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Kensington Gardens

Capítulo VIII

Boarding

Xavier B. Fernández
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A la mañana siguiente Smee me despertó con una taza de té y una sonrisa en su cara de luna. Junto con el té trajo tostadas, mantequilla, mermelada y un par de huevos fritos. Después me aseé, me vestí y Smee me llevó a reunirme con el capitán, en la sala abarrotada de tesoros que la noche anterior me había parecido tan siniestra pero que entonces, a la luz del sol tamizado por las nubes, era mucho menos inquietante. La imagen de Saturno devorando a su hijo era tan sólo un trozo de tela pintado, y el perpetuo tictac del reloj con péndulo de cocodrilo era tan sólo un rumor de fondo. Tan poderosa es la magia de la luz del sol. Como la noche anterior, el capitán estaba de espaldas, mirando por la ventana, con el abrigo negro echado sobre los hombros como una capa. Se giró, y volvió a clavarme sus ojos azules como ayer noche. Esos ojos daban el mismo miedo luciera el sol que luciera. Había cambiado el smoking por una chaqueta azul marino y una corbata con los colores de Oxford.

—Ah, ya estás lista —dijo—. Bueno, vamos.

Bajamos al garaje, donde dormía la gran limusina negra, como un negro buque varado en el malecón del puerto. Había otros dos automóviles allí, y los hombres haraganeaban a su alrededor, hasta que el capitán, al entrar, les hizo un gesto seco y se apresuraron a meterse en los coches. El capitán, Smee y yo entramos en la gran limusina. Rob Mullins era el chófer. Los tres automóviles salieron del garaje hacia el tráfico de Londres, surcándolo con destino a Kensington Gardens.

El capitán estaba nervioso. Jugueteaba con su bastón de pomo de plata en forma de calavera y se giraba continuamente a mirar por el parabrisas posterior.

—No se preocupe, capitán. No nos sigue nadie —dijo Smee, que también había advertido la intranquilidad del capitán. Y no parecía gustarle nada, por cierto.

—¿Seguro? ¿No oyes eso? —contestó el capitán.

—Sólo oigo el ruido del tráfico, capitán.

—¿Y el reloj?

—No, capitán, no oigo ningún reloj. Tranquilícese. Eso no son más que aprensiones.

—¡Aprensiones! ¿Y tú qué sabes, cretino? Sólo eres un condenado irlandés carente de toda sensibilidad. Pero ten cuidado, porque también viene a por ti.

—¿El cocodrilo?

—El cocodrilo.

—No hay cocodrilos en Inglaterra, capitán. Bueno, excepto en el parque zoológico. Aquí el clima es demasiado frío para ellos.

—Y tú qué sabrás, irlandés comedor de patatas... —rezongó el capitán. Yo les escuchaba con atención, tratando de comprender de qué hablaban. ¿Qué era eso del cocodrilo? ¿Una clave?

El capitán se dio cuenta de que le miraba.

—Sí, el cocodrilo, niña —me soltó de pronto—. A ti también te persigue. Sólo que eres demasiado joven y demasiado estúpida para darte cuenta. Pero, si por casualidad sales viva de ésta y llegas a mi edad, lo notarás.

—¿De qué cocodrilo habla? —respondí, haciendo caso omiso de los gestos que, a escondidas del capitán, me dirigía Smee, golpeándose los labios con el índice, en una muda recomendación de silencio.

—Del cocodrilo que da vueltas al globo terráqueo sin parar, una vez y otra, y otra, y otra. Cada veinticuatro horas pasa por todos los meridianos, al ritmo que le marca el tictac que hace el reloj de su vientre.

—¿Qué es eso, una leyenda india? —dije, procurando que mi voz sonase despreciativa. De reojo veía cómo Smee intensificaba sus muecas.

—Tú no sabes nada, mocosa —respondió el capitán—. ¿Sabes que antes mi pelo era negro como la brea? Pero ahora cada vez hay más gris mezclado con el negro. Cada vez que me miro en un espejo veo el color gris avanzando inexorable como un ejército conquistador, ganando terreno poco a poco. Inexorable... como el cocodrilo.

—La vida es un largo caminar desde la cuna a la tumba, capitán —intervino Smee—. Aunque para algunos es un caminar muy breve, y eso es peor. Pero todos empezamos a envejecer desde que nacemos. Eso solía decir mi abuela, allá en Belfast.

—Pero no es justo, irlandés. No es justo que ese estúpido mocoso...

—No hay por qué ponerse así. Al fin y al cabo, es sólo un niño, capitán.

—Sólo un niño...

—Sí, capitán.

—Ningún niño me ha querido nunca.

—¿Capitán?

—En cambio a ti sí. Los niños te encuentran simpático. Mira a esta mocosa, está encantada contigo. Y eso que la llevas secuestrada. Me he dado cuenta, ¿sabes? Cuando los otros atrapan a un niño, éste se debate y patalea como un gato con una guindilla en el culo. Pero basta que tú le pongas una mano encima para que se calme. ¿Cómo lo consigues? ¿Qué haces?

—Euh... no lo sé, capitán. No me parece que haga nada. Simplemente sucede. La verdad es que nunca lo había pensado.

—Pues yo sí lo he pensado, muchas veces. Pero nunca lo he entendido. ¿Por qué jamás le he gustado a un niño?

