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Fecundación fraudulenta

Episodio 79

Ricardo Ludovico Gulminelli
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MAR DEL PLATA
Lunes, 19 de febrero de 1990, a las 23h 30m

—Amigos... Muchas gracias, sólo esto puedo decirles, no se me ocurre otra cosa... Tener la amistad de ustedes ha sido, lo es ahora, invalorable... Sugiero un brindis, por el que supongo, es mi hijo... Ese chico tendrá mucho que agradecerles...

Aceptando el ofrecimiento de Roberto, todos levantaron sus copas y brindaron sumamente alegres, festejaban el éxito del allanamiento. Roberto había convocado a su casa a los gestores del triunfo; allí estaban sus tres incondicionales amigos, Fernando Ridenti, Adolfo Bernard y Federico Lizter y también su querida y eficiente abogada, Rocío Bareilles.

Adolfo comentó:

—No puedo olvidarme de Álvez, tendrían que haberlo visto, ¡parecía un semáforo! Cambiaba de color a cada rato, aunque predominaba el rojo... No sabía qué hacer, se le vino abajo la estantería.

—Se merece eso y mucho más —acotó Roberto—, lo que hizo no tiene perdón. No tenemos que pensar que todo terminó, me gustaría que alguien me diga: ¿qué vamos a hacer ahora?

—Esperar un poco —dijo Federico—, me refiero al expediente penal. Debemos constatar si la muestra depositada en el laboratorio es de tu semen; si lo es, creo que el círculo se cerrará definitivamente. Álvez no podrá justificar la tenencia de tus espermatozoides. Yo recomendaría extremar las precauciones, asegurarnos de que el material no se deteriore ni se pierda. Si no les parece mal, mañana mismo concurriré al juzgado con un especialista en genética e inseminación artificial. Él sabe cómo conservar bien el esperma; puede incluso asesorar al juez. Desde luego, posteriormente se hará una pericia oficial, pero mientras tanto podemos avanzar. ¿Les parece bien?

—Eso no nos puede perjudicar —opinó Adolfo—, lo que abunda no daña. Es indudable que lo que está depositado, es la carga seminal que obtuvo Alicia...

Después de mencionar el nombre de la muchacha, Adolfo se arrepintió, no era el momento apropiado ya que estaba Rocío, pero era muy tarde...

Rocío Bareilles era demasiado lúcida como para no darse cuenta, y se vió obligada a decir algo:

—Bueno, es innegable que la chica enmendó su error, hay que reconocerlo.

Contempló sonriente a Roberto y él le respondió con una afectuosa mirada.

—Merece nuestro respeto —continuó diciendo—, por otra parte, les aclaro: —no tengo nada contra ella... En realidad, quizás tenemos algo en común —agregó acariciando la mano derecha de Roberto.

Sonrió nuevamente, sorprendiéndose a sí misma por permitirse tal franqueza. Se sentía otra mujer, más comprensiva, más humana. Inadvertidamente, se había encariñado mucho con los amigos de Roberto; ser sincera frente a ellos, era gratificante.

Fernando Ridenti opinó:

—Lo primero que hay que hacer es apurar la realización de la prueba biológica, la que está realizando el doctor Zimbrein. Mañana tendríamos que telefonearle; él dijo que para esta fecha tendría el resultado; es fundamental, el chiquito podría no ser de Roberto...

—Sería gracioso —dijo Burán—, parece mentira, pero a esta altura no me gustaría que me dijeran que no es hijo mío. En cierta forma, ya me encariñé con Agustín, ese nombre sólo tiene, ¿no? Aunque el padre fuera otro, en algún sentido ya me pertenece, ¿me comprenden?

—Por supuesto, Roberto —dijo Rocío—, sos un papá ejemplar. Lo importante ahora es que Zimbrein dictamine antes del vencimiento del plazo para contestar la demanda. Me gustaría presentar a la doctora Bisson un cuadro completo de la situación actual.

—¿Cuál es tu idea, Rocío? —preguntó Federico.

—Decir la verdad, siempre es lo mejor, por supuesto, sin exagerar. No diremos que incentivamos a Estela Cáceres, eso sería infantil. Somos conscientes de que hemos actuado de buena fe; la juez no es ninguna tonta, sabrá qué parte es la que miente... Yo creo que debemos mantenernos dentro del esquema planteado. No tenemos que contradecirnos en nada, por suerte... Suponiendo que la pericia de Zimbrein sea positiva, reconoceremos la paternidad y los derechos que ella implica.

Fernando la interrogó:

—¿Tratarás de quitarle el chico a Juana Artigas?

—Por supuesto, ésa fue nuestra permanente obsesión desde que Roberto quiso asumir la responsabilidad de padre... Creo que es posible; después de que contestemos, vamos a accionar contra la Artigas. Espero privarla de su patria potestad sobre el bebé, definitivamente... Esto no va a ser decidido ahora, desde luego, tendrá que tramitarse un largo proceso. Pero mientras tanto, pediré la suspensión del ejercicio de la patria potestad de la madre; tenemos elementos de peso que fundamentarán el pedido.

Adolfo dijo:

—Eso significa que Roberto...

