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El ojo del cielo perdido

Nicasio Urbina
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Amadeo de Souza Cardoso e Lucie de Souza Cardoso

¿Qué es lo que Bonifacio amaba de Carolina? No lo sabía, y temía preguntárselo porque tenía la certeza de que una vez que lo hubiera descubierto el misterio se esfumaría. Eran quizás sus largos y dulces silencios en que se quedaba pensativa, con las manos suspendidas en el aire como si estuviera tocando una escultura. Eran acaso las palabras suaves que salían de su boca y se le envolvían a Bonifacio entre los brazos. O quizás eran las miradas serenas y claras con que acompañaba sus comentarios, una forma de aprehender la luz de los espacios y entrever los sonidos de los besos que no se daban. No lo sabía. A Bonifacio le gustaba su resuelta timidez, el movimiento rápido de sus ojos y el imperceptible temblor de sus mejillas; pero más que sus rasgos físicos era la palpable nitidez de los aromas, la inocencia de sus gustos, la tristeza de sus sueños. Le gustaba tanto estar a su lado, sentirla respirar en la oscuridad de la cinemateca, ver su rostro mientras escuchaba los compases de la orquesta y saber que en algún momento ella pensaba en él, que perdida en el laberinto insalvable de su pelo ella lo recordaba algunas veces, que su mirada perdida en el vacío estaba viendo su imagen en el momento en que descorchaba una botella de vino o leía un libro recostado en el sofá. Bonifacio sufría mucho cuando esperaba. Su semblante se apagaba y se destrozaba las manos con la mirada clavada en el teléfono que en cualquier momento sonaría. Traducía sin parar para matar las horas interminables de la espera, sintiendo que las palabras marcaban ineluctablemente las ansiedades de sus sueños, sin saber que ella estaba en su cama, con los ojos abiertos, pensando en otros momentos de su historia, más intensos y dolorosos, cuando amaba profundamente sin lograr entender los oscuros mecanismos de los hombres.

Bonifacio y Carolina se conocieron una mañana de otoño. Ella estaba sentada en una banca, disfrutando los escasos rayos de sol que se filtraban por entre las espesas nubes; Bonifacio se sentó distraído, pensando en el examen de física que acababa de tomar. Sacó el libro para consultar las respuestas y comprobó que había rendido menos de lo que esperaba. Debió de musitar algo entre dientes porque Carolina lo miró de soslayo, quizás un tanto divertida, pero sin sonreír.

—Nunca lograré entender esto —dijo—. Definitivamente no nací para las ciencias.

—Tú no eres el único —le contestó Carolina, viendo a los chicos que transitaban por el patio.

Se quedaron en silencio. Bonifacio pensó que sus calificaciones estaban bajando demasiado y que probablemente perdería la beca. Quizás tendría que volver a su pueblo y trabajar en la tienda de su tío, o tal vez transferirse a otra escuela. Le había costado tanto entrar a la universidad, juntar el dinero para el viaje y el cuarto donde vivía, separarse de todo lo que le era querido, y ahora no se sentía con la fuerza y la capacidad para cumplir con las exigencias académicas. Bonifacio se sentía solo, había dejado a su novia y sus amigos, se había ido de su pueblo una mañana calurosa de finales del verano para venir a la ciudad. No conocía a nadie. Había arrendado una pequeña habitación en una casa de huéspedes y se pasaba las horas encerrado en su cuarto, estudiando y leyendo libros que sacaba de la biblioteca universitaria. En la escuela había conocido a algunos compañeros pero no había logrado establecer ninguna amistad. Las conversaciones eran totalmente circunstanciales, breves saludos pasajeros en los pasillos, en las aulas, comentarios fugaces sobre las clases y los exámenes, chistes intrascendentes. Reparó en la chica que tenía a su lado y pensó decir algo, empezar una conversación, pero no se le ocurría nada. Todas las frases le parecían vulgares y anodinas. ¿De qué hablar? Del tiempo, de los estudios, decirle que estaba triste, pedirle prestado un lapicero. Carolina cogió su bolso y se levantó.

—Chao —le dijo, y se fue caminando por el sendero de robles, con el cabello largo y negro cayéndole por la espalda.

—Chao —le dijo Bonifacio, cuando ya estaba demasiado lejos para escucharle, y cerró el libro.

