza de pelo liso se perdió entre la perezosa turba que anegaba los corredores del módulo Norte.

Julián aguardó perplejo a que terminasen de pasar los internos para dirigirse al lugar de recuento. Andaba por los pasillos sintiéndose fuera de su cuerpo. Le dio vueltas a las palabras de Machaco. Lo que escuchó el otro día y hacía unos minutos en el economato no eran murmuraciones aireadas con la intención de perjudicarlo o de humillarlo ante alguien. Eran sus propios hechos relatados por un extraño, por aquel desconocido de la sudadera burdeos, se dijo Julián, oyendo los nombres que emitía la voz desnaturalizada de Leiva a través del megáfono.

Julián lleva una porción indeterminada de tiempo sentado frente a Machaco, mirándolo desde que a éste lo rindieron los canutos o la música. Oye pasos provenientes del corredor. Oye el fraseo apremiante de uno de los médicos y el torpe llanto de un hombre. Ignora qué ha sucedido. Percibe el ajetreo y el chirrido de las ruedas de una camilla. El llanto ahora parece una risa tonta. Siempre en vilo, esperando una desgracia incierta. Sus dedos estremecidos hurgan dentro de su mono y sacan un espejito cuadrado. Se ve el mentón y las cejas espesas y respira, respira aliviado. Se guarda el espejo y mira hacia delante.

Estudia el físico contradictorio de Machaco: la cara y las manos parecen de un viejo y el resto de un muchacho: dos edades mezcladas en un mismo cuerpo.

Debió desmentirlo en el economato o en cualquier otro sitio; no le faltaron ocasiones para abordarlo. Pero la ofensa había sido tan devastadora que cuando lo tuvo cerca se quedó sin voluntad, agarrotado, con la lengua matada dentro de la boca. Pese a todo, Julián aún puede evitar que la gubia se hunda en el cuerpo desordenado de Machaco. Baraja la posibilidad de zarandearlo y una vez despierto bastarían dos palabras para desenmascararlo. Pero enseguida descarta dicha hipótesis. Quién le aseguraba a él que Machaco, una vez en la calle, no iba a continuar suplantándolo.

Husmea la atmósfera saturada de aromas de tabaco y de hachís y desliza la yema de su dedo índice sobre el filo cortante de la gubia.

El vértigo de la muerte le provoca una arcada.

La idea fija de aniquilar a Machaco cristalizó en la mente de Julián el mismo día que le escuchó la versión de cómo murió Martín Civeira. Desde entonces, Julián comenzó a experimentar la sensación de que las bastardas palabras de Machaco lo estaban difuminando, como borrándolo del pasado.

Durante semanas, Julián persiguió secretamente a Machaco. Procuró no perderse un gesto o una conversación, aunque fuesen triviales. Probablemente, se hubiese olvidado del asunto si Machaco se hubiera ceñido a charlar de fútbol o de tripas de coches y de motos, como era habitual en él; pero no fue así. Machaco necesitaba que le guardasen distancia, ocultar su debilidad interponiendo aquella crónica violenta entre él y los demás.

Julián malgastó muchas horas de infructuosa pesquisa antes de oír de nuevo a Machaco hablar de Civeira. Estaba cinco o seis filas detrás de Machaco, en la sala de vídeo. Cuando finalizó el partido de fútbol y la habitación se quedó prácticamente desierta, fingió estar absorto en lo que estaban dando por televisión. Por las braguitas rojas que Machaco les mostró a los del equipo de baloncesto, y por algunas frases sueltas, Julián dedujo que éste había gozado de un «vis à vis» ese sábado. Poco a poco, como si hablar de los polvos que le había echado a su mujer guardase una insondable relación con Civeira, Machaco fue variando el curso de su conversación y empezó a retratarlo: «No se merecía estar en el mundo..., galleando por ahí, tirando de navaja como los bandoleros de antes o como si fuese un niñato. “El manejo de la navaja tiene su arte”, me decía el mamón, “hay quien nace con ángel para moverla”, me decía cortando rodajas de aire con la hoja». Machaco se llevó las braguitas casi traslúcidas debajo de la nariz y aspiró cerrando los ojos, traspasado, como cuando retenía en sus pulmones el humo de un porro. «Si te veía una pistola ya empezaba a vacilarte», prosiguió Machaco apretando las bragas esponjosas en su puño. Julián sintió ganas de aplastarle su naricilla achatada y respingona contra el suelo mugriento; pero siguió mirando con falsa intensidad la pantalla de la televisión. «Menospreciaba las armas de fuego... nos tenía en menos a los que las usábamos», indicó Machaco ante los rostros inescrutables de aquellos reclusos del módulo Norte. «Él, precisamente él, que se desinfló como un globo en Santa Paula y no digamos en Casabando, nos miraba por encima del hombro. “La pipa es lo que tienen las tías entre las piernas”, era el chiste de Civeira. ¡Mamón!... Se lo soltaba a cualquiera que trabajase con una cacharra, burlón, atusándose el pelo con la mano, luciendo aquel palmito canalla que les pirraba a las tías», profirió Machaco metiéndose el liote rojo en el bolsillo.

