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Miramar

La gesta del Pez

El segundo sueño, el segundo don

Daniel Rubén Mourelle
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Se despertó en mitad de la noche; un malestar lo rondaba. Tenía escalofríos, era fiebre. A pesar de eso, pensaba con lucidez.

La luna, en cuarto menguante, estaba a punto de ocultarse tras los árboles cuando vio que dos personas caminaban por la orilla; conversaban en un idioma que le era desconocido, pero que fue capaz de entender. Entonces, por primera vez, reparó en que tanto los arts como las mensajeras y los bravos hablaban esa misma lengua de pronunciación muy parecida al francés.

Prestó atención a lo que decían, las palabras le llegaron con claridad puesto que el mar era apenas un ronroneo:

—He gritado, y mi grito se desgarró contra las rocas; la noche, con su capa de misterios, me espera paciente. La luna es una centella sobre la marea, las olas rompen el aire y, más allá, fuera del centro, inconstante fugitivo, mi figura se abandona, esperando el eco.

Reconoció cada palabra, estaban en algún lugar de su cuaderno. Cerró los ojos y la oscuridad de sus párpados se iluminó con intensos manchones rojos. Volvió a mirar hacia la orilla, pero ya no vio a nadie. Su temperatura subía.

¿Sería cierto que los arts lo tenían atrapado en su juego de intereses? ¿Cuánto hacía que no se cruzaba con ningún iunicq? Cada cavilación desembocaba en lo impreciso; él continuaba ahí, eso era indiscutible, no había querido marcharse... ¿Qué lo había llevado a esa decisión? Sus recuerdos seguían perforados por la amnesia. ¿Y el don?: el Cronos quiso que fuese un pasillo unido al recinto de una computadora; ¿cuál podría ser la contrapropuesta del Kairós? Hallar esa pieza lo ayudaría a avanzar en el rompecabezas que lo embargaba.

Cerró los ojos una vez más, sus fuerzas eran pocas. Una voz familiar resonó en su interior:

—Voy a darte esa pieza; sólo tu habilidad revelará cuán fundamental es o no. De vos dependerá que su utilización te favorezca o no te sirva en lo absoluto.

—Sí, sí —alcanzó a expresar el Pez—; la necesito... Por favor.

—El secreto está en el modo de mirar; la pieza faltante es la descripción. Al igual que en las fotos, el paisaje se mancha del ojo que lo mira. Escuchá con atención:

Dos hay tras la cortina; una ráfaga fría desliza su acostumbrada sinrazón y aquí, sutil resonancia, mis uñas se deleitan con el vaivén del remo.

Sacudo la tierra de mis piernas, pues tanto han estado dormidas que la primera nota del día me rechaza con agónico temblor.

La mañana espía cada rincón de mis párpados y las fantasías oscilan entre explosiones —la voz se conmovió sorpresivamente, como quien saca de su pasado un momento vital—. Una rosa se detiene, la luna deja caer una canción, la noche avanza entre el vuelo de las estrellas. Se escucha una flauta, lejos, y los escondites confían —se contuvo para juntar fuerzas—. Veo la danza que sueña con el poder.

El Pez dejó que la escena llenara su corazón, las palabras fluían dentro de su encierro. El malestar le creció dentro del pecho. «La muerte ha de estar cerca», pensó. «No puedo morir sin encontrarme otra vez con la Extraña.» Las facciones de Norah crecieron en su mente. «Norah... Extraña... ¿Quién posee a quién? ¿O han sido ambas la misma desde siempre?»

Un muro las separaba; Norah no tenía la fuerza que él necesitaba, pero la Extraña sí.

La voz reapareció:

Después de varias noches de brillar, la luciérnaga olvida su necesidad de pedir y comienza a cantar el son más antiguo que recuerda, una memoria envuelta en mil oscuridades. Una cáscara de nuez se balancea sobre un mar que separa y une multitud de islas; hay una definición en cada una.

Ahora recuerdo tus ojos; ellos guardan los vestigios de nuestros saludos, las mismas siluetas, los remansos entre las esperas.

Una alondra ilumina su rama y florece, los ojos están clavados al firmamento, son brasas jamás alcanzadas. La alondra es capaz de volar sin abandonar la rama.

En la laguna está el espejo, nunca falta; ella presiente cómo la magia no necesita caminos, es capaz de convertir penas en risas sin desterrar el dolor; mientras, sobre los círculos del agua, otras flores simulan olvidar para ofrecer nuevos comienzos.

