http://www.badosa.com
Publicado en Badosa.com
Portada Biblioteca Relatos cortos El tiempo recuperado

Las m嫳caras de Beatriz

聲gel Balzarino
Tama隳 de texto m嫳 peque隳Tama隳 de texto normalTama隳 de texto m嫳 grande A鎙dir a mi biblioteca epub mobi Permalink MapaUn pueblo argentino

La mirada de los otros tuvo la vigencia de una fr燰 pu鎙lada. Se detuvo en el umbral, indeciso, con la bochornosa sensaci鏮 de ser alguien raro o completamente ajeno en ese lugar. Pero al fin continu la marcha, baja la cabeza, imaginando las preguntas que deb燰n de formularse ellos para tratar de comprender o justificar su presencia all.

No era por parentesco, obligaci鏮 o curiosidad. Lo impulsaba otro sentimiento. Sutil, delicado. Sin duda le resultar燰 dif獳il explicarlo, definir el car塶ter de la comunicaci鏮 que se hab燰 establecido entre ella y 幨. Libre de los dem嫳. Algo 璯timo, casi.

Vacil al observarla. Con un escalofr甐, sbitamente mareado. Debi reprimir un grito mientras retroced燰 un paso, no tanto para reponerse sino m嫳 bien para borrar la punzante visi鏮. No. No es as como quiero verla. Tampoco recordarla. Y permaneci quieto, los pu隳s apretados, acosado por la imperiosa bsqueda de la m嫳cara —tierna, sugestiva, hermosa— que desde ahora deseaba conservar de Beatriz.

Hab燰 sido su t燰 N幨ida la primera en hablar de ella. Estaban almorzando cuando dio la noticia: una mujer joven acababa de mudarse a la vieja, bastante abandonada casa de los Vecchio. Ni su t甐 ni 幨 efectuaron comentario, tanto por la falta de inter廥 por esa novedad como por el desd幯 y cansancio que siempre experimentaban ante la charla apabullante. Por espacio de dos o tres d燰s no volvi a mencionar el asunto hasta que, con la p獳ara sonrisa que esbozaba cuando era due鎙 de un dato valioso, revel que la mujer se llamaba Beatriz y ya en el pueblo circulaban mltiples interrogantes por el enigma de no saber de d鏮de proced燰 ni por qu estaba all.