—Conocer a alguien —se decía Carolina—, lograr entender sus motivaciones y sus deseos, poder saber lo que le gusta y lo que le emociona, entender que en algún momento puede necesitar algo que no puedo darle, o aceptar que no soy lo que ha estado buscando. Es tan difícil conocer a los seres humanos, es tan arbitrario el destino y tan ambiguo el mundo en que vivimos. Las palabras que no dicen lo que queremos decir, las imágenes que traicionan el sentido por la forma, el pensamiento que no vacila en derrotarnos.

Carolina caminaba con paso suave pero firme, bajo la lluvia incesante del otoño, con la ropa pegada a su cuerpo delgado. Las calles estaban desiertas. Ocasionalmente pasaba un auto pulverizando el agua contra la luz. Un relámpago atravesó el cielo y Carolina levantó la vista esperando el trueno profundo. Le gustaban las tormentas. Sentía una tranquilidad indecible cuando veía el cielo convulsionado, las nubes negras tragándose el universo invisible, el agua cayendo precipitosamente. En esos momentos sentía su alma en armonía con el mundo, sentía su rostro limpio y claro y el frío que le entraba por los poros le llenaba el corazón. Llegó a la esquina de su casa pero no quiso entrar. Siguió de frente y caminó unas horas más bajo la lluvia.

A la semana siguiente Bonifacio la vio en la biblioteca. Él estaba tumbado en un sillón leyendo y la vio caminar entre los estantes de las revistas, buscando algo preciso pero evidentemente distraída. Se levantó decidido a hablarle. Ella había caminado hasta el final del pasillo y había torcido a la derecha, Bonifacio entró por el siguiente corredor, sin premura, pensando que la vería hojeando algunos libros, pero no había nadie. Se apresuró hasta el otro extremo y viró a la derecha. Se asomó en el siguiente corredor, en el otro, en el otro. Los volúmenes se alineaban hasta el techo en largos entrepaños. Algunos chicos leían sentados en el suelo. Llegó hasta el final del salón y regresó por el otro lado mirando a las personas sin discreción, buscando entre las mesas de lectura. Llegó hasta el otro lado y se asomó en las escaleras. Finalmente regresó a su asiento y trató de leer, pero no podía dejar de pensar en ella. Unos días después estaba sentado en el teatro universitario, viendo una versión estudiantil de Tartuffe de Molière. En sigilo una persona se sentó a su lado. No fue por la apariencia, sino más bien por el olor y la presencia que Bonifacio la reconoció en la oscuridad. Su cuerpo reaccionó violentamente, se sintió agobiado. Deseó que se interrumpiera la función, deseó un momento para hablarle, para preguntarle su nombre. Bonifacio perdió toda capacidad de concentración y apenas se dio cuenta cómo terminó la obra. Cuando se encendieron las luces todos aplaudieron y se pusieron de pie. Los actores volvieron a saludar y continuaron los aplausos. Carolina, que ocupaba la primera butaca de la fila empezó a salir y pronto una multitud se interpuso entre los dos. Bonifacio trató de darle alcance, pensó que tenían cosas de que conversar, podían hablar sobre la función, él haría algún comentario sobre la dirección de la obra y la calidad de los actores y ella seguro que tendría muchas cosas que agregar. Por encima de los hombros de la gente la vio cuando doblaba hacia el rellano y entraba en el vestíbulo, y trató de darse prisa, disculpándose para pasar entre la multitud que se agolpaba en el pasillo. En puntillas la buscó entre la concurrencia que salía sin premura, pasó el vestíbulo y salió al atrio en penumbras. La buscó en el jardín y en el estacionamiento, pero no la pudo encontrar. Esa noche divagó por el recinto universitario, entristecido y mudo, y llegó a casa derrotado.

Durante los días subsiguientes la buscó sin éxito en la escuela. Vagó por la cafetería y el centro estudiantil, recorrió todos los pisos de la biblioteca, visitó el gimnasio, se quedó dormido en la sala de lectura y pasó largas horas en los alrededores de la cinemateca. Un día, cuando yahabía perdido las esperanzas de encontrarla, la vio caminando por el sendero tortuoso entre la facultad de química y el edificio de psicología. Bonifacio se echó el bulto al hombro y corrió con desesperación pensando que esta vez no la perdería, pero cuando se iba acercando disminuyó la carrera y caminó tras ella. Se le acercó por detrás y la saludó con naturalidad, pero sintió su respiración agitada.

