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Kensington Gardens

Capítulo III

Neverland

Xavier B. Fernández
Tamaño de texto más pequeñoTamaño de texto normalTamaño de texto más grande Añadir a mi biblioteca epub mobi Permalink MapaLondres, Kensington Gardens

Sí, se vivía bien en Kensington Gardens. Durante el día nos dispersábamos por la ciudad con los bolsillos llenos de mercancía que vendíamos discretamente. Por la noche nos colábamos en los clubs donde tocaban los grupos punks. Los porteros nos dejaban pasar aunque no tuviésemos la edad legal, porque sabían que vendíamos material de primera y a muy buen precio. Yo solía ocultar mi mercancía en el interior de Paddy, y si venía la policía me ponía a pedir una limosna para mi bebé como hacía antes y me dejaban en paz. A los cabeza de bala nunca se les ocurrió mirar en el interior del muñeco. Si hacía buen día y no teníamos muchas ganas de rondar, disfrutábamos del sol en el parque. Si venían los cabezas de bala, nos escondíamos en el refugio. Ocasionalmente robábamos algún bolso o alguna cámara fotográfica a los turistas. No necesitábamos realmente hacerlo, pero algunos eran tan memos que desperdiciar la ocasión hubiese sido un pecado. Y, mientras tanto, la bruja del este Margaret Thatcher, todavía en la oposición, bramaba para que se eliminaran del gasto público los subsidios a parados e indigentes. Noodles, que sabía dibujar muy bien, se pintó en la espalda de su chaqueta una caricatura de la Thatcher con dientes puntiagudos de piraña en la boca y svásticas en lugar de ojos. Debajo escribió «Hijos de Margaret Thatcher», el nombre que a Peter le gustaba usar a veces para referirse a nuestra banda. La chaqueta de Noodles quedó muy bien. Causaba sensación en los clubes donde íbamos a ver a nuestros grupos favoritos: The Addicts, The Damned, Killing Joke, The Jam, The Sex Pistols por supuesto y The Clash, sobre todo The Clash.

Eso que después se dio en llamar el movimiento Punk estaba por aquel entonces en su efímero momento álgido. Las calles seguían llenas de adolescentes enjoyados con imperdibles, maquillados como zombies, peinados como mutantes radioactivos, y algunos grupos ya habían empezado a grabar discos con las multinacionales. La Prensa seguía publicando los furibundos ataques a «esos bárbaros mocosos» que lanzaban los periodistas listillos, los políticos conservadores, los intelectuales marxistas y viejas glorias de la música pop como Keith Richards y Phil Collins. Estos últimos acostumbraban a ser los opositores más vehementes, y con razón: la insolencia punk empleaba sus dardos más envenenados cuando quería hacer diana en sus gordos y pequeñoburgueses culos de ex rebelde domesticado.

En cierta ocasión los Sex Pistols fueron entrevistados en la tele, y la palabra más suave que utilizaron fue «mierda». Parece ser —o eso publicaron los tabloides— que un honesto y trabajador padre de familia de clase obrera lanzó el televisor por la ventana, de tanta indignación como le produjo el programa. Claro que fue un hecho aislado: la mayoría de la gente, por muy honestos y trabajadores padres de familia de clase obrera que fueran, amaban demasiado sus televisores como para hacer algo tan drástico para expresar su indignación. Así que siguieron sentados en sus tresillos, tragando teleseries americanas mezcladas con anuncios de detergente, concursos idiotas, documentales de la BBC y viejas comedias de la Ealing protagonizadas por Alec Guinness. Y las ventas del disco de los Pistols —Never Mind The Bollocks, el único que grabaron— se dispararon. La revista Sniffin’Glue seguía publicándose, y los Clash seguían sacando discos, cada uno mejor que el anterior. Aún soñábamos con hundir el caduco Reino Unido en la anarquía. Aún teníamos muchas patadas reservadas para estamparlas en el trasero de todos aquellos viejos decrépitos mayores de veinticinco años. Aunque...

Aunque en los locales cutres donde íbamos a escuchar ska salvaje y a bailar pogo sobre los cascos rotos de las botellas de cerveza (todos excepto los gemelos; a ellos no les dejaban entrar) y a vender nuestra mercancía de hierba y anfetas, empezamos a encontrarnos con la competencia de algunos viejos individuos mayores de veinticinco años, o más viejos aún, más viejos que su propia edad incluso. Eran almas viejas como los buques fantasmas embarrancados en la mar de los Sargazos, como los sueños de supremacía del viejo Imperio Británico. Demasiado bien vestidos, con sus abrigos largos o sus gabardinas, en cuyos bolsillos guardaban una mercancía que hacía competencia a la nuestra, aunque ellos también ofrecían, además, caballo y coca. Peter los llamaba gangsters (sí, por fin toca hablar de los gangsters). Él los conocía a todos, me enseñó sus nombres: Cecco, Bill Jukes, Black Murphy, Morgan Skylights, Alf Mason... A veces, de noche, alguno de ellos merodeaba por el parque. Quizá porque era un lugar solitario y apartado ideal para sus negocios, quizá buscándonos a nosotros, sus competidores. Nosotros les atacábamos: aguardábamos agazapados entre los setos, como indios en la selva amazónica, y, en cuanto Peter profería un salvaje alarido, saltábamos sobre el incauto gángster con palos, cuchillos, cadenas, botellas rotas, hasta hacerlo huir sangrando y cojeando. Primero le pasó a uno, luego a otro. Luego a otro más. Hasta que dejaron de venir por nuestro territorio.

A veces venían al parque otra clase de enemigos: los skinheads del National Front, con sus cabezas mondas por dentro y por fuera, sus insignias fascistas, sus tirantes, sus cazadoras Bomber de aviador, sus botas Doc Martins y sus barras de hierro envueltas en cinta aislante. Estos enemigos eran más peligrosos y difíciles de atacar, porque se desplazaban en grupo, como los lobos. Pero no éramos nosotros su principal objetivo. Lo eran los jamaicanos. Luego hablaré de los jamaicanos.

Algunas veces, muy pocas, una gran limusina negra aparcaba en el lindero del parque, y alguien alto y oscuro salía de ella, acompañado de un par de gangsters. Era una figura vestida de negro con un brillante destello metálico en el lugar en el que debería estar su mano derecha. Entonces Peter nos ordenaba escondernos entre la maleza y no hacer ningún ruido. Y allí aguardábamos, mientras la figura alta vestida de negro se paseaba por el lindero del parque cojeando, apoyada en un bastón que producía un sonido de tictac al caminar. Tictac, tictac, tictac. Entonces sentía verdadero miedo.

Pero el resto del tiempo no tenía miedo de nada. Los Gardens eran mucho mejores que la calle o los túneles del metro. Más seguros, más acogedores. Los días de sol en que no tenía ganas de salir a vender hierba me sentaba con Paddy y, a veces, con Peter en un banco a ver pasar a los turistas y practicar uno de nuestros juegos preferidos, ponerles motes: «Ahí van Mr. y Mrs. Culogordo; y aquel franchute tan enano, Mr. Rana Subdesarrollada. Y aquella gorda, Mrs. Ballena con sandalias. Y aquel....» Uno de esos días que tomaba el sol sobre un banco conocí a Margaret.

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Copyright ©Xavier B. Fernández, 1994
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Fecha de publicaciónJulio 2000
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