Tal vez eso aviv la curiosidad por conocerla. Pudo hacerlo una tarde en que, como era habitual, andaba en el pesado triciclo repartiendo mercader燰s del almac幯 de don Bautista. Luego de visitar varios clientes, los vio: apostados en una esquina, con las bicicletas formando un muro, la actitud desafiante. La sorpresa se confundi con el miedo mientras se esforzaba por frenar el triciclo. Pase la mirada por los tres —Barboza, el Cacho Funes, Sampietro— en busca de un signo revelador de lo que proyectaban hacer. No pudo eludir un estremecimiento al recordar el modo como sol燰n actuar ellos (arteros y casi crueles al concretar los juegos y bromas con que pretend燰n divertirse a costa de los otros, m嫳 d嶵iles o temerosos) y menos cuando el Cacho Funes pregunt cu嫕tos paquetes llev嫳 all, qu te parece si los repartimos entre todos. La noci鏮 del peligro se impuso abruptamente. Al tiempo que estallaba la risa de ellos, dio vuelta al triciclo y se acomod en el asiento y comenz a pedalear con premura; pero las piernas no respondieron al voluntarioso af嫕 y el avance se hizo lento, agobiador, que acrecent la inseguridad por la cada vez m嫳 cercana presencia de los perseguidores, provocativos en las carcajadas y las palabras soeces. Condujo sin rumbo y dificultosamente, tratando de sortear no s鏊o los obst塶ulos de la calle sino sobre todo el roce de las bicicletas, los rudos empujones. Cuando al fin una rueda se hundi en un pozo y perdi el equilibrio, el grito de furia y dolor se confundi con el estruendo del golpe. Despu廥, ca獮o junto al triciclo y el canasto de mimbre y los paquetes desparramados, los vio alejarse, rientes y victoriosos por la proeza realizada. Tard bastante en levantarse, m嫳 que por los magullones en el cuerpo, por la impotencia, el total des嫕imo; y maquinalmente coloc el canasto en el triciclo y luego se dedic a recoger los tarros y cajas de mercader燰s. Te ayudo, la voz afirmativa, m嫳 que mera pregunta. Confundido, al volverse, sin saber si era por descubrir a la mujer reci幯 llegada al pueblo, por el c嫮ido gesto de colaboraci鏮 o por quedar encandilado por la sonrisa, la belleza del rostro. Sin esperar respuesta, ella fue colocando algunos paquetes en el canasto, son unos b嫫baros, c鏔o te van a hacer eso, alguien tendr燰 que darles un escarmiento. Mirarla. No pude ni quise hacer otra cosa. Nada m嫳 hermoso. S鏊o despu廥 de quedar todo acomodado repar en la mancha rojiza en su brazo, ven, te voy a limpiar esa herida. Tampoco dijo nada, agradecido por surgir otro motivo para tenerla cerca, dej嫕dose tomar de la mano y conducir la media cuadra que hab燰 hasta la casa de ella. El frescor del ambiente contrastaba con la sofocaci鏮 de la calle y, aliviado, se sent en el comedor mientras ella desaparec燰 por una puerta; al volver, de una caja extrajo algod鏮, vendas y una botella de alcohol. Diecisiete, dijo sin atreverse a confesar los quince apenas cumplidos, aunque la sonrisa maliciosa de ella le hizo adivinar que no le cre燰. El silencio estableci una 璯tima complicidad. Formul otras preguntas, d鏮de viv燰 y para qui幯 trabajaba y cu嫮es eran sus gustos, al tiempo que pasaba un trozo de algod鏮 humedecido sobre la herida y 幨 respond燰 con monos璱abos o frases escuetas, ajeno, sin querer que nada le robara el hechizante placer de mirarla, de embriagarse con el aroma de su cuerpo, de sentir el tibio y suave roce de las manos. Bruscamente hubo un cambio. Se call, erizado el cuerpo, con una mueca de preocupaci鏮. Atra獮a por algo —tal vez un golpe o una voz que 幨 no lleg a o甏—, ella se dirigi ansiosa hasta la ventana y, abriendo un poco el cortinado, observ la calle. Los ojos, escrutadores, trataron de descubrir el motivo de la sorpresa o alarma. Despu廥, desistiendo o ya m嫳 tranquila, regres a su lado. Bueno, creo que ya est, la forzada sonrisa no consigui disimular la turbaci鏮 mientras terminaba de vendarle el brazo, ser mejor que te vea un m嶮ico. 熹u le pasa? Se asust por algo. De pronto abstra獮a, casi olvidada de 幨. Tuvo la sensaci鏮 de molestar y opt por marcharse. Esper. Fue a buscar dos vasos con refresco. Luego de entregarle uno, se desplom en un sof dejando escapar un suspiro como cauce aliviador a un estado de pesar. Me hablaba y sonre燰, pero estaba pensando en otra cosa. Preocupada. Lament que se hubiera destruido el clima de bienestar. Al terminar la bebida, se levant. Cuidate, mientras lo acompa鎙ba hacia la puerta apoy un brazo sobre sus hombros en actitud protectora o de afecto, ven a visitarme cuando quieras, result嫕dole m嫳 que una simple despedida, la promesa de nuevos y gratificantes momentos.

Despu廥 fue su secreto. Personal. Inviolable. Sin querer compartirlo con nadie. Por eso fingi desconocer a la mujer que en el pueblo todos comenzaron a individualizar como Beatriz o adoptaba un aire distra獮o cada vez que o燰 hablar de ella, pero estaba siempre atento para detectar cualquier referencia a su mundo. Algo grave o malo la perturbaba. Me hubiera gustado ayudarla. Procur, a trav廥 de diversas fuentes, develar el enigma. Pero s鏊o pudo ir armando un cuadro bastante abigarrado: el desconcierto de don Bautista por notarla rara e intranquila y sobre todo verla un d燰 salir del negocio corriendo, sin causa justificada; los airados comentarios de la gente porque permanec燰 aislada, sin desear ni permitir ninguna intrusi鏮 en su vida privada; el gesto indignado de su t燰 al imaginarle un pasado borrascoso y aun s鏎dido debido al creciente rumor de que por las noches recib燰 la furtiva visita de algunos hombres.