—¿Cómo estás? —le preguntó.

Cuando la chica se volteó, Bonifacio vio el rostro de Carolina pero sintió que era otra pesona, y se sintió avergonzado. Confundido y avergonzado balbuceó algunas cosas. La chica contestó visiblemente divertida.

—Perdona —le dijo él—, creí que eras otra persona.

—No te preocupes —replicó ella—, siempre me pasa, me confunden con mi hermana gemela.

Bonifacio se detuvo y ella siguió caminando. Al cabo de un instante le dio alcance.

—¿Tú tienes una hermana gemela?

—No —le dijo la chica—, era una broma.

Ella siguió caminando y la vio atravesar el campo de fútbol hasta que desapareció entre los árboles del bosquecillo. Bonifacio se fue a casa pensando que quizás lo mejor era olvidarse de todo el asunto y dedicarse a sus estudios.

Cuando la encontró varias semanas más tarde no la había olvidado ni un minuto. Estaba sentada en los sillones, al fondo del pasillo del departamento de literatura. Ahora sí no había escapatoria. Carolina tenía varios libros alrededor y escribía incesantemente con su apretada caligrafía.

—Finalmente te encuentro —le dijo. Carolina levantó la vista sin dejar de escribir y lo miró evidentemente extrañada—. Digo que te he buscado por semanas enteras.

Ella dejó de escribir.

—Simplemente quería saludarte; digo, conocerte, y pensé que tal vez podíamos conversar un poco.

Carolina lo seguía mirando en silencio.

—Es mi primer año aquí y no conozco a nadie, sabes, pensé que tal vez...

—No quiero ser pesada —le dijo—, pero ahora estoy ocupada.

—Bueno, tal vez en otra oportunidad.

—Sí, en otra oportunidad —le dijo ella, y continuó escribiendo.

Bonifacio se quedó un momento a su lado, sin saber qué hacer. Finalmente preguntó:

—¿Cómo te localizo?

—Por ahí —le contestó sin levantar la vista—, yo siempre ando por ahí.

¿Por qué la buscaba Bonifacio con tanta insistencia? En la universidad había muchas chicas bonitas y Bonifacio podría haber establecido amistad con algunas de ellas. De hecho, había sorprendido varias veces a una compañera de humanidades mirándolo con insistencia, y sin embargo no había hecho ningún intento de acercársele. ¿Por qué entonces tanta insistencia con esa chica de quien ni siquiera sabía el nombre? Bonifacio se preguntaba esto en la inmensidad de las noches de su cuarto, tumbado boca arriba, y aunque no tenía respuesta, sabía que la única forma de obtenerla radicaba en Carolina. Ella, que era el sujeto de la pregunta, era también la poseedora de la respuesta, y por lo tanto, encontrarla era doblemente importante. ¿Y qué había pasado con Marlene, su chica del pueblo? En las últimas semanas le había escrito algunas notas inconclusas, contándole confusamente sobre los vacíos de la ciudad, pero prácticamente no había pensado en ella. Bonifacio estaba seguro de que la amaba. No había salido con ninguna otra chica en los últimos cuatro años, pero por alguna razón desconocida había dejado de extrañarla. Marlene era la mujer con la que siempre había deseado casarse, y cuando partió de su pueblo, aquella mañana de verano, le había jurado regresar, con su diploma para casarse con ella. En realidad fue Carolina, la que hablando del matrimonio de sus padres, le hizo entender algún tiempo después, la verdadera razón de su mudanza.

El día en que Bonifacio la encontró bajo los arcos del edificio administrativo Carolina se sentía tranquila. Había salido de un escabroso período de depresión en el que había sucumbido por varias semanas, y aquella mañana, por primera vez, había salido el sol.

—Sabía que te encontraría por ahí —le dijo Bonifacio.

—Yo te lo dije —le contestó ella, y contrario a lo que él había esperado, se sentó en el sardinel.

Bonifacio se sentó un poco más allá.

—Aún no sé tu nombre, perdona —le dijo Bonifacio, y ella lo pronunció tan bajo que apenas pudo escucharlo.

—Es un lindo nombre —le dijo.

—Es nombre de campesina —agregó ella, y repitió su nombre y apellido.

—Yo crecí en el campo —dijo Bonifacio—, y vine aquí para estudiar filosofía. Pero en realidad no sé lo que voy a hacer en el futuro.

