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Fecundación fraudulenta

Episodio 10

Ricardo Ludovico Gulminelli
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MAR DEL PLATA
Viernes, 28 de abril de 1989, a las 21 h

En la ciudad se había anunciado con bombos y platillos la inauguración del Restaurante del Iquique. Pertenecía a un viejo amigo de Roberto Burán. Álvez se las había ingeniado para conseguir dos invitaciones. Lo había logrado a través de una clienta que le debía «favores», cuyo esposo era contador del dueño del negocio. El ginecólogo dispuso que Alicia fuera acompañada; prefería que concurriera con alguien de su confianza, ajeno a la confabulación contra Burán. Trataba de evitar que la presencia de Alicia, sin compañía alguna, resultara sospechosa. Era fundamental que esa persona no ocasionara problemas y sobre todo que no obstaculizara el buscado «contacto». Por esta razón, la muchacha asistió con Guillermo Guiri, su primo segundo, de treinta años de edad, con el cual prácticamente había compartido su infancia. Ella le había comentado a Guillermo todo lo que sucedía, desoyendo en este punto el mandato de Álvez. Necesitó desahogarse, descargar las enormes tensiones que soportaba; por eso decidió confiarle a su primo la terrible situación que estaba viviendo. En un primer momento, Guillermo se había enfurecido, quiso darle al ginecólogo una merecida paliza, pero luego comprendió que se encontraban a su merced. Quería mucho a Mabel, su futuro estaba en juego y la solución debía ser inmediata. Carecía de recursos como para afrontar el problema, le era imposible conseguir tanto dinero, nadie se lo podría prestar, todos sus amigos eran humildes. Agobiado, pergeñó soluciones extremas, pensó en el robo, conocía una casa muy bonita en un barrio residencial, sus dueños habían salido de vacaciones. Cuando se lo comentó a Alicia, ella reaccionó histéricamente. Le dijo con lágrimas en los ojos:

—¿Qué estás diciendo?, ¡callate, querés! ¡Maldito sea el momento en que te conté lo que pasaba! ¡Borrate!, ¡ya!, ¡dejame sola!

Guillermo, ante tan desproporcionada respuesta, quedó paralizado.

—Está bien, Alicia, calmate... Haré lo que vos quieras, no te pongas así, estás muy nerviosa, perdonáme, no quise alterarte.

Ese cambio pareció serenarla, respirando hondo, con la libertad de lenguaje que sólo se permitía con él, prosiguió:

—Bueno, ¡escuchame bien y no seas imbécil! No quiero nunca más escuchar que vas a robar, para conseguir plata. ¿Está bien claro? Si algo de eso sucediera no aceptaría ni un peso. ¿Comprendido?, ¿o no?

—¡Sí! —dijo Guillermo bajando la cabeza.

—Bueno, ahora escuchame: de ninguna manera estoy dispuesta a ensuciarme más de lo necesario en esta porquería de asunto. Me voy a acostar con este hombre, Burán, consciente de la inmundicia que hago. No la voy a jugar de mártir ni de pobre nenita torturada: soy sólo una mujer que por su hermana haría cualquier cosa. Si mañana me califican de puta o de degenerada, mala suerte, correré el riesgo. Un polvo no me va a matar, tarde o temprano espero poder olvidarlo; después de todo hay gente que soporta recuerdos aún más dolorosos. Además, entendeme bien, no tengo otra salida, ¿para qué atormentarme entonces? Solamente una cosa te pido, no me lo hagas más difícil, no quiero un salvador. Lo que necesito es una mano, no a Robin Hood. Si no me obedecés, y esto va en serio, desaparecé. ¡Ahora mismo! Grabátelo en el cerebro, aquí lo fundamental es solucionar el drama de Mabelita, ¡cuanto antes!, ¿entendiste?

—Sí —dijo Guillermo.

—Entonces no molestés más —contestó ella—, tengo que conseguir los malditos espermatozoides de este tipo, quisiera tenerlos ya, exigirle que cumpla a esa basura de médico...

Alicia se sintió satisfecha por haber sido tan enérgica: no podía permitir que Guillermo robara para ayudar a Mabel. Luego de esta fuerte conversación, él no insistió más, simplemente obedeció a su prima. Actuaría como cómplice, acompañándola en el encuentro con su millonaria presa.

En la fiesta de inauguración, había mucha gente, en su mayoría profesionales y hombres de negocios. El lugar era cómodo aunque no de grandes dimensiones, una decoración inteligente y delicada creaba un clima apacible, amable. Las mesas redondas —las había grandes y chicas— posibilitaban que los comensales estuvieran próximos, facilitando su diálogo. La iluminación tenue, cálida, provenía de muchos candelabros portadores de una sola vela que daban al local un romántico toque intimista.

Alicia se dio cuenta de que tendría que agudizar su ingenio para relacionarse con Burán; él no debía sospechar nada. Por una foto que le había dado Álvez lo reconoció casi de inmediato; se encontraba en un rincón conversando con dos personas, lo hacía animadamente. Se advertía que tenía una gran confianza con sus interlocutores, porque de vez en cuando se intercambiaban abrazos y palmadas. Le agradó ese cuadro, que mostraba una tierna faceta de su futura víctima, aunque por otra parte incentivó su sentimiento de culpa. Seguía dudando, la versión que Álvez le había dado era algo fantástica. ¿Sería verdadera?, no podía darse el lujo de averiguarlo...

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Copyright ©Ricardo Ludovico Gulminelli, 1990
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Fecha de publicaciónOctubre 2000
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