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Apuntes del verde

El Bala

José Preciado
Tamaño de texto más pequeñoTamaño de texto normalTamaño de texto más grande Añadir a mi biblioteca epub mobi Permalink MapaUn pueblo extremeño

Paquito, «el Bala», se ganó su título nobiliario tratando de demostrarnos cumplidamente que dos años de minoría de edad con respecto a nosotros no eran nada. Así, a los pocos días de adherírsenos, tuvimos constancia de que le sisaba a su madre, que le robaba chinas a su hermano, que espiaba en la ducha a sus hermanas, que, durante la siesta, le cogía el Land Rover a su padre, que tenía pelos en la entrepierna y, por supuesto, que se mataba a pajas.

A los trece años ya había estado interno en dos colegios de curas, de los dos se había escapado y, de la última fuga, desde Campillo, había vuelto en taxi.

Entró en casa un lunes a media mañana, se plantó delante de su madre y le dijo:

—Ese hombre del coche dice que le debes ocho mil pesetas.

Su padre quiso alistarlo en la Legión, pero como cayó en la cuenta de que no admitían niños de trece años, decidió dejarlo correr. Y «el Bala» ya no paró.

Le buscaron trabajo como repartidor de la correspondencia de la Caja de Ahorros, para que estuviera entretenido, comentaban, mientras decidían qué hacer con él. Al segundo o tercer día ya se cansaba de la labor a medio recorrido y se deshacía del fajo de cartas por el procedimiento que estimaba más oportuno en cada momento; por ejemplo, dejarlas todas encima del mostrador de cualquier tienda:

—¡Sesenta letras tiene usted hoy, señor Urbano, se va a cagar!

El segundo empleo se lo buscó él solito: como se pasaba media mañana y la tarde entera de un lado de la barra del Pub Berlín, negoció, a cambio de un magro emolumento y cerveza gratis, pasar al otro lado. Sebas, el dueño, debió de ponerle bien puestas las pilas, porque Paquito, al menos durante el primer mes, se reveló como un aprendiz de barman de notable alto. Siempre estaba sonriendo y, como conocía a todo el mundo y todo el mundo a él, se metía en todas las charlas del bar y para cualquiera tenía siempre una broma o un comentario.

Como no podía ser de otra manera, la confianza fue a más y la cerveza gratis se convirtió pronto en escocés gratis, por lo que no era raro verlo bastante achispado ya a las cinco de la tarde. Los comentarios a los clientes, en ese estado, enseguida pasaron de lo simpático a lo impertinente, para frecuente sonrojo de Sebas, y, cuando entraba en el bar alguna chica que le gustase, Paquito la invitaba como un caballero, pero el líquido siempre lo ponía el patrón.

Sobrevivió quince días al aviso de plantarlo en la calle. No cambió de hábitos, quizá profundizó en ellos y, antes de que lo echaran por saltarse la barra «para decirle cuatro cosas a un hijoputa», se despidió él tan dignamente como le permitieron los cuatro whiskys que llevaba en el cuerpo.

Aquella misma noche, «el Bala» trocó dignidad por sentido de la oportunidad y deseo de venganza. Como tenía todavía las llaves que insensatamente le había dado el Sebas, se llevó como finiquito del Pub Berlín una caja de DYC y dos cartones de Marlboro.

Nadie debía de entender tan bien como él eso de que el bien es efusivo y gusta de ser compartido, porque estuvimos bebiendo y fumando de gorra casi un mes y, en buena ley, varíos deberíamos reconocer que la primera borrachera de nuestras vidas nos la proporcionó «el Bala». Seguro que Sebas echó en falta el género, pero Paquito siempre tuvo suerte en eso: lo dejaban correr.

Curiosamente, cuando estaba con nosotros casi nunca hacía honor a la fama que iba ganándose ciertamente a pulso. Era uno más, tan lanzado o tan prudente como las circunstancias hacían a cualquiera, tan despierto y tan ingenuo, tan divertido o aburrido, feliz o deprimido como el que más. Era lo que hacía fuera del grupo lo que iba cimentando su reputación, y nosotros, salvo en el episodio del whisky y el Marlboro y por un lamentable asalto que hicieron el Lucio y él a un cuarto de baño ocupado por su hermana Marisa, no fuimos partícipes y ni siquiera testigos de sus andanzas.