—Tú no eres el único —le contestó ella.

—Siempre dices lo mismo, sabes. Eso dijiste también el otro día.

—Probablemente —replicó ella—. ¿Por qué había de decir otra cosa?

Era una preciosa mañana de invierno, y aunque el aire estaba frío el sol los calentaba tibiamente. Hablaron durante un buen rato y acordaron verse en la noche del miércoles siguiente.

—Si no surge algún imprevisto —agregó Carolina al final, imprimiéndole a la cita una zozobra que Bonifacio llegaría a asociar más tarde con todo lo que se refería a ella.

El martes siguiente Carolina llamó para cancelar la cita, lo que Bonifacio había temido toda la semana, pero le dijo que si no tenía nada que hacer, podían verse esa misma noche. Bonifacio estaba estudiando, pero no vaciló ni un minuto, y Carolina le propuso que viniera a su casa. Pasaron la noche conversando y bebiendo té. Hablaron de sus familias respectivas, descubrieron que compartían el amor por el cine y las orquestas de jazz clásico, Flaubert y las lenguas romances, y Bonifacio se dio cuenta de que las palabras de Carolina se le envolvían en los brazos. Charlaron hasta la madrugada, sin importarles el horario, y al partir Bonifacio la invitó a ir al cine la noche siguiente.

—Tal vez —le contestó ella—, pero no te puedo prometer nada.

¿Por qué había aceptado Carolina salir con Bonifacio, cuando en el último año había rechazado innumerables invitaciones? En realidad porque estaba sola, tremendamente sola, y necesitaba una persona que le ayudara a sobrellevar su soledad; y porque desde un principio le pareció un tipo interesante. Bonifacio era una persona agradable pero no especialmente guapo, y quizás ésta era otra razón por la cual se había decidido a salir con él. Cuando lo llamó por teléfono lo hizo porque tenía que cancelar la cita del día siguiente, y la invitación para verse esa misma noche se le había ocurrido en el momento. Antes de colgar, sin embargo, Carolina le advirtió que no estaba dispuesta a empezar ninguna relación, y Bonifacio le aseguró que lo que le interesaba era su amistad. Las horas que pasaron juntos la noche del martes fueron las mejores que Carolina había pasado en los últimos tiempos. Bonifacio tenía una forma sumamente simple de hablar, pero no carecía de elegancia. Su vida se había reducido al perímetro rural donde había nacido, pero por la forma en que se refería al mundo parecía haber viajado extensamente por innumerables países. En pocas horas Carolina pudo darse cuenta de que Bonifacio poseía un conocimiento sólido de la literatura antigua y moderna, leía varias lenguas, sabía tanta historia como sus profesores y confesaba que su pasión desaforada era la filosofía. Carolina por su lado, hija de padres itinerantes, había nacido en Bavaria, había pasado largas temporadas en el Lejano Oriente, India y Pakistán, había asistido a la escuela secundaria en Argentina y se había pasado la mayor parte de su vida viviendo en una maleta mediana en la que transportaba libros y unas cuantas cosas imprescindibles. Confesaba que no pertenecía a ningún lado, se sentía ciudadana en Londres y Estambul, y los únicos sitios que añoraba eran aquéllos en los que no había vivido.

La soledad de Carolina era, como su timidez, definitivamente resuelta. Tenía muchos conocidos, y debido a su misteriosa belleza recibía todo tipo de cumplidos y propuestas que rápidamente desechaba sin presunción. Vivía sola en una pequeña casa esquinera en los alrededores de la universidad, y se pasaba largas horas sentada en el sofá, leyendo poesía, escuchando música o soñando despierta, que para ella eran una y la misma cosa. No visitaba a nadie y raras veces veía a su familia, y la única persona con que parecía tener una afinidad sólida y dependiente era su hermana gemela, que desde algún tiempo se había mudado a otra ciudad. Bonifacio pudo comprobar, en el curso de unas cuantas conversaciones, que Carolina no necesitaba mayor compañía para sentirse completa, y que aunque confesaba tristemente su soledad, la celaba y la defendía con encono. Bonifacio había sido, sin embargo, una puerta clara y confortable para salir de su aislamiento, salida que secretamente buscaba con desesperación, para poder de nuevo entrar, joven y renovada, en el claustro de su soledad.

