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Kensington Gardens

Capítulo IV

Mrs. Darling

Xavier B. Fernández
Tamaño de texto más pequeñoTamaño de texto normalTamaño de texto más grande Añadir a mi biblioteca epub mobi Permalink MapaLondres, Kensington Gardens

Estábamos Peter y yo allí sentados, en el banco, tomando el sol, cuando aquella señora de cabellos grises se nos acercó.

—¡Peter! ¿Eres tú, Peter? —venía gritando.

Peter dijo: «oh, oh», dio uno de esos increíbles saltos suyos —podía saltar tan alto, y con tan poco esfuerzo aparente, que parecía que volara — y desapareció entre la espesura de los arbustos de flores.

Entonces pensé que la dama de los cabellos grises sería su madre, o su abuela, más probablemente. O quizá su tutora, en todo caso el adulto bajo cuya patria potestad estaba hasta que escapó. Fuera quien fuese, llegó a mi lado jadeando por el esfuerzo de correr tras Peter.

—¿Estás con él? —me dijo— ¿Sabes dónde ha ido?

—Yo no sé nada —respondí.

—Oh, sí, claro, estoy segura de que no. No has visto nada, no has oído nada, y por supuesto no dirás nada, como los monos del proverbio. En fin, ¿no te importa que me siente aquí, a tu lado? Necesito recuperar el aliento.

Me encogí de hombros.

—Haga lo que quiera —dije.

—Gracias. Vaya, es un bonito muñeco. Apuesto a que lo has hecho tú.

—Apuesta ganada.

—¿Tiene algún nombre?

—Se llama Paddy.

—Muy adecuado. ¿Y tú, tienes algún nombre?

—Claro.

—¿Cuál, si puede saberse?

—Me llamo Gwen.

—¿Gwen, como Gwendoline? Entonces te llamaré Wendy.

—No me gusta que me llamen Wendy.

—¿Por qué?

—Porque apesta. Es un nombre terriblemente cursi.

—¿De veras? Pues a mí me parece un nombre muy bonito. Mi abuela se llamaba Wendy. Pregúntale a Peter, él la conoció.

—¿Sí? —no me lo podía creer. ¿Peter conocía a su abuela? Su abuela debía tener mil años— ¿Su abuela no sería un poquito cursi, quizá?

—Bueno, quizá sí —rió—. Peter también conoció a mi madre. Se llamaba Jane. Pregúntale por Jane, y verás. Ah, y yo me llamo Margaret, y ése sí que es un nombre cursi.

—No, está bien —dije, pero mentía. Ella sí que era cursi, con su retintín de abuelita de cuento de Navidad. Aunque tenía cierto encanto, no lo podía negar. Como la abuela que una siempre había querido tener.

—¿Es usted la madre de Peter? —le dije de pronto.

Ella se quedó pensativa. ¿Por qué? Era una pregunta muy sencilla. Sólo había dos respuestas posibles: sí o no.

—En cierto modo lo soy —dijo por fin—. O lo fui.

—Peter dice que las madres son...

—Unos seres muy sobrevalorados. Lo sé, lo sé. Pero tú, ¿qué opinas tú?

—¿Sobre qué?

—Sobre las madres. ¿Qué opinas? ¿Lo mismo que Peter?

—No sé.

¿Tienes madre?

—No.

—¿La has tenido alguna vez?

—Sí, pero murió... Cirrosis hepática.

—Oh. ¿Bebía mucho?

—Mucho.

—Y ahora, ¿quién cuida de ti?

—Peter y los chicos.

—¿Qué chicos?

—Los hijos de Margaret Thatcher.

—¿Los hijos de...? ¿Os consideráis hijos de esa bruja nazi?

Margaret estaba realmente horrorizada de nuestro nombre de guerra. Como supe después, militaba en el ala izquierda del Partido Laborista. Y en cualquier causa perdida que se le pusiera a tiro: contra el apartheid en Sudáfrica, contra la dictadura de Pinochet en Chile, contra la energía nuclear, a favor de los mineros galeses, a favor de los derechos de los inmigrantes, a favor de los homosexuales, los negros, las madres solteras... Y, por cierto, le molestaba sobremanera tener el mismo nombre de pila que la bruja del este. O, como ella decía, que la bruja del este tuviera la desfachatez de tener su mismo nombre de pila.

—Es sólo el nombre de nuestra banda. No es que seamos sus hijos de verdad, claro.

—¡Sólo faltaría! Así que sois una banda, ¿no? ¿Y dónde vive la banda?

—Aquí —hice un gesto amplio que abarcaba el césped circundante, los árboles, los macizos de flores, la cercana estatua del niño fauno y una pareja de americanos gordos que paseaban con sendas cámaras fotográficas colgadas de sus cuellos en forma de salami.

—Sí, claro —dijo Margaret—. Conociendo a Peter, sabía que no podríais vivir en otro sitio.

—¿Su madre en cierto modo?

—¿Eh?

—Es lo que usted ha dicho antes. Que en cierto modo ha sido su madre. ¿Cómo se puede ser madre en cierto modo? O se es o no se es.

—Bueno, Peter es una especie de herencia familiar. Mi abuela Wendy la inició, ella fue la primera madre de Peter, cuando tenía quince años. Cuando mi abuela tuvo una hija, mi madre Jane, le dejó a Peter en herencia. Y ella a su vez me dejó a mí a Peter en herencia, cuando cumplí los quince años. Pero yo, por desgracia, no he tenido hijos, y en consecuencia no he podido conservar esa herencia, porque no he podido traspasársela a nadie. Así que un día vi a Peter salir volando por la ventana, como el dulce pájaro de juventud.

Entonces no entendí absolutamente nada de toda esa cháchara. Pensé que Margaret era otro solterona chiflada, como hay tantas en Inglaterra: mujeres frustradas por haber fracasado en lo que les habían inculcado era el destino de toda mujer en la vida: cazar un buen marido, tener hijos, formar una familia. Las que fracasaban en ese cometido acostumbraban a volverse seres excéntricos, aficionadas a alimentar gatos abandonados, asistir a sesiones de espiritismo y organizar comités para prevenir la crueldad contra los animales. Algunas se iban a veranear a España con el secreto deseo de tener una aventura sexual con un torero, o se inventaban historias sin pies ni cabeza como aquélla. Entonces comprendí por qué Peter salió huyendo nada más ver a Margaret. Yo habría hecho lo mismo, de haberlo sabido.

—Bueno, señora —dije—. Todo esto es muy interesante, pero yo me tengo que ir. Debo reunirme con Peter, ¿sabe?

—Claro —dijo ella—. Ya nos veremos.

Y, dándome toda la prisa que podía sin que se me notara demasiado, recogí a Paddy y la manta y me fui. Margaret se quedó sentada en el banco, contemplando ensimismada la estatua del niño fauno. Eso fue lo que vi cuando miré por encima del hombro, mientras me alejaba de allí.

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Copyright ©Xavier B. Fernández, 1994
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Fecha de publicaciónJulio 2000
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