—Exacto —dijo Rocío adivinando su pregunta—, Roberto se quedaría con la tenencia del pequeño. Si es necesario, ofreceremos llevarlo varias veces al día, para que sea amamantado.

—Sería un rotundo éxito —comentó Fernando.

—Lo sería —asintió Roberto, visiblemente emocionado.

—Pero hay algo que no tenemos que olvidar —agregó Federico—, el problema no se acaba con la obtención de la tenencia... Hay que demostrar la culpabilidad de Juana y de Álvez. Debemos seguir la causa penal hasta las últimas consecuencias.

—¿Vos pensás que podrán salvarse? —interrogó Fernando.

—Espero que no —respondió Federico—, hay muchas pruebas, todo coincide con nuestra denuncia, hasta la carta de Alicia... Álvez no podrá dar una explicación coherente sobre ella. Si no estuviera relacionada con la inseminación, ¿por qué la guardaba allí? La designación de tutor que Juana le hace por testamento, es también significativa, aunque pueda discutirse su eficacia jurídica.

—¿Por qué? —exclamó sorprendido Roberto.

Federico aclaró:

—Porque si ella muere, quedarías vos; tendrías en ese caso, derecho a tener a tu hijo. Que Juana haya designado tutor a Álvez, no le hubiera servido a él de mucho. Pero a nosotros nos viene bárbaro: demuestra que es muy sugestiva la relación entre el médico y su paciente. De más está decir que su testimonio ya no sería relevante. Un magistrado que no advirtiera el fraude sería un miope mental. Por suerte el doctor Santini no lo es, ni tampoco la doctora Bisson.

—No olvidemos que hay más pruebas —dijo Adolfo—, la agenda es de una importancia sustancial. Detalla el seguimiento del embarazo de Juanita a partir de una inseminación. Una pericia caligráfica fácilmente identificará la letra de Álvez, él no tiene escape... No podrá negar su autoría, es imposible que pueda explicarlo, demasiado evidente. Por otra parte, no existe una sola contradicción entre nuestros dichos y los elementos hallados, todo demuestra que nuestra versión es verídica.

—Ojo —opinó Fernando—, todavía falta la prueba fundamental, el material depositado en el laboratorio. Si demostramos que es el semen de Roberto, Álvez está liquidado.

—Pensar que ya nos íbamos —recordó Adolfo—, ¡qué bien estuvo Santini!, ¡genial! No sé cómo se dio cuenta; evidentemente la experiencia ayuda, todo porque la alfombra era muy nueva... Además, ubicar el departamento fue definitorio, Estela Cáceres nos salvó.

—Seguro —comentó Roberto—, Álvez jamás imaginó que nos podríamos enterar de que alquilaba allí. Estela vio la factura de expensas de pura casualidad. Notable, ¿no?, un descuido aparentemente irrelevante de Álvez fue su perdición.

—¡Y eso que él estaba preparado! —opinó Fernando—. Había vaciado su caja fuerte. Indudablemente desconfiaba; si hubiera sido más inteligente habría destruido toda referencia al fraude.

—O la hubiera guardado en otro lugar más seguro —consideró Adolfo—. Una caja de seguridad bancaria, la casa de algún amigo, no sé, algún sitio intocable.

—No existen —afirmó Federico—, muchachos, seamos concientes, tuvimos una suerte increíble... Lo que sucedió fue casi milagroso.

—Se olvidan de algo —agregó Rocío.

—¿De qué? —preguntó Fernando.

—Del dictamen profesional —respondió ella—, tengo una noticia para darles, conozco al doctor Dickinson desde que era una niña, es un gran amigo de papá. Su firma está en el informe que guardaba Álvez, ¿se acuerdan? Bien, me tomé la molestia de llamarlo por teléfono a su casa. Él recordaba perfectamente el caso, porque le pareció extraño... Hace aproximadamente un año y medio, se le presentó un individuo que se identificó como el ingeniero Eulogio Farías. Solicitó un minucioso análisis de su situación, idéntica a la que vivió Roberto, hasta en los mínimos detalles. Pidió que se agotara el tema, sin fijarse en el precio. Es claro que Álvez sabía dónde estaba parado; la parte jurídica no tenía secretos para él, por eso estaba tan confiado. Pero la cosa no termina aquí, le pregunté cómo era Farías y me dio una fiel descripción de Álvez: no hay duda, son la misma persona. Dickinson me aseguró que lo reconocería en cualquier circunstancia... Otro de los socios y un empleado también pueden atestiguar lo mismo. Álvez adoptó el nombre de Eulogio Farías para no dejar rastros. Supongo que habrá conservado el trabajo de Dickinson para recordar los aspectos jurídicos de la cuestión. Como ven, nuestro amigo está encepado, ¿les gustó?

Roberto se levantó y le dió un sonoro beso en la mejilla que pese a la intimidad experimentada la hizo sonrojar.

—Esto merece otro brindis —propuso Adolfo—, ¡por Rocío!

Al unísono, todos repitieron:

—¡Por Rocío!

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Copyright ©Ricardo Ludovico Gulminelli, 1990
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Fecha de publicaciónAbril 2001
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