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Kensington Gardens

Capítulo VII

Hook

Xavier B. Fernández
Tamaño de texto más pequeñoTamaño de texto normalTamaño de texto más grande Añadir a mi biblioteca epub mobi Permalink MapaLondres, Kensington Gardens

El viaje fue una gran negrura poblada de ruidos y zarandeos, hasta que la furgoneta se detuvo por fin, me sacaron a rastras de ella y me quitaron la venda.

Entonces vi que estaba en una sala amplia, muy amplia, con el techo allá arriba, muy arriba, atiborrada como el desván de un anticuario y mal iluminada por centenares de velas colocadas en candelabros de cobre, de bronce y de plata vieja, con forma de querubín, de cuello de cisne, de serpiente, de lirio, de garra... Su luz amarillenta y vacilante hacía bailar las sombras. Por todas partes había cajas de embalaje abiertas, enseñando sus tripas de virutas, o cerradas con una promesa de tesoros ocultos, tan fabulosos por lo menos como los que se amontonaban aquí y allá: estatuillas art decó de marfil y bronce, bustos romanos desnarigados, dioses griegos de mármol precristiano, samovares rusos, joyeros repujados, alfombras persas enrolladas, teteras de exquisita porcelana, vasos de cristal de Bohemia, apolilladas vírgenes románicas con el niño en el regazo, colmillos de marfil tallados en China, dioses africanos de ébano, ídolos mayas de jade verde... y pinturas, montones de pinturas antiguas y modernas, de Turner y de Picasso, de Modigliani, de Tiziano, de Bacon y de Van Gogh. Y un cuadro enorme, que llamó mi atención más que los otros. En él, sobre un fondo pintado con los óleos más negros que pudo mezclar el artista, la titánica efigie de Saturno devoraba el frágil y blanco cuerpo de uno de sus hijos. Los ojos desencajados del dios miraban al espectador con el brillo de la locura. Hilillos de sangre caían de su boca bestial. Sí, era Saturno devorando a sus hijos, el famoso cuadro de Goya. Y seguro que era el original. James el Oscuro no robaba falsificaciones.

También había un reloj, en algún rincón de aquel abigarrado bazar. Un reloj que hacía tictac, tictac, tictac, tictac. Y unos cuantos hombres, desparramados indolentemente por los sillones Luis XIV, los sofás Imperio y las camas turcas, fumando puros cubanos, bebiendo whisky a gollete, jugando con consolas de bolsillo. Ninguna cárcel de la Guayana habría logrado reunir nunca un grupo tan vil. Allí estaba el elegante Cecco, con su traje de Armani y su camisa de seda negra. Presumía de ser uno de los ejecutores más eficaces de la Camorra, allá en su Nápoles natal. Junto a él se sentaba un gigante negro que atendía por muchos nombres, el primero de los cuales aún lo emplean las madres etíopes para asustar a sus hijos. Más allá estaba Bill Jukes el australiano, siempre con la camisa abierta sobre el pecho para mostrar los tatuajes que se lo recubrían por completo. Y cerca de él fumaba Starkey, delgado, pálido y calvo como un esqueleto viviente. Dicen que había trabajado de ujier en un internado, y allí, experimentando con los alumnos, perfeccionó las refinadas artes de infligir dolor que le habían hecho famoso. También estaba allí Noodles, que tenía todos los dientes de oro y una terrorífica mueca amarilla en vez de sonrisa. Y Skylights, y Rob Mullins, y Cookson, y Black Murphy.

Y el reloj hacía tictac. Tictac, tictac, tictac, tictac.

Y ante la ventana, de espaldas a mí, se erguía una figura alta y oscura como una columna de tiniebla, como un Everest de obsidiana con brumas de tabaco en la cumbre. Era la perla más negra de aquella corona, el hombre al que los demás temían, y cómo había de ser semejante hombre para inspirar temor a semejantes otros. Ellos le llamaban capitán. También se le conoce como James el Oscuro. O como Black James. O como Garfio.

Se volvió. Bajo la sombra del ala de su sombrero vi brillar los ojos más azules que he visto nunca. Melancólicos, profundos, bellos. Su mirada se posó en mí, penetró en mí y alcanzó a ver mi más secreto pensamiento. Sus cabellos eran como brillantes plumas de cuervo, en contraste con su pálido cutis. Bajo el abrigo, que le colgaba de los hombros como una capa, vestía de smoking. Una mariposa de terciopelo negro adornaba su cuello, sobre la cascada de nieve de su pechera. Una mano enguantada de blanco sostenía la boquilla bífida que le permitía fumar dos cigarrillos a la vez. La otra no era una mano humana. Era una pinza formada por tres ganchos convergentes de metal cromado. Aquella garra de monstruo de película de ciencia-ficción sostenía un bastón de ébano con el pomo de plata en forma de cráneo. Pero de todos aquellos detalles me di cuenta más tarde. En aquel momento sólo podía mirar sus bellos, fríos, terroríficos ojos azules, esos ojos cuya mirada me traspasaba como si tuviesen rayos x.