¿Por qué razón no quería Carolina, en estos momentos, establecer una relación amorosa? Bonifacio, que al cabo de unas semanas terminó por enamorarse perdidamente de ella, no lo podía entender, pero ella lo explicaba de una forma breve y contundente que dejaba a Bonifacio perpejo: no se quería enamorar.

—Estoy empezando a sentir afecto por ti —le había de decir algún tiempo después—, y por esa razón no podemos vernos más.

Bonifacio sintió que el mundo se abría a sus pies. Se pasó tres días vomitando los jugos verdosos de sus entrañas y tiritando con el rigor de las fiebres palúdicas, se resistía a comer, terminó por perder el sentido de la realidad, y aunque nunca pensó en el suicidio, la señora de su casa lo vigilaba constantemente preocupada por la idea de que se colgara de la cadena del lavabo.

Para Carolina la decisión había sido también enormemente dolorosa. Bonifacio le parecía un hombre tierno e interesante, pero la sombra de los angustiosos meses después de la última separación todavía seguían atormentándola. Había empezado a salir con Marcos hacía dos años, y rápidamente se había enamorado como nunca antes se había enamorado en su vida. Se veían prácticamente todos los días y aunque no vivían juntos, alternaban las noches entre su casa de la esquina y el apartamento que Marcos alquilaba en uno de los edificios de la periferia. La relación había sido sólida y feliz, aunque secretamente ambos sabían que eran diametralmente diferentes. Marcos tenía una concepción bastante definida del éxito y para él la vida era siempre evaluable en una escala unidimensional de valores reales. Quería triunfar económicamente, tener una familia agradable, gozar de buena posición en la sociedad e influir de alguna manera en su comunidad. No le interesaba especialmente el servicio público, pero sí quería establecerse dentro del grupo de ciudadanos influyentes, con amplios e importantes contactos que indagaran su opinión a la hora de tomar sus decisiones importantes. Como parte de su proyecto social Marcos necesitaba una esposa bonita y agraciada que cumpliera con su función de mujer, profesionalmente exitosa, buena madre y dedicada esposa, y aunque quería a Carolina, sabía que no era la persona que él necesitaba. Por eso, una tarde de agosto, se decidió a decirle una mentira.

—Simplemente ya no te quiero y lo mejor es que nos separemos.

Carolina sintió que todo el peso de su cuerpo se le diluía en los ojos, quiso en ese momento gritar, abrazarlo con desesperación y no dejarlo ir, decirle que no podía vivir sin él, que lo necesitaba, que nadie lo amaría como ella, pero no hizo ninguna de esas cosas. Con la voz entrecortada le preguntó que por qué no se lo había dicho antes, y casi sin esperar respuesta le deseó lo mejor en la vida, dio media vuelta y se fue caminando sin volver a ver atrás.

En un principio Carolina resistió los embates de la cabanga con estoicismo, pero pronto su cuerpo sucumbió a los estragos de la tristeza. Sufría constantemente de migrañas, perdió la fuerza y el dominio de sus miembros, su cuerpo se encendió en calenturas y se le entumecieron los músculos de la espalda. Por falta de alimentos perdió peso considerablemente, su rostro cobró un color pálido y verdusco y los ojos se enmarcaron en unas ojeras malsanas. Debido a sus costumbres de anacoreta Carolina pasó varias semanas postrada en su cama, sin ningún tipo de contacto, tomando analgésicos por montones y alimentándose con galletas de soda, hasta que su ausencia en el trabajo y la universidad despertó las sospechas de sus conocidos. La encontraron desmayada en el baño, junto a un charco humeante de bilis trasnochada, y la llevaron de emergencia al hospital. El doctor que la examinó diagnosticó meningitis y expresó su temor sobre una posible lesión cerebral, pero después de detenidos análisis llegaron a la conclusión de que sufría de desidia, y que lo que le hacía falta era deseos de vivir. Estuvo varios días en un letargo comatoso, alimentada con suero y atendida por solícitas enfermeras que la tomaban de la mano en los momentos críticos del delirio. Poco a poco se fue recuperando, y al cabo de dos semanas pudo volver a su casa de la esquina, después de prometerle a los doctores que comería sanamente y trataría de normalizar sus sentimientos. Pero la convalecencia emocional fue mucho más difícil que la recuperación física. Por meses enteros sintió un desgano interno que se sobreponía a los esfuerzos de sus conocidos por restablecer sus emociones. Cuando Bonifacio la vio por primera vez, sentada en la banca de la escuela, todavía no había empezado a sonreír.