Julián temió que llegase un momento en el que no supiese quién era él. Las palabras de Machaco iban socavando una de las referencias más estables y seguras del pasado de Julián. Por la noche demoraba el instante de abandonarse al sueño. Le inquietaba ese paréntesis de oscuridad en el que la consciencia se disuelve y uno queda convertido en nadie. Por aquel entonces adquirió el vicio de verse reflejado en los espejos, en los cristales, en el acero bruñido de las herramientas de la carpintería.

¿Cómo Machaco había llegado a saber tantas minucias de Civeira?, se preguntaba acanalando maderas con la gubia en la carpintería de la prisión. Era imposible que todo lo hubiese aprendido en los periódicos, cavilaba, releyendo los sobados y escuetos recortes del ABC y de El País sobre el robo de psicofármacos y la muerte de Civeira. En ninguna ocasión lo había visto Julián en compañía de Civeira. Y tampoco, al menos en su presencia, éste o sus conocidos habían mentado el nombre de Machaco. Entonces... ¿cómo hablaba con tanto fundamento de las picadas de Civeira, de su manía por las navajas, de sus maneras?, se preguntaba días antes de conocer la respuesta en el locutorio de la prisión.

Julián llegó a pensar que Machaco estaba pirado y, en consecuencia, nada de lo que éste hubiese dicho o dijese en adelante sobre Civeira tenía peso. Incluso, aunque Machaco estuviese en sus cabales, su relato también seguiría siendo inocuo, pues los hechos habían sido probados en la Audiencia. Debería sobrarle con eso y con la evidencia de que él estaba pagando en la cárcel la muerte que Machaco se atribuía como mérito propio.

Pero el planteamiento de Julián se desmoronó durante un certamen musical organizado en la prisión. Julián se aproximó a la camarilla de Machaco hasta que pudo escucharlos. Se quejaron del regusto a jabón de las comidas de la cárcel. Más tarde Machaco discutió sobre trucaje de motos y después, en algún momento incierto, habló de Civeira. «Se le acabó la chulería al verme en el andén. Se le afinó aquella voz tan honda que tenía. “Perdona, Machaco, perdóname...”, farfulló el mamón. La cara tan blanca como una sábana, sabéis. “Han sido los putos nervios”, dijo palpándose el bulto de la navaja en el costado, “no los pierdas tú también ahora, Machaco...”, balbució con una voz que no le salía del cuerpo, de rodillas, moqueando, con su cara guapa del color de la luna. No apartaba la vista del ojo de la pipa.» Machaco clavó su vista en el escenario techado de lona. Sus palabras habían producido un círculo de grave silencio. Analizó los vagos ademanes de su camarilla y siguió hablando con la vista perdida en la carpa. «Siéntate en ese banco, Martín, y aguárdame en las tinieblas, le dije antes de pegarle un tiro», añadió Machaco.

Julián ya no volvería a oír las palabras de Machaco hasta que Leiva lo trasladó a la celda de tránsito.

Amparándose en su plan de redención de condena y en su trabajo en la prisión, Julián solicitó el traslado desde el módulo I al módulo Norte, situado muy cerca de la carpintería. Sabía que si le aprobaban la solicitud de reasignación de módulo, lo enviarían a una celda común. La única con literas disponibles en el módulo Norte era la de los presos de tránsito.

Julián se tornó más huraño y meditabundo que nunca. Redujo su actividad a remozar el maderamen del locutorio y a deambular por la prisión. Evitaba el contacto con los demás internos. Los percibía como si fuesen un montón de seres difusos, sin identidad, como si la corrosiva convivencia entre aquellos muros hubiese limado sus rasgos diferenciadores. A veces, Julián tenía la ilusión óptica de que sus caras se parecían, de que se iban asimilando imperceptiblemente a un rostro colectivo en perpetua crispación. Cuando el pánico a anularse entre ellos no lo dejaba respirar, se miraba compulsivamente en el espejo y se tocaba su cara alargada y cartilaginosa, como cerciorándose de que era el de siempre.