El hombre con rayos x en los ojos dio una profunda calada a su boquilla bífida. Expulsó el humo lentamente y empezó a hablar.

—Fragmentos de Don Giovanni y la La flauta mágica —dijo— interpretados por la Royal Philharmonic Orchestra. Yo tenía un palco para mí solo. Imaginaos: la reina en su palco, allí —señaló al aire con su bastón—. Yo en el mío, aquí —el bastón señaló en dirección contraria—. Más allá, la Royal Philharmonic Orchestra —el bastón trazó un arco para señalar una dirección equidistante de las otras dos—. Y Mozart, por todas partes. Pero en aquel momento irrumpió en mi palco este espécimen subhumano —la punta del bastón describió una rápida finta hasta posarse, bruscamente, sobre el pecho de Skylights—, esta garganta de simio destrozada por litros de ron con pimienta graznó: «Capitán, capitán, lo tenemos, lo tenemos, venga, venga», así, repitiendo cada palabra dos veces, y a gritos, el desgraciado. Y la reina oyó los graznidos desde su palco, y se inclinó a mirar, con toda la desaprobación del mundo en su real rostro. Y el director de orquesta se giró para lanzar una mirada de reproche por encima de su hombro derecho. Y todos los ujieres de la sala nos miraron arrugando la nariz como si este orangután hubiese soltado un pedo allí mismo, cosa que por otra parte no desentona con sus costumbres habituales. O sea que yo tengo que levantarme e irme del palco mientras todo el mundo me observa, su Graciosa Majestad incluida. Bueno, no importa, abandono a Mozart, a la reina y a la Royal Philharmonic Orchestra de buena gana, porque según me ha dicho este orangután por fin voy a tener entre mis manos a ese niñato insolente. Pero cuando llego aquí, ¿qué me encuentro? —la punta de su bastón me señaló—. ¡Una mocosa harapienta con un roñoso muñeco de trapo! Skylights, ¿vale la pena cambiar a Mozart, la reina y la Royal Philharmonic Orchestra por una mocosa harapienta y un roñoso muñeco de trapo?

—Pero, capitán...

—¿Pero qué, Skylights?

—La, bueno, la... mocosa es de la banda del niñato. Vende la misma hierba jamaicana, y la hemos visto alguna vez en el parque, en compañía del niñato y sus otros amigos. Así que... bueno, yo pensé...

—¿Tú piensas, Skylights?

—Bueno, yo...

—Bueno tú.

—Pensé que querría verla cuanto antes. Para sonsacarle dónde se esconde el niñato y eso, capitán. Ya sabe...

—¿Cuáles fueron mis órdenes, Skylights? Específicamente, ¿cuáles?

—Bueno...

—¿Dije quizá que nadie me molestara a menos que atrapaseis al mismísimo niñato?

—Bueno, sí, capitán, usted dijo eso, pero yo...

—Pero tú pensaste. Sí, lo sé, ya me lo has dicho antes. No pienses, Skylights, tu rudimentario cerebro no tiene capacidad suficiente para resistir ese esfuerzo, y estallaría. No, no pienses. Aquí soy yo el encargado de pensar.

—Bueno, yo...

—Tú me debes algo, Skylights. Algo valiosísimo. ¡Me debes a Mozart! ¿Cómo vas a pagarme?

—Bueno, yo...

El rostro de Skylights se había vuelto gris como la ceniza, y brillaba de sudor. Pero no porque hiciera calor allí dentro, no, aquella sala estaba más bien fría. Por eso todos llevaban puestos sus abrigos y trincheras. Pero Skylights sudaba. Su mano derecha reptó por su cintura como una discreta araña hasta perderse entre los pliegues de su gabardina. Pero el capitán fue más rápido. Desenfundó el estoque de acero oculto en la caña de su bastón con la velocidad de un escorpión, y antes de que Skylights se diera cuenta aquella larga aguja de metal se hundió en su vientre como el cuchillo del desayuno en la mantequilla tibia. La gabardina se elevó a sus espaldas como la carpa de un circo cuando la izan al mástil central.

Skylights se derrumbó. El capitán recuperó su estoque, lo limpió con un pañuelo blanquísimo y... ¡lo apuntó hacia mi garganta!

