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La kafkamorfosis

Alejandro Ferrero
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Contortionist, posed in studio

He cogido La metamorfosis de Kafka para releerla. Mi elección no fue debida a que me tentase especialmente su lectura. Se debe al puro azar que este libro haya vuelto a mis manos. Lo he cogido sin mirar, palpando los libros de la estantería. Pudo haber sido El idiota de Dostoievski o Rojo y negro de Stendhal, y hubiera dado lo mismo; habría aceptado cualquier otro libro. Cuando cerré los ojos y extendí las manos, lo único que buscaba eran respuestas. Respuestas a mis preguntas. Soluciones. ¿Y si mis dedos hubiesen encendido la televisión o la radio? ¿O si hubiesen chocado con el acuario donde viven mis tortugas en su tranquilo chapotear? Lo habría aceptado igual. Mirar la televisión, escuchar la radio, observar a las tortugas, leer un libro... Dostoievski, Kafka, Stendhal... ¿qué más da? Las respuestas están en mí. Sólo busco casualidades que ayuden a descubrirme. Y las casualidades están por todas partes.

Leo La metamorfosis de Kafka: «Al despertar Gregorio Samsa una mañana, tras un sueño intranquilo, se encontró en su cama convertido en un monstruoso insecto.», y, tras una breve descripción, Gregorio (o Gregor en alemán, aunque podría llamarse de cualquier forma y ser de cualquier país) se pregunta: «¿Qué me ha sucedido?»

La angustia, sí, la angustia es la que me pide respuestas. Quizá sea yo el único responsable de mi angustia. ¿Por qué hace tiempo decidí prescindir de todas la normas morales? Creo que fue porque observé una gran diversidad de situaciones. Si casi todas las situaciones son distintas, ¿cómo puedo juzgarlas a todas del mismo modo? Sí, eso fue lo que pensé. ¿Cómo podía actuar conforme a unas reglas inalterables, conforme a una normas morales? No, en cada situación vería lo que tendría que hacer. Juzgaría cada instante individualmente. Lo haría conforme a... Ésta es mi gran angustia. No sé conforme a qué actuar.

«¿Qué me ha sucedido?», piensa Gregorio. Lo que le ha sucedido es que se ha convertido en un monstruoso insecto. Pero eso es lo que menos agobiante resulta. Realmente carece de importancia que Gregorio sea un hombre o un monstruoso insecto. Lo que realmente agobia es que Gregorio no sabe lo que le ha pasado. «¿Qué me ha sucedido?», se pregunta. No lo sabe. Agobia pensar que, por tanto, él en ningún momento se propuso cambiar. No decide. Agobia su falta de libertad para cambiar. Agobia que Gregorio no sea el responsable de su propia existencia.

No sé por qué, pero no me siento cómodo en esta silla. Por alguna razón no encuentro la postura adecuada para continuar leyendo. Cuanto más leo más incómodo me siento, pero tengo la intención de seguir con el libro. Quiero respuestas y las quiero ahora.

Hasta ahora mi búsqueda en este libro está siendo infructuosa. Un verdadero fracaso. Y no porque no encuentre lo que ando buscando, sino porque me hace ver cada vez más lejos la posibilidad de una respuesta. Gregorio no tiene libertad para cambiar. No es responsable de lo que le pasa. ¡Paf!, de repente cambia y ya no es lo que era antes. No se mueve como antes, no mira como antes, no piensa como antes. Quiero creer que ni yo ni nadie somos como Gregorio. Al fin y al cabo, nadie se ha convertido nunca en un monstruoso insecto.

Me temo que me está saliendo un pequeño bulto en el trasero. Quizá siempre estuvo ahí y es ahora la primera vez que lo noto. Lo que es seguro es que está creciendo. Cada vez es mayor. Crece mientras leo, pero me da igual: he de seguir leyendo.

Probablemente en el fondo todas las personas seamos como Gregorio. Puede que no nos convirtamos en monstruosos insectos, pero es posible que todos pasemos continuamente a ser algo que nunca nos habíamos planteado ser. Podría ser también que sí que nos convirtamos en monstruosos insectos. Pero, ¿y Gregorio? ¿Qué pasa con todo lo que hizo en el pasado? Él ahora ha cambiado, ya no es el mismo. Los valores que tenía antes han cambiado. Como insecto que es, ya no necesita un puesto de trabajo. Necesitará otras cosas. Da igual qué otras cosas, porque en el futuro volverá a cambiar. Y así siempre. ¿Y yo? ¿Yo también? Entonces, ¿conforme a qué actuar si el valor que doy a las cosas cambia continuamente? ¿He de asimilar de nuevo aquellas normas morales que tanto desprecié, o he de esperar a volverme loco aquí sentado?