Se vio obsesionado por la duda, por descifrar la verdadera imagen de ella. Durante el diario recorrido por el pueblo, cada vez que pasaba frente a su casa, reduc燰 la marcha, vigilaba puertas y ventanas, abrigaba el anhelo de verla aparecer de pronto. A pesar de la invitaci鏮, esperaba que un hecho fortuito provocara el nuevo encuentro. Tem燰 golpear la puerta, ser observado, descubrir abiertamente su secreto. Necesitaba conservar en el sitio m嫳 rec鏮dito de su ser lo ocurrido entre ellos. El tesoro m嫳 precioso. Dispuesto a preservarlo de cualquier arremetida. Y as sucedi aquella tarde en que estaban echados sobre la gramilla del enorme patio de los Iturre —donde todas las siestas unos diez muchachos trataban de probar su habilidad con una pelota—, en una pausa para descansar y charlar y re甏 por las bromas, cuando alguien la mencion y Zanola dijo ser燰 bueno hacerle una visita, parece que le gusta tener compa劖a por las noches. La carcajada se hizo general, tal vez sea mejor que la Clotilde o la Alemana, la malicia y el regocijo iluminaron la cara redonda de Godoy al evocar momentos compartidos en promiscua y fascinante aventura. No. Est嫕 equivocados. No es igual. El grito que no se atrevi a proferir para aplacar las risas procaces, evitar la ofensiva comparaci鏮 con las dos mujeres que merec燰n una actitud de repudio en el pueblo. Incapaz de enfrentarlos para revelarles que la conoc燰 y asegurarles que no era como la imaginaban, s鏊o atin a salir corriendo, sin atender las exclamaciones de sorpresa ni el llamado para regresar con ellos.

Y aquella noche no pudo dormir. No. No es como ellas. M嫳 que la certeza, era el anhelo, la empecinada necesidad de rechazar todos los comentarios y cr癃icas aviesas que pretend燰n enlodarla. El tiempo pasado juntos le resultaba suficiente para saber que era distinta de las otras mujeres. Al menos de la Alemana. Decidite, ven con nosotros, y una vez m嫳 evoc la reiterada invitaci鏮 de los muchachos para penetrar en una zona que siempre hab燰 considerado con un halo secreto y misterioso, algn d燰 ten廥 que empezar, viejo, vamos. Y por fin fue con ellos, la pertinaz aprensi鏮 superada por la curiosidad, por el deseo que lat燰 en todo su cuerpo; y no supo definir claramente si quer燰 alcanzar un voluptuoso placer o m嫳 bien realizar el acto que lo iba a equiparar con ellos y lo dejar燰 libre de burlas y ofensas. No pudo relegar un estremecimiento mientras entraban en la casa p嫮idamente iluminada, durante la silenciosa espera, al quedar solo frente a ella. En el cuarto se mezclaba el pegajoso olor a perfume, sudor y humedad. Desvestite, la orden m嫳 que la invitaci鏮 o sugerencia que hubiera deseado, tal vez para sacarlo de la inmovilidad, entre ausente y avergonzado. La mir. Recostada sobre la cama, sonriente, un brazo tendido hacia 幨. Obedeci maquinalmente. Desabroch嫕dose la camisa camin hasta que, junto a la cama, se detuvo, cohibido por el pudor o por la fijeza de los ojos vigilantes. Parece que es la primera vez, ven, impaciente, algo burlona por su timidez o torpeza. Un simple mu鎑co. Sin voluntad, aceptando todo pasivamente. Quiz por eso no lleg a disfrutar los anhelados instantes de goce; y aunque procur disimularlo ante los otros muchachos, los posteriores encuentros con la Alemana —en el cuarto casi en penumbra, abrumado por el cosquilleo de su risa, con el roce de los dedos h墎iles y suaves—, s鏊o le dejaron una sensaci鏮 de malestar y desencanto. No. Ella es diferente. Estoy seguro. Y pas la noche en lucha incesante por atrapar la verdad, debati幯dose entre la zozobra y un pertinaz temor.