El miércoles por la noche Bonifacio llamó a Carolina y se encontraron en la cinemateca. La película era excelente tanto por el tratamiento del tema como por su fotografía, y después de la función conversaron largamente. Carolina criticó con ahínco las relaciones matrimoniales basadas en la conveniencia, diciendo que en el mundo actual la mayoría de las parejas se mantienen unidas por comodidad, por el bienestar de los hijos, por la seguridad financiera y la estabilidad social.

—Se ha perdido en gran medida el sentido sagrado de la relación conyugal. Ahora son más importantes los intereses que hay de por medio, la apariencia de las cosas, el sentido de responsabilidad y el mantenimiento de las estructuras sociales, que el verdadero sentimiento humano. Nos interesa más saber cómo se ven las cosas que lo que en realidad significan.

Bonifacio estaba de acuerdo, pero hizo énfasis en la importancia de los sentimientos que acompañan al amor.

—El compañerismo, la amistad, el entendimiento, la seguridad que el otro nos brinda, la certeza de que esa persona estará ahí en los momentos de mayor necesidad, la confianza. Todos esos sentimientos, que podrían ser facilmente confundidos con la conveniencia, y que sin embargo forman parte de las relaciones más lindas y sinceras que podemos observar. Hasta qué punto, una pareja que ha estado unida por cincuenta años, no se necesita mutuamente, necesidad que puede traducirse, erróneamente creo yo —enfatizó Bonifacio—, en formas de la conveniencia.

Carolina amplió su definición, porque consideraba que en el verdadero amor cabían todos esos atributos, y que era imposible separar la vida espiritual de esos seres, de su precaria existencia física, sus necesidades y urgencias.

Llegaron a casa de Carolina y abrieron una botella de vino rosado. En el tocadiscos sonaba una grabación de Glenn Miller. Apagaron las luces y encendieron un par de velas que se multiplicaron en los espejos de la sala. Bonifacio se sentó en el suelo y cruzó las piernas, Carolina se quitó los zapatos y se arrellanó en el sofá. Siguieron hablando y sorbiendo el vino suavemente. Bonifacio le preguntó sobre su familia y ella se quedó en silencio un rato y luego habló muy quedamente. Contó la historia a medias, salpicada de largos silencios. Bonifacio intervino muy contadas veces, con roncos monosílabos, y sólo la interrumpió para ir a buscar la botella que Carolina había dejado en la nevera. En el trascurso del diálogo se fueron acercando hasta que Bonifacio pudo sentir la nitidez de su aroma, el contacto suave de su aliento y el roce descuidado de una mano que no alcanzaba a tocarlo. De pronto ambos se sintieron cansados y Bonifacio se despidió, feliz y taciturno, y se fue caminando por el centro de la calle desierta hasta llegar a su casa.

¿Por qué Bonifacio no se decidía a besarla? Durante las semanas siguientes se habían visto con asiduidad, discurriendo largas horas sobre los mismos temas que les interesaban, las noches del invierno se juntaron con las de la primavera, y poco a poco el mundo se fue poblando de retoños. En su jardín crecían margaritas amarillas que nadie había sembrado y las azaleas se cubrieron de colores. Bonifacio le había contado a Marlene sobre Carolina, en una carta donde le aseguraba que eran simplemente amigos, pero ella pudo detectar que tras las palabras de Bonifacio se escondía un amor desvastador. Marlene no pudo soportar la situación y le pidió que terminaran; Bonifacio no supo cómo contestarle y ella consideró todo el asunto una traición.

Pasaron varias semanas desde la llegada de la última carta hasta la noche en que Bonifacio la tomó suavemente de la mano y la atrajo sin resistencia. Carolina lo besó con paciencia, moviendo sus labios finos y dejándose chupar con entereza. Cuando Bonifacio bajó por su cuello ella se estremeció en un quejido y con los ojos cerrados, ambos se dejaron transportar por sus caricias. No hicieron el amor hasta muchos días después, y la ternura de sus besos se tradujo en encarnadas vibraciones. Carolina arqueba su cuerpo largo y le echaba las piernas sobre la espalda, y Bonifacio la embestía con cariño, dejándose sentir en sus entrañas. Hicieron el amor hasta que el sol entró por la claraboya de la sala, y la luz se descompuso en los dobleces del techo. Se murmuraron cosas al oído, jugaron con su pelo y sus costillas y saltaron asustados cuando el despertador rompió el cristal impoluto de sus besos.