—No lo sé, capitán. Las cosas son como son.

—Cierto. Así que utiliza tu encanto para atrapar a ese mocoso.

Mientras tanto habíamos llegado a los Gardens, aparcamos los coches y toda la cuadrilla salió a mezclarse con los enjambres de turistas que pululaban por allí. Smee se encadenó a mí con unas esposas que ocultó bajo nuestras respectivas mangas. Íbamos cogidos de la mano, como un padre y una hija paseando juntos. Yo sabía de sobra que los niños perdidos no asomarían la nariz, pero si Margaret anduviera por allí... pero sólo había japoneses parlanchines haciendo fotos, americanos fofos cacareándose entre ellos lo muuuy inglés que era toooodo y algunas niñas pijas montando a caballo por el Rotten Row. Nadie parecía reparar en nosotros, a pesar de que los rostros esculpidos a hachazos de los hombres del capitán destacaban de entre la multitud como un grupo de jabalís destacaría en mitad de una piara de cerdos de granja. Siguiendo mis indicaciones, llegamos hasta el lugar donde está la fuente con la estatua del niño fauno y el árbol tallado con rostros de elfos. Le dije al capitán que allí era donde nos solíamos reunir, lo cual era cierto, aunque no le mencioné que lo hacíamos un par de metros más abajo, bajo tierra, en un antiguo refugio antiaéreo olvidado por todos.

Los hombres tomaron posiciones, y el capitán se sentó a esperar en un banco. Smee me compró un helado. Y así pasaron las horas, hasta que anocheció. El capitán acabó por impacientarse por la inactividad y ordenó, irritado, que regresáramos al cuartel general.

—No ha sido una jornada perdida, capitán —iba diciendo Smee, durante el camino de vuelta—. Seguro que los compañeros de la niña nos han visto. Ahora saben que la tenemos...

Pero el capitán sólo refunfuñaba:

—Cállate, Smee— y, de vez en cuando, se giraba para mirar a través del parabrisas trasero.

Así que regresamos al caserón que los gangsters usaban como cuartel general y almacén. Y, en la sala llena de cajas de embalaje y tesoros de anticuario, el capitán reunió a sus hombres alrededor de la pintura de Goya. Abrió la boca para empezar a hablar... para darles instrucciones, para hacerles reproches, para arengarles, quizá. Nunca lo supimos. Porque antes de que pudiese pronunciar la primera sílaba, tres objetos salieron volando de entre las cajas, dejando una estela de humo tras ellos, y golpearon con estrépito metálico el suelo. Inmediatamente, la sala se llenó de una niebla espesa y axfisiante, que picaba en la garganta y hacía llorar los ojos. Los gangsters empezaron a moverse de un lado para otro entre ella como sombras frenéticas, hasta que, de pronto, Bill Jukes lanzó un grito y cayó como un árbol talado. Una cortina de sangre le manaba del cuello sobre el pecho, haciendo naufragar en una marea roja el fantástico galeón que tenía allí tatuado. Yo estaba casi cegada por las lágrimas, pero vi cómo, a mi lado, Black Murphy sacó de entre los pliegues de su gabardina sendos revólveres que empuñó y amartilló justo antes de que una sombra surgiera de entre la niebla y le golpeara la cabeza con un largo palo, enviándole al suelo, donde hundió la cara en el charco que estaba empezando a formarse con la sangre de Bill Jukes. La sombra volvió a perderse en la niebla. Tenía serpientes en la cabeza, como una gorgona. Muchas otras siluetas de melena serpentiforme deambulaban por toda la habitación, atacando a los gangsters desconcertados y medio cegados. Vi al capitán fintando frenético con el aguijón de su estoque. Un monstruo salió de la niebla y se abalanzó sobre mí: tenía una gran trompa y ojos bulbosos. Antes de que yo pudiera gritar, el monstruo se arrancó la cara, que era una máscara antigás, y se convirtió en Peter. Me cogió de la mano.

—¡Vámonos! —gritó.

Nos fuimos. Me puse la máscara de Peter, y sentí algo de alivio en los ojos y la garganta. Por todas partes veía sombras luchando contra sombras, rompiendo cajas de embalaje, candelabros, sillas y cuadros de incalculable valor, derribando con estrépito objetos de bronce y plata. Y por encima del fragor de aquella batalla se oía la voz del capitán.

—¡Matadlos a todos! ¡Que no escapen!—rugía. Su garra de acero y su estoque hacían brotar surtidores de sangre en sus atacantes y en algunos de sus hombres, porque el capitán también estaba medio cegado por la niebla y atacaba con furia cualquier cosa que se le aproximase.

Salimos corriendo de la habitación, del apartamento, del edificio. Pronto nos encontramos en la calle, en una pequeña plaza no muy lejos de los Gardens. El resto de los niños perdidos y los jamaicanos —pues los atacantes con cabezas de gorgona eran los jamaicanos amigos de Peter— nos seguían, arrancándose las máscaras antigás de ojos bulbosos y trompas de tapir que tan bien les habían servido para luchar entre las brumas del gas lacrimógeno. Y todos juntos corrimos, corrimos y corrimos, y no paramos hasta alcanzar la acogedora penumbra verde de nuestro bosque de Sherwood particular.

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Copyright ©Xavier B. Fernández, 1994
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Fecha de publicaciónSeptiembre 2000
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