Antes de desaparecer por unos años y dar motivo al nacimiento de una de las leyendas más fecundas, socorridas y frecuentadas que circuló en mucho tiempo, tuvo un empleo más como ayudante de un repartidor de bebidas y otras sustancias que se llamaba Abilio y por sobrenombre, «el Ralo». En «el Ralo» encontró Paquito un mentor, un consejero espiritual, un ángel guardián, un instructor y una imagen de la vida adulta más acorde con sus expectativas. Este individuo —el primer trabajador free lance del que uno tuvo noticia—, cuando la necesidad apretaba, empleaba su tiempo y su ruinosa DKW en dar portes para los proveedores de la zona, generalmente para pueblos o aldeas en fiestas. La rutina de «el Ralo» en estos encargos solía ser la del transporte de los líquidos por la mañana, seguida, ya en la tarde-noche, de su subsiguiente y excesivo consumo en el lugar de entrega. Cuando no podía o no quería trabajar con drogas legales, se procuraba el sustento con las ilegales, fundamentalmente hachís y anfetaminas, aunque se decía de él que no ponía inconvenientes a encargos puntuales de prácticamente cualquier otra sustancia.

Paquito se adosó a su formidable hallazgo humano y durante un tiempo, por encima de broncas, castigos, encierros, palizas y desesperación de sus padres, se hizo pupilo, colega y socio de «el Ralo». Pasaron así un verano probablemente memorable, de feria en feria como dos turroneros, dando portes de bebidas y trapicheando con hachís, arrimados a doscientas barras, bailando rumbas en cincuenta verbenas, metiendo mano a toda moza desprevenida o resuelta que se les pusiese a tiro, y tratados por sus clientes psicoadictos con el respeto y veneración que merece seguramente todo camello enrollado y disperso.

Tanto ir y venir y tanta diversificación de la clientela acabaron por dar el inevitable cante a la autoridad competente. Una madrugada de finales de agosto, la Guadia Civil les paró la furgoneta cerca de la raya de Portugal. Venían tan borrachos que ni se les ocurrió tirar por la ventanilla lo que les quedaba de costo, que ese día resultó ser bastante. A «el Ralo» lo detuvieron, lo empapelaron y lo enviaron a conocer los nulos encantos de la vida penitenciaria. «el Bala», por ser menor, no tener antecedentes, no ser el dueño del vehículo y, milagrosamente, no llevar ni una china encima, sólo se llevó dos hostias en el cuartelillo y la seguridad de que, si lo volvían a pillar, iba derechito a Menores.

Cualquiera de nosotros, después de un trance de semejante altura, aun hipócritamente, habría tenido al menos un propósito de enmienda. Lo que en cambio hizo «el Bala» fue irse a casa a dormir la borrachera, levantarse a la hora de comer, robarle veinte mil pesetas a su madre, coger un autobús, luego un tren y desaparecer.

Durante un tiempo sus padres trataron de encontrarlo. Denunciaron la desaparición, pusieron carteles con su foto por las estaciones de ferrocarril y las paradas de autobuses, llamaron por teléfono a comisarías y hospitales de media España y hasta prometieron una recompensa por «la noticia cierta del paradero de Francisco Hernández, de catorce años de edad». De nada sirvió el despliegue: «el Bala» no apareció y, poco a poco, mientras los hechos se iban diluyendo y transformando por obra de la fantasía, lo que sí nació fue su leyenda.

Oíamos que lo habían visto en Madrid; en unos relatos pedía veinte duros para un billete de tren cerca de Atocha y en otros pasaba hachís por Malasaña. En el verano siempre alguien lo había visto en la costa: el avistamiento en estos casos podía suceder en cualquier punto entre Benidorm y Matalascañas, aunque había preferencia por Torremolinos, no así por Marbella. Y no era raro tampoco que alguno del pueblo, policía en Madrid o Sevilla o incluso Bilbao, viniese con el testimonio de haberlo medio visto por un pasillo de la comisaría, esposado, pero que luego ya no lo había vuelto a ver y que no se había atrevido a preguntar no sabía bien por qué. En su leyenda, Paquito tuvo tantos oficios como noticias de su persona: camello, camarero, yonqui, mozo de almacén, chapero, guardacoches y traficante al por mayor. Nunca por aquellos años pudimos salir del invento ajeno o la propia especulación, ni siquiera cuando oíamos algo que por extremado tenía visos de ser verdad:

—Está por Alicante, trabaja en una funeraria, ha dejado preñada a una chica y lo van a casar.

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Fecha de publicaciónMarzo 2002
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