Antes de que a Leiva, el funcionario encargado del módulo I, se le escapase delante de Julián que Machaco estaba en la cárcel únicamente por quemar una moto robada, una mujer entró en el locutorio acompañada de uno de los guardias. Julián se la quedó mirando tras una turbulencia de serrín. Parapetado tras la hoja de la puerta que estaba lijando en el suelo, observó cómo la mujer atendía con tímida sumisión las explicaciones del guardia. Aunque hubiesen transcurrido muchos años desde la última vez que la vio en la sala de la Audiencia, Julián hubiese reconocido aquella cara salpicada de lunares y aquellos ojazos que parecían dudar de la presencia del guardia y de Machaco. El pelo veteado de rubio, aleonado, o la anchura que había adquirido con el tiempo la envejecían a los ojos de Julián. Seguramente, pensó, si Martín Civeira estuviese vivo y delante de ella en este momento, le hubiese limpiado el carmín antes de besarla. «Sus labios pulposos, calientes, sin mejunjes, ahí me pierdo», le había referido Civeira de Felisa con aire desamparado y el mismo brillo de la fiebre adherido a los ojos.

Felisa y Machaco cruzaron la puerta metálica que conducía a las habitaciones de visitas conyugales. Julián siguió mirando durante unos minutos la puerta cerrada. Tal vez, se dijo consternado, hubiese preferido no saber quién le había revelado a Machaco tantas cosas de Civeira. Aunque era muy probable que Felisa ignorase hasta qué punto sus confidencias habían sido tergiversadas por Machaco, pensó en descargo de ella.

«No te dejes cautivar por el movimiento de la mano del que tengas delante de ti, míralo a los ojos, y verás por anticipado el camino que va a seguir su navaja», le había oído decir alguna vez a Civeira. Sin embargo, aquel consejo no le sirve ahora. Pues el hombre que Julián ve tendido sobre la cama, ni esgrime una navaja ni lo está retando. Tampoco sus ojos dicen nada, ocultos como están bajo dos párpados tiernos y pesados. No hace mucho, antes del apagón general del módulo Norte, esos ojos tan mudos ahora, parecieron agrandarse al ver a Leiva en la celda y luego hacerse dos ranuras inquisitivas al reparar en el hombre delgado y fibroso que lo acompañaba. Después, cuando Leiva activó el cierre de la puerta y se marchó, esos mismos ojos parecían dos bolitas claustrofóbicas y huidizas. Algo turbio debió de captar Machaco en su nuevo compañero que saltó de la litera y le brindó una acogida extremosa, meliflua, casi servil.

Machaco reconoció al hombre cuya mano reacia se apresuró a estrechar. Lo había visto errante en los patios, esquivo, caviloso, plantado misteriosamente ante los espejos del recibidor. Incluso lo había visto cerca del grupo: acechante, solapado, aguzando la oreja. Con suerte, pensó Machaco, mitigando con dicha expectativa su recelo, Julián lo había escuchado contar lo de Civeira y, en ese caso, sabría que no estaba en la celda con un cualquiera, sino con alguien que había sido capaz de matar a un hombre.

Machaco esperó a que Julián le pidiese opinión sobre la taquilla y la cama que podía usar; pero Julián ni siquiera lo miró. Colocó sus enseres en una de las cinco taquillas y puso sábanas y mantas sobre una cama hundida en su centro. Machaco aparentó estar concentrado en la música que le llegaba por los dos cables negros a los oídos. Pero al rato, harto de tararear y de balancear la cabeza, se extrajo los minúsculos altavoces de los oídos y se fijó en los dibujos que Julián había sacado de una carpeta. Machaco no preguntó. Quemó morosamente una china de hachís, la deshizo sobre un montoncito de tabaco y vio unos ojos fulgurantes fijos en los suyos. Entretanto Machaco distribuía la mezcla en un lecho del papel de arroz, procuró la conversación de Julián. Pero Julián siguió con la cabeza gacha, analizando croquis de ensamblaje de madera, sin emitir un gesto. El fogonazo del fósforo que encendió Machaco sí le hizo levantar la cabeza de los papeles y entrever, mientras duró la llama, las facciones estragadas de Machaco bañadas de oro.