Me miró con aquellos ojos tan azules.

—He perdido a Mozart y a uno de mis mejores hombres por ti, pequeña rata de callejón —dijo—. ¿Vales tanto sacrificio? Para empezar, ¿es cierto que eres uno de los camellos del niñato?

—Es cierto, capitán —la temblorosa voz de Rob Mullins se oyó a mis espaldas.

—¿Dónde está su mercancía?

—No... aún no la hemos registrado, capitán.

El capitán gruñó. Su estoque hizo una finta y ensartó a Paddy como si fuera una aceituna, arrancándolo de mis brazos. El capitán lo cogió con su garra de metal. Los tres afilados dedos se clavaron en el cuerpo de arpillera y lo desgarraron. Algunas bolsas de plástico con pastillas rojas, blancas y azules, y algunas otras con yerba, cayeron al suelo.

—Buen escondite —dijo el capitán. Volvió a enfundar el estoque en el bastón y se acercó a mí. Cojeaba un poco, su pierna izquierda hacía tac, tac, tac, al caminar, como el oculto reloj. Su mirada azul me traspasó de nuevo. Desde tan cerca pude ver algunas hebras de plata en sus sienes, algunos leves surcos en la piel de su rostro. Bajé la mirada, para evitar el hielo azul de la suya. Por desgracia, al hacerlo, mis ojos se posaron en su garra de metal, que sujetaba la calavera de plata que era el pomo de su bastón. Sentí el miedo morderme en el fondo del estómago.

—Eres muy joven para oler tan mal —dijo—. ¿Así que formas parte de ese grupo de rufianes que me hacen la competencia?

—Londres es muy grande —respondí—. Hay mercado de sobra para que todos hagamos negocio.

—No, te equivocas. Nunca hay mercado de sobra para mí. Yo lo quiero todo ¡Todo! Y aún así no tendría bastante.

Su garra metálica se cerró sobre mi pecho, agarrándome de la ropa. Recordé otra vez las historias que se susurraban en las calles. Vi esas garras hundirse en mi carne, dentro, bien dentro, y emerger sosteniendo mi sanguinolento corazón, aún palpitante, entre sus garfios. Vi cómo lo guardaba en una nevera portátil, vi cómo uno de sus rufianes cerraba la nevera y se iba con ella, rumbo a un hospital privado donde algún multimillonario que había pagado mucho dinero por un corazón fresco de repuesto lo aguardaba tendido en la mesa de operaciones, con el pecho abierto, listo para recibir aquel trozo de carne joven que iba a reanimar su viejo cuerpo. Vi...

Pero la garra metálica se cerraba tan sólo sobre la tela de mi jersey. Mi pecho aún casi sin pechos permanecía incólume. De momento.

¿Conoces a ese niñato insufrible? ¿Dónde está? —me preguntó el capitán.

—¿Peter? —dije.

—Peter —dijo.

—¿Por qué odia tanto a Peter? Es sólo un crío.

—Por eso le odio tanto, porque es sólo un crío, porque nunca será otra cosa que un crío. Alegre, inocente y cruel.

—¿Cruel?

—Cruel. Esto pasó por su culpa —elevó la garra metálica hasta la altura de mis ojos y la cerró con un chasquido siniestro—. Y esto también es culpa suya —bajó la garra cerrada y golpeó su pierna izquierda, que sonó a hueco.

—¿Peter le cortó la mano y la pierna?

—En una ocasión me cortó la mano, y se la dio a comer al cocodrilo. En otra ocasión me tiró por la borda de mi barco, y el cocodrilo se sirvió a sí mismo con mi pierna.

—¿Qué cocodrilo?

—Pues el cocodrilo. El que hace tictac, tictac, tictac, mientras me persigue. Quiere comer más trozos de mí, se conoce que me ha cogido el gusto. Pero un día también te perseguirá a ti, no lo dudes.

—¿Pero de qué habla?

—Del cocodrilo. ¿No lo oyes? ¡Está ahí detrás!

Se giró de pronto, desenvainando el estoque en un veloz movimiento, como antes, pero tras él sólo había un bulto cuadrado cubierto con una sábana. Los hombres del capitán le observaban en silencio, conteniendo el aliento. Estaban inquietos, ¿por qué?

El capitán tiró de la sábana que cubría el bulto, junto al cuadro de Saturno devorando a sus hijos. Bajo la sábana había una caja abierta, y en su interior, como un huevo en un nido de virutas, reposaba un antiguo reloj de péndulo. La esfera era el dibujo de una calavera, con los números romanos formando un círculo a su alrededor. Las manecillas tenían forma de guadaña. Pero lo más extraño era el péndulo. Tenía forma de lagarto, o de cocodrilo. Se balanceaba tras un cristal, colgado de la cola. Rítmicamente, de un lado para otro. Tictac, tictac, tictac.

