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Fecundación fraudulenta

Episodio 14

Ricardo Ludovico Gulminelli
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MAR DEL PLATA
Sábado, 29 de abril de 1989

A las veinte horas, Alicia y Roberto se encontraron en la Confitería Loretta, siempre concurrida, desbordante de juventud. Se ubicaron en un patio interior. Inocentes, juguetones, decenas de adolescentes festejaban ruidosamente sus ocurrencias, haciéndose afectuosas bromas. Roberto era uno más entre ellos. A los cincuenta años, sentía que la vida lo había premiado, permitiéndole vivir nuevamente un romance juvenil; estaba eufórico, lleno de entusiasmo. Alicia era frente a sus ojos un magnífico paisaje.

—Sos tan linda que recorrerte con la mirada resulta un placer, ¿no te lo habían dicho nunca? Si me decís que no, me resultará imposible creerte...

Ella se sintió observada, algo incómoda, pero halagada. Vestía muy sencillamente, se había puesto un pantalón vaquero azul y una camisa celeste de tela de jean y en el cuello un rosado pañuelo a tono con sus labios. La simpleza de su indumentaria resaltaba su hermosura, su natural encanto. Burán se sentía muy afortunado, orgulloso de exhibir públicamente a tan deliciosa mujer.

—¿Te sentís bien, Alicia? —dijo él cariñosamente.

—¿Por qué me lo preguntás; tenés dudas?

—En cierta forma sí, vos sabés que a los cincuenta años, así como se llena uno de canas, de arrugas y de manías, también va aprendiendo a ser más sincero. Se hace más fácil transmitir las inquietudes, los miedos y los pensamientos subterráneos. Es como que resulta más fácil desnudarse. Yo te veo tan hermosa, tan fresca, me agrada la tersura de tu piel, la calidez de tus ojos. Te lo confieso, me siento como un colegial. No creas que me estoy engañando: no olvido que te doblo en edad, sé que esto es sólo un maravilloso sueño del que pronto despertaré. Pero quiero vivirlo, aunque sepa que luego me va a doler la cabeza, ¿entendés?

—Sí, Roberto, pero estás sobredimensionando mucho la cosa. Así como vos te sentís de ese modo, a mí me pasa algo similar en otro sentido.

—No te entiendo...

—Sí —dijo Alicia—, lo que pasa es que no te das cuenta, me siento disminuida ante vos, como insignificante. Te veo tan seguro, tan capaz... Sos inteligente, me gusta ver cómo lo analizás todo. Además creo que sos bueno, parecés muy bueno. Soy joven, sí, pero eso no es una virtud, sino tan sólo un estado de mi presente que se esfumará pronto. No me valoro por eso ni por ser atractiva; es una casualidad que lo sea, no es mérito mío. Está lleno de preciosas mujeres que a su madurez se transforman en estúpidas arrugadas e inútiles. Entendeme, por favor, no te inquietes por la diferencia de edad. Te lo juro, no la siento. Es increíble, pero es así. Hace dos días hubiera pensado distinto, hubiera dicho que no aceptaba salir con hombres mucho mayores que yo, pero ahora, ésta es la verdad. Quiero conocerte, escucharte, aprendo mucho de vos, me tratás con respeto, cariñosamente, me siento protegida. No te ofendas, te veo como una mezcla de padre, de amigo, de novio. No es lo que habitualmente siento cuando estoy con un hombre. La verdad es que las relaciones que he tenido con los muchachos de mi edad no han sido exitosas. No sé por qué, siempre fueron conflictivas, realmente no recuerdo una sola apacible. Las continuas discusiones que tenía con mis novios eran consecuencia de su inmadurez y de la mía. Predominaba lo pasional, lo egoísta, sobre lo primordialmente afectivo. Ahora, cuando converso con vos, me parece imposible tener ese tipo de problemas. Quizás me esté engañando, no sé.

—Tal vez, Alicia, comprendo tu enfoque. No me molesta que en cierta forma me veas como padre. No podría ser de otra manera. Siempre que nos acercamos a alguien es porque nos seduce alguna característica de su personalidad o de su físico. En definitiva, nada es obra de la casualidad.

Esta última palabra fue como un martillazo para ella: súbitamente recordó la repudiable tarea que debía cumplir, que el encuentro con Roberto había sido premeditado. No pudo evitar ruborizarse.

—Mirá, chiquita, ¿sabés lo que pienso?: a esta altura de mi vida, si puedo, voy a dejar de ser un mero espectador. Estoy preparado para recibir las cachetadas que el futuro me pueda dar, no dejar de sumergirme en la vida por miedo, aprovechar las oportunidades, buscar una existencia más plena. No quiero seguir arrepintiéndome de las cosas que he dejado de hacer. Por eso, no pienso privarme de las hermosas sensaciones que experimento al estar con vos, al besarte. Los momentos que vivimos juntos ayer, lo justifican todo, ¿comprendés?

—Sí, Roberto, yo también pienso lo mismo.

—Me alegro —dijo él—, pero ojo que no quiero que pienses que soy un enamoradizo inocente, medio chocho, afectado por la declinación. No es así; lo que pasa es que soy permisivo y comprendo que tenés todo el derecho del mundo a vivir libremente tu vida. Sos como un pájaro que guardado en un dulce cautiverio, tarde o temprano sentirá la necesidad de volar, ¿entendés?

—No —dijo ella, aunque sí creyó entender.

—Es muy simple querida, escuchame, pensemos las cosas fríamente. ¿Qué te puedo dar?: seguridad, algo de conocimiento, transmitirte un poco de experiencia, ¿qué más?

—No seas tonto, Roberto, podés darme afecto, espiritualidad, muchas cosas más supongo...

Alicia había pensado en el sexo, pero no se atrevió a decirlo.

—¿Querés que te confiese algo, querida? A lo mejor tenés razón: de ahora en más, me voy a callar la boca. No volveré a hacerme propaganda en contra, es absurdo. Voy a tratar de conquistarte, ¿qué te parece?, aunque digan que soy un viejo libidinoso...

—Me parece bien, y no sos viejo.

—Mirá, Alicia, por ahora, voy a «dejar hacer, dejar pasar». Me voy a transformar en un fisiócrata: «laissez faire, laissez passer, le monde va de lui même». Me voy a limitar a disfrutar los momentos que compartamos, simplemente deseaba decirte esto, pero no deseo que te sientas atada a mí, ni que pienses que me podés hacer daño. Estoy preparado para lo que considero normal: que te vayas, que busques otra relación más adecuada a tus años y a tus frescas emociones. Creeme, sinceramente lo comprendo. Mientras quieras estar conmigo, me harás feliz; cuando eso cambie estaré lleno de melancolía, pero siempre agradecido por los bellos momentos que me hayas dado, ¿está claro?

—Sí —dijo Alicia, mientras una brillante lágrima se deslizó por su mejilla izquierda.

«Soy una miserable por lo que voy a hacerle a este hombre», se dijo a sí misma: «pagar con mala moneda su generosidad.»

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Copyright ©Ricardo Ludovico Gulminelli, 1990
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Fecha de publicaciónNoviembre 2000
Colección RSSNarrativas globales
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