A la celda llegaban los ruidos y las voces inespecíficas de siempre. El mismo ruido en todos los centros penitenciarios en los que había estado, pensó Julián. Nunca el silencio inmaculado, sin rayar por un sonido; eso nunca. Durante una pausa, Julián dejó de percibir la presencia de Machaco, se sintió irreal, solo en aquella habitación espaciosa, húmeda, tapizada de posters de coches y de motos. Pero Machaco estaba allí, apurando el último canuto de la noche, somnoliento, herido por la impenetrable cerrazón del hombre que pasaba de una lámina a otra y cuyos antecedentes desconocía.

El flexo encendido proyectaba sobre la pared una difusa mancha amarillenta. Las taquillas, el tablón con patas que servía de mesa y el inodoro adosado al muro del fondo, habían desaparecido tras una oscuridad grumosa. En algún momento, mientras la penumbra fue trasformándose en una sustancia negra y cúbica, Machaco se dobló y se quedó dormido sobre la colcha gastada. Julián escuchó la respiración honda y descompasada de Machaco. Guardó sus láminas y surcó la oscuridad con la carpeta apresada en el sobaco. Al cabo de unos minutos regresó a su cama y se sentó apretando fuertemente las mandíbulas, como si con ese gesto amortiguase el crujido que hizo el somier al recibir el peso de su cuerpo. Meticulosamente, desenrolló un paño basto y tomó la gubia que desde hace más de tres horas tiene entre las manos.

Se fija en los botines de astronauta de Machaco, en su cuerpo breve, inútil para jugar en el equipo de baloncesto del módulo Norte. No cuadra con el equipo, aunque ninguno se atreve a recriminarle abiertamente sus saltitos impotentes ante la cancha. Julián parece estar viendo bajo la sudadera burdeos de Machaco. Se imagina un pecho escurrido, las costillas como palos combados, el corazón palpitante, fatigado, quizá dispuesto a recibir la llegada del acero para desbaratarse y pudrirse dentro de esa cárcel de barrotes blancos.

Se oyen pasos; van a detenerse al otro lado de la puerta... pero prosiguen por el corredor cada vez más tenues. Julián tiene ahora la gubia en la mano derecha; mira las manos grandes de Machaco, con puntos tatuados más arriba del pulgar una de ellas. Concibe esas manos penetrando dentro de Felisa, conteniendo sus pechos, recorriendo sus muslos y su cara... y esos lunares que quizá Civeira contaba como se cuentan las estrellas lejanísimas e hipnóticas. Puede ver en su mente esas manos acallando la boca de Felisa para no escuchar el nombre de Martín susurrado, gemido en esos instantes en los que el deseo es demasiado tiránico y el placer adquiere un nombre y una fisonomía y un olor que no son los del hombre que la está poseyendo.

Machaco tantea a ciegas sobre la cama y se cubre de mala manera bajo un rebujo de mantas y frazadas. Julián ha retrocedido un paso con la gubia escondida detrás del muslo. Mira el pelo endeble y castaño de Machaco; los dos cables negros cayéndole por los mofletes relajados. La sombra de la gubia repta por la pared. Cómo va a consentir que un ladrón de motos se atribuya la muerte de Martín Civeira. Aprieta con todas sus fuerzas la empuñadura de la gubia.

Bien sabía Julián cuáles habían sido las circunstancias que rodearon la muerte de Civeira. Aquellos hechos que jamás serían oídos por Felisa, ni por Machaco ni por ningún otro. Sólo estaban impresos en la memoria de Julián, tan vivos para él en este momento como la nariz achatada y respingona de Machaco.