El capitán miraba fijamente el péndulo, y al acercar la cara se vio reflejado en el cristal. Se quitó el sombrero y se pasó una mano por el pelo, observando las canas.

—Tictac, tictac, tictac —dijo el capitán—, ¿lo ves? El cocodrilo. Tictac, tictac, tictac.

—Capitán— Smee se atrevió a interrumpir. El capitán le miró y gruñó.

—¿Sí, Smee? —dijo.

—La chica puede sernos útil. Es un rehén..., puede ser buena carnaza para cebar un anzuelo.

—O para cebar un garfio...

—Sí, capitán.

—Un garfio que será el anzuelo con que pescaremos al niñato... Sí, suena bien. Eres muy inteligente, Smee... para ser un patán irlandés comedor de patatas.

—Gracias, capitán.

—Está bien, acomódala en algún sitio para que pase la noche y vigílala. Dejaremos un tiempo para que se corra la voz de que la tenemos, y entonces saldremos a cazar al niñato.

Smee asintió. Se volvió hacia mí y me ordenó que le siguiese. Me condujo a una habitación más pequeña. Luego supe que aquello era un viejo caserón londinense de ladrillo rojo y estilo holandés que domina una recóndita placita cercana a Kensington Gardens. Allí vivía el capitán, rodeado de tesoros: las mercancías de sus negocios. El capitán era el mayor traficante de obras de arte, armas, drogas y animales exóticos de todo Londres. Y, según me dijo Smee mientras me preparaba una cama —de estilo eduardiano, con dosel— donde pasar la noche en aquella habitación pequeña, había otras mercancías, más delicadas aún que las antes mencionadas, con las que comerciaba.

—Tú procura no llamar la atención del capitán —me dijo Smee, mientras tensaba las sábanas—. Presiento que esta noche va a ser una de ésas...

—¿Una de cuáles? pregunté yo.

— Oh, es que el capitán, a veces..., bueno..., se deja llevar por las emociones, sobre todo en lo que hace referencia al niñato..., a tu amigo Peter. Ellos dos son enemigos a muerte.

—¿Por qué? Por la cuota de mercado que le quitamos vendiendo el poco hachís y las pocas anfetaminas que vendemos? Por lo que he visto aquí, es como decir que al Lloyd’s Bank le hace la competencia el prestamista de la esquina.

—Tú no lo entiendes, niña. No es una cuestión económica. Y ahora acuéstate. Seguro que hace siglos que no duermes en una cama.

No dije nada, pero era verdad. En el refugio antiaéreo dormía sobre un colchón reventado, rescatado de un trapero. Y antes de conocer a Peter y dormir en el refugio antiaéreo, mis pernoctas eran en lugares aún peores.

Smee me sonrió. Prometió que en un instante volvería con un tazón de cacao caliente y galletas para que cenara, y que después podría dormir a gusto. También me dijo que ni soñase en escapar, que él iba a montar guardia en la puerta. Era un personaje extraño, Smee. No podías evitar que te cayera bien. La verdad, cuando empezó a mostrar tanta solicitud y tanta amabilidad hacia mí desconfié de sus intenciones, como había desconfiado de las del mendigo que me atacó el día que conocí a Peter, y por los mismos motivos. De hecho, di gracias a Dios porque no me hubieran registrado y la navaja de barbero siguiera oculta en la caña de mi bota. Y hacia ella reptó disimuladamente mi mano, preparándose para el momento en que Smee pasara de las amabilidades a los hechos. Pero eso nunca sucedió. Smee era amable, simplemente, porque le gustaba serlo. Suena raro pensando que se trataba de alguien cuyo negocio, aparte de ser ilegal, incluía el asesinato y cosas aún peores, pero era así. Smee se las había arreglado para salvar una parcelita de inocencia en su alma en mitad de la vida que llevaba, y esa parcelita era su relación con los niños. Smee tenía ocho hijos a los que adoraba viviendo con su madre, una rolliza y pelirroja irlandesa, en una casa de un humilde barrio obrero católico de Belfast. No, Smee se portó muy bien conmigo. Pero aquella noche yo dormí muy mal, y no era sólo por el nerviosismo de saberme secuestrada. Era que el retumbante tictac de aquel reloj con un cocodrilo por péndulo me persiguió durante toda la noche, taladrando mi cerebro. Tictac, tictac, tictac, tictac.

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Copyright ©Xavier B. Fernández, 1994
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Fecha de publicaciónSeptiembre 2000
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