Muy pronto supo que nunca llegar燰 a saberla. Por la ma鎙na, cuando fue sobresaltado, no tanto por la hiriente luz de la ventana sino por la voz chillona, destemplada, de su t燰 al decirle que hab燰n matado a Beatriz.

Ahora, casi aislado en el cuarto asfixiante, trataba de recobrar la mejor, m嫳 agradable imagen de ella. An no hab燰 logrado superar la conmoci鏮 provocada por el hecho sorpresivo, brutalmente violento, cuyo indescifrable origen sirvi para despertar variadas opiniones: la venganza del novio o marido enga鎙do; el feroz ataque de un ladr鏮; los celos homicidas de alguno de los hombres que sol燰n visitarla por las noches. Nadie pens en ella. Si estaba asustada o ten燰 un problema grave. Dolorido por el manifiesto desd幯 de los dem嫳, por la predisposici鏮 para convertirla en el centro de morbosos comentarios. Ninguno siente lo mismo que yo. Tal vez a nadie le importe realmente que haya muerto.

Por fin sali. Mientras el aire de la noche lo despejaba, comprendi el modo como quer燰 recordarla: la tarde del nico encuentro, igual que dos viejos amigos, embriagado por el dulce perfume, gozando el delicado roce de sus manos.

Tabla de informaci鏮 relacionada
Copyright ©聲gel Balzarino, 1985
Por el mismo autor RSSNo hay m嫳 obras en Badosa.com
Fecha de publicaci鏮Septiembre 2000
Colecci鏮 RSSEl tiempo recuperado
Permalinkhttp://badosa.com/n098
Opiniones de los lectores RSS
Su opini鏮
C鏔o ilustrar esta obra

Adem嫳 de opinar sobre esta obra, tambi幯 puede incorporar una fotograf燰 (o m嫳 de una) a esta p墔ina en tres sencillos pasos:

  1. Busque una fotograf燰 relacionada con este texto en Flickr y all agregue la siguiente etiqueta: (etiqueta de m嫭uina)

    Para poder asociar etiquetas a fotograf燰s es preciso que sea miembro de Flickr (no se preocupe, el servicio b嫳ico es gratuito).

    Le recomendamos que elija fotograf燰s tomadas por usted o del Patrimonio pblico. En el caso de otras fotograf燰s, es posible que sean precisos privilegios especiales para poder etiquetarlas. Por favor, si la fotograf燰 no es suya ni pertenece al Patrimonio pblico, pida permiso al autor o compruebe que la licencia autoriza este uso.

  2. Una vez haya etiquetado en Flickr la fotograf燰 de su elecci鏮, compruebe que la nueva etiqueta est pblicamente disponible (puede tardar unos minutos) presionando el siguiente enlace hasta que aparezca su fotograf燰: mostrar fotograf燰s ...

  3. Una vez se muestre su fotograf燰, ya puede incorporarla a esta p墔ina:

Aunque en Badosa.com no aparece la identidad de las personas que han incorporado fotograf燰s, la ilustraci鏮 de obras no es an鏮ima (las etiquetas est嫕 asociadas al usuario de Flickr que las agreg). Badosa.com se reserva el derecho de eliminar aquellas fotograf燰s que considere inapropiadas. Si detecta una fotograf燰 que no ilustra adecuadamente la obra o cuya licencia no permite este uso, h墔asnoslo saber.

Si (por ejemplo, probando el servicio) ha a鎙dido una fotograf燰 que en realidad no est relacionada con esta obra, puede eliminarla borrando en Flickr la etiqueta que a鎙di (paso 1). Verifique que esa eliminaci鏮 ya es pblica (paso 2) y luego pulse el bot鏮 del paso 3 para actualizar esta p墔ina.

Badosa.com muestra un m嫞imo de 10 fotograf燰s por obra.

Badosa.com Concepci鏮, dise隳 y desarrollo: Xavier Badosa (1995–2013)