«¡Dios! Vaya pinta que traes, Julián..., parece que has andado a la gresca con una jauría de lobos...», le dijo al verlo entrar desgarrado bajo la portada de la estación. Civeira se le acercó con una expresión compasiva y limpia. «Los tejados y los tabiques de Santa Paula muerden más que los lobos, ¿no?... Menos mal que estás aquí y no en la comisaría». Civeira seguía aproximándose con los brazos semiabiertos a Julián. Avanzó hacia él a pesar de advertir el torvo relumbre de la pistola. Sólo cuando lo vio dar arcadas se detuvo y el rostro de Civeira se descolgó. «Larga, Julián; tú y yo siempre hemos hablado en plata.» Julián lo miró como si no entendiese lo que estaba oyendo y se llevó una mano a la boca para abortar la sensación de vómito inminente. «Lo de esta noche ha sido un contratiempo, un gaje de este oficio...; de sobra sabes que soy legal.» Julián quería hablarle, pero las arcadas se lo impidieron. Su mirada vagó fatigosamente por la estación. «Se me vinieron encima, Julián», dijo pesimista y contrariado. «Si me paro un segundo más, nos hubiesen trincado a los dos sin dudarlo, ¿de qué hubiese servido avisarte entonces? Pensé, o no lo pensé porque en esos momentos uno hace lo que le mandan las tripas, que yo te sería más útil fuera que dentro de la trena» Civeira andaba hacia atrás, empujado por la doliente mirada de Julián. «Deja de boquear, hombre, pareces un pez fuera del agua», le dijo Civeira con una sonrisa voluble, queriendo contener con sus manos abiertas la lastimosa e inexorable marcha de Julián. «Debí dejarte en la fábrica de muebles donde trabajabas, puliendo tableros, Julián. Le temes demasiado a la muerte para andar conmigo.» Julián deseaba detenerse, arrojar el arma contra el limpiaparabrisa de alguno de los autocares aparcados a ambos lados del andén; pero siguió adelante, con aquellas palabras por decir quemándole aún más que sus codos destrozados. Súbitamente, Civeira se paró, chasqueó la lengua y le habló mirándolo con humildad: «Piensa bien lo que vas a hacer, Julián... Yo voy a sentarme en aquel banco de allí, enfrente del autocar rojo que va a Málaga; deseo que Felisa sepa que mi última intención fue la de ir a verla.» Julián vio a Civeira arrancar una flor del jazmín, olerla y apretarla entre los labios.

Nunca, por más que lo intentase Julián, recordaría el instante exacto en el que su dedo índice se anilló como un gusano orondo y viscoso sobre el gatillo produciendo un solo disparo. Sin embargo, jamás olvidaría a Martín Civeira, sentado en el banco, con aquella flor blanca plantada en la boca, mirando con desdén el cañón que le apuntaba temblorosamente al pecho.

Julián nota sobre el pómulo el leve peso del llanto. Se restriega con el antebrazo y seca lágrimas antiguas, retrospectivas. Hasta esta noche, sus sentimientos y sus recuerdos habían surgido inconexos, como si entre ellos actuase una fuerza disgregadora. Ha hecho falta mucho tiempo para que su corazón recordase y no su intelecto. Julián tiene a la vista el cuello de Machaco, blando e indefenso sobre la flaca almohada. Lo mira sin dar arcadas, con una desazón que le afloja la mano aferrada a la gubia. Lleva allí varias horas, dispuesto a matar para asegurarse la propiedad absoluta del acto más ruin que ha cometido en su vida. Hay espanto en sus ojos abiertos. Ausencia. Si el trueque fuese viable, le cedería a Machaco el abominable triunfo de haber matado a Martín Civeira. A cambio, Julián aceptaría ser un ladrón de motos tan insignificante que se viese obligado a inventarse a sí mismo.

Julián suelta la gubia en su cama.

La noche ya no es tan noche.

Mueve los dedos como si estuviese apreciando el tacto de la penumbra. Se ha tumbado en la cama, después de haber puesto sobre la repisa de su taquilla la gubia y el espejo. Ya no le hacen falta en la celda, porque ni va a clavar la gubia en el corazón o en la garganta de Machaco ni va a contemplarse en el espejo para exorcizar el horror a transformarse en otro. Está exhausto, apenas puede hilvanar el pensamiento, pero ya es tarde para descabezar un sueño. Muy pronto la claridad cenicienta que entra por la ventana iluminará la celda y en los pasillos crecerán los pasos y las voces despejadas del cambio de turno. Machaco se despertará cuando suene el primer aviso de recuento y le dirigirá alguna palabra o una mirada escrutadora y aprensiva. Entonces Julián le contestará sin rencor, como si nunca lo hubiese oído hablar de Civeira, como si la idea de matarlo jamás la hubiese concebido. Y cuando abran la puerta, Julián saldrá al pasillo y se mezclará con los demás reclusos con la ilusoria esperanza de dejar de ser él mismo, de convertirse en un ser cuyos hechos no susciten ni miedo ni admiración. En nadie, al fin.

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Fecha de publicaciónOctubre 2000
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