¿En qué pensaba Carolina, tumbada en su cama, con los ojos abiertos, sintiendo una ansiedad rotunda atascada en la garganta? Recordaba la cara de Marcos, su impasible serenidad cuando le dijo que ya no la quería, que deseaba separarse, recordaba el sentimiento etéreo que sentía por él, la vivaz necesidad de sus caricias, el mareo ineluctable de sus besos, la postración y el mutismo de los meses que siguieron a la separación. Recordaba a Jean Paul, muchos años antes, cuando estaba enamorada de él y de su mundo fantasmagórico, de las drogas nocturnas que invadían los sentidos y despejaban el tiempo, de aquellas mañanas pesadas en que se despertaban sin saber en dónde estaban, cómo habían llegado ahí, por qué. Recordaba las escenas dolorosas de los últimos días, la necesidad de separarse, la trágica atracción de los alucinógenos, el laberinto ciego de la mezcalina, el sueño vertiginoso del opio y la amapola, la inminencia del suicidio, la sangre, las agujas hipodérmicas y el llanto. Recordaba el cabello azabache de Fernando, el dolor de la partida, el aeropuerto que disminuía a medida que el avión se elevaba y se perdía entre las nubes, recordaba el doloroso itinerario de sus viajes, sus encuentros y rupturas, los amores calcinantes de la ausencia, el rigor del olvido. Recordar todo aquello y dolerse una vez más en la memoria, sufrir incansable en el silencio de las horas, saberse amada y encontrarse solitaria. Tener la certeza del círculo y la exactitud de las horas, saber que lo que empieza termina, que todo es pasajero, itinerante, que nada permanece en esta vida y que el dolor es una forma del destierro. Carolina se estrujaba las manos tratando de espantar el frío, buscando en los recodos de su mente una respuesta al grito, un sentido al canto.

Bonifacio terminó de escribir el cuento y lo leyó en voz alta, hizo algunas correcciones y lo volvió a leer. Con cuidado lo pasó en limpio y lo metió en un sobre que guardó en un libro, en el bolsillo exterior del bulto. Se peinó frente al espejo, se guardó los tres pesos y la llave que estaban sobre la cama y bajó las escaleras. Caminó por la calle en penumbra, entreteniéndose con la sombra que se movía sobre el piso. En la esquina de la avenida Central dobló a la derecha y bajó hasta la calle Larreynaga. Cuando cruzaba la avenida vio a Carolina. Al verlo ella palideció repentinamente, esbozó una sonrisa pero no le salió. Bonifacio la saludó contento y fascinado.

—Sabía que te encontraría —le dijo.

—¿Cómo lo sabías? —le preguntó ella sin expresión.

—No sé, lo sentía. Como un mensaje telepático que me guiaba ciegamente.

Ella no dijo nada.

—¿Qué hacemos? —preguntó él, abrazándola suavemente.

—Caminemos —sugirió ella y empezó a subir en dirección a la universidad.

Se sentaron en las gradas del edificio de Admisión.

—No podemos vernos más —le dijo secamente—. Yo sé que es injusto, que no te he dado una oportunidad, que tú no tienes la culpa de nada, pero yo no puedo, no estoy lista, no estoy preparada para iniciar nada. Estoy empezando a enamorarme y me hace mucho daño. No quiero sufrir otra vez lo que he sufrido y estoy empezando a sentir por ti. ¿Me entiendes? No puedo. Podemos ser amigos, pero no quiero amarte. Me costó tanto vivir, tuve que hacerlo sola, sin nadie que me ayudara, y no lo podría volver a hacer. Quizás en otras circunstancias, en otro momento. Pero no ahora.

Bonifacio sintió que el mundo se derrumbaba sobre su cabeza, trató de explicarle, buscó en las profundidades de su alma las palabras justas que expresaran lo que sentía, pero ella se mostró impasible a sus ruegos. Le pidió que la perdonara. Bonifacio se mesó los cabellos desesperado, sacó el libro y le entregó el sobre.

—Lo escribí para ti —le dijo, y la vio alejarse cabizbaja, hasta perderse en la noche.

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Copyright ©Nicasio Urbina, 1995
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Fecha de publicaciónAgosto 1999
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