Ya no cabe ninguna duda: me está creciendo un rabo de animal en el trasero. No sé de qué animal y tampoco sé cómo sentarme ahora. Nunca antes había tenido un rabo de animal, y la verdad es que no me importa tenerlo. Quizá sea porque me ha salido poco a poco, sin prisa y gradualmente. He tenido tiempo para adaptarme al cambio. No como el pobre Gregorio. ¿Y si de repente notase que me he convertido en un animal? Es como envejecer: sólo se soporta si es lentamente. No hay que tener miedo al cambio. Al menos al que se produce con lentitud. Me da pena Gregorio. Tuvo mala suerte, si es que la suerte existe en la ficción. Ese cambio repentino no deseado... Pero, ¿qué digo? ¿No son realmente nuestros pequeños cambios igual de repentinos? ¿Acaso no existe la palabra arrepentimiento? Pues si existe es por algo. Lo que hicimos antes no lo haríamos ahora. Y, lo peor, aún tenemos presente lo que hicimos. El cambio, el inoportuno cambio... ¿Conforme a qué actuar entonces?

Es posible que todo consista sólo en pasar páginas siguiendo el orden natural que impone la numeración. Vivir, mirar, actuar, cambiar sometidos a los acontecimientos. Sometidos a la casualidad, porque nada es controlable ni premeditado. Ir a la deriva. Deriva. Marea. Oleaje...

Yo no me entrego. Me resisto a ser un mero esclavo de los acontecimientos casuales. Voy a abrir La metamorfosis de Kafka por la mitad, luego me acercaré al principio, luego al final. Será un intento más para encontrar respuestas.

Definitivamente es un rabo de perro. No sé de qué raza, porque no entiendo mucho de perros. De caniche no es. Mi perro es un caniche y no tiene el mismo rabo. Tengo pelo por todo el cuerpo, aunque no es para alarmarse. Siempre he sido bastante peludo. Estoy casi seguro de que no me estoy convirtiendo en un perro. Pero de estarlo haciendo habría empezado por las orejas y por las uñas como en las películas, no por el rabo. Aunque, bien pensado, en las películas no hay nada que indique que no es el rabo lo que sale primero.

Leo La metamorfosis de Kafka. Empiezo por la página cuarenta, sigo por la diecisiete; ahora voy a la setenta y tres. No entiendo un pimiento. ¿No es posible desoír la numeración tradicional? Uno, dos, tres, cuatro... No, parece que no es posible. Esto es un caos y no se puede continuar así. Hay muchos caos, pero somos prisioneros de uno en concreto, del de uno-dos-tres-cuatro. Quisiera escapar a otro caos, pero sólo puedo estar en éste de la numeración tradicional, lo que es algo frustrante. No sé por qué escribo, si no escribo más que locuras. Locuras mías, que no estoy loco. Todavía. Aunque quizá hoy sí. Todo el mundo lo está alguna vez.

Desde que busco casualidades en este libro sólo me he alejado un poco más de las respuestas. Bueno, también me ha salido un rabo de perro. ¿Y si las respuestas estuviesen precisamente en este rabo?

Un rabo de perro. No sé de qué me puede servir. Ni siquiera sé para qué le sirve a los perros. Los monos utilizan su rabo para mantener el equilibrio sobre las ramas de los árboles. Pero los perros no se suben a los árboles. A las vacas les sirve para espantar las moscas mientras pastan. Pero los perros no necesitan pastar. Además son carnívoros. Lo único que he visto hacer a los perros con el rabo es moverlo cuando están contentos. Mi caniche lo mueve cuando llego a casa. También cuando sabe que le voy a bajar a pasear... Un momento, ¿no estoy yo ahora moviendo mi rabo de perro? Debe de ser el entusiasmo. Presiento que tengo respuestas, aunque también presiento que las perderé en breve. Es un pensamiento fugaz que no puedo retener. Es el brillo de un relámpago. No puedo explicar el brillo, ni tampoco transmitirlo. Se escapa y sólo me dejará el consuelo de haber poseído alguna vez una respuesta. Los perros actúan conforme a su rabo. Ellos son así. Sólo necesitan el rabo. Cuando mueven el rabo saben lo que han de hacer: guiarse por él, por aquel... momento que les entusiasma. Ahora yo tengo un rabo de perro y puedo moverlo. ¿Tengo ya mis respuestas?

Estoy siendo arrastrado por el mismo entusiasmo irracional del que hablo, por el rabo de perro. Olvido que soy un hombre. Un hombre con un rabo de perro que sigue buscando respuestas.

16 de julio de 1997, Madrid
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Copyright ©Alejandro Ferrero, 1997
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Fecha de publicaciónJunio 1999
Colección RSSFabulaciones
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