La muerte lo rondaba en verdad; lo nuevo no era eso, sino su caricia tan cálida. Estuvo contra su espalda desde el primer instante en que entró al bosque, ¿qué la tenía tan intranquila que buscaba su protección?

«Sólo yo puedo herirte...» Habían sido las palabras de la Extraña, ¿sería posible que hasta la muerte le temiera? El Pez comprendió que una trama se dibujaba en su alma. La voz prosiguió:

Dos hay tras el círculo y tres sobre el suelo húmedo, las playas; el disfraz articula la pausa y no queda tiempo para tomar revancha. Dos hay y también uno, enfrentados al viento, tentados a quebrar el silencio.

Una muralla retorna y ejecuta el castigo: la helada corta la tarde.

Tengo una cita con el presente, en cada huella de arena; cada vez que vuelvo la mirada, mil rostros se hunden en la tiniebla; debo encontrar las pupilas correctas ante la puerta de la madrugada.

La voz se detenía y recomenzaba como si luchara contra un poder superior, o como respondiendo a otra lucha entre poderes; las treguas le permitían hablar. El Pez dejaba que su memoria ordenara las palabras bajo los dictados del don; pero también era humano, y el Kairós no le alcanzaba. Los arts defenderían su tiempo a como diera lugar, pero él ¿qué perdería; qué debía resignar? Imaginó que también los bravos y las mensajeras deberían ofrendar una parte de sí... ¿Lo sabrían?

Dos hay, y uno, la justicia es lo de menos; danzas de compases prematuros, calmas discontinuas. Las tormentas esperan por la fiesta que trae el cometa.

Dos hay que no son y los cambios se filtran por esa luna que tampoco.

La voz se había acercado aún más, hervía dentro de su cuerpo. El Pez sucumbía ante la fiebre, pero no transpiraba; tarde o temprano las defensas de su cuerpo tendrían que reaccionar contra ese enemigo que lo atacaba. Un enemigo que atravesaba sus murallas, escondido en los pliegues de esa voz que seguía siendo necesaria:

Siempre tristeza, siempre en camino; una mano, una palma, dedos ausentes que no extrañan ni olvidan; cientos de saludos entre los saltos del pandero.

La madrugada recrudece, los soles preñan las marcas de su música; la nobleza cae sobre los paños que los diablos ocultan.

El imperio se desmorona y un disfraz de flautas oculta sus sones. El cenit apunta hacia la libertad: vagabunda encapuchada.

Ésta es la resurrección; hay brillo en tus sandalias. La voz avanza entre la espuma y las llamas se aprestan a capturar la fortaleza; no hay peor prisión que la íntima.

Se balanceaba al borde; su conciencia no podía estar más alerta, el malestar lo devoraba. Un resplandor cayó sobre las aguas; creyó que era el amanecer. Sintió un roce sobre el hombro; giró tan rápido la cabeza que casi alcanzó a verla. Supo cómo era; el calor aflojó, todo estaba inmóvil, sus dudas habían partido; estaba muerto.

La voz insistió; el Pez ya no podía escucharla, pero el don sí:

Cada cobardía, aun la más vieja e invencible, va cayendo dentro de la luz; el mediodía es un farol a punto de estallar.

Dos hay y uno, el viento se hace desear y las primeras gotas pegan contra la piel de los ríos, libres pero aisladas; los cauces son una maniobra imprecisa.

Las libélulas, igual que en noviembre, reclaman cierta violencia de las pestañas. El rumbo... ¿Cuál?

La llamada de los días, una trompeta contra los brazos de la estrategia: ronda de sutilezas para disimular una distancia.

El don se quebró; dio a luz a su doble: una imagen diferente de sí. El cuerpo yacente del Pez fue tocado por la memoria, un instante apenas, y se arqueó hacia atrás en un espasmo; la boca le tembló. En un esfuerzo final, el conjuro de las palabras hizo tronar la playa:

Nacimiento; tus hilos arañan mi cuna, tu reto captura mis pulmones, mi grito es un cúmulo de tormentas; en la fría marea, está el fruto de mi nueva vida. La luna cambia, la noche culmina. Nacimiento; la fiesta es mía... Y tuya.

Una ola, con fuerza inusual, se elevó por encima de las demás y, deslizándose sobre la arena, alcanzó a rozarle la cabeza. Ambos dones latieron con fuerza para dar forma a la memoria; el Pez comenzó a transpirar furiosamente.

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Copyright ©Daniel Rubén Mourelle, 1999
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Fecha de publicaciónJulio 2000
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